viernes, 25 de marzo de 2011

Un pensamiento de Eugene Ionesco

Hola, corazones.

Pues parece ser, según dicen, que ha llegado ya la primavera. Yo me adelanté ligeramente, como el tiempo (recuérdense las agradables temperaturas del fin de semana pasado), y ya el viernes establecí la primavera en mi casa. Compré un pequeño ramo de flores, concretamente cinco iris muy cerraditos y una esplendorosa flor de cardo, y los puse en un estrecho y alto jarrón de cristal, en mi salón, junto a la ventana. El sábado por la mañana la alegría de los iris abiertos llenaba por completo mi casa, minúscula pero muy agradecida. Y así han estado, abiertos, hermosos, con «la color morada» y su veta amarilla, hasta encogerse y marchitar a final de la semana. Los iris, porque el cardo sigue ahí, lustroso, vigoroso, recio y hermoso a la vez (¡Jesús, qué adjetivos he adjudicado al cardo! ¿Y me atrevo a compararme a él, yo, que no soy ni vigoroso, ni recio ni hermoso?).

Esta costumbre de comprar flor cortada fresca y componerla yo mismo en un jarrón es algo que tengo aprendido desde siempre, en mi subconsciente, y que cada vez pongo en práctica con más asiduidad. Mi florista de cabecera (conviene tener más de un profesional en la cabecera, porque cada uno te solucionará o ayudará en su campo: ¿cómo va tu médico de cabecera a disponer las zinnias en el jarrón, por ejemplo?) me ha dicho que soy de los pocos clientes que tiene que hacen eso: comprar flores y llevárselas a casa sin preparar, sin que el florista te adorne el ramo, vamos. Por eso ha puesto en oferta la flor cortada, y un veinte por ciento menos se nota, mucho. Así que de vez en cuando, mi casa o la de mi madre aparecen adornadas con algún lilium, margaritas, esterlicias (sí, ya sé que no se llama así, pero me encanta cómo suena: Esther Licia) o lo que se me antoje cuando entro en la floristería. Os lo recomiendo: las flores no sólo adornan, perfuman y alegran. Combinarlas entre ellas, disponerlas en uno u otro jarrón, colocarlas en un lugar de la casa diferente cada vez, etc., ayuda a mantener despierto el espíritu creativo, las habilidades cromáticas y el estilo personal; estar pendiente de ellas, cuidarlas, cortarlas, ir quitando las hojas marchitas y mantenerlas siempre con la cantidad de agua adecuada hace que duren más tiempo y estén más hermosas, pero también contribuye a difuminar tus preocupaciones y a disipar tus tensiones y tus fantasmas. Salvando las distancias, ocuparse de ellas puede servir de entrenamiento para ocuparse y estar más atento al otro, a los otros, que a ti mismo.

Bien, y ahora vamos con la frase-cita, que, como veréis a continuación tiene tanto que ver con mi primaveral y florido consejo como tienen que ver la comida china con un volcán islandés, o el mar de los sargazos con el mito del yeti:

«Nadie es dueño de la multitud aunque crea tenerla dominada» (Eugene Ionesco).

Nadie es dueño de la multitud, ni aunque esta multitud, Alvarito, querido, esté compuesta por una pléyade de margaritas, crisantemos y alstroemerias. (Afortunadamente tengo muy claro que no tengo en absoluto dominado este mundo de la decoración floral, sólo soy un vulgar aficionado).

Ahora que he juntado las dos mitades de este pensamiento de la semana, y antes de que se rompa y disocie de nuevo, comentemos la frase-cita de don Eugenio. La primera aplicación la tenemos casi a la vuelta de la esquina (casi seguro que a la vuelta de la esquina hay un quiosco, y allí podremos, aunque no nos oiga, repetir la frase y decir a continuación: ¿Te enteras, Gadafi?). Ciertamente, Gadafi no se entera, como muchos otros no se han enterado a lo largo y ancho de la historia y la geografía de la humanidad, pero mientras tanto cientos, miles, millones de personas han muerto a causa de quienes se han creído dueños de la humanidad. Y mientras tanto, los otros «dueños de la humanidad», los que se reúnen en suntuosos edificios y viven como la maharaní de Khapurtala, a veces, más veces de las que deberían ser precisas, se la cogen con papel de fumar y dicen cosas como «sí, pero no», «quizá, pero más tarde», «yo lo veto», «pero sólo un poco», «la puntita y ya», «es que claro, perdemos más que ganamos», «no podemos intervenir sin mandato», «mejor un poco más tarde, no nos precipitemos», «no todo lo que nos cuentan es cierto», «no las tengo todas conmigo»… Y claro, así nos va.

Nadie es dueño de la multitud, aunque crea tenerla dominada. Porque quien piensa que puede tener a la multitud dominada ha olvidado un par de cuestiones fundamentales: la multitud está compuesta por individualidades, individualidades que se unen por una cuestión común, y que entregan, o ceden, parte (insisto: parte) de su voluntad a favor de una voluntad o una actuación común. Pero esto tiene un límite, claro. Cierto que hay maneras de hacer que la multitud se mueva hacia donde no quiere, o que parezca que se comporta como lo que no es, basta con insertar entre ella algunos elementos hostiles y provocadores. Aunque se les suele ver el plumero (o la muleta, o el pasamontañas, o el pañuelo palestino, o la chapita en la solapa...).

Pero la multitud piensa. Y la multitud actúa. Y la multitud se mueve. Y no siempre en la misma dirección o sentido en los que el «equipo directivo» desea. Una manifestación no siempre es una protesta, también puede ser una reclamación positiva, o una explosión de júbilo colectivo, o una fiesta en defensa de valores positivos. Basta que la convicción personal de cada uno de los integrantes de esa multitud coincida en lo sustancial con el mensaje que la multitud transmite. Y si el mensaje es un mensaje positivo, saludable, salvífico, siempre tendrá más fuerza la multitud que el supuesto dominador.

Defendamos, pues, la paz; defendamos, pues, la vida; defendamos, pues, el amor; defendamos, pues, la libertad; defendamos, pues, la fe; defendamos, pues, la fraternidad universal.

Reivindicativo estoy.

Besos.

viernes, 18 de marzo de 2011

Un pensamiento de Hesíodo

Hola, corazones.

Una mañana fresca (pero no fría) y luminosa como la de hoy vino precedida por una tarde sencilla (pero no aburrida) que me deparó alguna que otra sensación agradable. Después de una sesión de plancha de unas dos horas y media, me dispuse a ver el informativo y a cenar [si hemos de atenernos a los tópicos, no soy humano: planchar me entretiene, me relaja, ¡y lo hago bien!; si seguimos en tópicos, se podría dudar de mi género, ya que pocos somos los hombres que confesamos sin pudor que la plancha no nos resulta una actividad imposible].

Y cuál no fue mi sorpresa cuando, en medio de un informativo (vale, era Telemadrid, no sé qué pasaría en otras cadenas), me encontré con una improvisada lección de cultura religiosa, con tintes de hagiografía, de historia de la Iglesia y de, pásmense todos, ¡teología trinitaria! Cierto es que la cosa (la lección) era muy rudimentaria, y estaba expresada, además, en un horroroso español con marcado acento insular (no canario, no, de más arriba, a la izquierda, según se mira, en un mapamundi, hacia el polo norte desde Madrid). Pero era eso: una lección de cultura religiosa. ¡Qué cosas!

Y pensar que yo, al principio, no era demasiado partidario de tintar de verde la puerta de Alcalá para celebrar san Patricio. Y mira tú por dónde, tiene que ser el evangelizador de Irlanda quien reevangelice desde los bares y cervecerías, y a través de la televisión, a la España siglo XXI en la que vivimos. ¡Y encima lo hace con una cervecita en la mano!

Pues aunque tarde, hoy, en honor de san Patricio, me he puesto una camisa con rayas verdes, ya que verde es su color. Y, también en su honor, hoy me tomaré una cerveza (al menos). Glory to saint Patrick! Hic!

Bien, y ahora vamos con la frase-cita:

«Una mala reputación es una carga, ligera de levantar, pesada de llevar, dificil de descargar» (Hesíodo).

Dice la RAE que la reputación es la opinión o consideración en que un sujeto tiene a alguien o algo, y también, por reciprocidad, el prestigio o la estima en que son tenidos alguien o algo.

La primera cuestión es si la reputación se la atribuye uno o son los demás quienes intervienen en el proceso. Porque, digo yo que si te dedicas a amenazar a todos los chicos del cole, a quitarles el bolígrafo y a distraerles cuando el profesor les está preguntando, la reputación de zurrubullero te la has creado tú solito. (No os molestéis en buscar «zurrubullero» en el diccionario, no viene, pero supongo que no os costará mucho saber qué quiero decir con este palabrastro). Dicho de otra manera, es lo de blanco, líquido y en botella; y todo el mundo dice corriendo ¡leche!; pues no, era crema hidratante, ¡hala! O también es lo del humo que anuncia dónde está el fuego. Quizá mejor deberíamos decir la combustión, porque los vehículos, por ejemplo, sueltan mucho humo pero fuego, lo que se dice fuego, no tienen (menudo trabajo tendrían los bomberos, todo el santo día apagando incendios en todos los coches…).

A lo que voy es a que la reputación se la atribuye uno pero los demás ayudan, y mucho, a veces, a levantarla y a cargarla sobre ti. Y una vez cargada, dice Hesíodo que es pesada de llevar. Lo es. Sobre todo algunas reputaciones. Las que tienen carga negativa (no, no me refiero a los electrones, sino a la consideración moral de algunas reputaciones). Las que son o pueden ser utilizadas como arma arrojadiza contra uno. Porque claro, si uno tiene fama de bondadoso, generoso, humilde y amigable, casi de santo, no se habla de su reputación, sino de que tiene fama de santo, de que vive en olor de santidad, o incluso se afirma rotundamente que lo es, y punto. Nadie dice que tiene «reputación de santo», ni siquiera que tiene «buena reputación». ¿Qué tendrá la reputación que casi siempre suena como algo malo? Será por que es una doble putación? Pero el verbo latino puto, putas, putare no significa tal…

En fin, que me voy. El caso es que decíamos ayer (en el párrafo anterior) que la reputación es una carga difícil de llevar. Cierto. Que se lo pregunten a quien tenga una reputación que no corresponde con su realidad. (Esa es otra: en muy pocas ocasiones la reputación es coincidente, no ya al cien por cien, sino simplemente en sus líneas generales, con la realidad de la persona que la soporta). No sigo por aquí, creo que todos tenéis criterios para comprenderme.

Por último, dice Hesíodo que la reputación es difícil de descargar. Cuidadito con las palabras, que viene la ministra… Si una persona ha hecho algo repetidas veces, algo que ha permitido que los demás, en su exagerado afán de «ayudar», hayan cargado sobre él determinada reputación; si ha cargado con esa reputación y la ha sobrellevado hasta la extenuación (perdóneseme la aliteración y la repetición, que hago con intención), cuando intente descargarla le costará mucho. Muchísimo. Primero porque esos ayudadores que tanto hicieron por cargarla no se molestarán lo más mínimo en hacer un público mentís sobre el asunto. Segundo, porque a veces la reputación tiene tanto peso que mina, incluso, la propia consideración de quien la lleva, que puede llegar a pensar que quizá toda esa gente que tan amablemente la ha cargado sobre él no esté del todo equivocada…

¡Huyamos de eso, queridos! No contribuyamos a cargar reputaciones, sobre todo malas (ya digo que las buenas reciben el nombre de fama) y dejemos que nuestros congéneres sean libres.

Y, ya que estamos, que san Patricio nos ayude en esta sana intención.

viernes, 11 de marzo de 2011

Un pensamiento de Francisco J. Castro Miramontes

Hola, corazones.

Ayer estuve en un acto de empresa. O en un acto de vida interior. ¿Te has vuelto majara, me diréis? Pues no. O sí. En estas cosas no sabe uno cuándo está tocado y cuándo lo que oye, lo que ve, aquello de lo que es testigo, le toca la fibra y se convierte en parte de su vivencia. Y eso es lo que me ocurrió ayer. Eso es lo interesante que tiene un trabajo como el mío, que uno puede estar leyendo un día un pesadísimo tratado escatológico repleto de citas bibliográficas, y a continuación encontrarse con una nueva versión de Caperucita Roja o con una vida rica y compleja como la de Edith Stein, por ejemplo. O como ayer, uno puede leer, y escuchar de viva voz de sus autores, algunas Historias que curan el alma.

Se trata de un libro que han escrito mano a mano dos sacerdotes, de esos que uno conoce y no se cree que existan, viendo lo que hay por ahí. Uno es un franciscano, Paco Castro, gallego, que es todo un lujo de cercanía y espiritualidad, que trasmite serenidad sólo con que te ponga los ojos encima y que te hace sentirte a gusto contigo, y en presencia de Dios, en cuando comienza a hablar. El otro, Antonio García Rubio, sacerdote diocesano, ha ejercido de párroco en sitios tan dispares como Colmenar Viejo, Santa Eugenia, los barrios de Tetuán y de Salamanca o la Cañada Real, y ha tenido interesantes experiencias monacales. Un hombre con una sonrisa que te engancha, y que lo vive todo con una naturalidad emocionante.

Es un libro que cuenta cosas, cosas normales y corrientes, que le pasan a la gente, gente normal y corriente. Un momento: ¿hay gente normal y corriente? Mira que lo dudo... Más después de haber leído el libro, o de haber escuchado ayer a sus autores. Ellos consideran que lo que la gente les cuenta –sus dolores, sus problemas, sus alegrías, sus esperanzas– son historias que Dios pone en sus manos que nos las hagan llegar luego a los demás. ¿Para qué? Para que nos sintamos tocados por Dios, para que nuestras propias heridas del alma se curen.

No es lírica. A todos nos ocurre. Cuando escuchamos historias de superación de gente que ha recibido palo tras palo en la vida y siguen adelante con la mirada alta, la sonrisa en la cara y la esperanza en la frente, algo toca nuestro interior y nos dice que nuestra bobadita de turno no es nada, que debemos aprender de ellos. Y aprendemos. Poco, tarde y mal, pero aprendemos. Cuando oímos contar la historia de una persona cuya vida no soportaríamos si fuera nuestra pero que vive para dar alegría a los demás, preparando constantes sorpresas, regalos y palabras bonitas, algo en nuestro interior nos dice que quizá deberíamos dejar de quejarnos tanto, y comenzar a dar gracias por las cosas que pasan a nuestro alrededor, comenzando por el mismo aire que respiramos.

Pues bien, eso es lo que lo que nos contaron ayer los autores, Francisco J. Castro Miramontes y Antonio García Rubio: Historias que curan el alma. Historias que ocurren todos los días, que a nadie le importan pero que dicen mucho. Por eso la frase-cita de hoy es de ellos, concretamente de Paco Castro, que abre sus correos electrónicos, sus alocuciones, sus mensajes, con un franciscano «Paz y bien» que en sus labios suena no como un deseo, sino como la materialización de una realidad. Y dice Paco, dijo ayer, que

«Agradecer es una forma de abrir el corazón a Dios» (Francisco J. Castro Miramontes).

¿Será por eso, querido Paco, por la que tan pocas veces somos agradecidos en la vida?, ¿porque no queremos, o porque no sabemos, abrir nuestro corazón a Dios?, ¿porque lo hemos apartado de nuestro lado?, ¿porque nos resulta más fácil estar callados que dar las gracias por las cosas?

Me viene a la cabeza aquella canción que cantábamos en misas juveniles de campamento y que nos enseñaba a dar gracias a Dios por dones sencillos y hermosos de la vida: «El aire que respiro, el pan que me alimenta…». Quizá deberíamos seguir dando las gracias de forma natural por cosas igualmente sencillas: gracias, señor quiosquero, por estar ahí todas las mañanas, por darme el periódico y por no ponerme mala cara si un día no te doy los buenos días o el periódico que compro no te ha llegado a tiempo; gracias, señor conductor, por haber madrugado mucho más que yo para «pilotar» esa caja grande en la que, día a día, cruzas la ciudad para llevarnos de una punta a la otra; gracias, amigo ciego, por tener siempre una sonrisa cuando me das tu cupón, y gracias doblemente por tu alegría y vitalidad cada vez que te doy un cupón premiado, aunque no suela ser más que con el reintegro… Y suma y sigue.

Cuando haya aprendido a dar gracias, «sinceramente, de corazón» (esto también viene de una canción: una melodía afrocubana cuyo estribillo reza «Donde hay caridad y amor allí está nuestro Dios», concretamente de una de sus letras: «Amémonos sinceramente, de corazón…»), cuando haya aprendido esto, quizá pueda seguir agradeciendo cosas más difíciles, aquellas que no nos gustan, que nos pesan, que nos agobian, pero que también, si las miramos de otra manera (Paco también dijo ayer que todas las historias pueden ser sanadoras, que sólo dependen de cómo se miren las cosas), también nos enseñarán y nos curarán.

Está claro que tengo que empezar a ser más agradecido. Gracias, Paco, por recordármelo. Y si además de dar las gracias sonriera un poco más…

viernes, 4 de marzo de 2011

Un pensamiento de Fernando Savater

Hola, corazones.

Esta semana he leído un interesante libro. No puedo revelar su contenido, porque es algo que está relacionado con mi trabajo, pero sí puedo mencionar, creo, un comentario que aparece en él. En un momento determinado de la historia, el protagonista recuerda unas observaciones que hizo Viktor Frankl acerca del comportamiento humano en casos de extrema dureza. Decía Frankl, que como sabéis sobrevivió a Auschwitz y se convirtió en un personaje afamadísimo por sus libros, sus palabras y su trabajo, que los seres humanos, en situaciones como la que él mismo vivió en Auschwitz, sobreviven en mayor medida cuando tienen una gran fe, un gran amor por sus seres queridos, una gran esperanza y una gran ilusión en el futuro, ilusión que se materializa y define en hechos concretos. De la misma manera, los pacientes que, sufriendo una enfermedad, tienen una meta, una esperanza, una ilusión, se enfrentan a la enfermedad de otra manera, y a veces, más de las que nos pensamos, logran alguna de esas metas.

Pues bien, ni estoy en peligro de muerte, ni vivo aprisionado en un campo de concentración, ni estoy, que yo sepa, afectado de ninguna dolencia grave. Pero si la semana pasada me comparaba metafóricamente con Sísifo, esta semana aún sigo en mis trece, ya que la perseverancia me adorna un poco más que otras virtudes, y mantengo la ilusión, la esperanza, la fe y el amor intactos. ¿Intactos? ¡No, al contrario! Están gastados, muy gastados (¡ojalá lo estuvieran más!), porque son "cosas" que, cuando más se gastan, más crecen.

Pero como no voy a pasarme la vida buscando frases «sísífeas», recurro de nuevo a Proverbia.net, que me dio ayer una delicia del profesor Savater. Ved:

«Uno no puede hacer nada por las personas que ama, sólo seguir amándolas» (Fernando Savater).

El tiempo me apremia, así que debo darme prisa. Dice don Fernando que no podemos hacer nada por aquellos a los que amamos, salvo amarlos. Ayudarlos, enseñarles, compartir cosas con ellos, hablarles, escucharlos, etcétera, son, para don Fernando, nada. ¿Nada? No, no nos equivoquemos. Todo lo que podemos hacer por aquellos a quienes amamos es consecuencia, precisamente, de ese amor, y como tal quedan adscritas por el amor, que abarca todas esas acciones y las transforma en una sola acción: amar. Porque amar es escuchar, hablar y callar, amar es compartir, amar es ayudar y enseñar… O mejor aún: todo eso, hecho con amor, se convierte en acciones amorosas, amantes o amativas: escuchar amando (o amar escuchando), etc.

Debería parar, no vaya a perderme entre el laberinto de surcos de mi cerebro. Pero, antes, una pregunta. ¿Qué puedo hacer por aquellos a quienes no amo? ¿Ayudarles o ponerles la zancadilla? ¿Escucharles o mandarles a freír guano a la vía del tren? ¿Enseñarles cómo deben detener sus vehículos para no entorpecer el paso de los peatones en un paso de cebra ni ocultar la visibilidad de los semáforos, o rajarles las ruedas y reventarles los retrovisores? ¿Hacer lo que te ordenan o hacer lo que te ordenan?

Me temo que esta pregunta deberá respondérsela cada uno, según su experiencia, sus vivencias, sus creencias y su conciencia le dicten. Pero permitidme que, antes de dejaros tranquilos, os recuerde que hubo una vez alguien que nos dijo que era mejor amar a nuestros enemigos. Y no sabéis lo que cuesta amar al camionero que, delante de tus narices, tapona un paso de cebra y oculta un semáforo y que se revuelve contra ti cuando le recuerdas que las personas que quieren cruzar la calle bajo la fría nieve son más importantes que su p… camión y sus ganas de tomarse un café…

Tengo que seguir intentándolo.