viernes, 22 de mayo de 2015

Sobre libros y escritura


Estoy de nuevo en un momento en el que los libros pueblan mi vida. Hace menos de quince días que firmé el contrato de mi segundo libro, Momentos twitter, del que vi la portada pocos días después y del que hoy viernes he recibido el primer ejemplar. Ya me he hecho mi camiseta promocional (única en el mundo: nadie más que yo tiene una camiseta con la portada de mi libro, y creo que nadie más que yo querría tenerla), y ya tengo apalabrado, para el sábado 30, mi turno para firmar ejemplares en la Feria del Libro.


Feria del Libro en la que participo también, como todos los años, como librero-editor-vendedor, o como feriante, vamos. Tres semanas en las que no paro, no descanso, pero que suelen aportarme momentos muy intensos, interesantes y divertidos. Momentos que en principio, salvo que mi lumbago me lo impida, espero disfrutar a tope.


Pero es que hay más: el pasado 15 de mayo recibí, vía Facebook, la noticia de que he sido citado en la dedicatoria de un libro, porque la ilustradora quiso citarme. El libro se titula Después del Gran Incendio, está escrito por Silvia Añover y publicado por Alfasur. E ilustrado nada más y nada menos que por Atocha Sanz. Que ha tenido la delicadeza de incluirme en la dedicatoria del libro, simplemente porque un día le dije que si quería dedicarse a ilustrar libros infantiles, que no se quedara con las ganas. Ya en una ocasión le dije que quería tener un dibujo suyo en mi pared. Ahora ella me ha regalado mucho más que eso: su gratitud y su sonrisa impresas en una dedicatoria que leerán cientos, ojalá miles de personas. El agradecido y emocionado, hasta el alinamorganamiento, soy yo. (Eso sí, acabaré teniendo un AtoSanz auténtico colgado en mi casa, como tengo un Violeta Monreal, un Aitana Martín, un Adoración Pérez, un Montserrat Gudiol, un Rafols-Casamada, un Bárbara Gil, un Rafa López Ledo, un Ramón Ramonet, un Nacho Barruso, un Irene Laviña, un Jaume Roure, un María Puncel…).


Y aún hay más. Hace poco más de un año tuve el honor y el privilegio de leer el original de una novela que acaba de ser publicada. Su autora, a quien conozco y admiro por su trabajo y por su personalidad, y a quien aprecio desde la amistad, me envió su libro sin saber aún si alguien querría publicarla. Yo la leí y, emocionado, le escribí un breve comentario personal que terminaba así: ¡Que tiemble Isabel Allende! Pues bien, la novela, que se titula Jilgueros en la cabeza se acaba de publicar. Lo ha hecho Khaf, que pertenece al grupo Edelvives. Y su autora es Carmen Guaita. Cuando le comenté el otro día, por twitter, que estaba deseando tenerla y volverla a leer, esta vez como libro y no como colección de folios en una carpeta, me dijo: «Estás en la dedicatoria, Álvaro». No sabe Carmen, no lo sabes, si me lees, lo mucho que me ha emocionado saberme en tu dedicatoria.


Sigo aún sobrecogido. En menos de un mes, mi nombre, mi persona, aparece en tres libros diferentes, muy diferentes entre sí, pero que tienen algo en común: el cariño con que han sido hechos, leídos, recibidos, animados. Y recomendados.


Porque no es de recibo que quien visite la Feria del Libro no se lleve en sus manos un ejemplar de Jilgueros en la cabeza, otro de Después del Gran Incendio, y otro de Momentos twitter. Tengo más recomendaciones, autores imprescindibles de libros maravillosos: Javier Fonseca, Violeta Monreal


Y ahora, unas cuantas frase-citas para reflexionar sobre la escritura:


«Escribir es la manera más profunda de leer la vida» (Francisco Umbral). 


«Al escribir proyectas un mundo a tu medida» (Jesús Fernández Santos). 


«Escribir es defender la soledad en la que vivo» (María Zambrano). 


«Escribir es siempre protestar, aunque sea de uno mismo» (Ana María Matute). 


Comparto, de algún modo las cuatro actitudes de estos grandes escritores. Pretendo leer la vida cuando escribo algo; aunque mi lectura se quede en el umbral de la profundidad, o mejor, en el umbral de la patochada, mi escritura es una lectura de la vida. De la vida que veo, de la que vida en la que creo, del mundo en el que vivo, del mundo que proyecto. Una proyección que no es quizá tanto la proyección de mi mundo, de mi realidad, sino de mi deseo, de mi utopía, de mi esperanza. Proyección de un mundo que, mío o no, percibo en soledad y desde la soledad, porque la soledad me caracteriza. De algún modo, en algún momento del proceso creativo, a todos los que escriben les debe acompañar la soledad. Y quizá por eso, por estar en soledad, por estar intentando proyectar un mundo que no es exactamente el que vivo sino el que querría vivir, algo en mí se rebela contra el mundo, contra la soledad, contra mí mismo, y grita. Y todo ese batiburrillo, todo ese mejunje, acaba colgado en un blog.


Y después, filtrado en diversos cedazos, acaba convirtiéndose en un librito tan pequeño que para reproducir su portada en una camiseta y que no parezca un bolsillo hay que ampliar casi un cuatrocientos por cien…

 

viernes, 15 de mayo de 2015

Notas en el cuaderno de mi Madre



Hace mucho que no escribo nada en el blog. Yo no quiero esta vez comentar una frase, o un texto, o un poema. Hoy quiero rendir un especial homenaje a mi Madre, a toro pasado, pues ya hemos celebrado el Día de la Madre. Le voy a rendir homenaje reproduciendo algunos textos que ella anotó en un cuaderno, textos que seleccionó porque los consideraba importantes. Confieso que la primera vez que vi el cuaderno lloré intensamente: dos de esos textos eran poemas míos. Si, como dice Gonzalo Rojas, uno debe amor a su madre porque es viento nacido de su roca y de ella ha aprendido hablar su lengua, el hecho que una sola palabra mía haya vuelto a su corazón hasta querer retenerla en la página de un cuaderno para poder releerla, me tiene aún sobrecogido. Los que siguen son algunos, no todos, de los textos que contiene ese cuaderno, que dice mucho más del corazón de mi Madre de lo que yo nunca seré capaz de expresar.

«¿Existe algo más admirable para dos almas que la sensación de unirse para siempre, de fortalecerse mutuamente en toda dura tarea, de apoyarse la una en la otra en los momentos de aflicción, de auxiliarse en el sufrimiento, de entregarse como un solo ser a los silenciosos e inefables recuerdos en el momento de la última partida?» (John Irving).

«No me busques en los montes
por altos que sean,
ni me busques en la mar
por grande que te parezca.
Búscame aquí,
en esta tierra llana,
con puente y pinar,
con almena y agua lenta,
donde se escucha volar
aunque el sonido se pierda»
(Francisco Pino).

«Cuéntamelo otra vez, es tan hermoso
que no me canso nunca de escucharlo.
Repíteme otra vez que la pareja
del cuento fue feliz hasta la muerte,
que ella no le fue infiel, que a él ni siquiera
se le ocurrió engañarla.  Y no te olvides
de que, a pesar de los problemas,
se seguían besando cada noche.
Cuéntamelo mil veces, por favor:
es la historia más bella que conozco»
(Amalia Bautista).

«¡Cómo se ha llenado de ti la soledad!
La soledad me huele a ti como si estuvieras dormido en ella,
como si esta soledad mía sólo fuera la almohada en que
pones la cabeza, la sábana que te envuelve, blanca y tibia...
¡Cómo está llena de ti la soledad, cómo te encuentro, y cómo
te amo, y cómo me muero en ti, en ella!»
(Dulce María Loynaz).      
                                  
«Una inmensa serenidad
has sembrado en mi corazón,
voy por la senda de tu paz:
gracias, Señor.

Si Tú permites que hasta mí
llegue la dulce revelación
de que me llamas para sufrir:
gracias, Señor.

Si en mi camino has de sembrar
sólo tristeza y desolación
y mis rosas espinas dan: gracias, Señor.

Y si quieres que yo te dé
la vida que tu Amor me dio, 
aquí la tienes, tuya es:
gracias, Señor.

Una inmensa serenidad
has sembrado en mi corazón, 
voy por la senda de tu paz:
gracias, Señor»
(Mª Ángeles de Armas).