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Un pensamiento de Susan Sontag

Buenos días.

No tengo hoy frase-cita programada, la de la excelsa Agenda de San Pablo de hoy (y las de los días aledaños) es/son demasiado sesuda(s) y/o religiosa(s). Me llega el envío de Proverbia.net y me pone un reto muy complicado: frase femenina y feminista de ociosidad manifiesta, escrita, además, casi por una amiga (traducid el nombre de la susodicha pensadora y veréis):

«No está mal ser bella; lo que está mal es la obligación de serlo» (Susan Sontag).

Vaya por Dios. Justo hoy, viernes, día en que los periódicos han comenzado a dedicar una sección a la mujer (como si las mujeres no leyeran el resto del periódico y necesitaran, como reclamo, dos páginas de tacones y dos de rímel para fidelizarse a los papeles). Y me viene la Dimanche, digo, la Sontag, a decir que no está mal ser bella. Claro que no está mal, pero nada mal. La belleza es un valor, un don, una virtud, un lo que sea, que se contempla, estima y concibe siempre en positivo. No vamos a entrar en dirimir qué sea bello o belleza y qué no. Pero sí a considerar por qué extraño motivo la Sunday, digo, la Sontag, considera que algo positivo, como ser bella, es algo que simplemente «no está mal», dicho así, como con displicencia, como cuando estás de rebajas en la milla y, después de tener en tus manos la camiseta «de tu vida» miras su precio y la apartas a un lado, diciendo: «Psé, no está mal…», sólo porque cuesta aproximadamente lo mismo que te costó cambiar los muebles de la cocina…

Eso, si la expresión «No está mal» de la Domenica, digo, de la Sontag, es una apreciación valorativa en tono displicente. Porque también puede ser una consideración de tipo moral: «No está mal», es decir, no es malo ser bella, no hay ningún mal en ser bella. Claro que, ¿quién se preguntaría sobre la bondad moral de ser bello o bella, o de tener belleza? Sí, sabemos todos que la belleza es caduca, que se lo pregunten a san Francisco de Borja, enamorado de su reina hasta que abrieron ante él el féretro donde reposaban los restos de tan hermosa mujer y del susto cambió de vida. Pero, caduca o no, nadie puede afirmar que exista un mal moral en la belleza. El mal estará, como dice la Diumenge, digo, la Sontag, no tanto en la belleza en sí misma, sino en el uso que se haga de ella, en la exigencia de ser o de tener belleza, en el esfuerzo por tenerla y/o conservarla, en la obligación de tenerla o, sobre todo, en el puesto que ocupe el valor belleza en nuestra escala de valores.

Y creo que ahí es donde la Domingo, digo, la Sontag, tiene razón. Si la belleza se convierte en una obligación, impuesta por uno mismo, por otra u otras personas, por una corriente social, por una ideología (mejor dicho, por una ausencia de ella), por una errónea idea, esta deja de ser un valor positivo, un don, una virtud, y se convierte en una pesada carga, en una losa. Y cuando eso ocurre, además, la belleza no es tanto una realidad como una meta inalcanzable y frustrante.

No le demos a la belleza más importancia de la que se merece, ya que, como se dice en La Bella y la Bestia, por ponernos disneysianos, la belleza está en el interior.

Y yo me jacto pública y privadamente de tener las amigas más bellas del universo.

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