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Un pensamiento de Pitágoras



Siempre he oído decir que el calor ablanda las neuronas y uno no puede casi ni pensar. Quizá por eso este pensamiento semanal va a ser un poco deslavazado, diluido entre el agua fría de la ducha, el sudor de mi cuerpo y la cerveza y los refrescos que bebo. De todas formas, pese al calor, y pese a que mi única y desgastada neurona me ha pedido vacaciones aprovechando la canícula, creo que todavía nos queda algún mecanismo de raciocinio como para seguir adelante. Más que impedirnos pensar, el calor puede hacer que pensemos más despacio, pues todo a nuestro alrededor se mueve más despacio, hasta el aire.

Despacio y todo, a veces uno oye cosas que le hacen pensar, de entrada, que quien las ha dicho es, como poco, tonto. Luego, indagando un poco más en su ocurrencia, se puede colegir que además es un ignorante, que no tiene conocimiento suficiente acerca de lo que habla como para poder elaborar no ya una teoría, sino una mera frase coherente, y que, como sostiene una amiga mía con denuedo, su tontería esconde una maldad perversa.

De tontos va la cosa:


Me lo estoy imaginando. Patio de vecinos. La del cuarto be le ha quitado un sostén del tendedero a la del segundo hache, que a su vez está intentando quitarle el novio a la del octavo ge. Los vecinos del bajo be hablan ruso y han orientado la antena parabólica para poder pillar los canales en su idioma, cosa que ha molestado enormemente a los que viven justo enfrente, que quieren ver sus adorados culebrones venezolanos sin interferencias. Los del tercero a y ce están todo el día golpeándose mutuamente las paredes, poniéndose zancadillas, amenazándose e insultándose porque ambos dicen que su piso en realidad deberían ser los dos, que un anterior administrador partió para que sus abuelos dejaran de pelearse (la cosa viene de lejos, como las batallas de los osos de las montañas de los dibujos animados, todo el día pegando tiros sin saber por qué). Y entonces llega el beatífico sonrisas del ático, que se pasa el día mirando a las nubes y se ha insolado con el calor, y suelta que lo que hay que hacer para solucionar las disputas es nombrar entre todos a un vecino supremo, que dependa a su vez de la mancomunidad de vecinos de la manzana. Ni George Orwell lo habría pintado mejor.

Pero, piltrafilla, si no sabes lo que dices. Si no tienes datos suficientes para conocer cómo se organiza y vive cada vecino. Si no tienes ni idea de lo que significan las palabras que usas, y mezclas los conceptos al tuntún en un batiburrillo informe, fofo y huero. ¿Por qué no te callas, mi vida? ¿O es que va a resultar que mi amiga tiene razón y todo lo que dices, aun pareciendo vanas ocurrencias de un fatuo panoli, están llenas de pura intencionalidad maléfica?

Te veo paseando con tu sonrisa beatífica y tu túnica, como fundador de un nuevo movimiento sincrético-ecléctico: la liga federal de los distintos agrupados en amorosa igualdad.

Tonto. Más te valdría hacer caso de Pitágoras.

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