viernes, 18 de junio de 2010

Un pensamiento de Schiller

Hola, corazones.

Os voy a confesar que tengo una costumbre, una atracción fatal, casi un vicio irrefrenable, por todo aquello que viene de regalo o a muy bajo precio en revistas y periódicos. Mi casa está llena de bandejitas, platitos, marcos de fotos, servilleteros o manteles individuales de las revistas de decoración; mis fotofóbicos y sensibles ojos se protegen del sol gracias a multitud de gafas que han ido apareciendo en el ABC, El Diario Montañés o incluso en revistas de viajes; mi muñeca se adorna con relojes que me dicen la hora con cajas cada vez más grandes y saetas de todos los colores posibles gracias también al ABC, al diario El Mundo o a la revista Muy Interesante; mi piel se ha perfumado o hidratado con muestras de colonias o geles de afeitar extrahipermegasuaves gracias a revistas de corazón, hígado, páncreas o zonas pudendas… Podría seguir con productos menos comunes o comprensibles, como perfumadores, insecticidas, velas, pañuelos de papel… La lista sería interminable. Quizá debería conformarme con un reloj bueno y bonito, pero sólo uno, o con unas únicas gafas de sol de las de toda la vida, con un buen frasco de «lodisei» (lo digo como se pronuncia, creo) y ya está, pero… Me gusta cambiar, me gusta probar, me gusta tener la sensación de estar usando algo nuevo, algo distinto…

Introito este que no tiene nada que ver con la frase-cita que he seleccionado para hoy y que no voy casi a comentar, por falta de tiempo y/o exceso de trabajo. Hela aquí:

«Cuanto más alto coloque el hombre su meta, tanto más crecerá» (Johann Christoph Friedrich von Schiller).

Claro, Juan Cristóbal Federico, claro. (Estos alemanes antiguos, siempre con miles de nombres, y al final no sabe uno con cuál quedarse: ¿Juanillo?, ¿Cris?, ¿Fede? ¡Ya lo tengo: JuanCrisFe!). Claro, JuanCrisFe, claro.

Por eso quien se pone como meta tener un TagHeuer (o como se escriba) y esconder los ojos detrás de unas RayBan crece más que el que se conforma con un reloj de quiosco y unas gafas de mercadillo. Por eso quien se pone como meta una mansión de al menos doscientos metros cuadrados crece más que el que se conforma con un poco de espacio en una corrala en Conde Duque/Malasaña. Por eso quien se pone como meta dirigir un país crece más que el que se conforma con desarrollar su trabajo diario ante un teclado y una pantalla. Va a ser eso.

Ah, que no, que no van por ahí los tiros. Que las metas de las que habla JuanCrisFe no son las metas del tener (me acaba de venir a la cabeza, cosas de subconsciente de un ser raro como yo, aquello de Las cosas del querer: «Son las cosas de la vida, son las cosas del querer, no tienen fin ni principio, ni tién cómo ni porqué»), sino las del ser. Leamos así las cosas.

El que se propone como meta ser honrado, justo, cabal, coherente, responsable, diligente, honesto, formal, educado, generoso, tolerante, bondadoso, afable… (añádase lo que se crea conveniente) crece más que el que se propone quedarse en medio, inadvertido entre la multitud de los que van por la calle metidos en sus cosas (otro flashback mental: metidos y ocupados en sus cosas iban el sacerdote del templo y el levita que rodearon al hombre herido en el camino para eludir atenderle), o que el que se propone ser cruel, violento, sanguinario, avaro, envidioso, ambicioso, malévolo o simplemente egoísta.

Al menos en la lógica del bien, esto último es verdad. Lo que está por ver, por comprobar, por demostrar, es que sea la lógica del bien la lógica por la que se rigen nuestras mentes, corazones y voluntades, o es, por el contrario, la lógica del mal, o la lógica del mundo, o la lógica del «todo el mundo lo hace». Si «todo el mundo» hiciera otra cosa, el mundo sería de otra manera.

En fin, que si JuanCrisFe nos dice que nos pongamos metas altas para crecer más, no pensemos en sólo en metas que nos ayuden a crecer económicamente, que el dinero se acaba, o cuando menos lo esperas te lo tienes que gastar; y tampoco pensemos sólo en tomar leche vitaminada y yogures enriquecidos para ser mas altos que Gasol (¡qué mundo de gigantes!), sino en crecer por dentro (y hacia fuera, que lo que tienes por dentro: bondad, amor, generosidad, decencia, simpatía, ternura, educación…) sólo crece si se muestra, si se da, si se comparte.

(¿Estoy hoy demasiado moralista?). Lo siento si es así.

lunes, 14 de junio de 2010

Feria del Libro: raindrops falling on my head

Una Feria sin anécdotas es una Feria perdida; una Feria sin lluvia es una quimera. Pues este año hemos tenido un reencuentro con la más pura realidad: si la lluvia visita la Feria todos los años, este concretamente ¡es que casi no se ha ido! Lo del sábado fue para nota. Seguro que más de un librero o más de un vendedor de caseta o "feriante", si se nos puede llamar así, perdió la paciencia mientras veía cómo las cubiertas de sus libros se cuarteaban con la humedad y con el agua que goteaba de los pocos visitantes que lograban asomarse. Nosotros tuvimos suerte: si el primer fin de semana las cámaras se nos metieron en la caseta y nos sacaron en el telediario, en este tuvimos a un equipo de rodaje emocionado con los charcos, los reflejos, las salpicaduras... Y el charco más apetitoso del Paseo, al parecer, estaba justo a mitad de camino de las editoriales San Pablo y MacMillan, que estaban enfrente la una de la otra. Así que allí tuvimos a un montón de modernos hipermegaartísticos buscando el mejor perfil de aquella gota o repitiendo por enésima vez el golpear de la lluvia sobre aquella bolsa de patatas fritas de allí...

Sin embargo, a pesar la lluvia, hubo quien se atrevió a pasear, y en los pocos ratos en los que Tlaloc miraba para otro lado, incluso pudieron comprar algún libro no del todo empapado. Y como nosotros damos bolsas de plástico y no de papel, se llevaban el libro protegido a casa (que a más de un cliente se le ha desfondado una humedecida bolsa "oficial" de Feria).

Y los autores que se vieron obligados a pasar el rato en la caseta no sólo no se aburrieron (damos conversación suficiente, al menos, como para que no tengan que detenerse a contar las gotas que caen), sino que firmaron un número más que aceptable de sus obras. Así le pasó por la mañana a Heinz Delam, autor de Las puertas de Ácronos, que ha logrado meter su obra entre los cinco primeros del "top ten SP" (los diez títulos más vendidos de San Pablo). Así le pasó también a Lorenzo Silva, que repartió la tarde entre nosotros y una librería treinta casetas más adelante, y que firmó él solo ejemplares de El videojuego al revés, un libro que ha sido escrito por su hija Laura. Pero claro, la lluvia y el frío hizo estragos y Laura no pudo firmar porque sus oídos estaban un poco quejicosos. Así que, lluvia y todo, el sábado pasó sin grandes sobresaltos.

Y llegó el domingo. Y salí por la mañana de casa pertrechado para pasar otro día tremendo: paraguas, jersey, sombrero, foulard... E hizo sol. Y la gente salió y compró enloquecida por el rato de sol y alegría que estaban disfrutando tras el triste día de ayer. Y las dos autoras que firmaron, que son dos auténticos soles, firmaron mucho y desplegaron su encanto. No pude ver a Mª Ángeles López Romero, la autora de Papás blandiblup, que agotó las existencias de su libro en la caseta, pero sí tuve el placer de pasar la tarde con Carmen Guaita. Ya ha hablado de ella en otras ocasiones, tampoco es cuestión de repetirme. Un fin de Feria con Carmen es algo irrepetible.



Con Carmen Guaita, autora de Desconocidas, el último día de Feria

viernes, 11 de junio de 2010

Las puertas de Ácronos

Hace ya unos meses, me dio mi jefe un original para que le diera mi parecer. Me puse a la tarea, y comencé a leer una historia que, de entrada, me situaba ante una muchacha que se enfrentaba a una nueva vida y a una larga travesía transoceánica en avión. Poco a poco, me fui metiendo en la historia, que se va complicando en la trama y en los diálogos, y que va entrando en situaciones fantásticas que hablan de mundos paralelos, de realidades imaginarias, de personajes nómadas y de una comunidad de habitantes del espacio aéreo. Era una novela francamente interesante, con personajes humanos, muy bien trazados, con los que resulta fácil identificarse (un lector masculino puede, incluso, meterse en la piel de la protagonista sin menor problema). Incluso sin saber nada de ciencia, pues se habla mucho de física cuántica, de aeronáutica, de aviónica y demás, sus planteamientos están tan bien desarrollados, y las explicaciones que ofrece son tan verosímiles, que incluso el más acientífico lector, como yo, puede seguir la novela sin miedo a tropear en conceptos abstrusos. Y si además se trata de un lector sentimental, como también es mi caso, mejor: la vida de los personajes está llena de sentimientos, de emociones, de expresividad del interior.
Ni que decir tiene que le di un «publíquese» inmediato. Y la novela se publicó. Con el título de Las puertas de Ácronos. Y ayer fue presentada al público (poco, pero interesado) en La Casa del Libro de Hermosilla. Su autor, Heinz Delam, que a pesar del nombre alemán y de su aspecto (al hablar de Milmort le definí ya como un explorador británico en el corazón de África) es un hombre amable, culto, agradable, tímido pero no apocado, que habla muy bien y escribe magníficamente. Ayer lo demostró al hablar de su libro, de su vida en el Congo, de su experiencia como piloto, de su respeto por lo desconocido, de su afición a la imaginación, de su arte de escribir.
Recomiendo encarecidamente la lectura de la novela. Heinz Delam merece que se le conozca, se le lea y se le aprecie como el gran escritor que es. Y quien lea la novela saldrá enriquecido gracias a una novela imaginativa, entretenida y muy vida.

Heinz Delam firmando un ejemplar de Las puertas de Ácronos


Un pensamiento de Albert Einstein

Hola, corazones.

Cada vez me gusta más ir en autobús, sobre todo en la línea 21. Siempre que llego a Colón dirijo la atención al mismo punto y contemplo –¿cómo diría, con arrobo, extasiado, emocionado, admirado…?– cómo ondea al viento la enorme bandera de España que preside la ciudad desde el centro de la plaza. Qué queréis, yo soy de símbolos, y la bandera es uno de los que más cosas me lleva a la cabeza y al corazón. Pues bien, hoy me he dado cuenta de que la bandera ha sido remendada. Una pieza de tela tan grande expuesta a la intemperie se estropea, y seguramente hace poco el extremo opuesto al asta, de tanta sacudida, había comenzado a tener flecos y jirones. Así que han cosido un remate nuevo. Un remate que también en un símbolo: cuando algo se llena de jirones hay que remendarlo, cuando una bandera se llena de jirones hay que remendarla, cuando un país se llena de jirones…

Una reflexión esta de la bandera nacional (por cierto, también se la llama enseña, docente término con el que también cumple) que me ha tenido ocupado hasta que he llegado a mi parada. Y una vez en el trabajo, ya sabéis, todo es buscar la frase-cita que me va a permitir desarrollar mi particular adicción a las teclas de mi pecé. La de hoy, la frase-cita, me la proporciona el envío diario de Proverbia.net, y tiene que ver con los símbolos, como referentes que son al misterio, a aquellas realidades inabarcables que requieren de imágenes o símbolos para dársenos a conocer, o mejor, para permitirnos experimentarlas.

«El misterio es la cosa más bonita que podemos experimentar. Es la fuente de todo arte y ciencia verdaderos» (Albert Einstein).

Albert Einstein, ese señor de pelo revuelto que saca desvergonzado la lengua a todo el mundo desde miles de pósters y camisetas, dice cosas muy interesantes, y muchas de ellas no tienen nada que ver con esa relatividad que tanto importa y no siempre es tan absolutamente cierta (de ahí que sea, precisamente, relativa). Esta frase-cita lo demuestra: don Alberto mira al misterio y no lo relativiza, sino que lo convierte (lo bautiza) como un absoluto, ya que dice que es «la cosa más bonita» (si es la más bonita, no hay nada más bonito que eso, con lo cual el misterio es un absoluto, no un relativo).

Y por si fuera poco, añade que es «la fuente de todo arte y ciencia verdaderos». Es decir, que el misterio es un absoluto del que emanan el arte y la ciencia. Los verdaderos. Lo que nos lleva a poder afirmar, siempre haciendo caso a don Alberto, que existen el arte y la ciencia falsos (seguramente todos conocemos alguna obra de arte falsa, incluso aunque esté conservada en un edificio de esos que llaman «museo» y su precio en las subastas alcance cifras superiores a la del producto interior bruto de algún país del tercer mundo).

El misterio es, pues, algo absoluto para don Alberto, está claro. Pero, ¿qué es el misterio? ¿Acaso podemos entender misterio aquello que acaban resolviendo siempre inteligentes y deductivas personas, como aquel presumido, orondo y bigotudo belga, o la encantadora ancianita de la campiña británica, taza de té en mano, o el estirado y serio fumador en pipa inglés y su secuaz doctor? No, no creo que el misterio sea eso, sino quizá, más bien, un mero enigma.

El misterio al que se refiere don Alberto tiene que ser más grande, pues si no, no podría afirmar con tanta seguridad su absolutidad (¡que nadie diga absolutez, por Dios!). El misterio es aquello que mueve al ser humano a preguntarse cosas, a querer saber, a querer conocer, a querer experimentar. Y a querer transmitir esa experiencia. El misterio de la existencia, el misterio de la vida, el misterio de la trascendencia. Todo misterio, en los términos absolutos que utiliza don Alberto, es trascendente, va más allá de nuestra capacidad y nos mueve a captarlo, mediante la ciencia o mediante el arte.

O mediante el símbolo, añado yo de mi propia cosecha. Definitivamente, don Alberto me cae bien, a pesar de esa insultante y estulta imagen de viejo loco desafiante y grosero que han querido transmitirnos de él. En realidad es un hombre sensible y abierto. Deberíamos tomar ejemplo de él.

lunes, 7 de junio de 2010

Feria del Libro 2010: llegan los frikis

La victoria de Nadal, Rafa Nadal, nos fue comunicada por la misma amistosa voz que nos va radiando cada rato quiénes son los autores firmantes en cada caseta. Y a partir de ese momento, la Feria pareció revivir, pues había entrado en una especie de decadencia (al menos para nosotros) desde un espléndido jueves.

Es quizá la única anécdota, salvo el cariño con que nuestros autores pasan el tiempo con sus lectores y con nosotros, que podríamos recibir el nombre de "personal de caseta". No puedo hablar de todos, pues sólo he estado el jueves y el domingo, ambos días por la tarde, debido a que tengo una intensa vida social y sobre todo una intensa vida coral. Pero sí puedo hablar de la amabilidad de Juan Rubio, que tiene una conversación inteligente y llena de actualidad, y también de Violeta Monreal, ese prodigio de ilustradora que con dos trocitos de papel y un rotulador te construye una ciudad, te pinta un hada o te pone bajo la protección de un angelito. O la agradable visita por sorpresa de Kiko Lorenzo y Beatriz I. Amann con su bebé. O la de Javier Fonseca, que espero que acabe convirtiéndose también en autor de San Pablo.

Las manos de Violeta Monreal dibujando una de sus dedicatorias


Poco más puedo reseñar, salvo que ya han aparecido los frikis: personajes como el que se acerca para presentarte un sujetalibros y se encara con nuestro autor reclamando su atención; o el que, acompañando a un amigo suyo, se enfada porque su amigo no está siendo atendido inmediatamente, sino que debe esperar a que atendamos a otros clientes que se habían acercado previamente a la caseta; o el que corea sus protestas recorriendo la Feria en bicicleta, con un megáfono y un montón de pancartas en la mano. Frikis siempre ha habido, de un signo u otro (los que un año reclamaron en medio de la Feria una "vivienda digna" también me parecieron frikis, pues mientras ellos la pedían a gritos en el Retiro, otros estábamos trabajando para poder pagar nuestra vivienda digna de muy pocos metros), pero este año aún no me había topado con ninguno.


En fin, bienvenidos sean también, aportan una nota de color, provocan una sonrisa, un comentario, y ayudan a pasar la tarde en la que las ventas, como el domingo, aflojan.

domingo, 6 de junio de 2010

Marisol y Jaime. Palabras para una boda

Marisol y Jaime se casaron el 5 de junio, sábado. Unos días antes, Marisol me había llamado para pedirme que preparara unas palabras que tendría que pronunciar durante la ceremonia. Yo me quedé sin saber bien que decir, pues por un lado no sabía si agradecerles el haber pensado en mí, salir corriendo en dirección a Tombuctú o guardarles rencor eterno por meterme en semejante brete, y por otro no sabía si sería capaz de decir algo que tuviera interés y expresara, de alguna manera el sentir de todos los presentes. Esto fue lo que escribí.

Lo de hoy no es sólo una ceremonia, un mero trámite, un paso más en vuestro compromiso. Porque todas las ceremonias expresan algo, todos los trámites se llevan a cabo con una finalidad y todos los pasos conducen a algún sitio. Y el hecho de que vosotros estéis hoy aquí, dando este paso, y de que lo estéis haciendo delante de todos nosotros, y también delante de muchos otros que no están aquí pero que residen para siempre en vuestro corazón y en vuestra memoria, significa que queréis confirmar y manifestar ante todos que os queréis, que queréis seguir adelante con vuestro amor, con vuestro compromiso y con vuestra apuesta por una vida juntos. Y eso siempre es importante.

Ya salió la palabra amor, en una boda siempre sale. Pero hay una palabra que para mí debería estar siempre relacionada con el amor (y en vuestro caso creo estar en condiciones de afirmar que lo está). Es una palabra que suena muy parecida, de hecho se diferencia de ésta sólo en dos letras, pero en un único sonido, y que rima con ella. Es la palabra humor.

Todo el que conozca a Marisol, todo el que pase un rato con ella, sabe que es difícil, por no decir imposible, no sonreír una sola vez. Hasta su nombre es un simpático juego de palabras: no me refiero sólo a la conjunción del mar y el sol, que es algo que a todos nos levanta el ánimo y nos pone de buen humor, sino que Sol, Marisol, Solete..., es también Soledad (y además de que Soledad es también nombre de humorista, todos necessitamos a veces un ratito de soledad para ser felices). Tienes un nombre que da mucho juego, Marisol, y que tiene mucho fondo. Ahora bien, de todos los nombres, diminutivos y apelativos con los que la gente que te quiere se dirige a ti, el que más me gusta es el de "socia", término que ahora adquiere una nueva dimensión.

Porque, de alguna manera, el matrimonio también es una "sociedad". Y esta nueva sociedad que ahora constituís Jaime y Marisol, Marisol y Jaime, debe estar, así lo deseamos todos, cimentada sobre estos dos pilares: el amor y el humor. Y como ambos, amor y humor, necesitan irradiarse y expandirse para poder existir, también es deseo de todos nosotros poder experimentar siempre vuestro cariño y disfrutar con vuestra simpatía.

Que seáis siempre muy felices.

viernes, 4 de junio de 2010

Un pensamiento de William James

Hola, corazones.

Antes de comenzar, quiero pediros que guardemos un momento de silencio en memoria de una persona. Ha querido la casualidad que esta mañana, al leer el periódico camino del trabajo, haya encontrado en los obituarios la noticia del fallecimiento de Rue MClanahan, más conocida como Blanche Devereaux, la chica procaz (sensual, dicen en el periódico) de la famosa serie Las chicas de oro. Y como fuera que gracias a ella he aprendido que se puede decir un cierto número de picantonerías sin caer en la grosería soez y sin perder el humor y el buen gusto, no puedo menos que guardarle un sentido y agradecido recuerdo.

Además de esto, poco puedo contar cuando mi vida se resume en tres palabras: trabajo, feria y coro. Las tres significan trabajo, las tres me dan satisfacciones y las tres contribuyen a que el cansancio me venza en algún momento del día. Y las tres adquieren o pueden alcanzar estatus de cotidianeidad. Y por ahí va la frase-cita del día:

«El hábito es el enorme volante de inercia que mueve a la sociedad, su más valioso agente de conservación» (William James).

«El hábito no hace al monje». No me digáis que no es lo primero que se os ha pasado por la cabeza al ver la frase-cita de Guillermo Jaime. Y fijaos que él quiere decir casi lo contrario: el hábito mueve a la sociedad, la conserva. Falaz y banal juego de palabras el mío, pues no es el mismo hábito el que dice nuestro autor y el que viste el refrán.

La gente hace y hace, y acaba haciendo las cosas por inercia, por hábito, por costumbre, casi sin saber por qué las hace. Por qué, por ejemplo, uno ve un día en la tele Las chicas de oro y le hace gracia la mezcla de candor, procacidad, sensatez y cinismo que aportan las chicas, y poco a poco lo va viendo todas las semanas, y acaba viéndolo casi por inercia, incluso cuando son capítulos repetidos.

Uno va un día al trabajo y otro día, y otro más, y el ir y trabajar acaba siendo un hábito. Sí, me diréis que es más que un hábito, que uno no trabaja por hábito, sino por necesidad, por un sueldo, porque no hay más tutía, porque no dio el braguetazo con el que soñaba, porque la lotería le fue esquiva, porque tiene una hipoteca que pagar o por mil razones más. Mil razones que hacen que uno vaya a trabajar día tras día, y al final llega el hábito, la inercia, la costumbre, la repetición más o menos mecanizada de actos.

Da mucho de sí la frase-cita de Guillermo Jaime, podemos darle mil vueltas al hábito, a la costumbre, a la inercia. Pero en realidad hay algo que me ha gustado más y es el juego que hace combinando la conservación y el movimiento de la sociedad. Porque Guillermo Jaime afirma que el hábito es el volante que mueve a la sociedad (sin ese volante, que dirige y controla el movimiento, la sociedad se movería de una manera más descontrolada) y a la vez su más valioso agente de conservación. Mueve a la sociedad y a la vez la conserva. El hábito es conservador, pues.

Pero es más importante la observación de que la sociedad se mueve, siempre, constantemente, y si no se moviera no se conservaría, acabaría por morir y descomponerse. La sociedad se conserva cuando se mueve, y cuando ese movimiento está dirigido por el hábito, que es un volante con el que tal movimiento se dirige.

Sólo falta saber quién está al volante, y si quien tiene las manos al volante (cada uno de nosotros), asume el hábito como propio o actúa mediante hábitos impuestos.