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Un pensamiento de Gregorio Marañón

Hola, corazones.

Uno de mis personajes favoritos de los dibujos animados ha sido siempre Gorm, un simpático y alegre guerrero vikingo de la serie de dibujos animados Vickie el Vikingo, ese creativo e imaginativo niño que necesitaba rascarse la nariz metódicamente para discurrir la solución a todos los males, muchos de los cuales procedían de los errores de su padre, el jefe Halvar de Flake (mi gran tocayo). Me he acordado hoy de él, pero no (aunque también) porque acaben de solucionarse todos los errores provocados por mi parte Halvar gracias a la inteligente intervención de mi parte Vickie. El simpático Gorm tenía dos frases. Una decía «Estoy entusiasma-do» cada poco; la otra la repetía incansable cada vez que tropezaba y caía al suelo (varias veces en cada capítulo): «¡Qué caída más ton-ta». Pero a continuación se levantaba y seguía corriendo hacia delante, fijos los ojos en su objetivo. Eso es lo que me ha gustado siempre de él.

¿Qué tendrá todo esto que ver con la frase-cita que he seleccionado para hoy, que procede de la excelsa Agenda San Pablo 2012 (ya en preparación la de 2013)? Probablemente nada, salvo, quizá, la casualidad de que la frase-cita y Gorm comparten el gusto por la palabra «entusiasmo». Véase:

«La capacidad de entusiasmo es signo de salud espiritual» (Gregorio Marañón).

¡Qué pocas veces vemos entusiasmo a nuestro alrededor! ¡Qué pocas veces compartimos el entusiasmo, la alegría! ¡Qué pocas veces hacemos nuestro el entusiasmo de los demás, qué pocas veces nos sentimos motivados a interesarnos por aquello que es capaz de llevar al entusiasmo a los otros! Incluso a aquellos a quienes queremos. Funcionamos mucho más con un ligero desapego, despectivo a veces, meramente desinteresado otras. Miramos para otro lado, percibimos la exteriorización del entusiasmo de los demás como exageraciones, salidas de todo, comeduras de tarro, obsesiones…

Y sin embargo, el doctor Marañón, que sabía de cuerpos y de psiques, de mentes y de almas, de cerebros y de corazones, porque sabía de personas, viene a decirnos que precisamente el entusiasmo es signo de salud espiritual. Que la capacidad de entusiasmarse, de exaltarse fogosamente y de excitarse ante algo admirable o cautivador, de adherirse fervorosamente a una causa o a un empeño, es signo de salud espiritual.

Estoy de acuerdo con él, pero tengo que añadir un matiz. Entusiasmo es adhesión fogosa, interés fervoros del ánimo por algo, pero no frenesí. Comprendo a quien se entusiasma viendo un espectáculo público, por ejemplo, quien se adhiere a un grupo, pero no a quien lleva su adhesión tan lejos que pierde el horizonte y hasta la noción de lo que lo rodea. Si don Gregorio hubiera visto ciertos espectáculos deportivos, me atrevería a decir que estaría de acuerdo conmigo.

No obstante, y habiendo dicho don Gregorio lo que dice, voy a tener que ir al sanador espiritual para hacerme mirar mi aversión al fanatismo (bueno, al entusiasmo) futbolero.

Y en cualquier caso, ya nos vale de poner caras y amargarnos por tonterías como esa. Si nos diéramos cuenta de qué es realmente lo importante y cuán tonta es la cosa de la que nos quejamos, más capacidad de entusiasmo, y por ende más salud espiritual tendríamos a nuestro favor.

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