lunes, 31 de mayo de 2010

Feria del Libro 2010: «Ha dicho mamá que los libros no se abren»

Ya ha arrancado la Feria del Libro, y como siempre la caseta más divertida, animada y simpática es la de San Pablo. Este año hemos tenido mucha suerte en el sorteo: la 145 está cerca del Pabellón Infantil, centrada en el Paseo, en zona de sol de tarde y bajo las copas de los árboles, con el bar casi enfrente y los servicios cerca pero no pegados. Y por si fuera poco, en esquina, lo que nos permite un cierto desahogo en la aglomeración del público. Quien haya visto el telediario de las nueve del domingo, habrá podido comprobar que San Pablo cada vez está más presente en los medios: en la información sobre la Feria del Libro, que comienza hacia el minuto 40 del vídeo, salen en la caseta 145 Marinella Terzi, autora de los maravillosos Estornudos mágicos, y también con un simpático vendedor hablando con un niño. El vendedor soy yo, y salgo en el minuto 41:40, unos dos o tres segundos. Este es el enlace para disfrutar de mi estrellato:

http://www.rtve.es/alacarta/la1/#786217

Estar en la caseta atendiendo al público y a los autores que vienen a firmar es para mí toda una experiencia, que recomiendo a todos mis compañeros –aunque no he logrado que mi testimonio haya creado discipulado–. Es muy interesante ver a la gente que pasa de largo, la que se detiene a curiosear tus títulos (algunos salen corriendo, despavoridos, porque han visto a un Papa o han leído la palabra Biblia, pero otros muchos se acercan y miran, precisamente, esos mismos títulos); la gente que hace juegos de palabras con los títulos que van leyendo (por eso nunca ponemos juntos el libro de teología titulado ¿Necesita Dios la Iglesia? con el de literatura infantil preescolar ¡Necesita gafas!, un diálogo de títulos que da pie a debates de todo tipo y cariz). Los que más me llaman la atención son los clientes y paseantes que rompen el esterotipo, por un lado, y los padres, por otro.

El hombre de brazos dibujados y accesorios metálicos adheridos a diversas partes de su cuerpo que se entretiene hojeando la Biblia ilustrada llama más la atención, por romper el estereotipo (uno piensa: «este, ni se acerca», y luego, mira) que la mujer de mediana edad, falda azul por la rodilla, blusa blanca abrochada hasta el cuello, pelo corto, gafas y sandalias anchas, cuando toquetea los libros sobre Juan Pablo II, por ejemplo (uno piensa: «religiosa», y acierta fijo).

Pero los que me encantan son los padres (y madres, ya sé que se me entiende, pero por si acaso lo digo). Analizando sus comportamientos, se ve cómo son ahora las familias, cómo educan (o no) a sus hijos, qué interés ponen en lo que sus hijos deseean. Me «encanta» el padre que va leyendo el periódico mientras sus hijos se lanzan sobre las casetas a mirar libros. «Vamos –les dice–, que eso son libros religiosos, ahí no hay nada que ver». «¡Ya, papá, pero yo quiero ver este de dinosaurios!...», protesta el niño, que al final tiene que salir corriendo en pos de su arreligioso progenitor. Me «encanta» cuando una niña se acerca, coge un libro y le dice emocionada a su madre: «Mira, mamá, la historia de Jesús», y la madre, azorada y avergonzada, le dice: «Sí, bueno, hija, vamos, ven, que te voy a comprar el de...», mientras sale disparada.

Me gustan mucho los padres que te dan las gracias cuando sus hijos reciben un marcapáginas, un piropo, un comentario sobre su nombre («¿Álvaro, te llamas Álvaro? ¿Sabes qué significa Álvaro? ¡Guerrero valiente! Seguro que tú eres muy valiente y muy guerrero, ¿a que sí?»). Muchos no compran, pero al menos todos se detienen un rato a mirar, y se van agradecidos por la atención. Me encantan los padres que te escuchan y sonríen cuando les explicas a su hijo el argumento de un libro, o cuando les recomiendas que se lean la primera página, pues es muy posible que el cuento les vaya a gustar si al terminar la primera página tienen ganas de seguir leyendo. Son padres que sonríen y escuchan, que te agradecen la recomendación, y que no fuerzan al niño a comprar un libro que no sabe si le gusta. Me gustan los padres que animan a sus hijos a comprar libros incluso con su propio dinero, y lo hacen vigilándoles y dejándoles libertad de elección a la vez.

Me hacen gracia los padres que se ponen nerviosos cuando sus hijos cogen, abren y miran libros, y les dicen que lo hagan con cuidado, o que no toquen. Hasta el peor extremo: se acerca una niña, mira un libro y su hermana, por detrás, se lo cierra de golpe, le dice lo que, creo, va a acabar conviriténdose en la frase de la Feria: «Ha dicho mamá que los libros no se abren», y se la lleva cogida de la mano. Los libros no se abren... En fin.

Por último, también me gustan los autores que vienen a firmar. Cada uno tiene su táctica para atraer lectores, para firmar, para no aburrirse en los ratos en los que no firma, para hacer que sus firmas sean originales, simpáticas. Y para agradecer con educación piropos tan poco claros como «pues por la televisión pareces más grandota» (¡y era un piropo, de verdad!). Esto le ocurrió a la bellísima María Ángeles Fernández, autora de Adopción. Menos mal que el hombre al final se llevó el libro y una de las mejores sonrisas de la autora, que es exquisita.

María Ángeles Fernández firmando un ejemplar de su libro Adopción.

viernes, 28 de mayo de 2010

Un pensamiento de Nicolás de Maquiavelo

Hola, corazones.

Ayer cuando llegué a mi casa y guardé en el armario la corbata y la camisa que me acababa de comprar, tuve una especie de pálpito relacionado con la ropa. Esta misma semana, al sacar por fin los pantalones de verano del altillo y probármelos, había tenido más o menos la misma sensación. Veréis, creo que las prendas son capaces de comunicarse entre ellas, y de alguna manera también con nosotros, sus dueños o portadores. Si no, ¿cómo se explica que, tras medio año guardaditos en una caja, más de la mitad de los pantalones hayan decidido a la vez reducir la cintura y, encima, decírmelo, todos, el mismo día? Considero una grosería y una auténtica revuelta por su parte, que ha acabado con muchos de ellos en el contenedor. ¿Por qué cada vez que una nueva camisa entra en el armario, las otras comienzan a gritar pugnando por su espacio, quejándose de que se arrugan, y arrugándose de mala manera para manifestar su disgusto por tener que cederle su sitio a «la nueva, esa advenediza con ínfulas de favorita»? ¿Y las corbatas? Resulta que la semana pasada me regalaron una corbata, verde, muy mona, con logotipitos de Aldeas Infantiles. Y ayer me compré otra, de un color casi naranja fuego, para la próxima boda que tengo (mi norma es una corbata cada dos bodas, aproximadamente). Pues cuando voy a colgarla en su sitio, me encuentro con que la verde, la de Aldeas, ha sido despreciada y humillada por las otras, y ha acabado arrojada al suelo del armario, de donde la recogí hecha casi un ovillo, como una cenicienta maltratada por sus orondas hermanastras, que le decían: «¡Fuera de aquí!, nosotras somos de Hackett, Valentino, Nina Ricci, Adolfo Domínguez, Roberto Verino… ¿No pretenderás compararte a nosotras?». Unas brujas, eso es lo que son. Definitivamente, la ropa vive, y creo que tengo un problema con ella. ¿Será que hay superpoblación en mi ropero? ¿O que necesito un armario más grande? Lo pensaré.

Nada de lo que he contado tiene que ver con la frase-cita que os propongo para hoy, y que casi tampoco voy a comentar, que el tiempo apremia desde que estoy con las agendas. De ahí que haya escogido un pensamiento de esos que sólo te permiten decir «¿Eh?» y seguir adelante, como si no hubieras entendido nada pero no importase. Ved, si no:

«En general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven» (Nicolás de Maquiavelo).

Ciertamente, juzgamos más por los ojos que por la inteligencia, y no sólo en el caso de que nos crucemos en la calle con una bella mujer de torneadas piernas y túrgidos pechos caminando con donosura hacia nosotros, o de que tengamos ante nosotros una corbata a rayas verdes, lilas y amarillas con ositos azules y prefiramos rápidamente escoger una más «discreta», como la naranja fuego que me llevé yo ayer. Juzgamos por los ojos muchas cosas, porque nos encanta juzgar, decidir (sobre todo si no va con nosotros: ese tío está como una chota, mira qué cosas hace, ¿has visto qué pintas lleva esa?...). Y ciertamente muchas veces no comprendemos lo que vemos.

Esto pasa mucho, por ejemplo, con el arte. Vemos un esqueleto de 24 metros de largo tirado en el suelo, con la nariz tipo Pinocho y una varita dorada en una mano, y juzgamos rápidamente, sin comprenderlo, qué pinta eso en la puerta de un museo, aunque sea de arte contemporáneo. Es que es un museo de arte contemporáneo, tonto, y es un artista importantísimo, bobo. ¡Ah! Qué genial. O qué mamarrachada. En cualquier caso, en ambos, hemos juzgado por lo que hemos visto, o por lo que nos han dicho que tenemos que juzgar, pero no porque hayamos comprendido de la misa la media ni del esqueleto el omoplato. Es sólo un ejemplo tomado de la prensa de hoy mismo, que nos muestra un museo de arte contemporáneo en Roma.

En fin, que me parece que estoy de acuerdo con Nico cuando dice que juzgamos con los ojos porque o aunque no comprendemos lo que vemos. En lo que no estoy de acuerdo es en que todos vemos, pues hay gente que no ve. No sólo los ciegos. Porque si no comprendes lo que ves, de alguna manera no estás viendo, sólo estás reproduciendo una imagen en una pantalla de tu cerebro, sólo estás siendo un espejo. Para ver, para ver de verdad, hay que comprender.

Y dicho esto, sólo me queda volver a decir la frase de Nico y darle la primera respuesta que se me ha ocurrido cuando la he leído: «En general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven». «¿Eh?».

viernes, 21 de mayo de 2010

Desconocidas

Ya he hablado en otras ocasiones de Carmen Guaita. Es de esas personas que te atrapa desde que la conoces, que te inspira una confianza y una tranquilidad admirables, y enseguida te encuentras compartiendo con ella cosas que ni siquiera te habías atrevido a reconocer hasta ese momento. Es simpática, amable, bella, inteligente. Ayer un invitado a la presentación de su libro dijo que si tuviera que definirla en una palabra, sería «dulce». No discrepo, pero yo utilizaría otra palabra, un sustantivo: Carmen Guaita es «gracia». Es gracia porque posee un conjunto de cualidades que la hacen agradable, porque además de la hermosura de sus facciones su fisonomía posee un atractivo que emana de su interior, porque es afable en el trato con las personas, porque es benevolente y amigable, porque tiene sentido del humor, porque maneja la escritura (fondo y forma) con habilidad y soltura, porque hablar con ella (o leer sus libros), siempre, de alguna manera, te reconduce, te sitúa en el camino adecuado. Es un largo piropo, quizá, pero es un único halago, sólo que explicado según las diferentes acepciones de la palabra «gracia» según RAE. Y además, la palabra gracia entronca con gratitud, que es algo que Carmen expresa constantemente, y con gratuidad, que es algo de lo que Carmen se vale para repartir su sonrisa por todas partes.


Carmen Guaita ha escrito un libro que se titula Desconocidas y tiene por subtítulo nada menos que la «Geometría de la mujer». En él, se vale del testimonio de 47 personas para acabar trazando un retrato de la mujer –y también del hombre– del siglo XXI. Son en su mayoría mujeres, pero también hombres, de todas las edades (desde jóvenes estudiantes que empiezan a hacerse un hueco en el mundo hasta jubiladas con una larga experiencia de vida a sus espaldas, pasando por todas las edades intermedias, incluso la edad menos cinco de las que no quieren reconocer el paso del tiempo), personas anónimas y personajes conocidos (Lolita, Beatriz Luengo, Juan Antonio Corbalán, Amando de Miguel o Modesto Lomba, por ejemplo), de todos los ámbitos profesionales (el deporte, el espectáculo, la salud, la estética, el transporte, la solidaridad, la comunicación, la defensa, el derecho, la enseñanza, la investigación, la política, la sociología, la biología, el hogar...), que debaten (¿debaten? No: ¡dialogan!) a lo largo del libro sobre la mujer y sus circunstancias, analizando todos los temas: la educación, la maternidad, los valores, la identidad, los hijos, el amor, la amistad, el trabajo, la conciliación, el lenguaje, el desamor, la moda, el maltrato, el paso de la edad, la igualdad en la diferencia, el futuro... El resultado merece la pena. Uno aprende mucho en su lectura, y además reconoce en sus páginas a muchas mujeres (familiares, compañeras, amigas, conocidas…).

De la presentación, ayer, del libro, ya da nutrida cuenta el blog de SP en RD (http://blogs.periodistadigital.com/sanpablo.php/2010/05/20/carmen-guaita-elegida-lautora-del-anor-p), así que no voy a extenderme. Diré, eso sí, que fue un acto entrañable, pues entrañable acaba convirtiéndose todo lo que cuenta con la presencia de Carmen, que tuvo de todo: conversación y diálogo inteligente, elogios y reconocimientos, música y sonrisas, flores y un cóctel en los jardines. Entre los asistentes había periodistas (Isabel San Sebastián, María Vieites, María Ángeles Fernández, José Manuel Vidal), deportistas (Juan Antonio Corbalán, Sagrario Aguado), diseñadores y estilistas (Modesto Lomba, Mario Bellido), políticas (Fátima Peinado), autoras (Beatriz Serrano, Paloma Orozco), y muchas de las personas que han sido entrevistadas en el libro.

Ayer fue, gracias a Dios, otro de esos días en los que el cansancio no pesa, porque es fruto de la satisfacción de las cosas bien hechas.

Un pensamiento de Antoine de Saint-Exupéry

Hola, corazones.

Vengo hoy con doble (o triple) resaca. Ayer tuvimos la presentación de un libro (más adelante, quizá hoy mismo, colgaré un post sobre el asunto, que merece mucho la pena), lo que significa que trabajé mucho, tanto que el reloj de fichaje no ha querido esta mañana reconocer la hora a la que salí ayer. Tengo, pues, la resaca de la satisfacción del deber cumplido, y la del cansancio, que suelen venir unidas. Añádase a esta la resaca de haberme entregado ayer a la cerveza en un grado ligeramente superior al habitual. No es que acabara la noche como las bodegas de una abadía belga, pero algo sí que me tomé, lo suficiente para que el cansancio acumulado y las pocas horas de sueño no hayan permitido al oro líquido su completa y perfecta asimilación. Por último, y quizá esto sea lo peor, esta mañana el autobús tenía un contundente olor a amoniaco, gracias al cual me siento entre intoxicado y nebulizado.

Por todo esto, y porque me esperan por un lado un montón de textos que redactar y un montón de detalles que recoger, hoy voy a ser más breve que nunca comentando la frase-cita. Pido perdón por ello (aunque sé que más de uno se felicitará por lo mismo).

«La tierra nos enseña más sobre nosotros que todos los libros» (Antoine de Saint-Exupéry).

Frase-cita tomada de la excelente Agenda San Pablo 2010, concretamente para el día de hoy, en que se celebra el Día mundial de la diversidad biológica. Y tengo que darle a monsieur Antuán la razón, pero sólo a medias.

Es cierto que la tierra nos enseña, o puede enseñarnos, mucho, muchísimo, casi todo, sobre nosotros mismos. Al fin y al cabo, en la tierra nacemos, vivimos, nos desarrollamos. Fácil es, pues, que seamos capaces de aprender o de descubrir infinidad de cosas sobre ella y sobre nosotros, y también sobre nuestra relación con ella. Sólo hace falta que tengamos disposición a aprender, capacidad de observación, apertura de mente, inteligencia despierta…, cualidades, en fin, necesarias para llevar a cabo ese aprendizaje. Pero me temo, querido monsieur Antuán, que no todos los seres humanos que pueblan la tierra reúnen las cualidades necesarias para recibir las enseñanzas que la tierra nos presenta (igual no son humanos, sino más bien bovinos).

Y dice además mi querido y admirado piloto (un escritor siempre es, de algún modo, un piloto) que la tierra enseña más que todos los libros. No creo, ni quiero pensar, que monsieur Antuán esté menoscabando a los libros, a esos maravillosos compañeros que, como el suyo, reportan una o muchas enseñanzas imperecederas. Un solo libro, como El Principito, nos enseña sin duda muchas cosas, muchísimas, sobre nosotros mismos. Otro libro, como Desconocidas, que presentamos ayer mismo, nos enseña muchas cosas, muchísimas cosas, sobre nosotros, sobre las mujeres, sobre la vida misma.

Y lo que yo aprendo con la lectura de libros tales no lo aprendo con la lectura o la observación atenta de los sedimentos rocosos, el movimiento de los mares o la carrera despavorida de un avestruz por la sabana. De la tierra se puede aprender mucho, desde luego, pero no estoy seguro, monsieur Antuán, de que sea más que de los libros. Yo, desde luego, soy de los que piensa que un libro, uno solo, puede enseñarnos mucho sobre nosotros mismos.

viernes, 14 de mayo de 2010

Un pensamiento de Ralph Waldo Emerson

Hola, corazones.

Hoy he tenido en el autobús una de esas sensaciones a caballo entre el recuerdo y el «esto ya me ha ocurrido», que los franceses llaman dejavú (sí, ya sé que no se escribe así, pero suspendí el francés, con él siempre me he atragantado). En el asiento contiguo al que yo he ocupado viajaba una señora, absorta en su lectura, cuyo rostro era el mismo retrato de mi abuela. El moño gris recogido y las gafas hacían su parte, pero el rostro era idéntico, incluso la misma expresión, más bien adusta. Y me he puesto a pensar en los recuerdos, esas evocaciones que hacemos de la gente con la que hemos convivido y de las circunstancias pasadas, que de repente, sin saber por qué, reflotan, y lo hacen siempre con diferente intensidad, tamizadas por nuevas experiencias, por nuevos recuerdos, por nuevas personas.

Y en esas estaba, tan profundo, cuando el autobús ha llegado a destino y yo a mi puesto. Y el tiempo ha vuelto a apremiarme, que vuelvo a estar con las agendas, para el dos mil once (¿por qué, si lo pronunciamos todo junto, lo escribimos separado, y no como no suena: dosmilonce?). Así que me quedo con la frase que hoy mismo envía Proverbia.net, frase-cita que, por cierto, tiene una interpretación clarísima leída con la prensa diaria. Dice así:

«Toda reforma fue en un tiempo simple opinión particular» (Ralph Waldo Emerson).

Vamos, que a mí, a bote pronto y de primeras, me viene a la cabeza un montón de personajes de esos que llaman públicos teniendo opiniones (cuando no ocurrencias) particulares y proponiéndoselas a su equipo de asesores (léase partido) para que le den el envoltorio adecuado de reforma, y si además es imprescindible y urgente, mejor que mejor.

Pero ni tengo ganas de meterme en política más de lo que ya he hecho, ni creo que Ralfualdo se refiera únicamente a las reformas que emprenden los gobernadores, los gobernantes y los gobiernistas. Están, por ejemplo, las reformas en el hogar (voy a cambiar el baño, me gustaría poner aquí la encimera, quizá deberíamos tirar ese tabique, mejor ponemos el dormitorio en la otra ala de la casa…). Será eso, claro. Que cuando yo emprenda la reforma de mi hogar será porque antes de reforma ha sido opinión, parecer. Tranquilos, no os asustéis, para acometer la reforma que pienso me faltan unos años y unos miles de euros para poder acometerla, así que de momento no es más que una idea, una utopía o una opinión.

Punto para Ralfualdo.

¿Y las reformas morales? ¿De conducta? ¿De hábitos? ¿Son también una cuestión que nace de la opinión personal?, ¿de un dictamen o juicio formado de algo cuestionable (RAE dixit)? Así que, cuando yo me digo a mí mismo para mis adentros, hablando con mi yo mas íntimo e interior en las profundidades abisales de mis entrañas: «Alvarito, tienes que dejar de hacer esto, o tienes que procurar hacer tal cosa de esta manera», lo que estoy haciendo es opinar sobre un comportamiento, un hábito o una conducta cuestionable y, por tanto, modificable, reformable.

Vaya, punto para Ralfualdo.

Lo que tendremos que vigilar o comprobar es que la opinión que se convierte en reforma sea de verdad propuesto, proyectado o ejecutado como innovación o mejora (RAE dixit) o mejor aún (ego dico), que sea de verdad, en esencia, una innovación y (no o) una mejora real y efectiva.

[¡Ojo!: Alvarito es un apelativo cariñoso que me dirijo yo a mí mismo, no se lo acepto a cualquiera...]

viernes, 7 de mayo de 2010

Un pensamiento de Platón

Hola, corazones.

Hoy no he podido comprar el periódico al lado de casa, como acostumbro, y he tenido que hacer la mitad del trayecto del autobús sin lectura. Para poder adquirirlo, me he bajado una parada antes y he caminado un poco, entre la parada, el quiosco y la parada siguiente. El relente de la mañana me ha animado un poco en una semana que estaba siendo dominada por mi dolor de espalda (no es que haya desaparecido, sino que estas pequeñas y nimias circunstancias me permiten relacionarme con mi inquilino «álgico» con algo más de indiferencia). Me enrollo como las persianas.

Al abrir el periódico, me encuentro casi de sopetón con que hay una nueva modalidad de conciertos, que acercan la música hasta el salón del potencial público de los grupos que actúan. Como ejemplo, un concierto de un grupo llamado Love of Lesbian en el salón de un interiorista cuyo nombre no he memorizado, en su casa, un ¡palacete! madrileño, con un aforo de unas ¡cien personas! «¡Genial!», he pensado inmediatamente. El periódico empieza a parecerse a esas revistas de moda en las que unas alpargatas te cuestan ochenta euros y una camisa de algodón unos setecientos cincuenta. No me quiero ni imaginar yo un concierto semejante en mi casa. Un problema sería instalar el equipo de sonido y habilitar un espacio para que el grupo pueda actuar; luego, la incomodidad de meter y acoplar (me temo que ni siquiera una sobre otra) a cien personas en mi «salón» (siempre he pensado que el término «salita» es mucho más adecuado y proporcionado); un tercer problema iba a ser atender como un buen anfitrión al público, y poder ofrecer unos refrescos (o copas: pega más en un concierto pop/rock) y una patata frita; y todo esto, por no hablar de las reacciones de los vecinos: los jóvenes se unirían, perro incluido (más lleno para el aforo), pero, ¿las señoras mayores?, ¿los del bajo, que sólo escuchan salsa y merengue (a toda potencia, eso sí)?, ¿aguantarían los cimientos del edificio, construido apenas nació el siglo XX, las vibraciones y el peso de las más de cien personas acumuladas en mis aproximadamente 10 metros cuadrados (si llega) de salón (calculando, si toda la casa no llega a 35)? ¡Ah!, que lo de los conciertos en casa no es para gente como yo…, que sólo es para quien tiene casas grandes (y patrimonios grandes, me temo)… que además Love of Lesbian no me iba a gustar demasiado (eso es mentira)… que como yo no soy interiorista, no puedo acceder a los nuevos estilos (no soy interiorista, pero trabajo con otro tipo de interiores y además, mi casa es muy acogedora, aunque, claro, no tiene aforo)…

En fin, no sé muy bien a qué viene toda esta pataleta pseudorreivindicativa, pero empiezo a estar harto de que me enseñen una realidad de cuento de hadas posmodernas cuando lo que veo es otra cosa.

Vamos a la frase-cita. Se me han quitado las ganas de pensar, así que he buscado entre las últimas frases que me ha enviado Proverbia.net una que me permita asentir y poco más, sintiéndome un poco Holmes al decir aquello de «Elemental, querido Watson». Y la joya me la ha dado la filosofía griega (¿por qué será que hay tantas y tan certeras frase-citas entre la filosofía griega? Fijaos que las fuentes de frase-citas suelen ser esta (la filosofía griega), la espiritualidad cristiana, la literatura clásica (y, en cuarto lugar, las corrientes ascéticas orientales). Bien, pues Platón dice lo siguiente:

«Buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro» (Platón).

Elemental, querido Platón. De elemental, hemos dejado de practicarlo, y ha quedado algo olvidado, oxidado, obsoleto, rancio, pasado, demodé… Pero es cierto. Haz el bien y no mires a quién, no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti, el bien que hagas a los demás te será devuelto cuando menos lo esperes, ama a tu prójimo como a ti mismo… ¿Quizá va a ser ese el problema, que no nos queremos lo suficiente y tratamos a los demás con el mismo desamor que creemos merecernos?

Podemos darle vueltas al pensamiento platónico (me refiero sólo a esta frase-cita, no a todo su sistema filosófico, que también acepta unas cuantas vueltas), pero al final nos quedaremos con que lo que dice tiene su lógica, su razón, su motivo, su verdad. Buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro. Unámonos a la larga cadena de personas que, a lo largo de la historia de la humanidad, han puesto en práctica esta frase-cita u otras de igual significación y sentido. Sed buenos. Y hasta pronto.