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Momento 40


 
Varias de las cosas (¡por Dios, qué palabra más vulgar!, si estuviera aquí mi profesora de Redacción me suspendería, y me daría infinidad de opciones para mejorar mi estilo y eludir palabras ambiguas y generales) que me han sucedido esta última semana han tenido un denominador común: el diálogo. Como dice la RAE, un diálogo es una «plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos». Y eso es lo que he tenido cuando me han hecho una entrevista radiofónica (sí, a mí, ya ves qué cosas), cuando he comentado con mis amigos la película que acabábamos de ver (y que recomiendo: Los Miserables, y eso que el título engaña, porque en esta historia todos, o casi todos los personajes, son mucho más dignos que lo que estamos acostumbrados a ver en nuestros días…), cuando he reducido, con palabras y una taza de té, una pequeña crisis de ansiedad familiar, cuando he asistido, por motivos de trabajo y también afectivos, a una entrevista periodística a un autor, testigo directo de grandes sucesos cotidianos de la historia de la Iglesia reciente…
 
O cuando he comenzado a leer el prólogo del último libro que me han regalado, porque leer también es dialogar; recordemos lo que dice al respecto André Maurois: «La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta». O cuando he preguntado y he estado a la escucha (es Machado quien recomienda, para dialogar, preguntar primero y escuchar después). O cuando he besado, pues si hacemos caso a George Sand, «el beso es una forma de diálogo» (vaya, estoy pensando que en esta modalidad dialogal estoy algo «más flojo», jopetas, ¿alguien me ayuda?). O cuando he meditado sobre la vida, en general, o sobre la mía, en particular, no he hecho más que poner en diálogo mi alma consigo misma («A ver, Alvarito, ¿qué estabas haciendo?», me digo a veces a mí mismo cuando nadie, ni mi vecina, que está sorda, me oye).
 
En fin, que no paro de hablar, vamos. No sé bien, entonces, si la frase-cita debería hablar del diálogo (habla, que te escucho) o del silencio (¡ya cállate ya!). En el fondo, creo que ya hemos hablado suficiente por esta vez sobre el diálogo y su esencia, y hemos podido ver que un beso, una palabra, un silencio, una oración (ya dice santa Teresa que «no es otra cosa oración mental, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama»), una mirada interior son o pueden ser un diálogo. Quedémonos mejor con algo más práctico, con un consejo sobre el diálogo:
 
«Cuando converses con alguien, no olvides que el diálogo supone alternancia en el uso de la palabra; cédele el turno oportunamente al resto de interlocutores, para que todos puedan exponer cuanto piensan.
Si es otro el que está hablando, escúchalo con atención y no lo interrumpas, ya tendrás tiempo después de pedir la palabra para corregir, matizar, corroborar o contradecir lo expuesto por tu interlocutor.
No monopolices el diálogo, no agotes el tema ni cambies de asunto sin dar a los otros la oportunidad de intervenir y hacer su aportación» (Momento 40).
 
Que tengáis una buena semana.

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