lunes, 30 de mayo de 2011

Feria del Libro 2011 (1)

Comenzó la Feria del Libro de Madrid. Y comenzó con tormentonas, como siempre. Y con la inaguración de Doña Elena, elegantísima (algo que es consustancial a Ella), acompañada por una ministra en chanclas que seguro que se embarró los pies.


Primeros pasos

Me incorporé a la Feria el sábado por la tarde. Y antes incluso de abrir la caseta ya tuve la visita de Lara, una niña riquísima que dio sus primeros pasos en la caseta de San Pablo, y que desde entonces nos visita siempre. Se trata de la hija de uno de los dueños del bar restaurante Divina Gula (Fuencarral, 102), un local de trato y decoración tan exquisitos como la comida que sirven.

Pajaritas de papel

Pajaritas de papel y rotuladores de colores (además de escritora y poeta es creadora de origamis) fueron las «armas» de Gracia Iglesias (El tren de los ronquidos), que firmó el sábado por la tarde, derrochando sonrisas y conversación. Una de las personas que se acercó a comprar su libro era una mujer llamada Gracia, casada con un Iglesias, y cuya hija se llamaba, también, Gracia Iglesias. Toda una curiosa coincidencia que hizo de la caseta de San Pablo un importante cónclave de «templos», con tantos Iglesias por ahí sueltos...

Gracia es una mujer de arrolladora simpatía que se mostró encantada de ser una «chica San Pablo» (así se refirió al conjunto de autores, entre los que hay muchas mujeres, que han publicado en la colección «La Brújula»). Así se lo dijo, por ejemplo, a Álvaro Fierro, coautor, junto con Gracia, de un precioso libro titulado Los Meagrada. Altamente recomendable para niños y grandes.



Con Gracia Iglesias


Ana Rosetti

Así se lo dijo también a Ana Rossetti, que charló un rato conmigo sobre los cómics y los libros infantiles de las antiguas Ediciones Paulinas y sobre la colección «La Brújula», que le encantó, y también sobre santa Teresa de Lisieux, por ejemplo. Un lujo de visita. Ana Rosetti nos dedicó un autógrafo para nuestra colección de marcapáginas dedicados.






Profesores

Entre el público que se acerca a la caseta hay un porcentaje importante de profesores. No todos se identifican como tales, pero otros muchos sí, pues aprovechan la Feria para aprovisionarse de material para sus proyectos (y nosotros aprovechamos para ofrecerles catálogos de los productos que más les pueden interesar). Así fue con una amable profesora de Educación Especial, que se llevó el libro de Mariano Fresnillo porque quería conocer el mundo de la discapacidad desde la perspectiva de las familias, nos dijo, como complemento a su propia perspectiva como educadora. Y también es el caso de dos profesores del colegio Maravillas, que coincidieron en la caseta San Pablo comprando libros para ellos y para sus hijos (siete en total).


Todo un crack

Nada, monta en moto, se tira en paracaídas, escribe libros... Mariano Fresnillo es, sin duda, todo un crack. Estuvo firmando el domingo por la tarde su libro Lágrimas por ti, un libro de entrevistas y testimonios sobre la manera de afrontar la discapacidad en la familia. En la caseta, él y su mujer, que ejercía de escribiente de su marido (aunque el autógrafo sí era de la mano de Mariano), su perro (se llama Lillo, es un magnífico ejemplar, más bueno y paciente que el santo Job, y aprovechó la circunstancia de que en la caseta no había demasiado espacio para darse un garbeo por el Retiro) y los dos vendedores. Fuera de la caseta, escenas simpáticas y también emotivas, que de todo hubo. Y el testimonio gráfico, visible ya en internet, gracias a su perfil como Invidente pero visible (pincha en este enlace y verás a Mariano en acción y a mí pululando por la caseta...). Lo repito, Mariano es todo un crack.




Con Mariano Fresnillo y su mujer


viernes, 27 de mayo de 2011

Un pensamiento de John Lennon

Hola, corazones.


Llego tarde a mi cita, sí, lo sé, pero ha sido por causas justificadas que no voy a justificar. Pero este retraso me ha servido para darme cuenta de qué diferentes se ven las cosas si cambias la manera de mirarlas. Me explico. Como yo normalmente salgo de casa a esas horas en las que toda la ciudad, la que está en la calle, que es poca aún, es un suspiro con legañas y el silencio sólo lo rompe el cabreo de la rubia despelujada porque el autobús llega tarde o los gritos desafinados de un coro de adolescentes que regresan de una juerga mal digerida, no me doy cuenta de lo que sucede un poquito más tarde. Tan sólo una hora después.


Tan sólo una hora después, digo, resulta que la calle está poblada de rubias bellísimas con un bolso grande colgado del brazo, o de papás estupendos con barba y corbata, acompañando a sus hijos, de uniforme, camino del colegio; adolescentes y preadolescentes empeñados en redecorar la uniformidad con faldas arremangadas, chaquetas de chandal, calzoncillos asomados o corbatas mal atadas; sudorosos correcalles con auriculares resoplando al ritmo del wakawaka que les atruena las orejas; gentes de todo tipo y lugar que se dirigen, preocupados en sus cosas, a resolver sus cosas. Esto lo sabemos, y esto ocurre siempre, y yo ya lo he visto más veces, las pocas que cambia mi horario por alguna circunstancia menor.


Y uno normalmente piensa, medio cabreado con el mundo: «Pero, ¿no estábamos todos en paro? ¿a santo de qué, entonces, tienen que ir todos a la misma hora de la mañana por la misma calle que yo, para entorpecer mi paso y que me esperen los de personal a la puerta del despacho?». Sin embargo, hoy he pensado otra cosa muy diferente, quizá porque tengo otro ánimo: «La ciudad está viva. Es hermoso observar a la gente cómo camina, cómo cede el paso, cómo corre, qué periódico compra, cómo saluda al conductor del autobús o cómo finge estar absorto en su novela cuando ve a la pedorra de la mesa de al lado justo en el mismo vagón. La ciudad vive».


Visto esto, vamos con la frase-cita, que me temo que hoy va a quedar casi sin comentario por falta de tiempo.


«Algunos están dispuestos a cualquier cosa, menos a vivir aquí y ahora» (John Lennon).


No es que yo sea muy aficionado a las frases de este tipo de melenudos, pero de vez en cuando me he encontrado con alguna interesante. Y esta también me lo parece. Veamos. Brevemente.


Destaca Juan que lo que hay que hacer es vivir aquí y ahora. Me parece bien. Es el Carpe diem aquel, o el mensaje evangélico de no te preocupes por el mañana. Cada día tiene su afán. Si, Juan, realmente me parece bien esto de vivir aquí y ahora.


Lo que pasa es que lo dices con una carga de vinagre, o con un dedo acusador, o con un algo que me gusta menos: «Algunos están dispuestos a cualquier cosa». Si realmente te ocuparas en el vivir aquí y ahora, esto no debería preocuparte tanto, ya que el vive aquí y ahora está íntimamente ligado al vive y deja vivir. Y si vas mirando qué cosa hacen los demás, no vives. Hay algunos, dices, que están dispuestos a todo menos a vivir. Si lo sabes, es porque te han hecho alguna pifia, claro, pero también porque los miras a ver qué hacen. Y si estás pendiente de lo que hacen los que miran cómo vives para ver cómo pueden fastidiarte, ya no vives, sino que miras cómo viven otros. No sé si me explico.


Así que, Juan, hijo, no te preocupes por lo que hacen esos algunos de los que hablas, y tú sigue viviendo aquí y ahora.


jueves, 26 de mayo de 2011

Un fraile vestido de cardenal

Unas pocas palabras para recomendar un excelente libro, Un fraile vestido de cardenal, que es una larga y completa entrevista al cardenal Carlos Amigo Vallejo, franciscano, arzobispo emérito de Sevilla, realizada por Luis Esteban Larra, periodista, franciscano, buena gente.

El libro se lee con agrado e interés. Máxime si te atrae el género (memorias, biografías, entrevistas, relaciones de la historia reciente narradas por sus protagonistas...), si estás interesado o familiarizado en asuntos religiosos y de Iglesia, si te atraen las cuestiones relacionadas con la vida social, política y eclesial de la historia reciente de España. El cardenal Amigo habla en el libro con soltura, y habla de todo, con la sencillez del franciscano, con la solidez de un arzobispo, con la prudencia de un príncipe de la Iglesia y con la inteligencia de un hombre sabio, culto y preparado. ¡Y además es vallisoletano, de Medina de Rioseco! Ahí es nada.

Ayer, 25 de mayo, se presentó el libro en la sede de la editorial. Y lo presentó José Bono, presidente del Congreso, político socialista que siempre se ha confesado católico y no oculta su fe. Que conoce al cardenal desde hace muchos años y al que se siente vinculado porque el cardenal, dijo ayer, es «un hombre bueno», que «defiende el diálogo (y esto me lleva a pensar que es persona de carácter)». Junto a él, el P. Juan Antonio Carrera, director general de San Pablo, y por supuesto el autor.

Y un amplio equipo, bien coordinado, trabajando para que todo saliera bien. Es mi blog, así que lo digo: yo también, metido hasta las cejas, haciendo todo lo que estuvo en mi mano. Un día intenso, un trabajo agotador, muy fructífero. Día que ha continuado, y continúa, esta mañana con la publicación de la noticia en el blog de la empresa, y con el seguimiento de las informaciones que van apareciendo (noticia de agencia reproducida en muchos periódicos, informaciones en los digitales y en otros medios...).





Pedro Miguel García Fraile, subdirector de San Pablo, y un servidor conduciendo a los ilustres invitados a la mesa presidencial.






El autor, Luis Esteban Larra, y el DirGen de San Pablo, Juan Antonio Carrera, flanquean a monseñor Amigo y al presidente Bono en el retrato oficial de la presentación, junto al cartel que reproduce la portada del libro, en los jardines de San Pablo.


viernes, 20 de mayo de 2011

Un pensamiento de Boccaccio

Hola, corazones.

Al parecer, estamos en la semana del cabreo. Y tiene que ser precisamente esta, una semana en que no me ha sucedido ningún percance, no he perdido ningún autobús, el periódico estaba todos los días en el quiosco a su hora (bueno, hoy no), el horóscopo me decía cosas amables («hagas lo que hagas, nadie te hará caso», y cosas del estilo), he dado rienda suelta a mi creatividad en el trabajo y he acabado a tiempo mis tareas, el café me ha sabido a gloria y el despertador no ha logrado irritarme, no me ha ocurrido ninguna desgracia en casa (tener que matar una araña en el fregadero no llega a categoría de desgracia, ¿verdad?) y hasta he estrenado una camisa. ¿Tiene que ser precisamente esta semana?

Parece que sí. Hay mucha gente que dice estar cabreada. Incluso hay un libro que incita al cabreo gratuito, según dicen. Yo no lo he leído, pero conozco a personas de mucho y buen criterio, de las cuales me fío, que me han desestimado su lectura. Me conocen. Saben cómo me las gasto cuando se me cruzan las teclas en el ordenador o se me resisten los ojales, así que, ¿para qué me van a decir que «lo que tengo que hacer» es leerme una invitación al cabreo? Sólo con que me digan lo que tengo que hacer, ya me tienen cabreado.

Máxime, como está siendo el caso, cuando el enojado y ofendido energúmeno encolerizado expresa su ira y su rabia con grandes aspavientos y alharacas, con griterío y lelilí, con pinturas, salivazos y vaharadas herbáceas… Venga la frase-cita:

«Meter mucho ruido a propósito de una ofensa recibida no disminuye el dolor, sino que acrecienta la vergüenza» (Giovanni Boccaccio).

Confieso mi culpa, reconozco mi pecado, doy mi brazo a retorcer y digo sí, es cierto, muchas veces he sido de los que ha manifestado mis cuitas con ruido, con demasiado ruido. Y casi siempre, por aquello de dejarle un pequeño resquicio a la duda, el excesivo ruido me ha dejado, ciertamente, más vergüenza que nueces. Por eso sé que Bocacho (¡mira!, ¿no se habrán inspirado aquí los japos para crear esos míticos personajes de extrañas formas, colores, poderes y nombres: Pica…Chuuuu?) tiene más razón que un santo.

Claro que él lo llama «dolor de ofensa», y no «cabreo», pero también me vale. Cuando alguien me ha ofendido, las más de las veces me ha ido mejor cuando mi respuesta a esa ofensa ha sido el silencio, el desprecio, o la demostración del error en que incurría el ofensor que cuando me he calzado las serpientes en la cabeza y con los ojos encendidos como lanzallamas he contestado, en un agudísimo y audibilísimo «¿Qué?».

Claro que si me ofenden tengo derecho a molestarme, incluso a enojarme, pero estoy muy de acuerdo con Bocacho en que si en lugar de eso me cabreo y monto en cólera (siempre me ha gustado mucho esta expresión, y por una extraña razón la tengo asociada al modo en que cierto enmascarado llamaba a su caballo, Silver, para más señas, cuando necesitaba montar) al final puedo salir escaldado y avergonzado. Porque la respuesta debe ser proporcional a la ofensa, y esa proporción no está en relación con el Talión, sino con el menor aprecio hecho al desprecio, por ejemplo, o con el perdón de la otra mejilla, quizá.

Y si la cosa no merece perdón, sino actuación, la actuación debe ser justa, proporcionada, equitativa, meditada y serena. Cualidades estas que no casan bien con el enrojecimiento facial y la hinchazón venática propios del cabreo.

Así que, querido ser que has pretendido ofenderme, no te extrañe si a partir de ahora, en lugar de gritarte desaforado e insultarte como un descosido, te miro simplemente de soslayo y a continuación te borro de mi Facebook.

Que tengáis buena semana. Y cuidado con las cosas que leéis, que la buena literatura eleva el espíritu y la mala prensa excita la bilis…

sábado, 14 de mayo de 2011

Un pensamiento de José María Eça de Queirós

Hola, corazones.

Problemas de blogger ajenos a mí me impidieron acudir a mi cita semanal el viernes. Entro, pues, ahora.

Una semana que empezó de electroencefalograma plano (madrugada, trabajo, casa, sueño y vuelta a empezar) ha ido mejorando poco a poco en actividad cerebral (y no sólo). Esta mañana, mientras venía en el autobús periódico en mano y el sueño renuente a abandonar la plaza que tanto le costó ganar anoche, reflexionaba sobre mi profesión gracias al comentario que ayer me hizo una buena amiga y compañera. Comentando el terremoto de Lorca, me decía que es injusto el tratamiento informativo que se le está dando, como si la situación vivida en Lorca fuera similar o peor incluso que la de Haití. Ha habido muertos, sí, y heridos, daminificados y personas que han perdido su hogar y sus recuerdos, y además están a la vuelta de la esquina, son compatriotas y hablamos el mismo idioma. Pero no es lo mismo.

Y partiendo de esa reflexión de mi amiga, excelente periodista que lleva muchos años en la información religiosa y en la comunicación solidaria, entré en un terreno má amplio, que llevo tiempo rumiando cabizbundo y meditabajo (una manera de meditar muy propia que, precisamente así, definía con humor mi padre). En el periodismo, y también en otros ámbitos, falta autocrítica. Quizá sea debido a que nos falla esta cualidad en lo personal, y pensamos que todo nos vale, que para todo valemos y que valemos mucho.

Falta autocrítica en el periodismo deportivo, con ese simpatiquismo buenrollero que desarrolla, falta autocrítica en el periodismo graciosil, que todo lo considera risible y ridiculizable y nada respetable, falta autocrítica en el periodismo social, que se ha poblado de chándales, tirantas, chancletas y rascamientos púbicos, falta autocrítica, ciertamente, en el periodismo político.

Es al menos mi humilde opinión, fruto de una reflexión que se produce en ese lapso, en mi caso cada vez más largo, que transcurre entre el momento en que suena la alarma del despertador (¿por qué los despertadores son siemper tan alarmistas, si luego no es para tanto?) y la recuperación plenamente consciente de mi ser persona.

Con el periodismo, o con una de las motivaciones de la profesión, está relacionada la frase-cita de hoy, tomada en esta ocasión del envío diario de Proverbia.net, concretamente del domingo pasado:

"Curiosidad: Impulso humano que oscila entre lo grosero y lo sublime. Lleva a escuchar detrás de las puertas o a descubrir América" (José María Eça de Queirós).

La curiosidad oscila entre lo grosero y lo sublime. Si nos lleva a investigar una nueva vacuna contra alguna enfermedad, o a desarrollar nuevos materiales, o a mezclar alimentos con arte, estamos, de hecho, ante algo que puede alcanzar lo sublime. Pero también podemos llegar al burdo y zafio mundo de lo soez y grosero cuando nos empeñamos, escuchando detrás de las puertas o instalando cámaras en dormitorios y aseos, en conocer las costumbres íntimas de amigos, enemigos o meros desconocidos.

Escuchar detrás de las puertas ha permitido a veces descubrir grandes conspiraciones, desbaratar planes contrarios a nuestra paz, poner en su sitio a falsos prohombres patrios. Claro. Por eso antes de hacerlo hay que preguntarse algunas cosas. Qué, a quién, por qué y para qué queremos investigar algo o a alguien detrás de las puertas. Y si la respuesta no es satisfactoria, mejor será que dejemos de mirar por la mirilla con la mano en las partes, porque entonces lo nuestro no es curiosidad, sino cotilleo, no es periodismo, sino morbosidad.

Ser curioso es importante. Dudar, plantearse cosas, querer conocer porqués, paraqués y cómos, es fundamental hasta para la salud. Si no tuviéramos curiosidad, poco a poco (o rápidamente, quién sabe), nos convertiríamos en acelgas cultivadas (más bien poco: la curiosidad nos hace cultivados), en ciudadanos robóticos, en engranajes mecánicos de una cadena de producción. Pero siempre, siempre, tenemos que preguntarnos, antes y después de descubrir algo movidos por nuestra curiosidad, qué, por qué y para qué queremos descubrirlo, qué beneficio real nos va a aportar a nosotros y a nuestro mundo.

No sigo desarrollando estas cuestiones de momento, pero quizá debería planteármelo a otras horas y en otras condiciones menos morfeicas. Os dejo, pero recordad que siempre debemos ser curiosos, pero nunca cotillas. Por experiencia sé que lo primero conduce a buen puerto (o no), pero lo segundo sólo lleva al naufragio.

viernes, 6 de mayo de 2011

Un pensamiento de Mariano Fresnillo

Hola, corazones.

El cielo se ha poblado de nubes de la misma manera que mi cabeza se puebla de temas (esto lo tengo que comentar, me digo para mis íntimos internos cuando leo los titulares de los periódicos, y luego las encuestas, el paro, los terroristas islámicos muertos y los antihispánicos en las urnas, el paro, las persecuciones por falsos dopajes, las palabras hueras, el paro, y muchos más temas se me quedan en el tintero). El cielo se ha poblado de nubes que amenazan y a veces descargan con virulencia sus tormentas, esas mismas tormentas que me sorprenden año tras año en la Feria del Libro de Madrid, en el Retiro, y que se están adelantando casi un mes. Poblado como las nubes, repito, está mi temario. No quiero entrar en muchos de esos asuntos, que este mi blog no es un blog político ni de opinión (tendré que ocuparme un día de estos en definir qué cosa sea este mi blog, que aún no lo ignoro). Sólo voy a ocuparme hoy de dos pequeñas protestas: una lingüística y otra, sí, al hilo de la estupidez reinante.

He observado últimamente en el lenguaje de muchas personas (de todo tipo: periodistas, gente con dos carreras, gente con idiomas, gente viajada por los cinco continentes, gente con relaciones en las altas esferas institucionales, gente que dirige empresas con mano de hierro) una especie de muletilla, un defecto, que yo, en mi humilde maldad de juntaletras con ínfulas de creador de vocablos ácidos, me atrevería a llamar «pseudoesencialismo», o también «loquesloísmo». Con algunos ejemplos nos enteremos bien. Una madre le dice a su hijo: «Coge una manzana», y está indicando a su hijo que coja, entre un grupo indefinido de manzanas cuya situación ambos, supuestamente, conocen, una, la que él prefiera, o una cualquiera, tomada así, «al azahar». Si le dice: «Coge la manzana», le está diciendo que coja una manzana concreta, aquella que ambos tienen a la vista o de la que han hablado previamente, aquella manzana, y no otra, que ambos identifican como «la» manzana. Hasta ahí todo va bien. Pero según las últimas tendencias del habla de moda, la madre diría: «Coge lo que es la manzana». Y entonces, el chaval, que no ha aprobado en la vida «lo que es» la lengua, pero sí «lo que es» la filosofía, mira a su madre, y le dice que es imposible agarrar con las manos «lo que es» la esencia vital y metafísica de la manzana, pues está dotada, entre otras cualidades, de la intangibilidad (la esencia, no la manzana). En el caso hipotético de que la serpiente le hubiera dicho a Eva «coge lo que es la manzana», quizá otro gallo nos cantaría. En fin, he dicho antes que iba a poner algunos ejemplos, pero creo que con este de «lo que es» la manzana ha quedado claro «lo que es» mi discurso.

Otro tema. La estupidez reinante de la que he hablado antes se ha apoderado poco a poco de múltiples temas que deberían ocuparnos sólo a las personas. Y ahora le ha llegado el tema a los apellidos. Después de la estultez de querer imponer el orden alfabético (descendientes de Alvar Aalto comenzaron a pensar en perpetuar su apellido trasladándose a vivir a España gracias a esa descabellada idea), que se ha retirado, ahora nos vienen a decir que será el funcionario quien decida cuál será el orden, si es que no lo han decidido previamente los padres de la criatura. Yo, que me he pasado toda la vida jugando con los apellidos, ya que, además de mis Santos y de mis Iglesias, que hacen una bonita combinación (aunque puedo imaginarme a algún modernísimo y progresistísimo personaje poniendo un mohín despreciativo y preguntando, entre risitas de graciosillo cobardica de colegio, por la sotana o el incienso), tengo un Bobo, un maravilloso Bobo que, en el orden de apellidos familiares, ha dado combinaciones tan suculentas como Bobo del Barrio, Del Campo Bobo, Del Castillo Bobo, Bobo Pariente, Cabezón Bobo, Calvo Bobo, etcétera, un Bobo que ha llevado a España a las glorias del deporte, un Bobo del que me siento orgulloso, más desde el día en que vi a mi abuela, Bobo de primero, reírse a mandíbula batiente de la tartamudez de un cartero que, al ir a entregarle una carta certificada, farfullaba un surtido de apellidos de parecida sonoridad incapaz de creer que Bobo fuera el suyo, ¡y hasta sugirió Robo! Por favor, señores gobernantes, dejadnos en paz, dejaos de tonterías y ¡hale!, poneos a trabajar de una vez.

Vengo protestón. Será por las nubes de tormenta de primavera que pueblan estos días los cielos de Madrid. Y eso que yo lo que quería era comentar, brevemente, un pensamiento que oí ayer de viva voz a su progenitor. Fijaos:

«El que no tiene discapacidad también tiene retos, como yo» (Mariano Fresnillo).

Esto se lo oí decir ayer a Mariano Fresnillo en la presentación de su libro Lágrimas por ti. Mariano Fresnillo es un hombre más que admirable. Nació con un problema palatal que le dificultaba comer y que le ha dejado una peculiar sonoridad en su habla. Inquieto, curioso, despierto, audaz y divertido como pocos, ayer lo contaba, como la caída que a los ocho años hizo que pensaran que se iba a quedar cojo, como su ceguera a los dieciocho… Y también contó cómo sacó la carrera de periodismo, cómo se puso el mundo por montera e hizo todo lo que se quiso proponer en la vida y más, como escribir un libro o saltar en paracaídas, por ejemplo.

Y ayer, en la presentación de su libro, un libro de los que sobrecoge el alma y fortalece el espíritu, dijo esta frase-cita de los retos. Y tiene más razón que un santo. Todos tenemos retos en la vida. Retos que tenemos, debemos y queremos superar. Porque la vida es eso, superar retos, traspasar fronteras, caminar siempre, avanzar (corriendo, andando o renqueando, como también dijeron ayer, recordando a la beata Madre Teresa de Calcuta), pero avanzar. Y muchas veces pensamos que no podemos con los retos que se nos presentan delante. Y entonces necesitamos que venga gente como Mariano, con su perro lazarillo, su gracejo y su simpatía, y se ponga a caminar delante de nosotros, o nos plante un vídeo mientras desciende en paracaídas por los cielos. Todos tenemos retos. ¡A por ellos!

domingo, 1 de mayo de 2011

Juan Pablo II está en mi casa

Una de las mayores satisfacciones de mi ejercicio profesional como periodista es haber participado, desde la oficina diocesana para la visita del Papa, en la visita pastoral que el Papa Juan Pablo II hizo en 1993. Trabajar para que todo fuera bien, para facilitar su quehacer a todos los periodistas acreditados, aprender y dejarme contagiar de grandes profesionales con los que no hubiera tenido otra ocasión de tratar, fue siempre un honor para mí. Más honor, algo espiritualmente sobrecogedor, fue estar presente en la consagración de la catedral de la Almudena. Ahí estaba yo, en la tribuna de la prensa, con la cámara que mi hermano me había prestado para la ocasión, y ahí delante, tan cerca que casi lo hubiera podido tocar, estaba él, el Papa, que pasó a nuestro lado, bendiciendo, mirándonos con el rabillo del ojo. Esa foto preside desde entonces el salón de mi casa, con mayor prestancia desde que quedó enmarcada en el portarretratos de madera que me regalaron. Hoy esta foto cobra un nuevo sentido. Somos muchos, miles, los que podemos presumir de tener en nuestra casa una foto del papa hecha por nosotros. Una foto que a partir de hoy se puede convertir en nuestro propio altar, nuestra propia reliquia de un hombre santo y cercano.