viernes, 31 de diciembre de 2010

Un pensamiento de Santiago Alberione

Hola, corazones.

El Año Nuevo viene cargaadito antes incluso de entrar: todos ponemos propósitos, peticiones, deseos, esperanzas, "ojalases", en el futuro más cercano, con la idea de que se haga realidad nuestro cuento de hadas. Un cuento de hadas que contrarreste las malas noticias, las experiencias frustradas, los apuros que el año que termina nos ha hecho vivir.

Por eso hoy quiero proponer un brindis especial, que me proporciona la sabiduría de un hombre adornado por la santidad y la fe:

Pongamos en manos del Niño Jesús las súplicas y las felicitaciones para el nuevo año (beato Santiago Alberione).

Estamos en Navidad. Y en el año que nace, nuestras esperanzas son como el vagido de un recién nacido. Y ante otro recién nacido, el Niño Dios, es ante quien debemos poner nuestras peticiones y nuestra felicidad, como bien dice el padre Alberione.

Feliz y venturoso año para todos.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Feliz Navidad


Quiso a los hombres Dios
entregarles un regalo
y pensó cómo envolver
la mirada de su amor.
Y era tan grande aquel don
que no halló lazo ni caja
ni envoltorio ni papeles
que pudieran abarcarlo.
Y entonces se le ocurrió
que amor con amor se da.
Y en el amor verdadero
de su Madre nos lo dio,
y en un portal de madera,
entre pajas y animales,
en un niño con pañales
vino al mundo el mismo Dios.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Un pensamiento para la Navidad

Hola, corazones.

Llega la Navidad. Soy el primero que va corriendo a todas partes y vive este tiempo con una especie de agobio permanente, pero también con mucha alegría y muchas ganas de vivir. Comparto el pensamiento de Benedicto XVI que el editor de la Agenda San Pablo 2010 escogió para el 24 de diciembre:

«En la actual sociedad de consumo este período sufre, por desgracia, una especie de “contaminación” comercial, que corre el riesgo de alterar su auténtico espíritu, caracterizado por el recogimiento, la sobriedad, una alegría que no es exterior, sino íntima».

No demos tregua a semejante alteración y vivamos la Navidad abiertos al mundo y a la gente, con espíritu festivo y amable, pero también con recogimiento; reuniéndonos para comer y beber, compartiendo y regalando, pero con sobriedad, y celebrando y disfrutando con alegría exterior, pero también íntima.

Si hacemos esto, seguramente nos ocurra lo que afirma, con la rotundidad que sólo los que lo experimentan pueden emplear, el santo Cura de Ars:

«Siempre florece la alegría en el alma unida a Dios» (san Juan María Vianney).

Que así sea. Y feliz Navidad a todos.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Un pensamiento de Pablo Picasso

Hola, corazones.

Me encanta la Navidad, vaya por delante mi pasión por este tiempo en el que todos vamos con la sonrisa puesta… y la velocidad impresa en el rostro. Me gusta hasta el frío que la acompaña (sí, ya sé que en otras latitudes la Navidad puede ser más «playera», pero aquí, y en muchos otros lugares del hemisferio norte, toca frío, y mucho, como hoy).

Lo malo que tiene este tiempo de Navidad, que litúrgicamente todavía no ha comenzado y económica o comercialmente está casi en su cénit, es el exceso de mal gusto que lo caracteriza. Hordas de osos articulados ataviados con ropajes tópicos (que no típicos) y rodeados de monumentos que identifican un país por sus estereotipos más burdos atruenan los oídos de cuantos tienen la desgracia de pasar a medio kilómetro de un centro comercial; versiones ratonescas, gritonas, desafinadas y horteras de las más exquisitas melodías navideñas se desgañitan en la megafonía de centros comerciales, tiendas, emisoras… Miríadas de cintas de peludo y brillantinoso espumillón (el espumillón despierta en mí una aversión casi infinita) se apelotonan en paredes y techos, en escaparates, muebles, estantes ¡y hasta en los pomos de las puertas! Arbolitos de plástico a las puertas de las tiendas de chinos, horrendos belenes, salpicaduras de nieve artificial componiendo estrellitas y copitos de nieve en los escaparates, lazos rojos y dorados colgados de los lugares más inverosímiles, cadenitas de campanitas rojas, verdes y doradas… Suma y sigue.

Pero lo peor, si cabe (¡cupo!) no lo había visto hasta este año: un engendro plástico que pretende simular una rama seca y pelada de árbol, totalmente blanquecino por lo que aspira a parecerse a la escarcha del frío invierno; de sus ramificaciones penden bolas de colores –concretamente rojo, verde y azul–, pero velado, como si también estuvieran escarchadas… Y cuando te quedas paralizado por el shock traumático, con los ojos abiertos como bajoplatos y un tic nervioso que te hace exclamar «¡Honorato!» todo el rato, el arbolito en cuestión se ilumina…

Y entonces despierto de la pesadilla y caigo en la cuenta de que la Navidad es el tiempo de la venida del Señor al mundo, y de que su venida es para todos, incluso para aquellas personas para las que el mal gusto es una seña de identidad. Y me vuelvo, y con la mejor de mis sonrisas deseo, de corazón, una feliz navidad a quien ha perpetrado ese horror de árbol (que, además, es miembro de la institución que me paga el sueldo todos los meses).

En fin. Escuchemos una voz experta sobre el tema que me ha ocupado en la introducción (el mal gusto):

«El principal enemigo de la creatividad es el buen gusto» (Pablo Picasso).

Caray, don Pablo, ¡que fuerte! ¿El que tiene buen gusto no es creativo? ¿El que centra sus acciones, sus trabajos, su escritura, su pintura, su arte, su expresividad, su decoración navideña…, en el buen gusto, no es creativo?

Ah, que defina primero qué es el buen gusto. Y quién lo establece... Y por qué motivo... Esto ya me parece más difícil. Porque desde que se introdujo la relatividad en el mundo, lo del buen gusto ha quedado un poco desfasado. Hasta lo más asquerosamente escatológico ha sido ya objeto de exposición en museos y de subastas millonarias en casas de ídem. Pero da igual. El buen gusto es una convención, y las convenciones son necesarias para la convivencia. Así que, al menos, una dosis de buen gusto es fundamental. ¿A que sí?

Otra cosa es que la creatividad necesite siempre (o casi siempre) una leve transgresión, una ligera disonancia, un contraste, un contraluz, un retruécano… algo. Algo que haga que lo que se ha creado sea distinto, novedoso, original, y no un remedo, más o menos acertado, de algo que ya había sido creado previamente. Pero de ahí, don Pablo, a lo del arbolito seco escarchado y adornado con bolitas de colores y lucecitas, me temo que hay un trecho. Eso es un casi un contradiós.

En fin, en el experimento creativo quizá no deba intervenir el buen gusto (yo creo que sí debe intervenir, pero no dominar, o no tener ni la única ni la última palabra), como dice don Pablo un poco exageradamente. Pero quizá en este tiempo de Navidad sea necesario no ya que el buen gusto pueda expresar de vez en cuando una opinión, que también, sino que el espíritu de moderación, de recato, de sobriedad, de discreción, no quede arrinconado en la esquina más recóndita del baúl. Es mera cuestión de supervivencia, para no morir aplastados por riadas de bolas de colores enganchadas a cintas de espumillón, ni perder la consciencia merced a los gritos desaforados de cientos de miles de voces encaramadas al Do…

Quizá estoy un poco negativo. Pero imaginad lo que hubiera hecho Blake Edwards con ese navideño exceso de horterez, hortería, horterismo, horteridad, horterencia o como deseéis (todas estas palabras son sugerencias creativas, ya que la Academia, que controla el buen gusto de la lengua española habada por 400 millones de personas en todo el mundo, no ha dictaminado aún cuál de ellas define mejor la cualidad de las cosas, acciones y personas horteras).

Feliz Navidad

viernes, 10 de diciembre de 2010

Un pensamiento de Gilbert Keith Chesterton

Hola, corazones.

Vengo todavía con la boca abierta y la lagrimilla (que yo soy muy sensiblón) asomando al borde del párpado. Y con la incredulidad en el corazón. Por eso hoy he tenido que buscar en Proverbia.net la frase-cita que me ayude a pasar este trago que me dio anoche el telediario (trago mayor, si cabe, que el disgusto que me llevé la semana pasada cuando, mientras planchaba y veía la tele a la vez, anunciaron en Madrid Directo que el espacio aéreo quedaba cerrado y que, como así fue, tenía que buscarme la vida y perder horas, dinero y sueño): la mejor representación de la seriedad, la reciedumbre, la sobriedad, la salud, la simpatía, la sencillez, la humildad y la nobleza en el deporte, ha sido detenida y puesta en libertad con cargos. Como dice Magdalena en La venganza de Don Mendo: «Heme quedado de estuco», de verdad.

«En el asombro hay siempre un elemento positivo de plegaria» (Gilbert Keith Chesterton).

Según la RAE, de quien esperamos pronto un nuevo presidente, asombro es «susto, espanto», pero también «gran admiración o extrañeza», e incluso la «Persona o cosa asombrosa».

Pues bien, si te llevas un susto que te espanta y a la vez te admira, o te extraña, estás, al mismo tiempo, haciendo un acto de plegaria, según al menos, el gran Gilberto Kiz (o Quiz). Partamos de la premisa de que la plegaria siempre es positiva. Un inciso: desear cosas malas a los controladores aéreos, a los maquinistas y taquilleros de MetroSauna, o incluso a los políticos no entra, desde mi punto de vista, en la categoría de plegaria, sino, más bien, en la de la maldición, y la maldición es precisamente lo contrario de la plegaria auténtica, que siempre es bendición (bene-dicere).

Con la positividad de la plegaria asumida, veamos qué nos sucede cuando nos damos un susto. Por ejemplo: estando solos en casa, de repente suena un estrépito de cacharros contra el suelo justo detrás de nosotros; respingamos, cerramos los ojos una micra de segundo y deseamos que lo que se está rompiendo no sea la sopera de Sevres ni el jarrón de Rosenthal, sino, como mucho, el duralex o el arcopal, y a continuación nos congratulamos de que ninguna esquirla se nos haya clavado en los gemelos. Hay plegaria.

Si nos espantamos («el espanto de mis conocidos», dice el salmo del Viernes Santo), por ejemplo, al oír en las noticias la mayor de las atrocidades sádicoviolentas, inmediatamente surge en nosotros, además del lógico cabreo contra el perpetrador de los hechos, a quien incluso llegaríamos a hacerle el mal que le dedicamos en nuestras maldiciones a distancia, una inmensa conmiseración y deseo de protección y de curación hacia la o las víctimas del suceso. Hay plegaria.

Si, al entrar en una iglesia franciscana portuense (prefiero portuense a portista, que también vale) nos admiramos hasta la médula gracias al artesonado y a los múltiples retablos barrocos de madera policromada y pan de oro que forran completamente las paredes del templo, disfrutamos profundamente de la belleza y la delicadeza de la obra, quizá lamentemos el contraste entre la riqueza que vemos y la pobreza que persiste, y en muchos casos compartimos la alabanza que la misma obra que contemplamos está expresando constantemente ante nosotros. Hay, evidentemente, plegaria.

Cuando, mientras escuchamos la televisión, una noticia provoca en nosotros un profundo rechazo por extrañeza, porque nos cuesta entender que una persona a quien hemos tenido siempre identificada con las más altas virtudes humanas haya sido repentinamente vinculada a la más baja de las prácticas posibles en su entorno, sentimos una incredulidad que nos lleva a desear que lo que oímos no sea verdad, que lo que estamos oyendo sea erróneo o, en caso contrario, sea menor de lo que ya nos cuentan. Y esperamos que la noticia no derrumbe completamente las expectativas, esperanzas e ilusiones de cientos, miles de personas que practican y mantienen viva la llama. Hay plegaria.

En fin, que no puede ser de otra manera. Don Gilberto tiene razón: en el asombro hay siempre un elemento positivo de plegaria. Y es eso, precisamente, lo que nos ayuda a sobrellevar el asombro que nos producen, de una u otra forma, tantas cosas, tanta personas, tantas acciones, tantos accidentes, tantos hechos, tantas noticias…

viernes, 3 de diciembre de 2010

Un pensamiento de Marcel Proust

Hola, corazones.

Ya no recuerdo cuándo comencé a enviar, primero por correo, luego también a través de este impresionante y elegantísimo blog (¡gracias, santa Audrey!), estos estrafalarios comentarios a frase-citas de sonados personajes (¿famosos o locos?, quílosá). Recuerdo, sí, cómo fue: envié una frase y una persona me contestó, sin darse cuenta de que al mismo tiempo nos estaba contestando a todos; a continuación recibí todo tipo de comentarios. La cosa me pareció tan divertida que decidí continuar a ver qué pasaba. Y lo cierto es que, aunque la cantidad de los comentarios no es apabullante, la cosa parece que ha seguido funcionando. ¿A qué viene todo esto? A que no sabía cómo empezar, pero sí qué frase-cita quería comentar esta semana:

«Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones» (Marcel Proust).

Se trata de una frase-cita amiga, amable, buen rollista (¿rollista, rollera, rollitera…?), pronunciada (o escrita, no sé bien) por Marcel Prus (o Majsel Pjus). La cuestión es si es o no certera.

Vamos por partes: «Ciertos recuerdos son como amigos comunes». Ciertos, es decir, no todos. Evidentemente. Hay recuerdos, como muchos de los que hacen que me sintiera liberado de un enorme peso al entrar en la Parroquia y pasar a la Universidad, que no son como amigos, ni comunes ni ajenos, sino como enemigos, o simplemente como meros conocidos de vista con los que te cruzas todos los días en el mismo punto de la ciudad (que hay cada uno…). Y al igual que ese tipo de conocidos pueden acabar cayéndote simpáticos, y terminas por actuar con ellos con una cordialidad que ya quisieran muchos amigos (es que yo soy muy borde, sobre todo con los que más quiero, un día tengo que hacérmelo mirar…), a ese tipo de recuerdos los contemplas con una mezcla de nostalgia y romanticismo que los magnifica, dulcifica y hace agradables y recurrentes.

Hay otros recuerdos, por el contrario, que sí son amigos, buenos amigos. Amigos de esos entrañables, de los que guardas muy buena memoria, con quienes en un momento de la historia común compartisteis algo más que una caña, una confidencia, una peli, un cigarrillo, una novieta (¡qué barbaridad!)… Amigos con los que te encuentras, quizá después de mucho tiempo sin haberos visto, y parece que la última conversación ocurrió ayer mismo, y la actualización de datos, expresado en fríos términos, se produce en una breve conversación de apenas minutos. Son recuerdos que hacen amigos.

Per la frase-cita de Marcel Prus tiene una segunda parte: «Saben hacer reconciliaciones». Esto implica, parece, una tercera persona. Imaginemos: A se enfada con B y deja de hablar a A, quien a su vez decide prescindir de B en su vida cotidiana. Pero un día, tiempo después (el tiempo es necesario), aparece C, que por casualidades de la vida resulta que es amigo de A de toda la vida y ha acabado siendo, merced a una proximidad laboral, por ejemplo, amigo de B. Y un día A y B se encuentran en una celebración organizada por C. Y A y B se saludan, porque no son maleducados ni malas personas, y de repente surge un recuerdo previo al distanciamiento, y entonces la reconciliación está ya a la vuelta de la esquina.

Esto, que es precioso, no es sin embargo una utopía. Sólo que requiere algo que no menciona Marcel: si C organiza ese encuentro no tan fortuito entre A y B, e insiste, y machaca a sus amigos para que se reconcilien, la cosa no suele funcionar. En ese caso, más que como amigo común, habría ejercido de meticón. Y un meticón nunca es amigo.

Acabo de caer en la cuenta de que estoy hablando de amigos, no de recuerdos. Con los recuerdos nos pasa que el tiempo los transforma a nuestra conveniencia: los buenos recuerdos suelen ser magnificados, amplificados, exagerados; los malos recuerdos pueden ser borrados o aniquilados (al menos eso intentamos), pero son tan recurrentes, a veces, que también corren el peligro de agrandarse más de lo que son en sí mismos, recuerdos, tiempo pasado, agua que no mueve molino más que dentro de nuestras cabezas y nuestros corazones (y eso ya es bastante). Pero hay recuerdos, digamos neutros, de esos que no son ni malos ni buenos, que tienden a desocupar el espacio de la memoria para dar cabida a otros nuevos; pero, cuando no lo hacen, acaban siendo deformados, como ya digo, por un halo romántico y tontorrón, o por un vaho ponzoñoso y espeso, y pasan a engrosar cualquiera de las otras dos categorías: buenos o malos.

Y sólo los buenos recuerdos, cuando son compartidos y en ambas personas surgen con la misma vivacidad, la misma frescura y la misma intensidad, se convierten en amigos comunes capaces de generar una reconciliación.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Bailando bajo la lluvia

Bailando bajo la lluvia es el título de un disco. Lo presentamos el día 30 a la prensa, y la crónica de cómo fue la presentación se puede leer en el Blog de SP en RD. Pero me gusta también hacer mi comentario más «personal» del asunto.
Miriam Fernández es una chica de 20 años, bastante guapa, con una fuerte personalidad forjada entre las adversidades y el amor de Dios. Adversidades que no son, en absoluto, banales. Una chica que decide ser cantante y se prepara para ello, que se presenta a uno de esos concursos para descubrir estrellas y lo gana. Una chica que se dedica a participar en todo tipo de eventos para dar a conocer sus canciones y su mensaje («la mayoría de las barreras están en nuestra cabeza y somos nosotros quienes podemos hacer que un problema nos hunda o, por el contrario, nos ayude a crecer», dice). Una chica que, después de mucho luchar, ha conseguido su propósito: grabar un disco.
El disco se titula, ya lo he dicho, Bailando bajo la lluvia, y suena muy pop, muy de cantante joven, como las que suenan en la radio o salen cantando (o haciendo playback) en magacines de televisión. La diferencia está en las letras. Son letras llenas de esperanza y de ilusión («y no hay barreras, ahora me siento bien»; «has de saber que un nuevo día está al caer»), con mensajes que hablan de superar barreras, de sonreír ante la adversidad y seguir adelante («Cuando los problemas son como tormentas, no hay que tener miedo, sólo hay que bailar»), de no mirar a otro lado cuando uno se topa con gente necesitada («no podemos seguir quietos sin actuar»), de defender la vida del no nacido («hay un detalle que siempre se olvida y es fundamental, y es que vivir es el primer derecho de la humanidad»), de ayudar a la mujer golpeada por la violencia («nunca olvides que en la vida siempre queda una salida mientras tengas unos sueños que alcanzar»)… Y también canciones de amor («yo sigo pensando en tus ojos, tu sonrisa y en tu voz»; «No quiero que pase el tiempo si tú no eres mi reloj»; «yo creo en cuentos de amor»), y canciones de homenaje a la familia: al padre, que ha engrosado el ejército de los ángeles del cielo («cuidas de mí cada día y eres el ángel que me guía»), y a la madre, que ejemplifica y transmite el coraje de vivir («me has enseñado a ver la vida con sonrisas y actitud»).
Tiene mejor voz que muchas cantantes de ahora (desde luego, para mi gusto al menos, mejor voz que la Montero). Aunque en realidad mis gustos musicales van más por los crooners, como el Bublé, o por el estándar americano, o por Cole Porter, tengo que reconocer que este disco no está nada mal, pero nada mal.
En la rueda de prensa, además de periodistas del gremio (las María Ángeles con las que ya tengo abundantes fotografías, J. Bastante de Religión Digital, Eva Galvache, de la COPE, a quien conozco desde mis tiempos de colaboración con la diócesis de Madrid), había también otra gente: Isidro Catela, de la CEE (Conferencia Episcopal Española), Rafael Ortega, de la UCIP (Unión Católica de Informadores y Periodistas), y una mujer que se reconstruye a sí misma constantemente: periodista, deportista de elite (esquiadora), activista social en defensa de la vida, de los discapacitados y de las víctimas del terrorismo… Hablo, claro, de Irene Villa.
Espero y deseo una larga carrera a Miriam Fernández.