viernes, 29 de febrero de 2008

Un pensamiento de Ernst Bloch

En estos tiempos que corren en el que las zanahorias cuestan lo que antes costaba llenar el depósito de gasolina y hacer esto último te sale como una habitación en un hotel de cuatro estrellas, y eso ya es que nadie sabe qué es lo que es; en estos tiempos en los que la hipoteca escala por tus entresijos bancarios devorando cuanto número se pone a su alcance; en estos tiempos en los que si hablas fuera del único pensamiento autorizado corres el riesgo de ser cuando menos abucheado, o ninguneado (eso me pasó a mí mismo, y a dos amigas, con un conocido cuando nos confesamos poco proclives al manteo a la derecha); en estos tiempos en los que si no cantas canciones de las que llevan sonando treinta años ininterrumpidamente, o no consideras excelsas las películas sobre la Guerra Civil inculto te verás; en estos tiempos (qué retórico te pones cuando empiezas con tus enumeraciones jaculatorias para no llegar a ningún lado) en los que el malo de la película es el que no puede entrar en su casa sin pedir miles de disculpas, y de usted, no vaya a ser que pase algo, a un grupito de niñatos sentado en tu portal con una botella de Passport en la mano, una cocacola en tu buzón y una bolsa de hielos derritiéndose en el suelo, o peor, meando en la misma puerta; en estos tiempos, termino ya, antes de que me tiréis un trasto a la cabeza y con razón, es importante, es bueno, es necesario, es justo mantener la cabeza en su sitio, serena, la mirada firme y el corazón, la mente y la voluntad puestos en un futuro mejor. Toma ya.

Parrafada que me sirve directamente para introducir la frase-cita de hoy, que no viene directamente del envío diario de Proverbia.net (la de hoy es de Juan Luis Vives y dice que «no puede existir bondad alguna donde no haya conocimiento de ella»), ni de la página de hoy de la Agenda San Pablo (la de hoy dice que «la disculpa y el perdón nunca pueden ser consideradas como debilidades. Siempre exigen grandeza de ánimo», y la firma Ignatz Bubis). La de hoy es de esas frases que, esté donde esté y a la hora que esté, con Martini o sin Martini, apunto para su posterior uso en mis agendas, o en mis Pensas. Y dice así:

«La esperanza es el más humano de los afectos, es sólo asequible al hombre y le remite a su horizonte más ancho y luminoso» (Ernst Bloch).

Antes de empezar a destripar la frase-cita con mi peculiar estilo, he de decir, aunque haya quien no lo considere necesario, que cuando el señor Bloch dice «hombre» quiere decir ser humano, o mejor, hombre y mujer, es decir, hombre no como ser sexuado sino hombre como denominación genérica universal de la especie humana. Señal esta de que la preocupación por ponerle sexo y diferenciación a las palabras y a los palabros es una moda y un modo nueva y nuevo, que obedece a las incultas e incultos consideraciones de los políticos y las políticas, que tanto se preocupan por tener a los ciudadanos y a las ciudadanas ocupados y ocupadas en estupideces y estupideces. Bien. Hasta aquí.

Ahora hablemos de Esperanza. Esa virtud, ese afecto, según Bloch, que nos remite a un horizonte ancho y luminoso. Hermoso y poético esto del horizonte. Pero vamos primero a descubrir si la esperanza es una virtud, como hemos aprendido de niños en el catecismo, o un afecto, como dice nuestro Bloch (igual los menores ya no, pero en general hemos estudiado aún un catecismo, quizá no ya de pregunta y respuesta, pero sí de estudiar y memorizar alguna cosa, principalmente listas, como los mandamientos de la ley de Dios, los mandamientos de la santa Madre Iglesia, los sacramentos, los pecados capitales o las virtudes, teologales y cardinales). Según la RAE, una virtud es «una actividad o fuerza de las cosas para producir o causar sus efectos», pero también, entre otras cosas, una «disposición constante del alma para las acciones conformes a la ley moral». Evidentemente, la esperanza encaja aquí perfectamente, tanto si la entendemos disposición del alma como si es vista como una fuerza para producir efectos (qué sería de tantos descubrimientos científicos, de tantos amores, por poner ejemplos dispares, sin la acción previa de la esperanza). Pero es que un afecto es, vuelvo a la RAE, «cualquiera de las pasiones del ánimo, como ira, amor, odio, etc., aunque tómase más particularmente por amor o cariño». ¿Es la esperanza una pasión? Esta es la pregunta. Yo, particularmente, creo que sí, que lo es. Y apasionadamente espero, por ejemplo, que las hipotecas bajen y mi sueldo suba, que mi calle deje de oler a pis y que los tiempos cambien, mejoren, avancen. Por eso yo, pronto, voy a votar. Y voy a votar por La Casa Azul. ¿Quién mejor que ellos para representar a España en Eurovisión?

Sorprendente e inesperado final, ¿eh? Besos.

viernes, 22 de febrero de 2008

Un pensamiento de Ramón Gómez de la Serna

Mis queridos amigos, muy buenos días.

Yo pensaba, después de los últimos días, con la campaña electoral recién comenzada, debates arriba y abajo, sondeos para ver quién gana y quién pierde (siempre he pensado que los debates sirven para que el público comprenda posturas y programas, no para votar quién ha expresado mejor sus ideas, que por cierto tampoco deben ser absolutamente inamovibles, ¿no?), declaraciones de antiguos presidentes sobre las lágrimas que no derramaron, mutuas acusaciones de catastrofismo y amenazas de lobos devoradores de sumisos rebaños «humano-ovinos», con todo esto rezumbando aún en mis oídos, digo, pensaba dedicaros dos hermosas frase-citas que hablan del diálogo y de la escucha. Pero hete aquí que Proverbia.net me ha cambiado hoy mismo el tema. Así que las frases sobre el diálogo sólo os las transcribo, para que las meditéis solitos, que ya vais siendo mayorcitos, y yo me dedico al padre de la bobada inteligente. Estas son las frases con las que no os voy a torturar hoy: «No hay que burlarse, no hay que deplorar, no hay que maldecir; hay que comprender» (Baruch Spinoza). «La libertad de realiza básicamente en el diálogo con los demás en el mundo» (José Luis Vázquez Borau). Como veis, dos certeras y atinadas muestras del pensamiento inteligente que no nos rodea tanto como debiera…

Claro que la inteligencia tiene muchos matices, y puede llegar a generar muchos matices. Ved, si no, lo que nos dice un inteligentísimo hombre, que ha hecho de la filosofía de la vida y del uso del lenguaje sabio humor, sobre la tontería:

«En la vida hay que ser un poco tonto porque, si no, lo son sólo los demás y no te dejan nada» (Ramón Gómez de la Serna).

Lo cierto es que esta frase-cita tampoco me parece que lleve dentro de sí demasiado comentario, o más bien que yo, hoy, no soy buen partero para que el pensamiento de Ramón de a luz una explicación que me convenza. Porque si nos hacemos los tontos, en un mundo de tontos, para que los demás no nos dejen sin nada, podemos parecer unos aprovechados, caraduras, chupaboteros. ¿No es así? Quizá sea mejor entender que, como no podemos ser listos en todo, debemos reconocer nuestra tontería, es decir, nuestras limitaciones, y compartir nuestros saberes, para construir entre todos un mundo más humano. Aunque me parece que Ramón, con su carcajada lingüística, no va tampoco por esos derroteros. Quizá queramos entender que el mundo está lleno de tontos (¡qué va, hombre!, pero si no hay ninguno, no tienes más que escuchar lo que se dice en la calle, las propuestas de los políticos, los intereses de las personas, las respuestas de los televidentes, etc., para darte cuenta de que, al menos en España, no hay tontos, ¡qué cosas tienes!). Y si el mundo está lleno de tontos, la única manera de sobrevivir, cuando menos, o la única manera de desasnar a alguno que, desprevenido, se deja, es hacerse uno de ellos, parecer algo tonto, descender a su nivel, ponerse en su plano. Sólo desde esa igualdad podremos, si nos lo proponemos, hacer que los tontos sean cada día menos tontos. Y al mismo tiempo, reconociendo, aceptando, asumiendo, nuestra porción de estulticia, estaremos capacitándonos también para salir de ella, para reconocer en otros un grado de estulticia menor pero asequible que nos permita, poco a poco, salir de nuestra estolidez. En fin, en la espesura de la madrugada de mi cerebro, esto es todo lo que da de sí mi manifiesta idiocia. Salud, amigos.

viernes, 15 de febrero de 2008

Un pensamiento de Benavente y otro de Ortega

Buenos días.

Hoy es viernes, para algunos (espero que para pocos) resaca de san Valentín, el de los corazones de raso con ribete de encaje rosa, el de los tangas de caramelo, el de te digo que te quiero porque hoy es hoy, pero no más de 15 minutos, que luego hay fútbol. Ese san Valentín. Vuelvo: hoy es viernes, chispea sobre Madrid, y las casas, todas las casas, grandes o pequeñas, unifamiliares o colmenas, en régimen de alquiler o de propiedad, oficiales o particulares, todas se mojan por fuera. Por dentro, según y cómo sea su ocupante…

En fin. Vaya un saludito, ¿no? Repito, pues: ¡¡Buenos días!!

Hoy voy a proponer un doble ejercicio en el pensamiento semanal. Resulta que, siguiendo la temporalidad de la Agenda San Pablo 2008, hoy, 15 de febrero, me sale una frase-cita de Jacinto Benavente. Pero el otro día me llegó por Proverbia.net una frase-cita de Ortega que, según leí, me dije a mí mismo para mis adentros íntimos: esta se la casco el viernes. Como no me decido por una u otra, pues propongo doble reflexión, y ya me diréis si las frases son antagónicas o complementarias (si casan o no casan, si arrejuntan bien o mal, si hacen buena pareja, si conviven o no conviven, vaya).

«El verdadero cariño no es el que perdona nuestros defectos, sino el que no los conoce» (Jacinto Benavente).

«El amor, a quien pintan ciego, es vidente y perspicaz, porque el amante ve cosas que el indiferente no ve, y por eso ama» (José Ortega y Gasset).

Lo primero de todo es dirimir si el amor es ciego, como parece que apunta Benavente, o vidente, como afirma Ortega. Vamos, que aparentemente las frases son antagónicas, ¿no? Porque Benavente no dice que el amor sea ciego, o que el que ama (siente cariño, dice él, restringiendo el ámbito del amor a una, no pequeña, de sus manifestaciones) no vea, sino que no conoce. Si nos vamos al diccionario, podemos perdernos entre tanta acepción similar, pero en el uso común podemos encontrar un matiz de volición, de acción deliberada en el conocimiento que no siempre está presente en la visión. Vale que uno no siempre ve lo que tiene delante de los ojos, pero a veces, aun viéndolo, existe una deliberada intención de no conocerlo, de ignorarlo, de prescindir de ello. Así pues, podemos afirmar que el amor del que habla Benavente tampoco es ciego, pues el que siente cariño ve, pero prescinde de los defectos que ve. Por el contrario, Ortega afirma rotundo que el que ama ve de otra manera, percibe cosas que el que no ama (me gusta lo de indiferente) no ve.

Otra cosa distinta será si conviene más al amante, al que ama, al que siente cariño ver y no conocer, como el amante en o de Benavente, o por el contrario, conviene ver y trascender, ver más, ver otras cosas y/o de diferente manera, como el amante en o de Ortega. Puede parecer que el amante en o de Benavente ignora un principio cristiano básico e importante, que es la corrección fraterna, aquello que se nos recomienda hacer siempre, pero sobre todo a quien amamos, con dulzura, prudencia y respeto. No creo que la obvie, más bien que la trasciende: el amante en o de Benavente no sólo perdona los defectos del amado, sino que no los conoce, es decir, que los obvia; pero tampoco dice que los corrija (ni que no lo haga): a veces la mejor corrección de los defectos es precisamente obviarlos, no conocerlos. No cambies, le dijo un amigo a otro que era un bala, y este cambió (barato resumen de un cuento oriental relatado miles de veces por De Mello y por Vallés).

Volvamos: el amante en o de Benavente, pues, ama, y ama de veras, viendo, perdonando (o no), ignorando, trascendiendo los defectos del otro. ¿Y el amante en o de Ortega? Seguramente ha llegado a la misma conclusión, pero por otra vía: el amante en o de Ortega, al ver más allá de los defectos, al ver otras cosas, ama. Y ese amor le basta. Y le sobra.

¿Y bien? Sencillo. Dos grandes maestros nos recuerdan que en el fondo, siempre, lo importante es amar. Y amar es ver al otro, no a uno mismo. (¿Me habré pasado con la conclusión?)

miércoles, 13 de febrero de 2008

«Quesada» de stracciatella

Esta es una sabrosa tarta que tiene una apariencia similar a la quesada, aunque en realidad no lo sea. De ahí el entrecomillado. La receta es de mi propia creación/experimentación (viva la modestia).

Ingedientes:

3 huevos
7-10 cucharadas soperas de azúcar (depende lo dulce que os guste)
4 postres de stracciatella (pueden ser Danissimo de stracciatella, de Danone; también los hay en Simply-Alcampo: postres de stracciatella marca Auchan, que son más baratos)
1 cucharada sopera de Maizena

Elaboración:

Bate bien los huevos con el azúcar. Añade los 4 postres de stracciatella y mézclalo todo con una espátula de madera o de silicona. A continuación, añade la maizena y mezcla bien.
Vierte la mezcla en un molde redondo (si es de silicona, bien; si es de otro material, tendrás que untarlo de mantequilla y un poco de pan rallado o ralladura fina de galleta). Mételo en el horno, que previamente habrás encendido a máxima potencia.
Una vez metido, friega los cacharros que hayas manchado, y después de fregarlos,baja la temperatura del horno a unos 220 grados. No pongo tiempos de cocción porque eso depende de cada horno. Pero se ve: la tarta se hincha (y tiende a bajar cuando abres la puerta del horno) y adquiere la apariencia y textura de una quesada. El truco de pinchar la tarta para ver si está hecha no falla: el pincho o cuchillo fino debe salir limpio: entonces, apag el horno, saca la tarta y déjala enfriar.

La tarta se puede tomar sola o acompañada. Seguramente la nata montada, una mermelada de naranja amarga o una salsa caliente hecha con chocolate y nata realzan su sabor.

viernes, 8 de febrero de 2008

Un pensamiento de Konrad Lorenz

Este año la Cuaresma cae tan pronto que coincide con una serie de recordatorios anuales que tienen su fecha en los primeros días del mes de febrero: la Campaña contra el hambre (la lucha solidaria contra el hambre en el mundo y por el desarrollo de los pueblos) y la Jornada mundial del enfermo (la concienciación, también solidaria, de que el dolor y la enfermedad nos llegan a todos, y que nos debemos la mutua ayuda) son dos de ellos. Y en relación con ellos saco a colación el pensamiento de hoy, que podéis encontrar también en Agenda 2008, San Pablo, Madrid, 11 de febrero. Ved acá:

«Querer evitar cualquier encuentro con el dolor significa renunciar a una parte esencial de la vida humana» (Konrad Lorenz).

Es curiosa la manía de Word de modificarle a uno lo que escribe: digo Konrad, así con ka, y resulta que me lo interpreta Honrad; vamos que de Conrado Lorenzo pasamos a Honrad a Lorenzo, o a Honrad, Lorenzo, que suena muy laudatorio y tal. En fin. Bueno, no te vayas por Úbeda, macho.
Es curioso que en un mundo en el que todos y para todo queremos evitarnos dolores y sufrimientos, se nos diga que cuando lo hacemos perdemos una parte esencial de la vida humana. Porque es lógico, y natural, que evitemos el sufrimiento: a nadie le gusta sufrir: ¿quién se hace heridas a propósito (sí, bueno, quizá los haya, pero no es lo normal)?, ¿quién ayuna voluntariamente hasta convertir su ayuno y su hambre en un doloroso sufrimiento físico y moral, de graves consecuencias para la salud?, ¿quién decide afrontar todo dolor y sufrimiento físico, toda enfermedad, sin paliar aunque sea levemente sus síntomas?, ¿quién se involucra a propósito en relaciones humanas en las que lo único que encuentra es el dolor y el sufrimiento? Podría seguir, pero creo que hasta yo mismo entiendo con estos ejemplos lo que quiero decir: el dolor y el sufrimiento requieren un lógico tratamiento paliativo.
Pero también es cierto, por ejemplo, que sólo quien ha sufrido sabe cómo se sufre, y puede, con su experiencia, al menos, estar al lado de otro que sufre (y eso es ya un enorme y gratificante cuidado paliativo). Y también es cierto, y todos lo sabemos, que el dolor y el sufrimiento, cuando los padecemos, cuando nos toca convivir con ellos, tienen un componente educativo, formativo, madurador. Eso lo sabemos todos.
Y por mucho que queramos, por amor, por compasión, por ternura, evitar el sufrimiento a los nuestros, sabemos que el sufrimiento es necesario, y que a veces es bueno que el niño se caiga y se haga daño para que aprenda que «ahí» no se puede subir, que «eso» es peligroso tocarlo, que con «lo otro» no se juega. Bien entendido, el dolor y el sufrimiento que padecemos son maestros de vida. Y el dolor y el sufrimiento ajeno que compartimos, que hacemos nuestro, son también maestros de vida.
A eso, diría yo, que es a lo que se refiere el doctor Lorenz. No nos invita a sufrir, no, sino a entender ese sufrimiento, a integrarlo en un proyecto de vida, a no dejarnos llevar por la desesperanza que provoca el sufrimiento, sino a hacerlo nuestro para, precisamente así, salir de él. Y a ser solidarios con los que sufren. Con los que padecen hambre, hambre de la de verdad, de la de comer sólo un puñado de mijo, como mucho, cada dos días. Con los que padecen dolores y enfermedades. Con todos.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Eliminar lo superfluo

Cuaresma. La temida cuaresma. Un tiempo en que se nos habla de renuncia, sacrificio, esfuerzo, austeridad. Un tiempo que comienza con un símbolo gris –la ceniza– que evoca la destrucción y la muerte, la caducidad de la vida. Un tiempo en que parece que está mal vista la alegría, la risa, el color, las flores (y eso que coincide con la primavera, ¡qué contradicción!). Incluso algunos todavía recordarán cuando, en Cuaresma y Semana Santa, no era posible acudir al cine o a espectáculos públicos. Un tiempo en que la Iglesia parece empeñada más que nunca en decir “No” a todo: al placer, a la diversión, al buen yantar, a la simple alegría de vivir.

En los últimos años, a pesar de los cambios habidos en la sociedad, esta tendencia no parece haber cambiado: la gente sigue asociando la cuaresma al “No”. La diferencia estriba en que ahora, en vez de acatar sumisos esa larga lista de prohibiciones –cada vez más difíciles de comprender, por otro lado–, simplemente decimos: “Paso. Yo, desde luego, no pienso comer pescado los viernes. ¿Qué sentido tiene eso?”. Y continuamos haciendo nuestra vida, como si no pasara nada, como si la Cuaresma no fuera con nosotros, como si estuviéramos siempre en un tiempo ordinario (pero no el litúrgico: el tiempo común, basto, grosero, soez casi, en el que cada uno nos movemos casi sin darnos cuenta).

Pero seguimos sin entender, practicar y vivir la Cuaresma. La Cuaresma, que es una renuncia, sí, pero no por sí misma, sino con una finalidad; que es un sacrificio, sí, pero con un sentido. “El que quiera peces...”, dice un conocido refrán. Si queremos conseguir algo (un piso, por ejemplo, y sé bien de qué les hablo) estamos dispuestos a asumir sacrificios, a reducir gastos, a eliminar lo superfluo hasta conseguir lo esencial, nuestro objetivo, el piso en cuestión. Si queremos obtener la atención y el amor de alguien, ¿no estamos dispuestos a aceptar cualquier renuncia, cualquier sacrificio, cualquier requisito que se nos pida? Si queremos conservar un puesto de trabajo, ¿no llegamos a aceptar, casi sin dudarlo, todo lo que nos pidan, o dicho de otro modo, “lo que nos echen”?

Pero después, ¿no es inmensa la alegría al entrar por primera vez en el piso y poder enseñárselo con orgullo a amigos y familiares? ¿Y no se siente uno el más feliz del universo cuando obtiene el amor de la persona de la que está enamorado? ¿Y no es, en este mundo, un orgullo, una satisfacción, un motivo de alegría y de acción de gracias el tener un puesto de trabajo digno?

Pues cuánto más renunciaremos, cuánto más eliminaremos lo superfluo, cuánto más aceptaremos gustosos las cargas si lo que queremos conseguir es un lugar en la vida eterna, si el amor y la atención que queremos obtener son los del mismo Cristo, y lo que queremos conservar es el puesto que Dios nos tiene reservado.

Por eso creo que la Cuaresma es alegría, sonrisa, felicidad, color, flores, entusiasmo, diversión, gozo. Sólo hay que mirar más allá de la ceniza, del morado de las vestiduras sacerdotales, del altar sin flores, del viernes con bacalao, para ver detrás de todo esto los frutos de la conversión, la alegría de la pascua, el gozo de la resurrección. Sólo hay que mojarse en el lago para disfrutar de los peces de la multiplicación.

viernes, 1 de febrero de 2008

Sobre peatones y conductores

Ha tenido mucha repercusión en los últimos días la noticia de que España es el país de la Comunidad Europea con mayor índice de atropellos mortales. Y Madrid, una de las ciudades más peligrosas para el peatón. Y claro, las autoridades se han puesto a pensar y han dado con la solución mágica: primero, advertir al peatón en los pasos de cebra de lo peligroso que es cruzar y de la cantidad de muertos que ha habido en ese paso de cebra (algo parecido hacen ya con los “paneles informativos” en la carretera, cuando te cuentan cuántos muertos hubo en carretera el año anterior por las mismas fechas), y después, multar al peatón con noventa euros si es sorprendido infraganti cruzando la calzada por un sitio indebido. La cuestión es compleja, porque, para empezar, las informaciones casi no hacen referencia a que la mayor parte de los atropellos son causados por los conductores, no por los peatones.
Sinceramente, creo que el mayor problema radica en el egoísmo de la gente, que piensa más en sí mismo, en su prisa, en que lleva horas dando vueltas para aparcar el coche, en que se le escapa el autobús, o lo que sea. Y además, en materia de Tráfico especialmente, la mentalidad dominante es esa que dice que “las normas no van conmigo”, “bueno, pero una excepción de vez en cuando, sobre todo si es con mi caso”, “amarillo es acelera que aún lo pasamos”, “personajillo verde intermitente me permite el paso, máxime si tengo más de ochenta años y llevo bastón o tacatá”, “tampoco era tanto el exceso”, “pues qué más dará”, “si es sólo un momento”, etc.
Se me olvidaba. Las autoridades también recomiendan a los peatones otra cosa cuando vayan a cruzar la calle (es de suponer que por un lugar correcto, es decir, un semáforo, un paso de cebra o, en su defecto, una esquina rebajada): que actúen con precaución y hagan una señal con la mano al conductor, indicándole que se dispone a cruzar. Pues sí, debe de ser eso, que cuando los conductores ven personas de pie en los bordillos de las aceras mirando hacia la acera contraria junto a un semáforo o frente a un paso de cebra, piensan que están de cháchara, o peor aún, es que no los quieren ver. Como las autoridades no han dicho qué señal hemos de hacer los peatones, sugiero algunas, que se pueden adoptar según sean las circunstancias:

  1. Menear de izquierda a derecha la mano con la palma extendida orientada hacia el conductor, para que piense que lo conocemos de toda la vida y le estamos saludando, o que somos nada más y nada menos que la reina de Inglaterra de incógnito en la calle de la Princesa.
  2. Con el dorso de la mano orientado hacia el conductor, cerrar todos los dedos salvo el corazón, indicándole que le pueden dar por saco porque estamos dispuestos a cruzar incluso por encima de su automóvil.
  3. Con la mano cerrada, salvo el dedo índice, extendido, señalar reiteradamente el muñequito verde del semáforo, o la lucecita roja para el conductor, haciéndole caer en la cuenta de que no tiene razón al seguir acelerando.
  4. Con la mano en la misma postura, señalar amenazadoramente al conductor, como diciéndole que le conocemos, sabemos dónde vive y cuál es la matrícula de su coche.
  5. Con la mano extendida y de canto, menearla suavemente de arriba abajo, como indicando al conductor que es un pillín, que se le va a caer el pelo si aparece un agente de movilidad o un celador de carril bus.
  6. Con la mano extendida y la palma hacia arriba, sacudir la mano de izquierda a derecha, indicando al conductor que si sigue acelerando y nos impide el paso va a cobrar una buena azotaina.

Obvio los gestos con ambos brazos, pues casi siempre llevamos algo en la mano (bolso, mochila, bastón, bolsa de la compra, carrito de niño, silla de ruedas, maletín, revistas, periódico, libro, cigarrillo, teléfono móvil…), que nos impide hacer con comodidad desde la ola hasta el corte de mangas.


Quien lo desee, puede ampliar este espacio con sus sugerencias y comentarios. Serán bien recibidos. Supongo.

Un pensamiento de Raimon Panikkar

Aunque estamos ya sumergidos en la vorágine del carnaval, y los telediarios están llenos de señoritas en bikinis de strass arrastrando una pesadísima estructura de plumas y lentejuelas, o de actores vestidos de Carlos IV, y los colegios y guarderías se pueblan de princesas, elfos, supermanes y futbolistas (vaya un disfraz más chorras este último: ¿para qué quiere nadie peinarse raro, llenarse de pendientes, cadenas, collares, anillos y tatoos, vestir ropa cara superhortera y decir solamente cosas como bueno, ¿no?, ha sido un partido interesante porque ha sido muy interesante, bueno, ¿no?); aunque estemos en carnaval, repito, no voy a entrar por este terreno. Y tampoco por el de las elecciones, aunque, bien mirado, quién sabe si a los candidatos y a muchos de los electores no les/nos vendría bien aplicarnos el siguiente consejo (puede verse en Agenda 2008, San Pablo, Madrid, 1 de febrero):

«Una verdadera conversación no es una repetición de un trozo de vida, sino algo inédito. Por eso voy al diálogo a vivir, a convivir, a redimir un intervalo de tiempo, un pedazo de cosmos» (Raimon Panikkar).

Comenzaré diciendo que el señor Panikkar siempre es así. No es que dé pánico todo lo que dice, más bien da vértigo asomarse a sus escritos, de lo profundos que son. ¡Si parece que le publican en la fosa de las Marianas! Pero, profundo o no, tenemos que analizar esta pequeña parcela de sabiduría práctica que nos ofrece hoy. Porque a mí me parece que el hombre tiene mucha razón cuando dice que una conversación no es una repetición de un trozo de vida. Incluso cuando estás contándole a alguien el episodio más intrascendente de tu existencia, la vida sigue transcurriendo en ese instante: pasa una ambulancia, ladra un perro, pita un coche… Y el que tienes enfrente te está escuchando, por intrascendente que sea lo que le estás contando, te está escuchando. Y luego intercambiará contigo otro episodio de su vida, que, por intrascendente que sea, también tú escucharás. Y así, de intrascendencia en intrascendencia, la vida continúa. Y ambos habremos entendido que no siempre hay que estar hablando de cosas serias, que las cosas intrascendentes, llevadas a un diálogo en el que se habla y se escucha de veras, adquieren trascendencia (hombre, pero sin pasarse tampoco, vamos).
Ya me estoy yendo, como todos los días. Pero volvamos: una conversación, una auténtica conversación, independientemente de su contenido, de la aparente importancia o trascendencia de su contenido, es por sí misma un episodio vivo, un momento de convivencia, de vivencia común con el otro. Y en ese momento el tiempo empleado en la conversación adquiere toda su trascendencia, cobra una nueva dimensión, se convierte, emocionado, en un momento importante, único, mágico, que de alguna manera influye en el cosmos; porque, si una mariposa que vuela en Malasia puede provocar un huracán en Honduras, una superficial conversación en Madrid puede provocar una honda impresión en Madrid, en las mismas personas que están hablando. Conversemos, pues. Y no hagamos como los políticos en campaña, que debaten, pero no conversan, discuten, pero no dialogan, hablan, pero no escuchan.