viernes, 30 de abril de 2010

Un pensamiento de Félix María de Samaniego

Hola, corazones.

Salgo de casa tan pronto que aún la ciudad está comenzando a desperezar. Es un gran tópico, pero es verdad: caminas por las calles y las pisadas tienen todavía el eco de los pasos nocturnos, dispersos en la oscuridad; suena a lo lejos algún que otro despertador, con su insistente pipipipí, que no parece despertar a la primera a su destinatario; una furgoneta de reparto atraviesa rápida la calle, ahora que no hay tráfico, para repartir su carga (no me he dado cuenta bien de si era furgón de prensa o el panadero que va llevando churros y porras a los bares); en los bares las luces asoman a la calle, ayudando al aroma a café y zumo y al tintinear de platos y tazas a que los transeúntes, aún escasos, entren a hacer su primera consumición del día; tres jóvenes universitarios con latas de cerveza en la mano (por su estado, más bien se diría que son tres latas de cerveza gigantes con aspecto de jóvenes universitarios) dudan si despedirse en el portal o subir a tomar la «penúltima» antes de retirarse definitivamente; los reponedores del Dia, dos tomos que bien podrían ser el reclamo publicitario de un gimnasio, o de un cosmético masculino, están ya terminando de descargar su camión; los quiosqueros se afanan por colocar las revistas, periódicos y regalos varios que trae la prensa del viernes, mientras atienden a los primeros rapidillos, como yo; los autobuses fluyen por las calles sin tráfico mientras las bocas de metrosauna engullen cada vez más inocentes que saldrán en su destino necesitados de una nueva ducha…

No sé a qué viene este preámbulo, pues ni introduce la frase-cita de hoy, ni nada, pero me ha dado por reflexionar hoy sobre la vida en sus anécdotas mañaneras, en el prólogo diario de las historias que cada uno de los protagonistas vivirá a lo largo del día. Rarito que es uno.

Vamos a la frase-cita, que ya son más de las ocho y comienzan a llegar mis compañeros (esto del cambio de horario…). Hoy tomo una del envío de Proverbia.net, concretamente la que me remitió el pasado lunes, que dice lo siguiente:

«No anheles el bien futuro: mira que ni el presente está seguro» (Félix María de Samaniego).

Dice don Félix Mari algo que todos hemos pensado alguna vez y que, de una manera o de otra, consciente o inconscientemente, todos incumplimos casi sistemáticamente. Cuando somos niños, queremos ser mayores; cuando somos adolescentes, queremos ser jóvenes y libres de esas incomodísimas ataduras llamadas padres; cuando somos jóvenes, queremos serlo pero disfrutando de más libertad de movimientos, de más capacidad económica, de más oportunidades; cuando vamos siendo mayores, queremos no parecerlo, queremos disfrutar de la madurez de la experiencia, de la serenidad de la vida relajada, pero con el cuerpo de antes (esto quizá no sea adelantar el futuro, pero también vale: queremos lo que no tenemos). Esta misma mañana, tres adolescentes que aún no tenían edad ni para tener carnet ni para saber conducir, hablaban efusivamente de coches, trayectos, recorridos y aparcamientos, mientras se afanaban por romper los zapatos arrastrando los tacones al andar y por mostrar al mundo la marca de su ropa interior y la redondez de sus glúteos bajo el uniforme escolar. Quieren ser lo que aún no son.

Todos queremos el bien futuro. No tenemos más que ver lo que pensamos cuando tenemos en nuestro poder el cupón, la bonoloto, el euromillón, la quiniela o el décimo de lotería. Andamos siempre pensando e imaginando lo que haríamos si…, lo que tendríamos si… Anticipando el bien futuro, vamos. Incluso el que vuelve el cuello al paso de unas piernas bien torneadas, o de un busto turgente (o de una tableta de chocolate, que también los/las hay), anticipa, de alguna manera, el bien futuro (y en este caso es seguro que es un bien del que no va a disponer).

Entonces, la recomendación de don Félix Mari, ¿cae en saco roto? No, queridos. Este señor nos hace una recomendación para que, incluso haciendo cuentos de la lechera con la lotería o kamasutras con la estupenda señora con la que nos acabamos de cruzar, seamos conscientes de que la realidad y la ficción, el ensueño, no siempre han de coincidir.

Muchas otras reflexiones podrían hacerse sobre esta conseja de don Félix Mari, pero va siendo hora de que regrese al mundo real y me ponga a trabajar de una vez por todas. Que de momento los ciegos sólo me dan reintegros, y con eso no hay quien se jubile anticipadamente.

miércoles, 28 de abril de 2010

Mal amor

Esto no es precisamente nuevo, pero creo que ya va siendo hora de colgarlo en el blog. Dos de los poemas, «Rojo pasión» y «Masturbación», se publicaron en el libro El aspersor. Suministro de ideas de Música es tres, que se presentó el 24 de junio de 2004 en Lavapiés; previamente habían sido emitidos con mi voz en enero de ese mismo año, en el espacio radiofónico de igual nombre, en Radio 3/RNE. Obviamente, lo que sigue fue escrito antes de esa fecha, concretamente en 2003 (total, hace nada, vamos).

***

TRISTEZA

Atraviesa mi frente
un nubarrón gris y opaco,
cargado de agua,
amenazando llorar
sobre mis ojos.

Traspasa mi oído
el rasgar desafinado
de las cuerdas de un cello,
atronador estruendo
en mi vacío.

¿Invades mi tristeza
para hacerla dolor
de puro triste?


VÉRTIGO

Me has abierto al vacío
asomado
a la boca de mi estómago,
abismo infinito.


ROJO PASIÓN

Dices que un cilicio
aprisiona mi mente.
Pero son las espinas
de mis rosas lo que ves.
Y la sangre que brota
es quien tiñe los pétalos.


ABRAZO

Pasan los segundos,
presurosos,
por la tarde
del reloj.

Pasan los minutos,
afanados
en sus cosas,
sin mirar
atrás.

Hasta las horas
pasan.

Pero el tiempo
se detiene,
fundido
entre tú yo,
cuando me abrazas.


MIEDO

A veces creo que al mirarme
fundes,
casi en un minuto,
la coraza
donde vivo.

Si no retiro la vista
a tiempo,
temo que puedas,
un día,
penetrar mi alma.

Y no sé lo que verías.


EMBRUJO

Un extraño maleficio
me mantiene atado a ti
en cada pensamiento,
en cada sensación.

Te niego todos los días.
Pero en mis noches quiero
poseer tu piel y tu mirada.

Me has embrujado.


MASTURBACIÓN

Te desnudas
y paseas cada noche
por mi mente.

Y al final,
cuando me duermo,
nunca estás.


HUMO

Me ha gustado ser humo,
cigarro atrapado en tus labios,
e infiltrarme en tu cuerpo,
en tu sangre y tus pulmones.

Pero el humo se disipa
cuando entra el aire
renovado.

Y tú pronto
abriste la ventana...


CUANDO TODO SE ACABE

Conservaré tan sólo
un recuerdo asomado
a mi mirada.
Sonreiré cuando en mi mente
me busquen tus ojos
de nuevo.

Conservaré tan sólo
tus huellas rotuladas
en mi piel.
Sonreiré cuando mi cuerpo
se abrace a sí mismo
recordando.


OLVIDO

Quise olvidar
el tacto de tus ojos
y sólo se borró
el color de tu mirada.


ESTOY CURADO

Después de conocerte
y de perderte,
quedó mi voluntad
despedazada
por tu ausencia.

Pero hoy he cosido
el desgarro,
a fuerza de pensar que fue
sólo un minuto de pasión.

Y estoy curado.

Creo...

viernes, 23 de abril de 2010

Un pensamiento/verso de Lope de Vega

Hola, corazones.

Hoy es un día grande. Nadie me va a regalar ni libros ni rosas, y no es que nadie me quiera, sino que esta bonita costumbre no es demasiado practicada en mi entorno, aunque conozco gente que sí lo hace. En cualquier caso, todo homenaje, toda promoción, todo empuje a favor del libro me parece no bien, sino fantástico, maravilloso, genial. Siempre felicito a la gente que compra el periódico en el kiosco porque los periodistas también comemos. Mucho más felicitaré a quienes compran, leen, regalan o recomiendan libros, porque los editores, los autores, los ilustradores, los maquetadores, los correctores, los impresores, los montadores, etc., también comemos.
Lógicamente, hoy va de libros. Feliz día del libro a todos. ¡Y quiero mi libro y mi rosa, jopetas!

«Es cualquier libro discreto
(que si cansa, de hablar deja)
un amigo que aconseja
y que reprende en secreto» (Lope de Vega).

Todos tenemos uno o varios libros de los que podemos afirmar, con don Félix, que son o han sido amigos nuestros, que nos han aconsejado e incluso reprendido, pero siempre a solas, en la intimidad de la conversación de tú a tú que normalmente establecemos con los libros (no soy muy dado a las lecturas públicas, la verdad, aparte de las de los domingos...).

Durante muchos años, por ejemplo, ha acompañado mi existencia, mis viajes, mis movimientos (mis desplazamientos y las mociones de mi alma) una inspirada obra que, editada en formato mini por la editorial Aguilar, cabía en un bolsillo del pantalón vaquero. Muy práctico. Agradecido quedo, siempre lo estaré, a la Plenitud de Amado Nervo, que me ha enseñado tanto, que me ha aconsejado tanto, que me ha reprendido tanto, y del que aún tanto espero aprender.

Agradecido estoy también, cómo no estarlo, a don Antoine, a su intimísimo amigo Principito, cuyas máximas presiden desde hace tiempo mi perfil en messenger, para recordarme, siempre, que lo esencial es invisible a los ojos, para enseñarme a mirar de otra manera.

No quiero extenderme en hacer un homenaje-repaso a los libros de mi existencia, pero sí debo mencionar otro, o mejor, todo un género. He aprendido mucho, pero mucho, leyendo los dramas de la mujer llevados al papel por Federico García Lorca (no sé si los disfrutaría tanto viéndolos representados por la sempiterna Espert como los disfruto posando los ojos sobre sus páginas). Pero de todos ellos me quedo con el menos dramático, el más lírico, el más especial (cada uno podrá pensar lo que le parezca, claro): Doña Rosita la soltera.

No sigo, ya que esto de revelar los libros de tu vida es como desnudarse en público, revelar (a quien sabe leer en el papel y en el alma) secretos y anhelos. Pero no vaya nadie a creer que con esto me ha descubierto: estos tres libros que he citado son sólo tres, grandísimos, pero sólo una porción, de los amigos asesores y reprensores que he tenido en mi vida de los que don Félix habla en su acertada frase-cita en verso de hoy.

Os deseo a todos un excelso día del libro.

jueves, 22 de abril de 2010

Milmort

Milmort I. Crónicas de Mort es la primera entrega de una novela en dos partes del escritor Santiago García-Clairac. Ayer, 21 de abril, se presentó el libro en la FNAC de Callao. Poco a poco, la editorial San Pablo va abriéndose camino en lugares y medios antes nunca hollados: primero fue la SGAE, ahora la FNAC; hace no mucho salimos en la versión on-line del Hola, y ayer mismo hablaron de otro libro de San Pablo (¡y citando la editorial!) en la Cadena SER. Pido perdón por el inciso de orgullo corporativo y vuelvo a empezar:

Milmort I. Crónicas de Mort, la primera entrega de una novela en dos partes del escritor Santiago García-Clairac, se presentó ayer, 21 de abril, con la presencia en la mesa de mi jefe, Pedro Miguel García, de la actriz Cristina Alcázar, del jovencísimo escritor Javier Ruescas (tiene ¡23 años!; me pregunto cuántos años tenía yo cuando publiqué el único poema que he publicado y prefiero cerrar los ojos y no contestarme a la pregunta) y de Sara Moreno, que es la presidenta del Consejo General del Libro Infantil y Juvenil. Y del autor, claro. Por allí, además, había otros escritores, como Montserrat del Amo o Heinz Delam, del que acaba de salir, a la vez que Milmort y en la misma colección, una impresionante novela titulada Las puertas de Ácronos, que mezcla con acierto cosas tan variopintas como la física cuántica, el amor, la aviónica, el tiempo o los viajes. Os la recomiendo. También había ilustradores, libreros especializados (Kirikú y la Bruja), aprendices de escritores y algún que otro personaje friki (¿cómo se escribe friki, frikie o friky?).

No he leído Milmort (sí Las puertas de Ácronos), porque ya no abarco todo lo que publicamos. Pero por todo lo que escuché ayer, empieza a apetecerme mucho su lectura. Porque no es sólo una novela fantástica de caballeros, ambientada en la Edad media, con sus dragones, su historia de amor, sus sociedades secretas, sus batallas… (que sería suficiente para mucha gente). Al parecer, puede ser leído hasta como un tratado de Ética, o como una obra shakespeariana, o como un diario juvenil, o… En fin, que por encima de esa calavera de la portada, que me ha permitido disfrazarme de «Caballero Milmort» (ver la foto), hay una novela muy buena, muy bien escrita (y muy bien editada).

Y además su autor es un tipo simpático, divertido, amable, atento, muy listo. Según hablas con él, mejor, según le escuchas, estás esperando que tras él asome una cría de dragón a la que cuida como mascota mientras escribe historias de caballeros y hace hechizos buenos para que los chicos y chicas que leen sus historias se conviertan en caballeros y princesas, en héroes y heroínas de cuento hecho realidad.

He oído decir muchas veces que los amos se acaban pareciendo a sus mascotas, concretamente a sus perros. No sé si vale para los autores y sus obras, pero en este caso, hay un poco de misterioso mago medieval en Santiago García-Clairac y un poco de explorador británico de cómic en Heinz Delam. De alguna manera, ambos se parecen a sus novelas. Y sus novelas son buenas. De eso estoy seguro.

Más información sobre la presentación en el siguiente enlace:

http://blogs.periodistadigital.com/sanpablo.php/2010/04/22/lmilmortr-es-la-historia-de-un-joven-que



¿Un caballero Milmort?

viernes, 16 de abril de 2010

Un pensamiento de José María Cabodevilla

Hola, corazones.

Todas las mañanas leo en el periódico mi horóscopo, no tanto por creencia o superstición como por curiosidad. Algún día (pocos) me sorprende con alguna afirmación contundente, como la de hoy: «Posibles problemas provocados por algún artefacto casero. Tendrá que plantearse la necesidad de cambios y si merece la pena continuar». Inmediatamente he pensado: «¡Dios mío, la lavadora!, como se me estropee, aviado estoy». Y en esas estaba cuando he llegado a la oficina, he apretado el botón de encendido del ordenador y mi vida ha comenzado a sufrir uno tras otro innumerables cambios: han desaparecido todos los iconos de mi escritorio, incluida la foto que preside mi pantalla, un bellísimo retrato de santa Audrey Hepburn en Historia de una monja, que ha sido infamemente sustituida por un vomitivo paisaje repleto de hierba verde salpicada de florecitas amarillas, con un aplastantemente cursi cielo azul repleto de insolentes nubecitas blancas. Los accesos a los programas han cambiado, han desaparecido todas las carpetas de información, tanto personal como laboral, e incluso mi archivo de pocoyos (tenía pocoyizado al coro y a media empresa, "gorgona" incluida) se ha volatilizado en la cibernada.

Es como si mi ordenador me hubiera olvidado. Y antes de cabrearme definitivamente (puñetazos sobre la mesa y gritos desaforados a la pantalla en la inmensidad de un departamento aún vacío de personal ya los he dado), creo que mejor será echarle un poco de filosofía a la vida:

«El olvido no es lo contrario de la memoria, sino uno de sus elementos. Forma parte de ella lo mismo que los espacios libres forman parte de la disposición arquitectónica, lo mismo que los silencios forman parte del habla» (José María Cabodevilla).

¡Cuánta razón, padre José María, veo en sus doctas palabras! El olvido, elemento de la memoria. Nunca había pensado en el olvido como el vano de un arco, el silencio en el habla, el hueco en un vagón de metro o un espacio interdental.

Para que quepan en mi memoria los nombres de las personas que voy conociendo en la vida, han de ir saliendo de ella, por ejemplo, nombres, apellidos, fechas de cumpleaños y números de teléfono de personas a las que hace ya más de veinte o veinticinco años que no trato. Para poder recordar lo importante, almacenamos lo accesorio en álbumes, diarios, cuadernos, cajas, armarios, altillos, alacenas, sótanos, buhardillas, etc., y nos deshacemos de lo superfluo. Pero reclamo mi derecho a ser yo quien decide sobre mis recuerdos y mis olvidos, sobre mis prioridades. No quiero que nadie entre en mi casa, en mi vida, a tirar lo que considera que debo olvidar y a clavar en la pared lo que debo recordar, para que lo vea todas las mañanas frente a la puerta del dormitorio.

Para que quepa en el ordenador todo lo que va a venir, Microsoft ha reconfigurado mi escritorio, comportándose, de alguna manera, como un redecorador de vidas de Ikea. La diferencia es que yo no he incorporado a nadie a mi vida (al menos hasta el punto de vaciar quince de los treinta metros cuadrados de mi casa para rellenarlos de nuevo), y nadie de Ikea se ha metido a montar muebles en mi recibidor, pero algún cibercastor ha estado royendo las entrañas de mi sistema de información.

Olvidaré que ha pasado, pues tengo que seguir trabajando.

viernes, 9 de abril de 2010

Un pensamiento de August von Kotzebue

Hola, corazones.

Tras dos semanas incompletas y una (esta que laboralmente concluye hoy) extenuante, ando como entre nubes de sueño y sólo los mensajes de mi espalda, que me recuerdan invariablemente la cada vez más imperiosa necesidad de acudir a un fisioterapeuta, me mantienen en la verticalidad o, mejor, e pie.

Escojo hoy una frase rara, pero no estoy de humor para disquisiciones normales o raciocinios evidentes por lógicos. Es de un dramaturgo alemán (August von Kotzebue) de quien no sabía absolutamente nada hasta que he buscado en los últimos envíos de Proverbia.net una frase-cita que me guiñara el ojo para traerla a este estrado.

«Cada persona forja su propia grandeza. Los enanos permanecerán enanos aunque se suban a los Alpes» (August von Kotzebue).

Comencemos con la frase-cita como si estuviéramos leyendo el periódico: primero, la programación de televisión (es decir, el final), luego, los chistes y viñetas (en periódicos de diseño clásico, más bien al principio), luego, los deportes (en mi caso eso es algo tan fugaz que nadie diría que mis ojos o mis manos hayan tocado esas páginas llenas de tatuados y otros estrambotes), y los cotilleos (ahí sí me paro algo más), para acabar en las noticias propiamente dichas y en las columnas de opinión de nuestros pensadores favoritos (es decir, este comentario, jejé).

El final habla de subir a los Alpes. Algo que puede ser maravilloso, una tarea ardua pero interesante, que habla de esfuerzo personal, de descubrimiento de nuevas capacidades de la persona, de solidaridad (es mucho más jorobado subir solo), de descubrimiento de la belleza, de disfrute de la naturaleza. Pero también de que todo esto que estamos diciendo sólo lo descubre, sólo lo disfruta, sólo le aprovecha a quien puede, quiere o sabe. ¿Por qué digo esto con tanta rotundidad? Porque a «subir a los Alpes» le precede un significativo «aunque». Subir a los Alpes representa muchas cosas positivas, ciertamente, pero ese «aunque» acota, limita y supedita la percepción de lo positivo a una condición previa.

El principio nos dice que «cada persona forja su propia grandeza». Si los chistes hacen una lectura de la verdad desde la perspectiva del humor, con lo cual deforman, modifican, limitan esa realidad a conveniencia para provocar la risa a la vez que la reflexión, la frase-cita parece que no lo hace, pero sí. Yo diría que no estoy de acuerdo, ya que la grandeza de la persona, su auténtica grandeza, radica en su ser persona, que es algo que le viene dado, que no depende de lo que cada uno haga. Pero, claro, a continuación podemos pensar en que nuestros actos hacen que nuestro derredor nos perciba como grandes o pequeños (mezquinos o generosos, malintencionados o benevolentes, acidulados o dulces, ríspides o aserenados, y suma y sigue). Y podemos quedarnos en esto, sin hacer la tercera lectura, que es la del humor: nadie puede forjarse a sí mismo más grande de lo que es: una escultura no puede esculpirse a sí misma, pero, aunque pudiera, nunca lograría tallarse más grande de la propia piedra que está trabajando.

Vamos a la parte central de la frase: «Los enanos permanecerían enanos». ¿Estamos, según esto, constreñidos a una realidad inmutable, a un destino que nos obliga a permanecer enanos por más que hagamos? Eso parece decir nuestro germánico dramaturgo: tú te forjas a ti mismo, pero si eres enano, seguirás siendo enano por mucho que hagas. La frase se convierte, pues, en el cuerpo del periódico: una sucesión de jarros de agua fría, que nos hablan de que los políticos siempre serán políticos, de que los corruptos siempre serán corruptos, de que los descerebrados siempre serán descerebrados, de que los ocurrentes siempre dirán chorradas, y suma y sigue.

Llegamos a la opinión, y concluimos la lectura del periódico. Esto que dice el dramaturgo alemán, ¿es verdad? Leamos a nuestro columnista favorito: No, no es verdad. Aunque parece que Kotzebue dice eso, hay algo más en su frase: Tu grandeza está en tu interior, no tanto en tus actos. Y es tu interior lo que debes forjar. Forja que se hace, no sólo, pero sobre todo, en contacto con los demás. Y es ahí donde, independientemente del tamaño de piedra que tenga tu aspecto, puedes haber esculpido un Miguel Ángel, un Rodin o un canto rodado. No es el hacer (el subir a los Alpes), sino el ser, lo que importa, lo que determina nuestra auténtica y verdadera grandeza. Y el ser hay que forjarlo, tallarlo, esculpirlo, modelarlo, formarlo. Dediquemos a eso nuestro afán.

Seamos Davides o Piedades de Miguel Ángel, Besos o Pensadores de Rodin, Venus griegas...