viernes, 21 de noviembre de 2014

Un pensamiento de Benedicto XVI


El pasado miércoles se me ocurrió ir a visitar a una amiga, pues sabía perfectamente dónde la iba a encontrar, para irme con ella después de tiendas. Después de un rato mirando otras cosas, decidimos orientar nuestra búsqueda a los adornos navideños. Tanto ella como yo somos de llenar la casa, o al menos algún rincón, de cositas con sabor navideño, y preparamos una corona, engalanamos árboles, ponemos belenes y misterios, arreglamos especialmente la mesa de Nochebuena, decoramos puertas… Creamos ambiente exterior para facilitar la celebración, en definitiva.

Ambos buscábamos lo mismo, o al menos cosas parecidas: motivos típicos de la Navidad, del anuncio festivo del nacimiento de Dios: ángeles, campanas, estrellas… Y colores vivos, alegres, luminosos, festivos: rojo, plateado, dorado… Tomo prestadas sus palabras para describir la decepción que nos llevamos al ver que, en vez de ángeles, había «1.500 clases de renos, de peluche, plástico, cristal, metal, madera, fieltro; 800 de muñecos de nieve, mismos materiales, variedad de tamaños; 60 de pingüinos (están empezando, no se ilusionen)… balancines de caballito, 2 millones de papás Noel; un biplano cargado de paquetes, corazones; amorcillos eróticos, portadores de corazones, que algún ilustrado confundió con los ángeles; soldaditos, ayudantes de Santa Claus, en femenino y masculino; ¡¡¡hadas!!!, bastones de caramelo… ¿Y las bolas de siempre? Pues un surtido más que respetable de adornos de carroza funeraria dieciochesca en los alegres colores de la navidad: negro, marrón, oxido, gris. Eso sí en cristal. Cambio de tienda y… cerdas rosas con tutú, vacas con alas, ranas eufóricas y… en fin de lobotomía cultural total».

Vale que hay tradiciones culturales diferentes, vale que no todo el mundo tiene las mismas creencias, pero… ¿tiene sentido hacer desaparecer lo normal, lo sencillo, lo tradicional, y dejar solo lo estrambótico, lo ajeno, lo exótico, lo estrafalario…?

Si aún no ha empezado el Adviento, tiempo previo a la Navidad, que tiene su ritmo, su vivencia, su espíritu… Y también sus adornos propios: la corona, el calendario… Si aún no ha empezado el Adviento y ya estamos, y me incluyo, preparando la Navidad. Anda, pues eso también es el Adviento. Y lo hacemos buscando cosas alegres. Porque alegre es la Navidad. O al menos debemos hacer que lo sea, cuando la tristeza nos invada, como el frío, en forma de recuerdos o de ausencias…

Adornos, alegría, luces, colores… Vuelvo la mirada a los sabios y santos padres, que nos orientan:

«Para alegrarnos, no sólo necesitamos cosas, sino también amor y verdad: necesitamos al Dios cercano que calienta nuestro corazón y responde a nuestros anhelos más profundos» (Benedicto XVI).

No sólo necesitamos cosas. Que también. Necesitamos adornos que den un toque festivo, diferente, al hogar, a la mesa, al entorno, a la ciudad. Necesitamos músicas que impriman un toque festivo en el aire, en ese aire frío del invierno, en ese aire frío de los hogares rotos, de los hogares en los que vibra la ausencia, la pérdida, o incluso el rencor… Necesitamos cosas para alegrarnos. Pero bien nos dice el Papa Benedicto que eso no basta. Que si nos quedamos en esa alegría que nos dan las cosas, no vamos a vivir ninguna alegría. Menos aún cuando la alegría la proporcionan no un ángel que proclama una buena nueva, ni una campana que tañe en lo alto, ni una estrella que ilumina la noche con una luz esplendente, sino una vaca con alas y tutú, una cabeza de reno con sonrisa bobalicona o un biplano azul cargado de paquetes…

Que la alegría no está en las cosas, sino en lo que las cosas evocan, en lo que las cosas, con su presencia, con su significado, con su alegoría, nos señalan: por eso yo necesito el ángel, la estrella, la campana… Porque ellos, de algún modo, me están permitiendo recordar el verdadero sentido de una alegría que entonces sí, es natural, auténtica y no impuesta por las fechas o por la costumbre: que Dios calienta nuestro corazón y responde a nuestros anhelos más profundos.

Así sea (es que hoy me ha quedado de un homilético…).

viernes, 14 de noviembre de 2014

Un pensamiento de Carlos Fuentes



Buenos días

Rara sensación esta de tener dos fines de semana consecutivos de tres días: los festivos de Madrid y los días sueltos de vacaciones han conseguido este mágico efecto. No voy a hablar del ocio, porque la vacación no siempre es ocio, en el sentido de entretenimiento, sino ocupación en otros quehaceres, diferentes, no laborales pero sí importantes y necesarios. Hoy quiero hablar de sentimientos.

Peo antes…

Esta no es la frase-cita que quiero comentar, pero no puedo reprimir proponerla para reflexión, debate o comentario, porque al leerla me surgió una pregunta que todavía no estoy seguro de cómo debo contestarme. La frase, de William Blake, dice: “El que se alimenta de deseos reprimidos finalmente se pudre”. Y mi pregunta es: ¿Significa esto que debemos seguir siempre a nuestros deseos, alimentarnos de deseos satisfechos? ¿No es eso un poco de “animalito”? ¿A qué debo llamar “deseo reprimido”? ¿Qué quiere decir “alimentarse de deseos reprimidos”? Vale, es más de una pregunta. Tendré que darle unas vueltas y volver sobre ello, porque el tema me preocupa (el deseo, la podredumbre…) y quiero intentar comprender las motivaciones de Güili Bléik

Vamos ahora con la frase-cita elegida, que me llamó desde que la vi en Proverbia.net para que la comentara:

“Hay cosas que sentimos en la piel, otras que vemos con los ojos, otras que nomás nos laten en el corazón” (Carlos Fuentes).

De sentimientos hablamos. Y lo hacemos con un pensamiento de don Carlos que no es valorativo, sino meramente aseverativo, y que lo hace con esa propiedad y esa peculiaridad del español de México, ese lindo nomás, que tanto dice en tan poco espacio.

No voy, pues a discutir o dialogar con la frase, solo a poner algunos ejemplos, sucedidos reales de los últimos días, que prueban (al menos a mí) que los sentimientos son importantes, necesarios, vitales, y que nos acompañan, lo queramos o no, lo creamos o no, en todos los momentos.

Cuando una amiga, apenas un par de horas después de dar a luz a su hijo, te comunica ella misma la noticia, y te enseña una foto de su precioso hijo recién venido al mundo, ¿se dispara el vello, quizá? Un poco. ¿se emocionan los ojos? Mucho. ¿Late el corazón de diferente modo? Mucho. Más si cabe cuando el mismo día en que nació el muchacho es el día en que nació, tiempo atrás, alguien muy querido paa ti a quien hace años que has perdido. Siempre he creído que existe algún tipo de conexión entre las personas que han nacido el mismo día. ¿Por qué, si no, mi devoción a san Damián de Molokai? Me voy…

Una buena amiga se va de viaje a visitar a su hermana, residente en otro país desde hace pocos meses. Es un viaje de vacaciones, familiar, turístico. Y mucho más: ella siempre tiene hueco para compartir con el que lo necesita, para ayudar al que sufre, para humanizar lo que está deshumanizado, para poner una sonrisa allí donde nada parece querer sonreír. Con una sola foto publicada en su muro de facebook, con un par de frases, esta amiga ha despertado en mí, y estoy seguro de que en todos los que nos hemos detenido a leerla, un acúmulo de sentimientos agolpados: fe, solidaridad, compasión, fraternidad… también indignación, despesperación, dolor… Y seguro que ha despertado, o avivado, deseos y compromisos, actitudes y acciones. Late el corazón.

Un grupo de personas dormita al sol en el mismo espacio de arena, año tras año, durante generaciones. Solo se ven y se hablan casi en ese espacio físico, limitado por las toallas y sombrillas aledañas y expuesto a las variaciones climáticas. Pero de repente uno de ellos, miembro casi fundador del clan, fallece. Podías no haberte enterado, pero te llaman y te convocan a un funeral. Y acudes. ¿Se dispara el vello? Siempre que acudo a un funeral, siempre que me planteo el paso de los que pasan y la inquieta quietud de los que quedan, se me eriza un poco el vello. ¿Se emocionan los ojos? De muchas maneras: por ver a los que se quedan, por ver al resto del clan en una circunstancia tan difícil y tan diferente de la habitual… Incluso por la dificultad de reconocerles en otro ambiente, con otro tono en la piel y con otra vestimenta… ¿Late el corazón de distinto modo? Claro. La constatación de que perteneces a un clan te hace sentir diferente. Y la constatación de que ese clan es más de lo que parece, que detrás de esa agrupación de personas dormitando al sol en bañador a orillas del mar hay un cariño que ha emergido lentamente, cocido al calor estival en el bullir de las olas…

No voy a seguir. Acabo diciendo que tenemos que hacer más caso a nuestra piel, a nuestros ojos y a nuestro corazón. Ellos están dispuestos, deseosos incluso, para recibir los estímulos necesarios que despierten en nosotros los sentimientos, el amor, la solidaridad, la fraternidad… Depende de nosotros permitir que nuestra piel no sea costra ni nuestro vello hilo de acero, que nuestros ojos no sean solo lentes binoculares, que nuestro corazón sea algo más que el motor que moviliza nuestro automóvil corpóreo. En definitiva, depende de nosotros que nuestra alma se asome bajo nuestra piel, a nuestros ojos, desde nuestro corazón.