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El canto en la liturgia: el patito feo de la música religiosa


El pasado 11 de julio publiqué en la revista Vida Nueva, en su número 3466, un pliego sobre el canto litúrgico, que es el patito feo de la música religiosa. Patito feo que, sin embargo, algunos (muchos, pero siempre pocos), consiguen que se convierta en un hermoso cisne.

Lo que sigue es la parte del pliego que se puede leer libremente en la web de la revista (el resto está sujeto a suscripción).









¿Música religiosa, sacra, litúrgica? Hablamos de “música religiosa” para referirnos a toda la música que busca a Dios, habla de Él o expresa la experiencia de fe del artista. Cabrían aquí canciones como ‘Dios es un ‘stalker’’, de Rosalía, o temas más confesionales, como ‘Gólgota’, la canción con la que el joven cantante Ángel Catela se estrenó en la Fiesta de la Resurrección el pasado mes de abril. Y podríamos considerar si la confesión de Amaia Montero y La Oreja de Van Gogh –“yo creo en Dios, pero a mi manera”– está más cerca de la música religiosa o del márketing.

“Música sacra” y “música litúrgica” son conceptos más específicos. Parto en este artículo de las reflexiones de los jesuitas Diogo Couceiro y Bert Daelemans y de la cantautora y pastoralista Maite López, publicadas en la revista ‘Sal Terrae’ (enero de 2026) sobre “la música en la experiencia de fe”. Por supuesto, de la lectura de los documentos eclesiales: el ‘motu proprio’ de Pío X ‘Tra le sollicitudini’ (1903); la constitución conciliar ‘Sacrosanctum Concilium’ sobre la sagrada liturgia (1963), y la instrucción pastoral ‘Musicam sacram’ (1967). He tenido en cuenta también recientes artículos, entrevistas, pódcast, etc.

Música sagrada

‘Musicam sacram’ entiende por música sagrada “aquella que, creada para la celebración del culto divino, posee las cualidades de santidad y de perfección de formas” (MS 4). Con este nombre –continúa– “se designa aquí: el canto gregoriano, la polifonía sagrada antigua y moderna, en sus distintos géneros, la música sagrada para órgano y para otros instrumentos admitidos, y el canto sagrado popular, litúrgico y religioso”.

¿Se podría entender, según esto, que música sacra y música litúrgica son lo mismo? No parece que entren “en el mismo saco” obras tan diferentes como la ‘Misa Solemnis’ de Beethoven, la ‘Misa cantada en castellano’ de Tomás Aragüés o la canción ‘No adoréis a nadie’, de Luis Alfredo Díaz.

Función ministerial

Diogo Couceiro señala que el Vaticano II introdujo un punto novedoso al considerar la música litúrgica, más que un estilo musical, una función. Una función “ministerial” (SC 112), que consiste en glorificar a Dios y santificar a los hombres, siendo así que “la música sacra será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica” (SC 112).

Así lo expresa Marcos Torres, profesor de la Universidad de Navarra: “No se canta en la liturgia, sino se canta la liturgia (…). En la celebración del Misterio, la música no es decoración o complemento, sino el mismo ‘ritus’ [ritual] y la misma ‘prex’ [oración]”.

Misterio y asamblea

“La música en la Eucaristía –explica Bert Daelemans– no es un simple ornamento, sino un camino para entrar en el misterio (…). Se muestra como respuesta agradecida a la revelación de Dios; participación sacramental en la acción de Cristo; obra del Espíritu Santo en la comunidad; expresión de la comunión eclesial y anticipo del canto eterno del Reino”. Como dice Maite López, “en la Eucaristía, la música resalta el carácter asambleario de la celebración y constituye un elemento de gran valor; no es adorno, sino expresión profunda del alma y medio de encuentro con Dios”.

Resumiendo las indicaciones de los documentos posconciliares, Couceiro concluye que, para la liturgia, solo es adecuada la música que “por su lenguaje, forma y sobriedad, sirve al rito, favorece la participación de la asamblea y conduce al misterio, sin convertirse en protagonista”. Y señala algunas claves: que sea una música bella; que haya sido creada expresamente para el uso litúrgico; que ponga su melodía y su armonía al servicio del texto, bíblico o inspirado; que tenga un lenguaje, musical e idiomático, accesible para la asamblea, y que subordine la instrumentación al canto, como acompañamiento a este.

En consonancia y armonía

Añade a continuación una clave importante, derivada de la inculturación: “Que el lenguaje musical esté en consonancia con la realidad concreta de la asamblea y en armonía con las demás expresiones artísticas del espacio celebrativo”. La música no debe ser la misma en una misa de un campamento juvenil, con una asamblea de adolescentes y jóvenes y celebrada en un pinar al aire libre, que en la toma de posesión de un arzobispo en la catedral, ante una asamblea en la que hay personas de todas las edades, procedencias y sensibilidades eclesiales. Y, aunque no son excluyentes, no es lo mismo cantar una antífona gregoriana en un templo románico en un pueblo de Castilla que el ‘Aleluya’ de Haendel en una iglesia barroca.

A las claves anteriores, deberíamos añadir al menos otras tres: que esté en consonancia con el tiempo litúrgico y el momento celebrativo; que sea universal (como lo es la Eucaristía para que cualquier persona se reconozca en ella, y pueda compartir y celebrar la fe en medio de una comunidad diferente a la suya), y que tenga una duración adecuada, sin interrumpir ni alargar innecesariamente el ritmo de la celebración.

Cantos del Ordinario y del Propio

Los cantos de la misa acompañan y se integran en las acciones litúrgicas correspondientes. Se dividen en cantos del Ordinario, cuyos textos son invariables en todas las misas –‘Kyrie’ o Señor ten piedad, Gloria, Credo, Santo y ‘Agnus Dei’ o Cordero de Dios; también el Padrenuestro y la Doxología–, y cantos del Propio, cuyos textos, de inspiración bíblica, cambian según el tiempo litúrgico o la fiesta del día –Introito (canto de entrada), Salmo responsorial, Aleluya, Ofertorio y Comunión–.

Cada celebración tiene sus propias antífonas para la entrada, el ofertorio y la comunión, además de un salmo responsorial. Estos textos se encuentran en los libros oficiales de la Iglesia: el ‘Graduale Romanum’ (1974), que contiene el repertorio oficial en gregoriano para la misa, y el ‘Graduale simplex’ (1967), con una selección del repertorio gregoriano más sencillo, así como otras melodías que buscan facilitar el canto de la asamblea, tanto del Ordinario como del Propio.

Hay quien considera que muchos textos litúrgicos están “quemados” o “gastados” y “necesitan renovarse”. Sin embargo, cambiar esos textos no debe ser una decisión unilateral del compositor o el celebrante, sino de la jerarquía de la Iglesia: “Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia” (SC 22,3). León XIV ha incidido también en ello. (…)

Pliego completo solo para suscriptores


Índice del Pliego

¿QUÉ ES LA MÚSICA LITÚRGICA?

  • Parte de la liturgia
  • Claves de la música litúrgica
  • ¿Qué se canta?

UN POCO DE HISTORIA (Y ALGUNOS NOMBRES)

  • El ‘boom’ del Vaticano II
  • Cinco caminos compositivos

¿QUÉ NECESITA LA MÚSICA LITÚRGICA?

  • El Estudio de 2017
  • ¿Cuál es el estado actual de la cuestión

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