viernes, 26 de febrero de 2010

Un pensamiento de Esquilo

Hola, corazones.

Como veis, sigo fiel al saludo, provocado por el positivo influjo de la Igartiburu en mi memoria. Y como no tengo aún presentación a la vista con personaje mediático nuevo, pues así sigo. Espero no aburrir ni empalagar demasiado. Y si a alguno le molesta y se me pone «cobra», le contestaré así: «No te pongas así, corazón…», pronunciado avec douceur.

Como esta semana no tengo muchas cosas originales que contar acerca de mi sublime y excelsa persona, aparte de que he retomado la vida cultural (¡qué maravilla, la ópera!) y de que, como todo el mundo, empiezo a estar hasta la coronilla de esta lluvia, de este frío, de este invierno tan invierno, que parece de antes de que cambiara el clima… Me perdí. Como esta semana no tengo mucho que contar, pasaré directamente a la frase-cita, que me la proporciona nuevamente el envío diario de Proverbia.net. En esta ocasión nos vamos al mundo clásico para apreciar o contradecir la sabiduría abscondita en sus entrelíneas. Veamos:

«No es sabio el que sabe muchas cosas, sino el que sabe cosas útiles» (Esquilo).

Vaya, vaya. Se me ocurren muchas cosas respecto a esta frase-cita del gran clásico griego de agropecuario nombre. Pero hoy estoy tramposo, y me voy a llevar (como siempre, diréis) el pensamiento a mi terreno, para hacer una apología profesional.

Saber muchas cosas. Saben muchas cosas los estudiosos, los eruditos, los doctos, los informados, los letrados, los catedráticos… Y también los enterados, los listillos, los marisabidillos, los avispados… Y los periodistas (aunque luego se nos acusa de que en realidad no sabemos de nada, y de ahí los errores o inexactitudes de muchas informaciones).

Saber cosas útiles. Saben muchas cosas útiles los científicos, los técnicos, los ingenieros… Y también los mecánicos, los electricistas, los fontaneros, los albañiles, los agricultores… Y los periodistas (aunque luego se nos acusa de que empleamos mucha palabra para no decir nada).

¿Qué es mejor, saber muchas o saber cosas útiles? El que sabe muchas cosas puede ignorar otras muchas, porque nadie sabe de todo lo suficiente como para no necesitar de la sabiduría de los demás. El que sabe cosas útiles puede acabar siendo un pragmático, y no sólo de materia, de practicidad, de pan vive el hombre.

La mejor combinación, pues, se me antoja que es no tanto saber muchas cosas, o mucho de algo, sino saber así como por encima algo, o un poco, de casi todo, y saber, con todo, reconocer con humildad que esa sabiduría no es suficiente, que es necesaria la aportación de la sabiduría de otros que conocen más la materia que en cada momento se está analizando o tratando. Y a esto hemos de añadir saber cosas útiles. Y respecto a la sabiduría, la mayor cosa útil es saber dónde acudir, a quién preguntar, con quién entrevistarse, qué fuentes buscar, para saber más acerca de algo.

Así pues, y sé que con esto algunos van a contradecirme, otros van a decir que se me ve el plumero, es decir, el corporativismo profesional, considero, contra la opinión de Esquilo, que el sabio no es ni el que sabe muchas cosas ni el que sabe cosas útiles, sino el que sabe combinar ambos conocimientos para ampliarlos (y luego transmitirlos, referirlos, trasladarlos…).

Periodista sum… Deo gratias...

viernes, 19 de febrero de 2010

Un pensamiento de Sir Lawrence Olivier

Hola, corazones.

Podrán atacarnos, pero no vencernos; podrán invadirnos, pero no conquistarnos; podrán infiltrarse en nuestras filas, pero no destruirnos; podrán minar nuestras defensas, pero no inutilizarlas; podrán menguar nuestras reservas, pero no agotarlas; podrán coartar nuestra movilidad y nuestras funciones vitales, pero no lograrán destruir nuestra fortaleza.

Con este párrafo, de inspiración claramente paulina (de san Pablo, no de los paulinos), comienzo mi reflexión matinal de hoy entre toses y mucosidades, rodeado o invadido de virus, pero no vencido, al menos en lo que a mi voluntad se refiere. Otra cosa es lo que mi voz responde, pues no logra elevarse más allá del comúnmente llamado «fa de vaca», esa profunda nota similar al más musical de los mugidos proferidos en los cántabros seles (diccionario, amigos, diccionario). No sé si estaré repuesto el domingo para cantar el Salmo, que me toca («En la tribulación estás conmigo, Señor»). Igual sueno más doliente, más «cuaresmal». No sé.

Tras este introito (alguien me dijo que estaba deseando que no le contara desgracias por la mañana, pero tendrá que seguir esperando al santo advenimiento, o al cupón de la ONCE, o a las flechas de Cupido, que ya pasó y se fue otra vez sin atinar, o a un ataque colectivo de locura empresarial que anuncie una subida de sueldo, o…), vamos directamente con la frase. No he tenido tiempo de seleccionar ninguna, y normalmente no me gusta hacerlo, así que sigo recurriendo al envío diario de Proverbia.net, que hoy me ofrece una perla de un hombre admirable al que le fue concedida la condición de Sir por su graciosa Majestad británica y que nos ha regalado, entre otras cosas, algunas de las mejores interpretaciones de la breve pero intensa historia de la cinematografía mundial. Exacto, me estoy refiriendo a Sir Lawrence Olivier. Y esta es la reflexión o frase-cita que nos brinda:

«La experiencia es algo que no consigues hasta justo después de necesitarla» (Sir Lawrence Olivier).

Lo primero que piensa uno (al menos ha sido lo primero que he pensado al leerla) es que tiene razón, pero una razón así como simpática, que mueve a sonrisa cómplice y aseverativa (el “pantone” o catálogo de las sonrisas es tan amplio como el horizonte en medio del Pacífico). Porque es verdad que tiene razón: la experiencia se adquiere posteriormente a la necesidad que se tiene de ella.

La segunda afirmación que podemos hacer es también fácil. Imaginemos la escena: llega Sir Lawrence y, en perfecto inglés y con melodramática dicción, nos suelta la frase-cita y nosotros, sonriendo con complicidad y aseverancia (palabra no registrada en el RAE pero que ofrece un matiz diferente a su prima hermana aseveración): Ya lo sabía. Porque, claro, la segunda parte de la frase es que no sabes que tienes experiencia hasta después de tenerla.

Hay más asuntos que podría tratar, pero esta semana el tiempo apremia que da gloria (tengo una reunión a las ocho y media, ¡y ya son y cuarto y aún no he preparado los materiales!). Pregunto, simplemente, por si alguien quiere completar esta inacabada irreflexión matinal, qué pasa con aquellas personas humanas (asninas, quizá) que nunca se dan cuenta de que necesitan experiencia, y consecuentemente nunca la adquieren en grado suficiente, pero se obstinan, a pesar de todo, en continuar desempeñando aquellos cargos para los que están claramente incapacitados. O qué pasa, también, con aquellas personas humanas (pavorrealinas, acaso) que se empecinan en que sólo ellos poseen la experiencia necesaria para desempeñar aquellos cargos para los que sólo ellos se sienten capacitados, negando al resto del universo la posibilidad de acceder, siquiera a golpe de prueba, ensayo y error, a las mismas tareas que ellos han usurpado en injusto y usufructuario monopolio. Hablemos de ellos, hasta que les duelan los oídos (aunque sé por experiencia que a esas personas no les duelen prendas, ni órganos, ni nada).

viernes, 12 de febrero de 2010

Un pensamiento de Everhardus Johannes Potgieter

Hoy se me han quedado las manos congeladas esperando el autobús mientras leía la prensa aterida (con las noticias que trae, no es de extrañar que esté tan congelada como el caldo de verduras en La Sirena). Poco antes, cuando abría la puerta de casa y una liebre ártica me pedía cobijo en mi cálido y acogedor hogar a 15º, y mientras comprobaba el estado de rigidez de mis camisas en el tendedero, en el patio, ya mi nariz comenzaba a generar estalactitas (esas son las de arriba hacia abajo, ¿verdad?, siempre me he hecho un lío y no tengo ganas de consultar en la Wikipedia). Estando, pues así, parado por congelación, detenido por el descenso térmico, inmovilizado salvo por esta constante tiritona (¿se me nota bien lo exagerado que soy?), me ha parecido muy oportuna la frase-cita que me ha enviado esta misma mañana mi proveedor habitual, Proverbia.net. Ahí va:

«Sólo la renovación puede mantener, el que se queda parado, se retrasa» (Everhardus Johannes Potgieter).

Al parecer, según Proverbia.net, este señor es un escritor holandés del siglo XIX, concretamente del período 1808-1875. Pero no sabemos mucho más de él, y ni siquiera mi proveedor habitual tiene más frases, para hacernos una idea más cabal de por dónde van los tiros de su pensamiento. Así, a bote pronto, me recuerda a mi abuela Marcela, cuando decía “Vaaaamos”, así, alargando apremiante las aes, como para insinuarte con rotundidad (contradictio in terminis) que te espabilaras de una vez.

Relacionándolo con el frío, podría tener algo que ver con Solzhenitsin, que recomendaba andar, continuar andando, moverse siempre y no detenerse nunca ante las hogueras, pues el contraste entre el helor en la espalda y el repentino calorcito de las llamas provocaba la muerte inmediata (y si quien así moría caía hacia delante alimentaba, además, el fuego).

Quedarse parado, por otro lado, no es expresión absolutamente pareja a estar en el paro, pues normalmente el parado, el que está en el paro, no hace más que moverse para abandonar esa estática situación y alcanzar, al menos, la relativa inmovilidad de un puesto de trabajo, de un contrato, de un medio de aportar habichuelas a la cazuela. La frase-cita de don Everardo Juan puede, pues, entenderse en este sentido: el que se queda parado (en el paro) se retrasa sólo si no se mueve, si no se renueva, si no está dispuesto a cambiar (y todo movimiento es, en sí mismo, un cambio). Pero, con todo, no creo yo que se refiriera el autor holandés al desempleo, sino más bien a la inopia, no en su sentido de pobreza, sino en su acepción coloquial y figurada. Vamos, que si estás en la inopia te llega don Everardo y te dice que te muevas. Como la Marce.

Y yo, que he sido siempre más bien paradito, poco espabilado, sosito, un tanto ñoño y tal, me he merecido muchas veces ese Vaaamos. Y siempre, siempre, siempre, me ha hecho reaccionar y me ha venido bien. Así que creo que todos, de vez en cuando, debemos caer en la cuenta de que hay que moverse, hay que seguir, hay que renovarse. Porque la otra opción (morir) ya nos llegará, pero mejor que no nos encuentre inmóviles de cuerpo, mente y corazón.

Seguiría, pero se está llenado la oficina de gente y tengo delante una pila de papel de más de palmo y medio de alto para corregir y revisar. Así que no me detengo más con la frase-cita de hoy. Y os espero a todos la semana que viene.

viernes, 5 de febrero de 2010

Un pensamiento de la reina Cristina de Suecia

Hola, corazones.

Entre la congestión (vial y nasal, que ambas parecen reproducirse por esporas) y el hecho de que ahora, los viernes, todos mis compañeros entran a las ocho de la mañana y no estoy solo mi medio minuto para escribir estos ladrillos míos con un poco de tranquilidad, estoy más p’acá que p'allá, más como así que como asá, y eso. Pero hemos de seguir adelante, con la frente elevada y la mirada puesta en el horizonte, porque, con Churchill y con tantos otros a lo largo del tiempo, we shall never surrender (nunca tendremos sensurround).

He encontrado una frase-cita muy simpática de una mujer de la que hemos sabido poco, y lo que hemos sabido ha sido a través de la maravillosa pero anticuada película protagonizada por Greta Garbo. Exacto, sí. Hoy vamos a destripar un pensamiento de la reina Cristina de Suecia (si estaré torpe hoy, que cada vez que escribo Suecia me sale Suevia).

«Si el hombre procurase ser tan bueno como procura parecerlo, conseguiría su objetivo» (Cristina II).

Vaya con el juego de apariencias y maldades que parece querer reflejar (¿jugamos a concatenar verbos ad infinitum?) la nórdica soberana. Mujer de mundo y de mando, ella sabía bastante bien que la gente no siempre es como parece, y que hay que mirar dos veces (por lo menos) y esperar mucho rato para acabar desvelando lo que se esconde tras la apariencia primera. Dicho de una manera más casera: Cristina estaba convencida de que las apariencias engañan. Y al parecer lo que más se encontró ella fue gente que aparentaba ser buena, quizá para obtener de ella alguno de los favores que una reina de su época podía prodigar. Pero, ¿es verdad eso de que la gente se empeña en parecer buena? Veamos.

Imaginemos, por ejemplo, un político. Intentará por todos los medios que la gente considere que es una buena persona, que tiene buenas ideas, que está dedicado en cuerpo y alma a procurar (úsese esta palabra también en su sentido italiano de búsqueda) el bien de la sociedad. Y cuando lo consiga, es decir, cuando logre que le voten, hará el bien para todos. Por ejemplo, conseguirá que aquellas personas que sabían de antemano que se jubilarían pagando todavía la hipoteca contraída treinta años antes, descubran que ese temor era infundado, pues, o bien logarán acortar la hipoteca gracias a la prosperidad económica propiciada por el político votado, o bien verán prolongada su vida laboral debido a las artes del político votado. Y eso, quien le haya votado…

Imaginemos un jefe. ¡Alto! ¿Un jefe procura parecer bueno ante sus subordinados? Hombre, si así consigue que estos trabajen más y se quejen menos, es capaz hasta de comprar sondas para evitar las pérdidas de tiempo en el puesto de trabajo a causa de las incontinencias urinarias… Me estoy yendo donde no debo, me parece a mí, que cada vez tengo más compañeros que acceden a esto, y quizá alguno parezca bueno y luego se chive al jefe…

El caso es que la Garbo, digo, la reina Cristina de Suecia (¿sabéis que dentro de no demasiado tiempo habrá otra reina Cristina: la reina Cristina de Catalunya, de la casa Borbón?) está convencida de que la gente se afana constantemente en parecer buena. Y afirma que si ese empeño fuera puesto en el ser, en lugar de en el parecer, otro gallo nos cantaría. Porque es el ser, el fondo, lo real, lo que importa, y ahí es donde es necesaria la bondad, no tanto en el parecer. Porque hay cosas (y personas) que parecen buenas, y luego… (los puntos suspensivos suspenden a la persona a la que se refieren).

Seamos, pues, buenos, y empeñémonos en serlo, y en parecerlo también (no es que la contradiga, majestad, sólo pretendo aumentar el deseo de bondad que late en su frase-cita).