martes, 30 de marzo de 2010

Apresamiento

(Aunque el poema no es nuevo, creo que es un buen momento para recordarlo).

Todo está oscuro esta noche,
todo está frío.
Bajo la luna, cortada su faz
por las nubes,
está temblando un hombre.

Verde y plata en los olivos
se hace opaco,
lacerando en carne viva
el aire crudo.
Rojo y oro surca el rostro
de la angustia.

¡Padre!, líbrame;
mas no me libres, no hagas nada
si tú no lo quieres.

Temblor y sueño en los amigos
oculta el miedo.
¡Angustiosa incertidumbre!:
no saber qué esconde
la tristeza oscura de su rostro.
Sed amarga que el agua no aplaca.

Un tumulto se aproxima.
Ya la muerte acecha
oculta tras un beso.
Y Dios mismo
queda preso. Desnudo escapa
un muchacho.

viernes, 26 de marzo de 2010

Un pensamiento de santa Teresa del Niño Jesús

Hola, corazones.

Esta semana vengo más tarde porque he tenido que ir a hacerme unas fotos un poco especiales, de esas que salen como negativos y se te ven hasta los huesos. Pero ya estoy aquí, dispuesto a daros la batalla de todos los viernes.

Entramos en un momento especialmente intenso para la vivencia espiritual y sensible. Y para la artística. Entro en el topicazo cuando digo que si Sevilla es el fervor Valladolid es el recogimiento. Nada más envolvente que el sonido del silencio acompañando al Yacente de Gregorio Fernández en la noche del Jueves Santo. Pero yo hace años que no estoy en esas, pues paso de canto en canto, y de pronto estoy aclamando trompetero con mi nueva voz de tenor (ahora parece que ya sí suena bien) como me pongo dulce para afirmar ubi caritas est, grito desgarradamente que «no tenemos más rey que al césar» o exulto gozoso en interminables (y extenuantes) aleluyas. Vamos, que vivir la Semana Santa en un coro es una experiencia para la voz, para la piel (sobre todo si eres de esos que tenemos la emotividad pronta a instalarse en la epidermis) y para el espíritu.

No es de extrañar, pues, que la frase-cita de hoy acompañe los tiempos y la sensibilidad propia de la Semana Santa. El que avisa no es traidor. Hoy hablaremos de fe. Y para ello acudimos a los expertos: a los santos, concretamente a santa Teresa del Niño Jesús, a quien una interpretación sensiblera de su vida y de sus escritos convirtió engañosamente en santita Teresita del Niñito Jesusito de Mi Vidita, todo lleno de diminutivos entontecedores, cuando en realidad es otra mucho más grande por humana y por cercana a Dios. Veamos qué nos dice la santa:

«La verdadera valentía está en desear la cruz en medio de la angustia del corazón, y al mismo tiempo en rechazarla, por decirlo así, como nuestro Señor en el Huerto de los Olivos» (santa Teresa del Niño Jesús).

Y después de escuchar sus palabras, qué puedo decir yo, qué puedo hacer sino detenerme y escuchar el eco tozudo y nítido de lo que dice: verdadera valentía (no cualquier valentía, ni una falsa, o incompleta, sino verdadera, valiente, valga la redundancia)… desear la cruz (con la cantidad de rechazos que se experimentan, con la cantidad de condicionantes externos e internos, con la cantidad de voces contradictorias, desear la cruz, sí, pero…)… en medio de la angustia del corazón (reconociéndola pero no dejándose dominar por ella, no huyendo de ella, sino aceptándola en su completa realidad)… al mismo tiempo (no antes, no después, no demasiado pronto ni demasiado tarde, sino a su hora, en su momento), rechazarla (declinar la invitación a la par que se desea recibirla, sin perder de vista lo que somos, sin creernos lo que no somos…), como nuestro Señor en el Huerto de los Olivos (en imitación, en seguimiento, compartiendo angustias, miedos, dolores, penas, ya que todos tenemos nuestro Huerto de los Olivos y todos alcanzamos calvarios, todos recibimos cruces y todos las aceptamos o las rechazamos…) pero todo, sea lo que sea, que lo hagamos así, como nuestro Señor…

No es una lección lo que pretende darnos Teresa, santa Teresa, la del Niño Jesús (y de la Santa Faz, que siempre olvidamos esta parte de su santo nombre). Pero sin pretenderlo, nos la da.

Sea cual sea el espíritu con el que vayáis a vivir la Semana Santa, que disfrutéis al máximo lo que hagáis y que os resulte provechosa y fructífera para cuerpo, alma y experiencia vital. Un besabrazo a todos.

jueves, 18 de marzo de 2010

Un pensamiento de George Herbert

Hola, corazones.

Ya sé que hoy es jueves, pero mañana es festivo y no trabajo, ¡y además de voy de viaje! Estaré todo el fin de semana, desde esta tarde hasta el lunes por la noche, en Alemania.

Así que hoy tenemos que ser breves, que el deber me llama y el deseo de evasión me acompaña. Pasemos, pues, sin más preámbulos, a la frase-cita seleccionada para esta semana, que ha sido tomada de la magnífica Agenda San Pablo 2010, concretamente del 20 de marzo:

«No todo resbalón significa una caída» (George Herbert).

No tengo otra que felicitar a Jorge Heriberto por su claridad expositiva y por lo certero de su afirmación. Efectivamente, ya lo dice el refranero, ese constructo de sabiduría popular en el que una aseveración y su opuesto encuentran verosimilitud en el lenguaje corriente: «El que tropieza y no cae, avanza dos veces».

[Un inciso: existe un divertido juego de palabras relativo a los refranes, que consiste en añadir a cada una de las dos partes del refrán dos expresiones según la siguiente fórmula:
Primera parte del refrán + “debajo de las sábanas”,
Segunda parte del refrán + “entre la piernas”.
En el caso que nos ocupa, el refrán quedaría así: «El que tropieza y no cae… debajo de las sábanas, avanza dos veces… entre las piernas». Se puede hacer incluso con la frase-cita, ved: « No todo resbalón… debajo de las sábanas significa una caída… entre las piernas». ¡Hala!
Procaz, pero extremadamente divertido. Probadlo. No hay refrán que no tenga su equivalente en el tálamo].

Volvamos a la excelente frase-cita de Jorge Heriberto (quizá con otro humor le hubiera puesto a caldo por decir perogrulladas evidentes, pero hoy mi mente vuela hacia otros aires, y eso me da una perspectiva diferente de las cosas). Es evidente lo que dice, y todos hemos podido comprobarlo en vivo y en directo, en nuestras propias carnes. ¿Quién no se ha tropezado por la calle con una baldosa suelta (anda que hay pocas en esta querida ciudad nuestra, tiene el récord olímpico en trompicones a cuatro tiempos) y al final, en vez de caer, ha dado dos o tres pasos hacia delante en vez de uno? ¿Quién no ha resbalado alguna vez en las grises aceras nevadas (en cuanto llegan cuatro peatones y la pisan, la blanca nieve se convierte en gris pista de patinaje)?

En un sentido algo más figurado, me figuro que todos me entenderéis, cuando alguien «tiene un desliz» (¿hay palabra más fina y delicada para referirse a ello?) no se cae, sino que, normalmente, se avanza hacia una nueva vida. Claro que hay que tener una mentalidad especial para entender como mero «desacierto o indiscreción involuntaria» (RAE) algo que suele tener tanto de acierto…

No todo error es irreversible, no toda falta es incorregible, no toda tacha es imborrable, no todo fallo es imperdonable. Es más, creo que Jorge Heriberto quiere recordarnos que tenemos que seguir adelante en nuestro proyecto de vida, levantándonos en nuestras caídas (esto lo añado yo), incluso cuando nos encontremos sobre suelo poco firme y resbalemos. Es, en el fondo, un mensaje de ánimo y de optimismo, de denuedo y de coraje.

Así que caminemos, tarareando, si queréis, aquello de Luis Aguilé: «Camina, camina, no mires atrás…».

viernes, 12 de marzo de 2010

Un pensamiento de Francisco de Quevedo

Hola, corazones.

Me gusta esa sensación de lagrimeo cuando el gélido aire matinal golpea mi faz, pero no me gusta la tiritona que, a renglón seguido, invade mi costillar. Me gusta el silencio percibido con rotundidad cuando me despierto, oscuro aún el entorno, pero no me gusta el momento en el que el despertador, insolente, abre en canal esa paz con su recordatorio de que hoy comienza un nuevo día. Me gusta, de verdad, aunque pueda parecer extraño, saber que he de levantarme nuevamente, que –ya lo he dicho– hoy comienza un nuevo día, pero no me gusta la facilidad con que soy capaz de convertir ese nuevo día en otro más, ¡y por si fuera poco lo hago sin darme cuenta!

No me he avenado, ni estoy ideoso, ni han huido de mí los pocos atisbos de racionalidad, podéis estar tranquilos (o no, precisamente…). Es la frase-cita que el envío diario de Proverbia-net me ha remitido quien me ha puesto a deshojar la margarita del gusto y el disgusto, de la complacencia y el displacer. Una frase-cita de «don Villegas»:

«El que quiere de esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos» (Francisco de Quevedo).

Que no todo puede estar a nuestro gusto es algo que aprendimos de niños. Pero también es un anhelo que, a pesar de las múltiples dificultades, disgustos, encontronazos y desavenencias que hemos tenido a lo largo de nuestro existir, nunca hemos abandonado por completo. Porque, en el fondo, todo lo queremos a nuestro gusto.

Quiero tener un hogar, y lo quiero donde yo quiero, en la zona que a mí me gusta, pero además quiero que esa zona esté limpia, cuidada y vigilada, libre de morralla. Y además quiero que mi hogar sea bonito, agradable, acogedor, y libre de ruidos externos, de aromas culinarios vecinales… y que esté calentito y confortable… Y quiero un hogar libre de polvo y pelusas, y un cuarto de baño cómodo y limpio, y libre de charcos inesperados…

Ya, hijo, pero es que resulta que lo quieres todo, y todo a tu gusto, y eso no puede ser. Acabarás llevándote un disgusto con el que abandona desperdicios en la puerta de tu casa y con el que no impide, pese a la autoridad que le confiere su profesión, que eso ocurra, acabarás cansado de que las pelusas esperen a reírse de ti en el preciso instante en el que has guardado de nuevo el aspirador, terminarás por desesperarte cuando vuelva el agua a desbordar su cauce en el desagüe.

[Esto es sólo un ejemplo. Mi ejemplo, pero un ejemplo. Y creo que válido.]

Sé, don Francisco, que tiene usted toda la razón, que no se puede querer todo a gusto de uno, que siempre habrá algo que venga a romper esa armonía, a modificar ese acorde perfecto, a distorsionar la tonalidad, a interponerse entre el horizonte feliz y mis esperanzados ojos. Lo sé. Pero sabiéndolo y todo, creo lícito un cierto nivel de queja, de lamento, de suspiro, de congoja. Sin olvidar, claro, el humor; sin perder de vista, por supuesto, la realidad; sin dejar a un lado, ¡eso nunca!, la perspectiva fecunda que da siempre el otro. Y sin dejar nunca, nunca de dar gracias a Dios, al cielo, a la vida, al amor, a la suerte…, todo lo que tienes que te gusta y, también, todo lo que tienes que no te gusta. Porque sólo cuando no te gusta algo intentas cambiarlo y mejorarlo.

Mi gratitud a «don Villegas» por recordármelo.

viernes, 5 de marzo de 2010

Un pensamiento de Samuel Johnson

Hola, corazones.

Según me dirigía, en el autobús (¡he dicho adiós a metrosauna y soy feliz!), al trabajo, se ha cruzado con nosotros, en la calle de Alcalá (pero no en la parte noble, antigua, sino ya bien pasada la Plaza de Bienes de Interés Cultural de la Ventas), un coche de la policía, a toda velocidad, con sirena y luces azules (en ese momento del día en que no sabes si es de noche o de día y la luz asoma entre nubes y tinieblas, las parpadeantes luces azules de la policía tienen un fulgor especial, único, casi mágico; quizá toda luz es mágica a esa hora, también la que sale tímida por las ventanas, tras las cortinas semiechadas…). Quiero contar una anécdota y me sale la vena lírico-poética, no tengo remedio. El caso es que el coche de la policía me ha provocado un no sabría muy bien decir qué. He pensado «Dios mío, que no sea nada grave, que lleguen a tiempo, que sólo haya sido un susto, nada más». Siempre que veo una ambulancia me santiguo mentalmente ofreciendo una especie de oración por «el bicho», como dicen unas amigas mías, por el ser doliente que va dentro, y algo parecido me ocurre cuando veo a la policía. Que cojan a «los malos», si es que son malos de verdad, y no tristes víctimas de la injusticia o de la necesidad, y que sean buenos con ellos.

Y en estas estaba cuando de repente la masculina y firme voz del señor que va en todos los autobuses a todas horas me avisó de que estaba a punto de llegar la próxima parada, la mía. Fue como despertarme de un sueño, pero no era tal, sino una reflexión orante, un respeto solidario, una misericordia ciudadana.

...

Dicho todo esto, ¿cómo justifico yo ahora la elección de una frase-cita –tomada, esta vez, de la excelsa Agenda 2010 de San Pablo, confeccionada con amor, ternura y exquisita dedicación profesional por un tipo simpático y un poco pedante como yo– que no tiene nada que ver con esta larga introducción que os he colado? No hay justificación: nada tiene relación (o sí, quién sabe). La frase-cita de hoy, pues, podéis encontrarla al pie de la página correspondiente al domingo 7 de marzo de esta mi genial agenda. Y dice así:

«Las grandes obras son hechas no con la fuerza, sino con la perseverancia» (Samuel Johnson).

Para ver si don Samuel Juánez tiene o no razón, vamos a imaginar una gran obra y estudiar cómo ha sido hecha. Pongamos como ejemplo las Pirámides de Egipto, o la Gran Muralla China, o el Goden Gate. Obras todas ellas en las que la fuerza y la perseverancia han trabajado unidas (y sobre todo la multitudinaria mano de obra con la que contaban, y la fuerza de los ingenios y maquinarias empleados en su construcción). Pero, ¿son estas las grandes obras a las que se refiere don Samuel? ¿O son las grandes obras del espíritu, del intelecto, de la conciencia humanas? «Ahí le has dao».

¿Recordáis las obras de misericordia? Casi nadie habla ya nunca de eso. Quizá sean estas las grandes obras: actos, gestos, acciones que, a fuerza de hacerlas, de repetirlas, de perseverar en ellas, construyen en tu interior una gran persona. Porque grande es quien enseña al que no sabe, quien da buen consejo al que lo necesita, quien corrige al que yerra, quien perdona las injurias (anda que no hace falta ser grande y perseverar para hacer esto), quien consuela al triste o quien sufre con paciencia los defectos del prójimo. Y grande es quien ruega a Dios por los vivos y difuntos, quien visita y cuida a los enfermos, quien da de comer al hambriento y de beber al sediento, quien da posada al peregrino, quien viste al desnudo, quien redime al cautivo o quien entierra a los muertos.

Será la Cuaresma, que al final ha acabado por entrarme, pese a mi resistencia inicial (bueno, más que la resistencia, diría que han sido la indiferencia o la indolencia quienes han influido en mi actitud), será que era eso lo que quería decir, pero creo que la frase-cita de don Samuel, referida a las obras de misericordia, es bastante más certera que referida a las obras de ingeniería.