viernes, 28 de junio de 2013

Un pensamiento de Maurice Zundel


 
Ayer mismo comentaba con mi jefa, y coincidía con ella, en que en tiempo de verano parece que perdemos de vista algunas consideraciones en el vestir. Con aquello de que hace calor, y con el a mi parecer excesivamente sobrevalorado yomevistocomomesaledelos…, muchas personas parecen haber caído en una dejación de funciones estéticas, y palabras como la adecuación, la elegancia, la distinción, la discreción e incluso el respeto o la higiene parecen haber desaparecido del diccionario de uso común. Esos maltratados pies, esos escotes umbilicales, esas axilas, ostentosamente ventiladas, esas espaldas ¡hasta la rabadilla y más alla!... Ese inmenso daño que han hecho a la humanidad las perneras pesqueras, los pantalones de cintura caída y tiro bolsero, las camisetas de tirantes, máxime si son de rejilla, con abertura latero-cintural… ¡Esas combinaciones de color! Esa exhibición de carnes, y me es indiferente que estén perfectamente torneadas o sean acumulaciones imposibles de tejido adiposo o de tejido muscular sobrealimentado… Esas formaciones ungulares fúngidas, ennegrecidas, blanquecinas y/o largas como un muergo gigante, que asoman o saltan a la vista desde el suelo al sonido del flip-flap-chanclanclán… 
 
Yo lo peor de todo quizá no sea eso. No, porque si uno está en la playa, o en su casa, o en su piscina privada, o en la comuna, todavía alguno de los horrores que he mencionado tendría un pase (no, las partes unguladas, no). Pero, es que muchos van así a trabajar, y regresan de igual guisa ocho o diez horas después (por muy inactiva física e intelectualmente que sea su ocupación y muy buenos que sean los productos de higiene personal que combaten la sudoración odorífera, pues como que en fin…). O van así de tiendas, y entran y salen de probadores, esos camerinos tan bien ventilados, se enfundan en prendas que luego no se llevan y que otro coge a continuación con riesgo de su vida, o juguetean con su calzado, que es poco más que una suela, en los cepillitos laterales de las escaleras mecánicas… Y finalmente uno ya no ve un cuerpo joven y hermoso exhibido en poca ropa para deleite de la vista y abultamiento de la imaginación, sino simplemente un ser groseramente semidesnudo, sucio de polvo, sudor y humo, caminando por las ásperas parameras asfálticas de la Gran Vía
 
Quizá estoy perdiendo los pocos lectores que me quedan, pues ya ni siquiera alcanzo las 250 visitas semanales, pero no por ello voy a dejar de decir lo que pienso: existe en verano una grandísima (y gravísima) dejación de funciones estéticas en el vestir. ¿Se referirá a esto la frase-cita de hoy? Veamos:
 
«Es preciso que tu vida sea bella y lleve la irradiación de la belleza» (Maurice Zundel).
 
Bueno, pues la verdad, creo que no. No me imagino a un señor como este mirando con indisimulado repelús y un leve arrugamiento nasal a los paseantes de la céntrica calle madrileña. Es suizo, pero aunque pueda estar acostumbrado a los aromas cáseos, nunca se puede comparar la delicia del Emmental con el espanto del Pinrel. Bromas aparte, y pido disculpas a todos los helvéticos y esvizeros si han podido sentirse molestos por esta mala broma, insisto en que mosén Zundel no parecía estar pensando en la ropita veraniega cuando pronunció su frase-cita. No parece propio de un sacerdote teólogo, predicador, escritor, acusado y vigilado como posible hereje, controvertido por sus realistas descripciones del amor humano, predicador de unos ejercicios espirituales en el Vaticano ante Pablo VI… no parece propio de un hombre así, repito, entretenerse en banalidades externas como la ropita (eso es más propio de mi persona). 
 
Más parece que quiere referirse a otra belleza, no a la mera apariencia física, ya esté envuelta en sedas y damascos, ya en algodón y cordoncillo, ya desenvuelta sobre las sábanas como las diosas y ninfas del Museo… Quiere referirse a la belleza de la acepción que doña RAE ha suprimido de la última edición de su diccionario (¿por qué?): «Propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas».
 
No entiendo la retirada de la acepción. Si querían evitarse problemas, podían haber dicho que es una propiedad de las cosas de la naturaleza y de las obras literarias y artísticas que infunde en el ánimo un deleite que mueve a la persona a contemplarlas. Con esto le habrían quitado toda referencia al espíritu, que parece tendencia…
 
Me atendré a esta mi propia acepción para analizar la frase-cita de Zundel: «Es preciso que tu vida sea bella y lleve la irradiación de la belleza» (Maurice Zundel). Veamos.
 
Para empezar, mi vida no es una cosa, con lo que la aplicación de mi acepción de belleza no parece preceptiva. Doble pregunta: ¿puede una vida ser una cosa? ¿puede una vida ser bella? Una vida puede ser cosificada, puede ser reducida a la categoría de cosa por los demás, pero, por mucho que se la reduzca a la esclavitud, dentro de esa vida puede latir siempre un Espartaco o una Josefina Bakhita, y entonces esa vida deja de ser una cosa para ser una existencia superior a la del “cosificador”. Una vida puede ser cosificada, puede ser reducida por los demás a la categoría de prescindible. Esta misma semana una chica engañada por un pensamiento falso que comparte mucha gente, decidió que la "cosa" que se había generado en su seno y que salió de él nueve meses después no era una vida, y que por tanto podía tirarla por la ventana. Pero la cosa se rebeló y se reveló vida. Hace poco se abrió el debate sobre si era preceptivo deshacerse previamente de “cosas” que venían "defectuosas", pero yo conozco muchas de esas vidas, que no son cosas ni defectuosas, sino vidas, vidas maravillosas, ejemplares, como la del que protagoniza películas, escribe libros, cuenta chistes exquisitos y le dedican calles en su ciudad natal. ¿Puede una vida ser una cosa? Por más que intentes cosificarla, no, nunca.
 
¿Puede una vida ser bella? ¿Fue bella la vida de una mujer bella que buscó siempre la felicidad, el cariño, la sencillez y la ternura, que trabajó para hacer felices a los demás y dejó muestras maravillosas de su capacidad, que dedicó su tiempo a combatir los males de la infancia, que escribió uno de los consejos que preside este blog? (arriba, a la derecha… esa..., exacto). ¿Fue bella su vida? No me cabe la menor duda. Como tampoco tengo duda de que es bella la vida de quien vive en paz consigo mismo y abierto a los demás, con paz de espíritu y largueza de corazón. Y de esos hay legiones.
 
¿Puede una vida bella irradiar su belleza? ¡Claro! No hay más que mirar la sonrisa de quien vive una vida bella, la mirada del enamorado, la mano del generoso, el hombro del solidario, la tersura de la piel de la religiosa de clausura (no hay mejor cosmético que Dios). No hay más que mirar alrededor para descubrir la belleza de una vida bella. Claro que a veces está oculta detrás de una camiseta de tirantes, unos bermudas caídos (o una cinta del cabello atada a la cadera) y unas chanclas descoloridas… 

viernes, 21 de junio de 2013

Un pensamiento de Edith Stein


 
¿Os ha pasado alguna vez que os comparáis con alguien y consideráis que salís perdiendo en la comparación? No me refiero a la comparación fruto de la envidia, o al menos no de la envidia mala (¿hay envidia buena?, lo dudo), sino a esa comparación que diríase proviene de una aparente consideración objetiva de las cosas, pero que pierde de vista muchos detalles y matices.
 
Quizá con un ejemplo me explico mejor, o algo. El otro día, viendo pasear a la gente por el Retiro desde mi atalaya de la caseta en la Feria del Libro, de repente vi pasar a uno que iba ataviado con una ropa que hizo que mi cabeza se pusiera a rumiar: «qué jodío, qué ropa tan bonita y atrevida lleva y qué bien le sienta, si yo me pusiera eso iría hecho un ridículo alfeñique con barriga ajustada». Cuando me pasan cosas de esas, trato de poner en práctica un consejo, pero no siempre lo consigo. Dice el consejo que cuando veas a alguien que te provoca pensamientos similares y te hace sentir mediante la comparación una cierta sensación de inferioridad, que trates de imaginártelo de otro modo (y aquí valen muchas opciones: desprovisto de todo ropaje, cortándose las uñas de los pies, en pose de evacuación escatológica, despeinado y con legañas después de una noche sin dormir con doble borrachera de tequila…). Un ejemplo menos frívolo: cuando alguien sabe explicar algo con una claridad y con una brevedad inalcanzable para tu corto intelecto, y no porque sea un repelente niño vicente, porque a esos es fácil imaginarlos llenos de defectos, sino porque simplemente tiene esa capacidad, haz lo mismo: imagínatelo vertiendo el café sobre ciertas partes de su propio cuerpo cuando está plácidamente sentado, casi repantingado.
 
Quizá sea inevitable, o nos cueste mucho (a mí, desde luego, me cuesta), pero la cuestión es que tenemos que dejar de imaginarnos cosas de los demás. Porque cuando lo hacemos acabamos comparando, y en la comparación tendemos a ponernos en el término menor, y podemos acabar haciéndonos daño. Claro que también nos lo hacemos si andamos todo el día ubicándonos en el término mayor de la comparación, si seremos engreídos. Lo mejor, entonces, es no comparar.
 
O ser más comprensivos. Porque…
 
«Para los que tenemos fe la noche también es oscura» (santa Teresa Benedicta de la Cruz-Edith Stein).
 
Me temo que esta vez he hecho el comentario a la frase-cita antes de proponerla para su revisión. Claro que la comparación es distinta, no superficial como la que yo he sugerido, sino profunda. Pero es lo mismo, porque pienso: «claro, ella, como es santa, todo lo puede, todo lo soporta, todo lo sublima, todo lo transforma en amor, en espíritu, en vida; hasta su propia muerte, y no le cuesta nada». Y entonces ella me dice que naranjas, que me la imagine de otro modo, de otra manera; que tenga en cuenta que para ella la noche también es oscura.
 
Me parece sublime esta sencilla y a la vez profunda frase-cita pensamiento de la santa filósofa víctima y mártir (víctima por judía y mártir por monja). Para los que tenemos fe, el sufrimiento humano, la iniquidad, el egoísmo, el mal, la violencia, el pecado, la muerte… tienen una respuesta. Pero hallar esa respuesta no es algo inmediato, ni automático, ni fruto de un chas de birlibirloque. No. Cuando te enfrentas a la enfermedad y a la muerte venidera de alguien, por mucho que hayas sabido, estudiado y creído la respuesta, por mucho tengas perfectamente asumida la indefectibilidad de la muerte (¿es válido este concepto, o me he pasado?), por muy fuerte y segura que sea tu fe, no creas por eso que te vas a ir de rositas, no creas por eso que no vas a sufrir, que no vas a atravesar no una, sino muchas noches oscuras. Las mismas, si no más, de quien no ve nada porque nada cree.
 
La noche también es oscura. Lo es para todos. Al menos todos atravesamos alguna. Lo importante es cómo sea la mañana posterior a esa noche. 
 

lunes, 17 de junio de 2013

Feria del Libro 2013 (y 2)

Gloria Fuertes
 
 
El pasado viernes 7 fue la ceremonia de entrega del Premio La Brújula. La novela premiada es Suad, la historia del derrumbamiento y la transformación de una adolescente el día en que todo cambia en su vida. Sus autores son Lorenzo Silva y Noemí Trujillo, un matrimonio de escritores que han hecho un curioso ejercicio: meterse en la piel de una adolescente de hoy. La ceremonia fue en el Pabellón Banco de Sabadell, un pabellón azul en medio del paseo de coches del Retiro, en plena Feria del Libro. Moderado de manera excepcional por la periodista Sara Infante, la presentación contó con las palabras oportunas y cariñosas de Paloma Orozco y de Luis Fernando Vílchez. Los autores recogieron el premio de manos de Juan Antonio Carrera, el director general de San Pablo. Luego tomaron la palabra ellos, para agradecer el premio y explicar el por qué de esta obra. Primero él, con su fuerte voz, que hizo un excelente ejercicio de oratoria. Luego le llegó el turno a ella, y nada más comenzar a hablar, me conquistó. Nada como citar a Gloria Fuertes, grande entre las grandes:
 
La poeta se casó con el poeto
y en vez de tener un niño
tuvieron un soneto.
 


 
 
Lorenzo Silva y Noemí Trujillo, los "padres" de Suad.


Una caseta para niños

Ocurre durante toda la Feria: en cuanto tenemos ocasión, invitamos a los niños a cuyos padres conocemos a que pasen al interior de la caseta, para que ven la Feria desde el otro lado. Es una experiencia divertida, los niños se lo pasan pipa repartiendo marcapáginas al público, haciéndose fotos, mirando los libros, y al final se van contentos y con las manos llenos de caramelos. El último fin de semana, tuvimos la caseta llena: María, el sábado por la mañana, Lara y Candela por la tarde, todas hijas de amigos. El domingo, Miguel, que es hasta coautor del libro que firmaba su madre, y sus hermanos; y por la tarde, las dos preciosas hijas de otro autor. Casi nos dejan sin caramelos... ¡y sin libros! Con niños así, el futuro de las editoriales está asegurado.


Bollería de autor

Los autores del último fin de semana se han propuesto combatir la dieta del bikini. Yo tengo la teoría, y la defiendo, de que si el bañador no te vale, es mejor comprarte una talla mayor que pasar un par de meses de hambre y sudores. Lo mismo deben de pensar ellos: tortas de Alcázar, palmeritas de hojaldre, rosquillas, mazapán, caramelos de miel, chupachups...


¡Número uno!

El orgullo me embarga. No paro de sonreír. Estoy entusiasmá-dó, como diría mi admirado Gorm de Vickie el vikingo. Este año mis Momentos de sabiduría está en el primer puesto de los libros más vendidos, empatado con Suad y con los Encuentros con Jesús de la Madre Francisca. Ya el año pasado fue el más vendido, aunque entonces fui superado en volumen de libros por Carmen Guaita, que suma cuatro títulos en su haber, y los cuatro excelentes.

viernes, 14 de junio de 2013

Un pensamiento de Benjamin Franklin


 
Nada como una buena juerga sevillana para borrar las ojeras y hacer desaparecer el cansancio, o al menos para sustituirlo por uno más placentero. No es que la satisfacción de un trabajo bien hecho o al menos terminado no sea placentera, pero lo es siempre más la agradable compañía, la charla amistosa, cariñosa y familiar, la buena comida y la buena bebida. Y si a eso le añades baile, gente guapa y el embrujo, que por tópico que sea, es verdad, de Sevilla, y la sombra de la Giralda de madrugada, bendito sea el cansancio reponedor. Que me encuentro mucho mejor y muy divinamente, ¡ea!
 
Y que, aunque vuelto a la rutina y al trabajo, y encerrado en casa cuando no en el despacho, he vivido esta semana con más alegría, con más entusiasmo, con más optimismo que lo que suele ser habitual en mí. Claro, que, siendo sieso y cenizo como soy, superar la media de positividad no es demasiado complicado. Pero aquí estoy, dispuesto a lo que sea. Pero si hasta mi horóscopo de ayer, que me parto, decía que «habrá un cambio positivo en mi vida que puede acabar teniendo un gran efecto sobre mi vida familiar». ¿Vendrá algún importante editor a la Feria y me ofrecerá un jugoso contrato con derechos de autor por mis escritos? ¿Visitará la caseta alguna de las famosas presentadoras que admiro casi hasta la idolatría a pedirme consejo o algo? ¿Aparecerá algún empresario dispuesto a comprar dos ediciones completas de mi obra para impartir con ella cursos de coaching positivo? ¿Descubrirá este fin de semana un silencioso investigador médico un remedio infalible para las degenerativas cerebrales? ¿Estará presente este domingo en San Marcos ese famoso productor dueño de aquella discográfica que todo lo que edita lo convierte en platino? ¡Ay, madre, ¿qué será!?
 
«No anticipéis las tribulaciones ni lo que seguramente no puede suceder. Vivid siempre en un ambiente de optimismo» (Benjamin Franklin).
 
Jopetas, don Benjamín, justo que estaba ahora con el cuento de la lechera, con lo poco que me prodigo en esas lides, y me viene usted a decir lo mismo pero lo contrario, o lo contrario pero igual. Bueno, parecido.
 
Porque, claro, el cuento de la lechera, sobre todo cuando no hay leche en el cántaro, es menos optimista de lo que parece, o mejor, no es optimista sino ilusorio, y aunque hace sonreír, está prediciendo aquello de que más dura será la caída. Y el caso contrario, el anticipo de la tribulación que seguramente no puede suceder, es ilusorio por falso y además pesimista, aguafiestas, oscuro, cenizo, patán…
 
Intuyo que aunque usted, don Bejamín, no lo dice, cuando habla de ambiente de optimismo está, más que afirmando la posibilidad de la utopía, o de la lechera, aportando positividad a las cosas probables, reales, con ilusión pero con los pies en la tierra. ¿Mucho suponer? Quizá.
 
Igual estoy llevándomelo a mi idea, haciéndole afirmar cosas que no dice. Pero yo entiendo que lo de «vivid siempre en un ambiente de optimismo» tiene una segunda parte, como la tiene una de mis citas bíblicas favoritas: «Estad siempre alegres», exhortación maravillosa a la que el Apóstol añade: «Os lo repito: Estad siempre alegres en el Señor». Esto es: que vuestra alegría tenga la más sólida de las fundamentaciones. Pues del mismo modo, yo intuyo en la frase de don Benjamín una coda: «Os lo repito: «Vivid siempre en un ambiente de optimismo en lo que seguramente puede suceder». Que vuestro optimismo, pues, tenga también la más sólida de las fundamentaciones. Que como todo buen optimismo se inspire en la fe y en la esperanza, pero que no pierda nunca de vista, por más que mire al cielo, el suelo que pisa.
 
Bien. Creo que hoy sí que me he ganado el título de manipulador y «transgiversador», feo palabro de fea significación. Pero que me hace pensar que este fin de semana, diga lo que diga el horóscopo, no va a aparecer ante mí el mago de la lámpara en forma de contrato de edición, ni con afamado rostro bellezón, ni de generoso emprendedor chiflado, ni de productor musical ni de ¡ay, Dios! trascendental descubrimiento. Me pasará, eso sí lo espero, que las dos jornadas de Feria que me restan serán muy positivas en cuanto a trabajo, al desarrollo de mi amabilidad y quizá de mi extraviada y diminuta paciencia. Que no me vendría mal, y repercutiría positivamente en mi vida familiar.
 
Posdata: ¿vida familiar es esa que tengo cuando entro en casa y saludo a mis cuadros, y la ropa que dejé sin recoger me grita que se esta arrugando, y la lámpara del techo me guiña parpadeante para insinuar mi tacañería porque sigo sin reponer esa bombilla…?

viernes, 7 de junio de 2013

Un pensamiento de Charles Dickens

Carissimi

Me encuentro últimamente muy cansado, pero esto, y sin que sirva de precedente, no es una queja. Las circunstancias que me hacen sentirme así son, en gran parte, provocadas por mi propia actividad, por propia decisión; en otra parte, tampoco desdeñable, son circunstancias que me sobrevienen y que no puedo ni evitar ni cambiar, con lo que la aceptación es la mejor de las soluciones. Sólo una pequeña parte puede, pues, permitirme la queja razonable, así que mejor lo dejo para cuando tengas más ayes que lanzar al infinito azul.
 
Si me duermo en las banquetas de los bares (Virgen santa, qué mal suena eso) después de una amplia jornada de trabajo, es porque he hecho lo que debía. Y además me queda la satisfacción, o al menos la tranquilidad, de que lo he hecho bien, lo mejor que he podido y sabido. Y que la mayor parte de las personas a quienes he atendido, que me han pedido un título, el último libro de un autor, una recomendación para regalar a un amigo sacerdote o información sobre cuál de los libros sobre el Papa Francisco es más interesante, han recibido respuesta educada, adecuada y amable.
 
Así que hoy, por primera vez desde la semana pasada (exactamente: ¡si lo hago todos los viernes!, ¿cómo digo tal?), voy a aplicarme a mí mismo la frase-cita. Que dice así:
 
«No fracasa en este mundo quien le haga a otro más llevadera su carga» (Charles Dickens).
 
Mucho es suponer, por ejemplo, que quien anda buscando un libro para conocer un poco de la vida y el pensamiento del Papa Francisco tenga y viva tal interés como una pesada carga, y que yo, al informarle y recomendarle, le haya aligerado su peso. O que quien anda buscando regalar un buen libro a un buen sacerdote y no sabe qué regalarle esté viviendo su generosa acción (o su compromiso) como una losa y que yo, al recomendarle a san Juan, siempre llevadero, le haya aliviado en su congoja. Si alguien quiere que su hija adolescente lea novelas de misterio cuando la niña quiere romanticismos banales y vive esa diferencia con tensión creciente, ¿rebajará la tensión si yo invito a la muchacha a adentrarse en las páginas de libros que nada tienen que ver con los deseos de ambos y que son capaces de engancharla? No creo, pero a veces ocurre.
 
¿Contribuyo con estas cosas a aligerar pesos y cargas? Quién sabe. No hace falta que la carga sea grande, pero si alguien no sabe encontrar algo, aunque sea simplemente una breve vida de santos, y le da por acudir a mí (no por ser yo, sino por estar en el lugar oportuno en ese momento), yo considero un deber hacer que esa persona encuentre lo que busca, o al menos sepa dónde buscarlo sin dar tumbos por todo el Retiro.
 
En otro orden de cosas, y dependiendo de cuál sea la carga y cuál la gravedad del sufrimiento que esa carga supone, a veces una sonrisa, una palabra amable, uno de esos maravillosos vocablos en desuso (gracias, perdón, me permite, a usted, no hay de qué, con mucho gusto, cómo no, de nada, muy amable, disculpe, cuánto lo siento…) pueden aligerar no pocas cargas, no pocas tensiones, no pocas durezas de superficie…
 
Pareciera que me esté tirando flores. No es exacto. Pero confieso que cuando estoy trabajando cara al público me doy cuenta muchas veces de lo importante que es mantener siempre el tono y la tensión, mejor, la solicitud. Y veo cuántas veces a lo largo del día, de mi cotidianidad, no soy capaz de mantenerlos y consecuentemente las personas a mi alrededor no perciben que su carga es más llevadera. Y yo, sin embargo, me hundo más con el peso de la mía.
 
** No quiero irme sin tener un breve recuerdo de Tom Sharpe,ese genial escritor, creador del fantástico personaje Wilt. ¡Ay, cuando yo descubría libros y los regalaba, sin haberlos leído previamente, acertando siempre (o casi siempre)! Tiempo, bendito tiempo. Descanse Tom Sharpe en paz y tenga Wilt su necesario duelo. Y sigamos todos disfrutando y leyendo cada vez que leamos sus hilarantes y ácidas aventuras. **
 
** Y ya puestos, un homenaje más: ha fallecido también Esther Williams, la mujer que mejor y más veces ha sonreído bajo el agua. Un ejemplo de que se puede sonreír en cualquier circunstancia, incluso cuando no tienes casi aire en los pulmones y no los puedes llenar sin riesgo para tu vida… **

lunes, 3 de junio de 2013

Feria del Libro 2013

Os ha quedado muy bonita la caseta
 
La amabilidad del vecindario es proverbial en la Feria. Nunca hemos tenido problemas, todo lo contrario: nos hemos ayudado unos a otros prestándonos cosas si las necesitábamos o haciéndonos favores (¿tienes monedas de veinte céntimos?, ¿me vigilas un momento la caseta, que tengo que ir a...?, ¿te bajo el toldo?). Nuestros vecinos de este año, de Palabra, nos dedicaron esta frase cuando aún no habíamos terminado de colocar libros, carteles, expositores y demás parafernalia. Un bonito detalle que se agradece.
 
 
La mala educación
 
En contraste con lo anterior, la mala educación de quien, año tras año, confunde las cosas. Vaya quien vaya a inagurar la Feria del Libro, ya sea el Príncipe Felipe, ya la Infanta Doña Elena, ya la Reina Doña Sofía, no es de recibo que a lo largo del recorrido haya apostados grupitos de insolentes que se dedican a protestar, gritar, insultar e intentar reventar la cosa. Aunque inauguraran la Feria hitler y stalin (chiquititos) redivivos y cogiditos del brazo como buenos amiguitos, no es de recibo reventar la Feria para insultarlos. A pesar de que esos sí que se hubieran merecido un buen rapapolvo.
 
 
¡Victor Ullate!
 
La sorpresa de la Feria, sin duda, fue la visita a la caseta 228 nada más y nada menos que de Víctor Ullate. No sólo pasó a saludar a la autora que en esos momentos estaba firmando, Carmen Guaita, que es amiga suya y su biógrafa (véase mi entrada titulada La vida y la danza). Es que entró en la caseta, nos saludó a todos, charló con nosotros, se quedó un buen rato sentado a la puerta, descansando, tuvo la gentileza de firmarme su libro de memorias, que ya me había dedicado también Carmen, e incluso tuvo un elogio para uno de los textos de mi Momentos de sabiduría. Un orgullo y un honor conocerle.
 
 
 
 
Papiroflexia

—¿Tenéis libros de papiroflexia?

—¡Sí!

Con alegría indescriptible, pues despúes de años de respuestas negativas podía enseñar un libro de (mejor, con un apartado dedicado a) papiroflexia, me lancé sobre el mostrador... El libro no estaba... Me volví a las estanterías, y tampoco lo encontré... Pregunté al espejito mágico del ordenador, y comprobé con tristeza que no podía enseñárselo a mi interlocutora porque... ya los habíamos vendido todos...). ¡Cachis!
 

Madre, no tenemos más libros...

Domingo por la tarde. Llega la Madre Francisca Sierra dispuesta a firmar su libro Encuentros con Jesús. Con ella, cuatro religiosas de su Congregación. Y un enorme séquito de antiguas alumnas, alumnas actuales, familiares, amigos y conocidos. Media hora después de comenzar a firmar, comprobamos con horror que no tenemos libros suficientes para que siga firmando a semejante ritmo.
 
Primera solución: me acerco a la caseta 85, Paulinas, para que me den sus existencias de ese título con promesa de reposición posterior. Solución fallida: no tienen un solo ejemplar de su libro. Mientras, la Madre Francisca sigue firmando...
 
Segunda solución: mi compañero "el Pintado" sale al encuentro de un jefe paulino que casualmente estaba cerca del Retiro, y ambos se van en coche a Villaverde para recoger más libros del almacén. Mientras, la Madre Francisca sigue firmando...
 
Tercera solución: las religiosas se van corriendo a su colegio y vuelven jadeando, cargadas de bolsas con libros. Uno, dos, tres... la Madre Francisca sigue firmando...
 
Finalmente, tuvimos libros, pues se juntaron los del colegio con los del almacén. Y eso que la Madre Francisca no paró de firmar en toda la tarde. De momento, su libro es el más vendido en la caseta 228. Lo mismo que pasó en Valladolid en la caseta de la librería Paulinas...