viernes, 27 de abril de 2012

Un pensamiento de Gregorio Marañón

Hola, corazones.

Uno de mis personajes favoritos de los dibujos animados ha sido siempre Gorm, un simpático y alegre guerrero vikingo de la serie de dibujos animados Vickie el Vikingo, ese creativo e imaginativo niño que necesitaba rascarse la nariz metódicamente para discurrir la solución a todos los males, muchos de los cuales procedían de los errores de su padre, el jefe Halvar de Flake (mi gran tocayo). Me he acordado hoy de él, pero no (aunque también) porque acaben de solucionarse todos los errores provocados por mi parte Halvar gracias a la inteligente intervención de mi parte Vickie. El simpático Gorm tenía dos frases. Una decía «Estoy entusiasma-do» cada poco; la otra la repetía incansable cada vez que tropezaba y caía al suelo (varias veces en cada capítulo): «¡Qué caída más ton-ta». Pero a continuación se levantaba y seguía corriendo hacia delante, fijos los ojos en su objetivo. Eso es lo que me ha gustado siempre de él.

¿Qué tendrá todo esto que ver con la frase-cita que he seleccionado para hoy, que procede de la excelsa Agenda San Pablo 2012 (ya en preparación la de 2013)? Probablemente nada, salvo, quizá, la casualidad de que la frase-cita y Gorm comparten el gusto por la palabra «entusiasmo». Véase:

«La capacidad de entusiasmo es signo de salud espiritual» (Gregorio Marañón).

¡Qué pocas veces vemos entusiasmo a nuestro alrededor! ¡Qué pocas veces compartimos el entusiasmo, la alegría! ¡Qué pocas veces hacemos nuestro el entusiasmo de los demás, qué pocas veces nos sentimos motivados a interesarnos por aquello que es capaz de llevar al entusiasmo a los otros! Incluso a aquellos a quienes queremos. Funcionamos mucho más con un ligero desapego, despectivo a veces, meramente desinteresado otras. Miramos para otro lado, percibimos la exteriorización del entusiasmo de los demás como exageraciones, salidas de todo, comeduras de tarro, obsesiones…

Y sin embargo, el doctor Marañón, que sabía de cuerpos y de psiques, de mentes y de almas, de cerebros y de corazones, porque sabía de personas, viene a decirnos que precisamente el entusiasmo es signo de salud espiritual. Que la capacidad de entusiasmarse, de exaltarse fogosamente y de excitarse ante algo admirable o cautivador, de adherirse fervorosamente a una causa o a un empeño, es signo de salud espiritual.

Estoy de acuerdo con él, pero tengo que añadir un matiz. Entusiasmo es adhesión fogosa, interés fervoros del ánimo por algo, pero no frenesí. Comprendo a quien se entusiasma viendo un espectáculo público, por ejemplo, quien se adhiere a un grupo, pero no a quien lleva su adhesión tan lejos que pierde el horizonte y hasta la noción de lo que lo rodea. Si don Gregorio hubiera visto ciertos espectáculos deportivos, me atrevería a decir que estaría de acuerdo conmigo.

No obstante, y habiendo dicho don Gregorio lo que dice, voy a tener que ir al sanador espiritual para hacerme mirar mi aversión al fanatismo (bueno, al entusiasmo) futbolero.

Y en cualquier caso, ya nos vale de poner caras y amargarnos por tonterías como esa. Si nos diéramos cuenta de qué es realmente lo importante y cuán tonta es la cosa de la que nos quejamos, más capacidad de entusiasmo, y por ende más salud espiritual tendríamos a nuestro favor.

viernes, 20 de abril de 2012

Un pensamiento de John Churton Collins

Hola, corazones.

Después de los acontecimientos de la semana pasada, podría haberme felicitado a mí mismo con la ayuda de Paul McCartney diciéndome que «En la vida real, el que no se rinde es un valiente». Pero no es mi estilo felicitarme sin darme a continuación un buen collejón por detrás para no quedarme demasiado tiempo enmimismado como un narcisista atolondrado. También podría haberme apuntado al carro de Nietzsche y decir que, puesto que «la felicidad quiere eternidad», desearía que los momentos de magia que he disfrutado esta semana se dilataran a perpetuidad. Pero tampoco es este mi estilo, pues habría estado demasiado tiempo sonriendo como un fumeta jijijajajero y creo sinceramente que el estado de felicidad se saborea más precisamente gracias al contraste.

Y como en realidad tengo ganas de dedicarme también hoy la frase-cita (qué raro, si nunca se dice a sí mismo las cosas), en lugar de comentar las dos que acabo de mencionar y que aparecen en la excelsa Agenda San Pablo 2012 (ya en preparación la de 2013), he mirado los envíos de Proverbia.net correspondientes a esta semana hasta dar con esta joya de las sonoras bofetadas verbales dirigidas a mi humilde persona:

«Sacar provecho de un buen consejo exige más sabiduría que darlo» (John Churton Collins).

El tal John Churton Collins, de cuya existencia no tenía el honor hasta el momento en que he reparado en su frase-cita, es al parecer un crítico literario inglés de finales del siglo XIX y los primerísimos años del XX. Circula por ahí la convicción de que los críticos literarios son literatos frustrados o literatos venidos a menos. No seré yo quien se una a semejante desprecio, pues me parece una difícil forma de ganarse la vida leer lo que a uno le encargan, le guste o no, le apetezca o no, y escribir acerca de ello un comentario, positivo o negativo, pero redactado en cualquier caso con ciertas dosis de brillantez y de veracidad.

Pero yo no he venido aquí a hablar de crítica literaria, sino de mi libro. Un libro que da consejos, recomendaciones directas, casi órdenes. Ninguno empieza diciendo: «Lo que tienes que hacer es…», expresión que saben hasta los gatos que me enciende como al Krakatoa. Pero son consejos. Muchos consejos. Doscientos setenta y ocho consejos. Que van recopilados bajo un título común: Momentos de sabiduría, porque al parecer son consejos para ayudar a tomarse la vida de una manera más pausada, más plena, más consciente.

Y claro, llega don John Churton Collins y dice que la sabiduría de dar el consejo no está en el consejo dado, sino en el cómo se recibe dicho consejo. ¡Claro! De todo mi libro, y de eso estoy convencidísimo, lo más pequeño (y el libro es una enanez de ocho por once centímetros y medio), lo menos valioso (y el libro no llega a tres euros), lo menos importante (y el libro es tan poca cosa que ha quedado «fuera de colección» y ni para coleccionistas) es precisamente su autor. Como aquel que recomendaba algo así como que no hiciéramos caso de lo que hacía, sino de lo que decía. Y ciertamente, aunque la mujer del césar también tiene que parecerlo y guardar las formas, uno no está exento de tropezar, equivocarse o errar contradiciendo su propia voz e incluso su propia conciencia. Vamos, que más importante que el autor de mi libro es el contenido de mi libro. Pero lo más importante, y eso también lo creo, es quien lo lee. Porque lo hace con cariño hacia el autor (los primeros compradores de un libro suelen ser amigos y familiares) o porque piensan sinceramente que lo que van a leer tiene interés y les puede servir. Y si además quien lo lee porque piensa que lo que lee tiene interés es capaz de extraer la micra de sabiduría que tiene, y de ponerla en práctica, y de repente comienza a sonreír más (consejo número uno, que tengo que practicar mucho más), pues miel sobre hojuelas y felices pascuas.

Así pues, no tengo más que estar de acuerdo con don John Churton Collins en lo que dice. Y eso que me da la sensación de que lo dice con otra intención, así como criticando veladamente a quienes se autoproclaman gurús de nada y sabihondos de menos y se arrogan la potestad de decirle a todo el mundo lo que tienen que hacer. Pero es que si desvestimos de maldad, de intención atacante a su frase-cita, tenemos que lo que dice es verdad. Porque por muy sabio que sea el consejero, por mucha sabiduría que encierre en sí mismo el arca del consejito, la mayor sabiduría está en saber, precisamente, encontrarla, extraerla y asumirla como propia. Y eso, queridos, sólo lo saben hacer los buenos lectores. Los que tiene mi libro.

viernes, 13 de abril de 2012

Un pensamiento de Victor Hugo

Hola, corazones.


Decía mi horóscopo ayer mismo que «resulta muy difícil dar las atribuciones de esta influencia, porque se producen deformaciones que exageran su significado y desvirtúan el pronóstico real». Una bonita forma de decir que no tienen ni idea de qué decir. Casi como me pasa a mí mismo: no tengo ni idea de qué decir. No porque me haya quedado en blanco, no, sino porque estoy en uno de esos momentos mágicos y misteriosos, luminosos y opacos, en los que imperan la incertidumbre y el vértigo. Poco a poco aclararé conceptos, ideas, situaciones, circunstancias… Pero ahora mismo, desde luego, estoy que no me hallo y no sé por dónde me viene el aire, y vivo como la Santa pero sin santidad aparte de la que me proporciona el apellido.


Vamos con la frase-cita, cuyo comentario ha de ser hoy brevísimo, pues esta mañana mi despertador ha decidido declararse en huelga de sonido.


«El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad» (Victor Hugo).


Frase-cita buscada, porque hoy necesito decirme a mí mismo esto que dice don Víctor. Cuando en la vida se te presenta un cambio, se te abre una perspectiva de futuro diferente, se te presenta una oportunidad, te hacen una propuesta que modifica tus circunstancias actuales –las pequeñas cosas y las grandes–, uno puede experimentar en su interior, como yo he sentido estos días, las tres sensaciones de las que habla nuestro autor.


Uno puede pensar que no puede con lo que le han propuesto, que no es la persona indicada, que sus capacitaciones no cubrirán correctamente las expectativas. Surge entonces la tentación de la negativa, o, dicho finamente, de un reconocimiento prematuro de que la propuesta de futuro es inalcanzable. Digo prematuro porque es un reconocimiento hecho casi siempre sin una sólida reflexión que lo acompañe.


Se puede pensar, también, que ese futuro propuesto tiene demasiados lados oscuros, demasiadas incertidumbres, demasiadas cavernas llenas de secretos fantasmas, y que mejor es quedarse, Virgencita, «como estoy», en mi minifundio subreprotegido de vallas para que no entren los fantasmas ni las lanzas de los malos. Autoproclamando y disfrazando el miedo de prudencia flaco favor nos hacemos.


Por último, podemos afrontar la propuesta de futuro como una oportunidad. O como varias. Para deshacerte de todo lo que al final se ha convertido en una rémora en tu existencia; para hacer limpieza en tus armarios y estanterías (físicas y anímicas), volver a poner orden y reorganizar de nuevo tus prioridades; para desarrollarte, crecer, aprender. También, claro, para tropezar, caer, equivocarte… No soy excesivamente amante de los refranes, aunque tampoco los desestimo de antemano, pero hay uno que digo mucho, porque es casi comprobable empíricamente: «El que tropieza y no cae, avanza dos veces».


Así pues, vistas las cosas de la mano de don Víctor, debo afrontar el futuro, la propuesta de cambio que me ha sido hecha (y que ya he aceptado) más como una oportunidad que como una dificultad, más como una ventaja que como un escollo, más como un paso al frente que como una involución.


¡Adelante, mis muchachos!


miércoles, 11 de abril de 2012

¡Ya está aquí mi hijito!

¡Ya está aquí! He venido anunciándolo más o menos (más bien menos) veladamente, pero por fin ha llegado. No puedo evitar mi satisfacción y mi alegría, mi orgullo y mi puntito de vergüenza por la osadía de meterme en semejante berenjenal. ¿Por qué digo esto? Por que Momentos de sabiduría, que así se llama mi chiquitín, es un libro de autoayuda, mejor dicho, de consejos de autoayuda. Surgen, pues, varias preguntas. ¿No soy yo quien se ha reído muchas veces de la autoayuda como género, no soy yo aquel a quien los consejos e historias de autoayuda le parecen enormes y valientes cursiladas y lugares comunes? Sí, soy yo. Y –sigo preguntando– ¿quién soy yo para dar lecciones y consejos a nadie? Consejos vendo y para mí no tengo, podrían decirme. ¿No soy yo quien se rebela airado cuando le dicen cualquier cosa que empiece con un «lo que tienes que hacer es...»? Sí, soy yo. Es decir, que sigo sin saber quién soy yo para andar dando consejos a nadie. Esto me hace sentirme humilde, avergonzado, abochornado casi, como pidiendo disculpas por meterme en terreno poco pertrechado para adentrarme en sus oscuros vericuetos.



¿Poco? Bueno, veamos, tampoco es que no conozca el terreno. Llevo muchos años leyendo, por motivos de trabajo, libros de género más o menos relacionado con la autoayuda. Incluso remontándome a mi infancia y mi adolescencia, dos de mis libros fetiche son o pueden ser relacionados con este género, uno desde el ámbito de la ficción (El Principito), otro desde el espacio literario del pensamiento moral positivo (Plenitud). También son muchas las Agendas que he preparado, por lo que he tenido que buscar por año (y adjudicárselas a cada día) 365 frases y pensamientos de contenido amable, positivo, enriquecedor. No es que esté convencido de que esto me dé carta blanca para lanzarme al mundo de la autoayuda, pero desde luego disipa dudas acerca de una posible carencia de idoneidad. En cualquier caso, a mí me sigue gustando más llamarlo «pensamiento moral positivo».



Otra cosa más. ¿No es, de alguna manera, cualquier texto un texto de autoayuda? Vale, el enunciado de un problema de astrofísica puede que no. Pero, ¿no puede ser leído como autoayuda casi cualquier historia, cualquier texto de la historia de la literatura? ¿No es cierto que la autoayuda pretende abrirnos la capacidad de extraer lecciones de lo que leemos, lecciones que nos ayuden a entender y desarrollar nuestra propia existencia. Así podemos leer a Tagore, a Saint-Exupery, a Samaniego, a Pascal, a Cervantes o a Shakespeare, pero también a Sartre, por ejemplo. Así hemos leído, leemos y escuchamos e interpretamos la Biblia o el Tao Te King, así entendemos la lectura de filósofos, novelistas, poetas, ensayistas y dramaturgos. ¿Qué es El Conde Lucanor sino una colección –tendré que volver a probar con él, aunque mi recuerdo de infancia es de un aburrimiento atroz– de consejos e historias para aprender a vivir?



Mayor osadía que poner mi libro en el mismo estante que todos los libros que he mencionado, incluir mi nombre en el catálogo de autores que he mencionado, no cabe. De ninguna manera. Por eso el chiquitín que he tenido (después de tener un libro, ya sólo me queda escribir un árbol y plantar un hijo), mis Momentos de sabiduría, son tan poquita cosa que no abultan nada de tamaño, tienen un precio irrisorio y un autor más pequeño e insignificante que cualquiera de los pensamientos y consejos que vienen en las páginas del libro. Realmente lo único grande que va a tener este libro son sus lectores, mucho más grandes e importantes que cualquier palabra, y desde luego mucho más grandes e importantes que el que las ha escrito y ordenado para que puedan ser leídas.



Hay, además, mucha gente detrás, que me ha pedido y encargado el libro desde la Editorial, que me ha leído, corregido, asesorado, ayudado, inspirado, animado –y también quien ha reído conmigo–, hasta presentar el producto final, así, tan mono, lleno de florecitas y arabescos, con ese tono marroncito de la portada, cálido, confortable, cercano, tranquilizador. Y con un índice que es una auténtica guía para no perderse y acabar leyendo el consejo equivocado («ríete», cuando lo que necesitas es llorar, o «no te cierres a la sensibilidad» cuando necesitas plantar cara a la animadversión más violenta).



En fin, que gracias a los que me han ayudado y gracias, de antemano, a todos los que lo vayan a leer. Y sed benevolentes, generosos y compasivos a la hora de comentar este libro. Que soy muy sensible.