viernes, 24 de febrero de 2012

Un pensamiento de Charles Dickens

Hola, corazones.

No tengo hoy ninguna anécdota especial que contar, no me ha pasado nada en el autobús, ni me he caído, ni he visto a nadie raro haciendo nada raro delante de mi rara percepción. No hace ni frío ni calor ni tengo dolores o sensaciones diferentes de las de otros días o de algún modo calificables como especiales. Hoy es «uno de esos días» (vaya, me ha salido expresión de anuncio) anodino, normal, corriente. Ya llegará, como dice el agorero. Pues si llega, que sea el día en que los números que salen de la bola del sorteo de la ONCE coincidan con los del cupón que llevo, respondo. En fin.

Y como no tengo nada que contar, resulta que casi tampoco tengo frase-cita que comentar. He estado mirando las de Proverbia.net de esta semana y no hay ninguna que me inspire grandes comentarios. La única que me ha provocado una mínima respuesta es esta, de tipo personal, propuesta por el twisteano Dickens:

«No está en mi naturaleza ocultar nada. No puedo cerrar mis labios cuando he abierto mi corazón» (Charles Dickens).

Y la verdad, es que lo que se me ocurre es decir, simplemente, que a mí me ocurre lo mismo, que soy transparente y casi bocazas desde el preciso instante en que me implico de corazón en las cosas. Si quiero a alguien se me nota, si me preocupa algo, se me nota, si algo ha interesado a mi corazón, no sólo se me nota, sino que no tengo más remedio que soltarlo, ya sea mediante lenguaje oral, lenguaje escrito o lenguaje gestual o no verbal. Vamos, que coincido con Dickens.

Pero, ¿da realmente esta coincidencia para un «Pensa» completo? ¿Tiene realmente importancia el hecho de que mi humilde persona (tómese la palabra como un mero acompañante: si hubiera escrito «mi gran persona» habría dado exactamente lo mismo) se implique y no sea capaz de callarse, de ocultar, de actuar, de disimular? ¿Aparte de demostrar que mi orientación profesional, dada mi tremenda inhabilidad para el fingimiento, no se habría podido decantar nunca por la interpretación actoral, de qué sirve esta afirmación? Y realmente, ¿no erré mi orientación profesional cuando me dirigí al periodismo, en lo que de ocultación (fuentes, declaraciones off the record, secretos que conviene no desvelar…) tiene y exige? Seguramente por eso he acabado escribiendo comentarios humorístico-morales en un blog.

Si además todo el mundo sabe que soy como un vaso de cristal lleno de agua clara de la fuente sobre una mesa de mármol blanco en un día soleado, y espera el momento oportuno en que yo abra la boca para beberme y enterarse de todo (¡puaj!). Esto tiene una implicación más: si me implicas en algo y se me nota y se me escapa y no soy capaz de ocultarlo, cuando me ponen a prueba, en cuanto me plantan delante ya no un capote, la muleta del muñeco torero que acompañaba a la bailarina flamenca de encima de la tele cuando esta no era plana, bajo la testuz y tiro p’adelante y p’a dentro. Soy como un toro de ganadería brava.

Todo esto para decir que coincido con Dickens. Ojalá coincidiera en algo más.

Deben ustedes vosotros perdonarme, pero es que hoy no me apetecía dar consejos ni ofrecer pensamientos morales positivos. Hoy necesitaba mirarme al espejo un rato. Gracias por su vuestra comprensión y ¡hasta la semana que viene!

viernes, 17 de febrero de 2012

Un pensamiento de Ralph Waldo Emerson

Hola, corazones.

Varios acontecimientos relacionados con los libros me mueven a elegir esta semana un pensamiento o frase-cita dedicado a los libros.

Desde el pasado martes obra en mi poder un ejemplar de mi último «hijito» (así comencé a llamar, cuando entré a trabajar en la editorial, a los libros que hacemos; con el tiempo he pasado a llamar sólo «hijos» a aquellos con los que, por una u otra razón, me siento especialmente unido y me han dado tanto trabajo como satisfacciones); se trata del Diccionario de Iconografía y Arte Cristiano, al que he estado dedicado y casi atado durante varios meses. En la misma remesa de novedades ha aparecido también el Vía crucis con los jóvenes, que contiene los textos del vía crucis celebrado el pasado mes de agosto durante la JMJ y que está ilustrado con fotografías de los pasos de Semana Santa que protagonizaron dicho acto; las fotografías son de un docto y renacentista amigo mío, CMB, cuyo blog puede y debe ser consultado todos los martes (véase la columna de blogs recomendados, a la derecha). Otro libro es el que recomendé ya en mi perfil de Facebook esta semana, y que, editado por Destino, propone a Miguel Delibes como «una conciencia para el nuevo siglo». Resulta un libro muy interesante, muy recomendable, escrito por Ramón Buckley, que es lo que podríamos llamar un «pseudopariente» mío. Por último, el «cuarto» libro de la semana es uno del que ya he hablado en otras ocasiones: Morir nos sienta fatal, de la periodista Mª Ángeles López Romero, que se presentó ayer en Sevilla.

¿Qué tienen en común los cuatro libros? Cada uno a su modo, hablan de la muerte y de la vida: uno porque habla de la muerte, que es consecuencia de la vida; otro, porque nos dice que Miguel Delibes, que murió en 2010, está más vivo que nunca porque su literatura, su obra, su pensamiento fue tan profético que nos ayuda entender el presente y, por ende, la vida; otro, porque nos muestra la vida después de la muerte: la resurrección, y el último (el primero citado) porque nos recuerda cómo, a lo largo de la historia, esa trascendencia de la vida y de la muerte ha sido transmitida, reflejada, vivida a través del arte.

Por eso, hoy, quiero proponer una frase-cita que nos hable de los libros, esos imprescindibles amigos para la vida, porque, ¿hay vida sin libros? Yo coincido con Thomas Jefferson en que «no es posible vivir sin libros». Y también coincido con Ralph Waldo Emerson cuando dice:

«En muchas ocasiones la lectura de un libro ha hecho la fortuna de un hombre, decidiendo el curso de su vida» (Ralph Waldo Emerson).

Pues sí, yo también pienso lo mismo. De hecho, conozco a uno que se leyó Las cuatro plumas y se hizo militar. Conozco a otro que se lee de cabo a rabo diccionarios, enciclopedias y colecciones de obras completas de grandes autores, y no desdeña tampoco manuales de disciplinas científicas, sesudos ensayos teológicos o catálogos de arte. Y claro, es un auténtico erudo (un erudo es un erudito, pero mucho más grande), que también lee a Neruda (perdóneseme la aliteración facilona). Claro que no estoy seguro de que esto sea una máxima universal, válido para todas las personas y para todos los libros. Por ejemplo, el que leyó Todo lo que quiso saber sobre el sexo y no se atrevió a preguntar, de Woody Allen, ¿qué es, sexólogo, actor porno, gigoló…? Eh, para, que don Ralfgualdo dice «en muchas ocasiones», no «siempre».

Hay dos condiciones para que eso sea verdad. Al menos. La primera, es evidente, pero no siempre se cumple, es que una persona, en su fase de crecimiento, en esa etapa de la vida en la que comienza a decidir y a labrarse a sí misma, lea un libro. Al margen del Senda (madre mía, eso me deja muy atrás en la cuenta de la historia de la enseñanza, ¿verdad?) o del libro de Matemáticas.

La segunda, que viene unida a la primera, es que la persona que lee un libro sea lo suficientemente permeable y receptiva como para que ese libro le pueda marcar o al menos orientar hacia una serie de intereses. En esa fase de la vida de la que hablamos, uno siempre necesita orientación, pero no siempre la orientación viene de un libro: a veces es una persona, con su palabra o con su ejemplo, la que acaba ayudando a decidir el curso de la vida.

Pero dejemos que sean los libros los que ayudan a decidir el curso de la vida. No es cuestión de que me ponga a lanzar títulos a ver quién ha quedado marcado en su existencia por cada uno (¿os imagináis?: al padre de Yotuel le impactó tanto La voz a ti debida que dio a su primogénito el original nombre compuesto de pronombres).

Ya en un post anterior dejé anotados algunos de los libros que han tenido importancia en mi vida: Plenitud, de Amado Nervo; El Principito, de Saint-Exupéry… Y cualquiera que me conozca puede dar fe de que no he alcanzado ni siquiera el nivel menos uno de la plenitud ni soy un imaginativo príncipe que hace amistad con su zorro amaestrado y cuida con primor a su rosa. Más cierto sería decir que lo único que cuido con primor es mi cardo (lease carácter).

Pero, claro, hay más libros en mi vida. Hace no demasiado tiempo recuperé uno, mi primer libro de poesía, una edición de Aguilar completamente ilustrada repleta de poesía infantil, esa poesía que a mi amiga Pilar, que es mi asesora poética cuando escribo, no le gusta nada, pero que fue el libro que me introdujo en un mundo que he intentado seguir cultivando. Y también están las obras de teatro de Lorca, concretamente una, por la cual quizá sigo en mi estado civil… Quizá la cuestión es que, en mi caso, no fue tanto un libro el que marcó mi vida, sino los libros, la necesidad imperiosa y vital de tener, siempre, en casa y en el trabajo, libros alrededor. Uno me espera, por cierto, así que doy por terminada esta estupidez semanal.

Leed, leed, leed.

viernes, 10 de febrero de 2012

Un pensamiento de Georges Sand

Hola, corazones.

La conjunción de buenas personas me ha permitido hoy arañar unos minutos a la mañana y pasar más tiempo aquí, delante de la pantalla, que esperando en la desangelada marquesina de autobús junto a los bomberos. Se lo debo a dos conductores de autobús, uno de los cuales acelera para pegar el morro de su vehículo a la trasera del otro y me abre la puerta de delante, mientras el otro, paciente, vuelve a abrir las puertas al ver que me apeo y emprendo los cuatro metros lisos como si fuera a ganar una medalla de oro olímpica.

¿Cómo he conseguido esto? La verdad, no creo que el mérito sea mío, sino suyo, pues son dos buenas personas, buenos profesionales, que tienen, además, la capacidad de ponerse en la piel del otro, de apiadarse de otras personas (en este caso de mí, pero he visto que hacen también con otros viajeros/usuarios y colijo que también harán lo mismo en otras esferas de su vida). Yo sólo les he inspirado lástima y les he pedido ayuda. Ellos han hecho lo demás.

Pues bien, este pequeño ejemplo me ha recordado una frase-cita que me llegó el otro día por correo electrónico merced a Proverbia.net; cuando me llegó, me dije para mis adentros más íntimos de mi mismidad interior: «Esta», pero luego había caído en el más insulso de los olvidos. Pero ha regresado a mi memoria:

«La vida de un amigo, es la nuestra, como la verdadera vida de cada uno es
la de todos» (Georges Sand).

Mi querida escritora Jorge Arena es una buena mujer que no suele decir sandeces, ni perogrulladas, y que no se anda en toterías de ellos y de ellas, ni se entretiene en hablar de los hunos como si fueran otras y de las hordas como uno solo. Yo me entiendo (creo). Y además le gustaba la música (¿o era el músico?, qué memoria la mía).

Pues el caso es que viene a decirme (empezaré pensando que me lo dice a mí solo, ya se irá extendiendo la cosa por círculos o por ondas) que la vida de mis amigos es mi vida, como mi vida es suya y de todos. Dicho así, suena un poco rarotremendo, ¿no? Oigo eso y me parece que me vuelvo un poco reacio, que mi vida es mía, y a ver a quién le van a dar mi privacidad, los poemas que escribía cuando tenía diecisiete años, mi chino de marfil, mi atracción-repulsión por los tatuajes, mi colchón, mis oraciones o mi cepillo de dientes... Pero la intención no es que la gente se haga cargo de mis cosas, sean estas objetos, querencias, sentimientos o manías. La verdadera intención de Sand es que yo haga mía la vida de los otros, de mis amigos, primero, y luego de todos los demás. ¿Cómo? Preocupándome por ellos, interesándome por sus cosas, por su estado de ánimo, por sus problemas, preocupaciones, alegrías y esperanzas. Compartiendo. Que significa también abriendo el propio corazón, la propia vida a los demás, primero a los amigos y luego a todos, para que puedan ellos, también, interesarse, hacer suya tu propia vida. Intercambiando. Interactuando.

Ya digo que no es cuestión de llegar a esa ideología tan fantástica que propugna eso de “como todo es de todos, ese cuadro que tienes en la pared me lo llevo que queda mejor en mi salón que en el tuyo; y no protestes, que si protestas te voy a trasladar a vivir a esa casita de madera entre árboles que tengo en Siberia, que como todo es de todos ahora va a ser tuya y yo me quedo con la que tienes en el centro”. No, no va por ahí el mensaje de Sand (creo y espero). Me da la sensación, insixto (uno puede decir las cosas, repetirlas, iterarlas, reiterarlas e insistir hasta llegar, finalmente, a insixtir), de que lo que nos pide esta buena mujer es que seamos más humanos, que aprendamos a compartir nuestra existencia, primero con nuestros amigos, y por la teoría de los círculos que se interseccionan (¿intersectan, intersecan?), con todos.

Así, compartiendo, estando abiertos a los demás, siendo sensibles a ellos, es como podremos hacer que su vida sea nuestra, la nuestra suya, finalmente, parezcamos más seres humanos que gundisalvos de granito, marmóreas piedades impertérritas o «rodenes» pensadores blancos.

viernes, 3 de febrero de 2012

Un pensamiento de Andrea Riccardi

Hola, corazones.

La negatividad y el pesimismo han llegado a invadir hasta el aire que respiramos, sobre todo en la calle. Eso se desprende, al menos, de los mensajes que nos lanzan los meteorólogos y que repican los medios de comunicación. Hace frío, como ha hecho muchas otras veces en la minihistoria de la humanidad y en la maxihistoria del planeta Tierra. Pero ahora a los grados que indican frío, o mucho frío, los llamamos «grados negativos» (¿son pesimistas, son agoreros, son tremendistas?), frente a los «grados positivos». ¡Con lo bonito que era antes, cuando nos decían que había «grados bajo cero»! Que hasta había películas y canciones que utilizaban esa expresión (amor, amor bajo ce-e-ro-ooo, cantaban Los Cinco Latinos mientras Tony Leblanc intentaba ligarse a Concha Velasco). A mí me gustaba más eso de «bajo cero» que la fría expresión matemática de menos un grado (si pasamos de quince grados de máxima a menos un grado de mínima nos quedan catorce grados, ¿no?). Y desde luego mucho más que lo de los grados negativos, que me parece que estoy rodeado de cenizos y siesos, de pesimistones que todo lo ven negro, de tristes, de mister escruches (no tengo ganas de buscar la grafía correcta). Porque siempre ha dicho el refrán que a mal tiempo buena cara, y además el frío conserva, así que al final todos guapos y el chocolate espeso (y calentito, para merendar). ¡Ay, madre, qué desvarío!

Tomo hoy la frase-cita, como la semana pasada, de las celebérrimas Agendas San Pablo, concretamente de la del presente año, el pensamiento de hoy mismo:

«No se defiende al hombre hiriendo a otros hombres» (Andrea Riccardi).

A mí que este señor me suena... Andrea Riccardi... Debo de haber escrito su nombre unas ciento cincuenta veces como poco en los últimos meses. Que si tiene publicados varios libros (todos ellos muy interesantes, cosa que me quema de envidia y admiración a partes iguales), que si ha fundado una comunidad-movimiento dedicado a promover el valor de la paz (a él sí que no le van los grados negativos, está claro: la paz siempre es un grado positivo de la humanidad); que si era amigo personal, casi íntimo, de Juan Pablo II (¡yo sólo conseguí hacerle la foto que preside y bendice mi salón!), que si ha publicado una excelente biografía de este santo papa; que si ahora es ministro del gobierno de Italia, y se encarga de una parte preciosa de la política, que es la integración y la cooperación. Vamos, que toca muchos palos, y todos los toca de armónico modo (más envidia a la hoguera).

Y me encuentro con un pensamiento suyo, con una frase-cita, que invita al elogio al otro, al semejante, al igual. Porque aunque lo exprese en negativo, como el tiempo, lo que dice es altamente positivo, me parece a mí: «no se defiende hiriendo». Si la defensa es amparo, protección, socorro, ayuda, auxilio, custodia, abrigo, acogida, etc., es más que evidente que el acto y la actitud de herir no resultan compatibles y quedan, pues, excluidos de la defensa. Claro que la defensa también es fortificación, muro, antepecho, quitamiedos, valla, trinchera, parapeto, muralla, barricada, blindaje, coraza, baluarte, escudo, armadura, etc.; de ello tenemos que colegir que el acto y la actitud de herir no son intrínsecos a la defensa en sí, sino al uso o a la intención de uso. Y también está la defensa del abogado, llamémosla así, la defensa que es disculpa o exculpación, justificación o coartada; entiendo yo que en estos casos, si fuéramos sinceros y coherentes y limpios y puros, tampoco tendríamos por qué herir al otro, sino simplemente explicarnos, y santas pascuas. Pero es más fácil decir eso de «es que fulanito...», «la mujer que me diste por esposa...», «la serpiente...», «¿soy yo acaso guardián...?», etc. Y luego está la defensa que se expresa en alegato o discurso y que sostiene una idea, quizá por de levantar polvareda y polémica.

En todos los casos veo que sobre todo es la intención lo que cuenta, que hay muchas veces que el hombre se defiende a sí mismo y/o a otros con una intención de herir. Y hete aquí que don Riccardi nos habla de que por ahí no, de que ese no es el mejor modo, ni el camino que debemos seguir. Porque finalmente, cuando en nuestra intención late el deseo de herir, en realidad no estamos defendiéndonos a nosotros ni a nadie, porque estamos alimentando una espiral de violencia, de inquina, de odio, de rencor y de venganza. Porque finalmente, don Riccardi tiene razón, y aunque no pongamos muchas veces en práctica su frase-cita, deberíamos tener presente siempre que «no se defiende al hombre hiriendo a otros hombres».