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Notas en el cuaderno de mi Madre



Hace mucho que no escribo nada en el blog. Yo no quiero esta vez comentar una frase, o un texto, o un poema. Hoy quiero rendir un especial homenaje a mi Madre, a toro pasado, pues ya hemos celebrado el Día de la Madre. Le voy a rendir homenaje reproduciendo algunos textos que ella anotó en un cuaderno, textos que seleccionó porque los consideraba importantes. Confieso que la primera vez que vi el cuaderno lloré intensamente: dos de esos textos eran poemas míos. Si, como dice Gonzalo Rojas, uno debe amor a su madre porque es viento nacido de su roca y de ella ha aprendido hablar su lengua, el hecho que una sola palabra mía haya vuelto a su corazón hasta querer retenerla en la página de un cuaderno para poder releerla, me tiene aún sobrecogido. Los que siguen son algunos, no todos, de los textos que contiene ese cuaderno, que dice mucho más del corazón de mi Madre de lo que yo nunca seré capaz de expresar.

«¿Existe algo más admirable para dos almas que la sensación de unirse para siempre, de fortalecerse mutuamente en toda dura tarea, de apoyarse la una en la otra en los momentos de aflicción, de auxiliarse en el sufrimiento, de entregarse como un solo ser a los silenciosos e inefables recuerdos en el momento de la última partida?» (John Irving).

«No me busques en los montes
por altos que sean,
ni me busques en la mar
por grande que te parezca.
Búscame aquí,
en esta tierra llana,
con puente y pinar,
con almena y agua lenta,
donde se escucha volar
aunque el sonido se pierda»
(Francisco Pino).

«Cuéntamelo otra vez, es tan hermoso
que no me canso nunca de escucharlo.
Repíteme otra vez que la pareja
del cuento fue feliz hasta la muerte,
que ella no le fue infiel, que a él ni siquiera
se le ocurrió engañarla.  Y no te olvides
de que, a pesar de los problemas,
se seguían besando cada noche.
Cuéntamelo mil veces, por favor:
es la historia más bella que conozco»
(Amalia Bautista).

«¡Cómo se ha llenado de ti la soledad!
La soledad me huele a ti como si estuvieras dormido en ella,
como si esta soledad mía sólo fuera la almohada en que
pones la cabeza, la sábana que te envuelve, blanca y tibia...
¡Cómo está llena de ti la soledad, cómo te encuentro, y cómo
te amo, y cómo me muero en ti, en ella!»
(Dulce María Loynaz).      
                                  
«Una inmensa serenidad
has sembrado en mi corazón,
voy por la senda de tu paz:
gracias, Señor.

Si Tú permites que hasta mí
llegue la dulce revelación
de que me llamas para sufrir:
gracias, Señor.

Si en mi camino has de sembrar
sólo tristeza y desolación
y mis rosas espinas dan: gracias, Señor.

Y si quieres que yo te dé
la vida que tu Amor me dio, 
aquí la tienes, tuya es:
gracias, Señor.

Una inmensa serenidad
has sembrado en mi corazón, 
voy por la senda de tu paz:
gracias, Señor»
(Mª Ángeles de Armas).

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