Hola, corazones. Ayer cuando llegué a mi casa y guardé en el armario la corbata y la camisa que me acababa de comprar, tuve una especie de pálpito relacionado con la ropa. Esta misma semana, al sacar por fin los pantalones de verano del altillo y probármelos, había tenido más o menos la misma sensación. Veréis, creo que las prendas son capaces de comunicarse entre ellas, y de alguna manera también con nosotros, sus dueños o portadores. Si no, ¿cómo se explica que, tras medio año guardaditos en una caja, más de la mitad de los pantalones hayan decidido a la vez reducir la cintura y, encima, decírmelo, todos, el mismo día? Considero una grosería y una auténtica revuelta por su parte, que ha acabado con muchos de ellos en el contenedor. ¿Por qué cada vez que una nueva camisa entra en el armario, las otras comienzan a gritar pugnando por su espacio, quejándose de que se arrugan, y arrugándose de mala manera para manifestar su disgusto por tener que cederle su sitio a «la nueva, esa advened...
Nacido para ofercer un Pensamiento para cada semana, con un comentario personal, diferente, quizá original, no renuncio a que vuelva a su ser. De momento, será una colección de textos y vuelcos personales de todo tipo.