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Un pensamiento de Ralph Waldo Emerson


 
Último pensamiento del año, que llega, como siempre, en una época de mucha actividad y poco tiempo para sentarme a ver qué les escribo esta semana a estos señores tan amables que me leen o fingen hacerlo semana sí semana también. Sean indulgentes si hoy despacho la faena con dos pasos rápidos antes de meterme en la cocina a hacer helados y bizcochos y de salir luego a hacer las compras de paje sin alforja ni pecunia. Un momento, además, en el que debo siempre hacer introspección y balance. Tiempo propicio para ello es el fin de año, como también para enumerar los propósitos que inclumpliré en los próximos meses. Pero es que además, aunque no nací en una rivera del Arauca vibrador, sino en la Castilla del Pisuerga, sí nací en los albores del año, nada más pasar las resacas de las fiestas del matasuegras y el desmadre, el día después de la algazara de la conquista de Granada. Y eso me obliga y compromete, todos los años, a repasar mis días y mis años y darme cuenta de lo poco que avanzo: sumo uno y descuento cuarenta y tantos. Así no hay quien madure, oiga.
 
«Los años enseñan muchas cosas que los días jamás llegan a conocer» (Ralph Waldo Emerson).
 
Pues a ver si es verdad, don Ralfgualdo. Porque yo ya voy teniendo unos años y aún no me he enterado de la misa la media y ando más perdido que un explorador sin brújula ni mapas… Basta entonces, hijo, con que te detengas y mires las estrellas, con que antes de dar el siguiente paso otees el horizonte y detectes la dirección del viento, con que… Hasta en técnicas de orientación soy un desastre desastroso, un pato patoso, un zote zoquete.
 
Quizá se refiere la frase-cita a que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Puede. La experiencia, que no la otorga sólo el paso del tiempo, ojo, sí se adquiere poco a poco, con el transcurrir de los días aprovechados y los minutos fecundos. Y ojo también que a veces aprovechar un día es sentarse a mirar, y un minuto fecundo puede ser el minuto en el que no haces nada más que callarte junto a alguien.
 
¿Por qué una frase-cita sobre el tiempo que pasa justo en el cambio del año, en el paso, en la Pascua? No olvidemos que aunque apenas ya no se oye decirlo, estas fiestas de Navidad se felicitan también deseando felices Pascuas. Porque Pascuas son los dos pasos que se producen, porque Pascua significa paso. Es el paso que da Dios en estos días para hacerse hombre (error: para hacerse niño, para hacerse hijo, para hacerse embrión, para hacerse humano, ser necesitado de amor, guía, comprensión y enseñanzas de una madre y de un padre). Es el paso que da el tiempo para que podamos, aparte de contarlo, que es algo que nos encanta, contar cosas (narrarlas también, pero sobre todo cuantificarlas), cada vez que pasamos de diciembre a enero y volvemos a mirar hacia delante esperando de nuevo la primavera, la Semana Santa, el puente de mayo y el verano…
 
¿Por qué una frase-cita sobre el tiempo que pasa (y mira que me enrollo)? Porque justo ahora en que tenemos constancia cierta, más incluso que el día de nuestro cumpleaños, de que el tiempo pasa, es cuando podemos darnos cuenta de que cada vez que el tiempo pasa a nuestro lado, por encima de nosotros, o cada vez que nos atraviesa, nos va dejando cosas, enseñanzas, certezas, dudas, confianzas… Porque en estos días en los que nos damos cuenta de que no sólo hemos vivido un día más, sino una Navidad más, una Nochevieja más, un año más, volvemos a mirarnos a nosotros mismos y nos proponemos de nuevo mejoras y reformas, nos deseamos cambios para bien y maquillamos nuestros desconchones (con cal o con loreal, eso da igual).
 
Y es el momento de que al mirarnos dentro descubramos que seguimos teniendo, enjalbegado de potingues, al niño que bebe todo lo que le enseñan porque para él todo es aprender y descubrir.
 
Y que, niños como el Niño, aprendamos de los días, de los años, de la caída de las hojas y del germinar de la hierba, del pastor y de la viuda, de todo lo que nos rodea y nos pasa.
 
Feliz Año a todos.

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