viernes, 29 de marzo de 2013

En el huerto


Ciega hoy mi ser la noche turbulenta

y clama el silencio. Esta incertidumbre,

la ausencia de luces, mi sorda quejumbre,

a mi espalda cargan una cruz sangrienta.

 

¿Estás? ¿Eres, al menos? Mi alma se enfrenta

al fin y al destino: la muerte, y herrumbre

grabada en el cuerpo; la vida: la cumbre

de gloria y de cielo que el dolor ahuyenta.

 

No me des, oh Padre, tan amargo trago,

no me dejes solo, sin saber siquiera

si estarás conmigo. Este día aciago,

 

¿cómo acabaría si entender pudiera

que tu amor eterno vencerá al estrago

de la muerte oscura? Ya pronto me espera...

 

Termine en tu nombre, oh Dios, mi pesadumbre

y hágase tu voluntad, que me alimenta.

domingo, 24 de marzo de 2013

Domingo de Ramos


–Algo has de estrenar hoy:

si no, ¡te quedas sin manos!

 

–A comprar presto me voy,

que manco no quiero ser.

 

–Manco seré si no doy

a quienes son mis hermanos

todo aquello que yo soy,

que es lo que puedo ofrecer.

 

viernes, 22 de marzo de 2013

Un pensamiento de Homero

Carissimi

Mi amiga Citadelle Léger me ha dicho que, si bien se alegra porque he cambiado por fin mi saludo anterior (¿recordáis el igartiburesco ¡Hola, corazones!?), que no le ustaba nada, no cree que este latinizado saludo actual deba durar demasiado, pues le resulta anticuado donde los haya. Haréte caso un día de estos, y mi saludo será grácil y ligero como gustas.

Ha vuelto la primavera. Una siempre bella Goya Toledo lo anuncia con unas amiguitas suyas en la televisión. Ha vuelto la Semana Santa. Varias son las cadenas que lo anuncian en su programación, y eso que con el cónclave y la elección del papa Francisco ya nos habían caído algunos clásicos, como Las sandalias del pescador. Han vuelto las gitanas a vender mimosas en sus puestos, y han vuelto (no lo he visto, me lo han contado) las mismas mimosas a iluminar de fragante amarillo la calle Arturo Soria

La vida es cíclica: de lunes a domingo, de enero a diciembre, de invierno a primavera… Y esta observación, sencilla, simple casi, y sabia, es tan evidente que muchas veces la obviamos, y cuando la descubrimos nos parece un hallazgo prodigioso. Por eso nos sorprende que nos lo digan de antaño:

«Esparce el viento las hojas por el suelo, y la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera» (Homero).

Confieso la trampa: esta frase-cita es solo un fragmento de una cita mayor que he tomado de Proverbia.net. No es que la longitud de la frase completa sea mucho mayor, sino que el poeta refiere la sucesión de la hojas del bosque a la sucesión generacional, y yo me quería detener en las hojas. O no. Pero sí en que la vida sigue, en que a rey muerto rey puesto, en que la semilla tiene que morir para que dé fruto, en que la hoja seca, desvinculada de la rama que le dio vida, es a su vez dadora y portadora de vida en su propia muerte (a no ser que acabe en un herbario estudiantil, já).

Las hojas que leemos incorporan a nuestra memoria, a nuestro intelecto, a nuestro corazón o a nuestra alma, según el caso, un fragmento, por pequeño que sea, de su contenido. Fragmentos que se acumulan, que dialogan entre ellos, que se contradicen y se niegan entre ellos, o se reafirman mutuamente… Fragmentos que poco a poco pasan al sustrato del olvido, y mueren..., pero que, al morir, dan vida y sustento a otros fragmentos. Algunos, los primeros, los más auténticos, los que más veces se ven reforzados (incluso los venenosos), quedan en nuestro jardín interior como árboles, como arbustos, y dan flores (o cardos)… Pero también parte de ellos acaba cayendo en el mismo sustrato del olvido.

No sé si me habré puesto demasiado poético, demasiado metafórico, si habré acertado o no, pero así lo veo: en la vida todo es cíclico. No vamos a repetir aquello tan desagradable del insecticida (nacen, crecen, se reproducen y mueren), pero tenemos muy observado que al invierno le sigue la primavera, a la noche el día y a las brevas los higos. Sucesión que a muchos hace inscribirse en el nihilismo, en el pragmatismo, en el pasotismo, en el amiplinismo…

Estamos a punto de comenzar a vivir la Semana Santa. Hablaré solo de mí, para que nadie me acuse de proselitismo o de intentar catequizar a nadie. Las procesiones que vi y disfruté, correteando entre las calles, deteniéndome en silencio ante los Gregorio Fernández (lo confieso, entonces me impresionaban más los capuchones morados que las impresionantes figuras que portaban, o al menos su calidad artística), pateando sin parar entre el frío y la niebla, acabaron. Al menos para mí. No volví a verlas más que en la tele o en mi recuerdo, cada vez más vago. Pero dejaron, muriendo en mi memoria, un sustrato, un humus en el que, luego, pasados también los años de necesario riego de la indiferente altanería adolescente, creció otro espíritu, otro interés, otra experiencia.

Esa segunda experiencia, emotiva, comunitaria, aislada del mundo para incrementar así su intensidad, que permitió aflorar millares de inquietudes multicolores, de emociones casi incontenidas, acabó también muriendo en el recuerdo. Me quedan, sí, sonidos, ecos, nombres, nostalgias de tantos momentos de sentir los pelos como escarpias. Queda un sustrato, de nuevo, en el que ha brotaron nuevas plantas, nuevos modos de expresar, de vivir, de sentir, de entender la vida (o al menos de comportarme en estas fechas). Ahora mis plantas crecen más lentamente, son más sobrias, menos exuberantes en su follaje, y aunque sigue habiendo mucha hoja que cae, también tengo unas cuantas plantas perennes que mantienen la lozanía y el verdor y permiten que los pájaron aniden y canten…

Es solo mi experiencia, nada más. Pero esa experiencia me dice que es importante vivir ciertos momentos, según las circunstancias, con toda la intensidad posible, porque son momentos que renuevan en uno la consciencia de que la vida es mucho más que la sucesión de días, semanas, meses, estaciones, años…

Feliz Semana Santa, feliz Pascua a todos.

viernes, 15 de marzo de 2013

Un pensamiento de... ¡ay, no!... ¡HABEMUS PAPAM!


 
¡Silla ocupada!
 
Buenos Aires tiene que traer a la Iglesia un hombre que une en su nombre la lucha contra el dragón y la bendición materna, que procede de la Familia de Ignacio y adopta como papa el nombre de san Francisco, el hermano de la Pobreza y del Sol. ¡Y qué panzada de llorar que me di el miércoles por la tarde, en cuanto supe que había salido el humo blanco como la nieve! Llorar no es malo, ni reconocer haberlo hecho tampoco. Además, nadie me vio, porque estaba solo en casa, delante de la tele y del ordenador, con el mando en una mano y el dedo sobre el recuadro del portátil desde el que se maneja el cursor, cambiando una y otra vez de canal y de medio, para enterarme de todo y escuchar y leer el menor número posible de tonterías. Qué gusto ver la plaza del Vaticano repleta, rebosante de personas expectantes y exultantes a un tiempo. Más gusto, creo, desde que soy capaz de decirme a mí mismo: «has estado ahí, sabes cómo es la plaza, no te engaña lo que ves ahora en la pantalla».
 
Qué grata impresión ver un Papa de blanco, sin las vestiduras rojas bordadas en oro (tan hermosas y tan ceremoniosas, por otro lado, pero que quitan más que añaden), con una cruz oscura, con un gesto tímido, humilde, casi asustado. Qué atractiva sencillez en sus palabras, qué llamada, desde el primer momento, a la oración (en pocos minutos puso a toda la plaza dos veces de rodillas). Cuánto me gusta su nombre, Francisco, así, sin ordinal dinástico, que no necesita parecer un rey (y menos ese rey) ni parece desear ser llamado el uno, o el primero.
 
Qué tentación, madre mía, de dedicarle un Pensamiento, si hasta me han dado la frase-cita, que la publicó ayer el diario El Mundo: «El Señor cambia a los que le son fieles» (Jorge Mario Bergoglio). Pero no, no quiero caer en comentar a la ligera ni esta ni ninguna otra frase suya. Es tiempo de esperar, de acogerle, de escucharle, de dejar que actúe. Y de adherirse.
 
Pero, claro, ahora, ¿cómo me pongo yo a comentar con frivolidad una frase-cita de nadie ante su presencia? No puedo. 
 
Puedo hacer sólo una cosa, y no me gusta demasiado, y me da un poco de pudor. Y es dedicarle al Papa Fancisco una frase, un deseo, un consejo, comunicarle lo que espero de él, lo que me gustaría de él. Digo que no me gusta demasiado hacer esto, porque me he pasado mucho tiempo criticando a todos aquellos que han dicho y escrito en todas partes qué tiene que hacer el Papa, cómo tiene que ser el Papa, qúe tiene que decir el Papa… El Papa es el Siervo de los Siervos de Dios, pero no tiene por qué ir obedeciendo a todo chichiburri que se le ocurra darle órdenes. Y yo no quiero ser ningún chichiburri. Y digo que me da pudor, porque quién soy yo para dar consejos a nadie, menos al Papa. Menos dedicarle un consejo, mejor, uno de mis Momentos de sabiduría.
 
Pues lo voy a hacer. Porque no es un consejo, ni un deseo, ni una orden ni una esperanza lo que hay en estas palabras. Hay una realidad, una definición, parcial, incompleta, de lo que hace y lo que es un Papa. Por eso hoy, para imitar al Papa, a este Papa y a todos los Papas santos, propongo que intentemos seguir el Momento 72:
 
«Hazte conductor y transmisor de consuelo y de esperanza para tus congéneres. Ten siempre a punto la amabilidad en tu palabra, la acogida en tus brazos, el calor en tu mirada».
 
¡Si al menos cumpliera (yo, hablo de mí mismo) una vez al día uno solo de mis momentos, qué diferente sería!

viernes, 8 de marzo de 2013

Un pensamiento de Jean Baptiste Say


 
Tengo una silla vacía. Y hay un grupo de gente que ha decidido que en mi silla vacía se tiene que sentar una persona de determinadas características físicas, con determinadas cualidades morales y de determinada edad; otro grupo dice que quien tiene que sentarse en mi silla es una persona que provenga de determinadas experiencias, que haya vivido de determinada manera y entienda las cosas desde determinado prisma; otros más van y dicen que quien se vaya a sentar en mi silla deberá hacer determinadas cosas, y no otras, porque ellos así lo han decidido. Pero hay varias cosas que no tienen en cuenta: que no son ellos quienes deciden quién se va a sentar en mi silla; que puede que consideren que el que se va a sentar en mi silla es de determinada manera y lo rechacen, y luego se tengan que dar un punto en la boca (el quebrantahuesos lo llamaban, y mira cuánto se equivocaron…); que mi silla sigue estando vacía... ¿No convendría que se callaran un poco, o que esperaran a ver qué pasa? Que hubo uno viejo y gordo que pudo moverlo todo…
 
Sin embargo, tampoco hoy quería yo hablar de mi silla vacía, que es la misma silla vacía que todos (muchos) tenemos en casa para que se siente quien tenga que sentarse. Hoy no quería hablar de gente pequeñita que va imponiendo condiciones y requisitos a todo. Hoy quería hablar solo de la gente grande, de la gente importante, de la gente que merece la pena. Gente de la que habla este señor de la frase-cita, que dice:
 
«Una de las mayores pruebas de mediocridad es no acertar a reconocer la superioridad en los otros» (Jean Baptiste Say).
 
¡Hombre, por Dios! Pero qué cosas dice Juan Bautista Dice. Eso de reconocer la superioridad de los otros es un atraso, ¡si todos somos iguales! Además, de tener que reconocer alguna superioridad, debería ser la mía, ¡si yo soy insuperable, si soy el mejor, el más guapo, el más inteligente, el más rápido, el más alto y el más listo! Vale, eres el mejor ¿entre quienes? Yo puedo afirmar que soy el mejor entre mis compañeros de piso, pero poco más, ¿eh? Y eso, porque vivo solo, que si no de qué. [Dialogo conmigo mismo en un párrafo corrido y pretendo que alguien me entienda. Voy listo].
 
No es época esta de ir reconociendo por ahí la superioridad de nadie. Solo cuando no sabemos hacer algo y tenemos enfrente (casi siempre en la tele, cerveza en mano) al campeón olímpico de la especialidad, podemos llegar a reconocer que es superior a nosotros, pero, claro, porque se dedica a eso y entrena mucho y hace sacrificios que nosotros no estamos dispuestos a hacer, que si no, ya vería el mundo… Vuelta a lo mismo: cuánto nos cuesta reconocer en los demás una superioridad.
 
Lo de que alguien es más alto, todavía tiene un pase, porque cuando te pones al lado de unonoventaicinco de tío canta mucho que eres más bajito, pero siempre puedes acabar declamando las excelencias de la poca estatura porque así no tienes que agacharte para entrar en los vagones de Metrosauna, por ejemplo. Claro, con lo importante que es en la vida humana no tener que agacharse en Metrosauna… Mediocridad…
 
Pero no. Me parece que lo que dice Juan Bautista Dice es que tenemos que saber reconocer (acertar a reconocer, dice Dice) la superioridad en los otros. Dice doña RAE que acertar es atinar, dar en el blanco (descubrir la cosa exacta en la que los otros, cada uno de los otros, es superior a uno), hallar o encontrar (descubrir la cosa exacta en la que los otros, cada uno de los otros, es superior a uno), pero también es dar con lo cierto en lo dudoso, ignorado u oculto (descubrir la cosa exacta en la que los otros, cada uno de los otros, es superior a uno), y hallar el medio apropiado para el logro de algo. He ahí: cuando vienes diciendo que soy superior a ti, malo, malo, es que algo quieres… ¡Que no, de verdad! Que sólo quiero reconocer que eres superior a mí, que a ti las matemáticas se te dan mejor que a mí, nada más.
 
Me he quedado de momento en las cualidades físicas e intelectuales, pero existen unas cualidades morales de las que todos estamos dotados, y creo que es aquí, en este terreno, donde mejor aplicación tiene la frase de Juan Bautista Dice. Que dice que seré mediocre, o que lo soy, cuando no acierto a reconocer la superioridad en los otros. Cuando no soy capaz de reconocer que hay otras personas que tienen una capacidad de sufrimiento mayor, una fortaleza mayor, una generosidad mayor, una dedicación y una entrega mayores… que yo. Y mejor humor también.
 
¿Hay gente así? Mucha. Veo ahora mismo ante mis ojos una multitud de personas así. Algunos son hombres, pero la mayoría, la gran mayoría, son mujeres. Sostienen mi vida. Y me dan cien mil vueltas. 

viernes, 1 de marzo de 2013

Un pensamiento de Pablo Pineda


 
Tengo una silla vacía en casa. Pero no voy a hablar de eso. Hay tiempo. Y si no lo hay, mejor. Señal de que la silla se ha ocupado de nuevo. Hoy voy a hablar de algo que sucedió en Madrid el miércoles, es decir, anteayer.
 
Se presentaba en el salón de actos de Comillas, en el edificio de ICAI, un libro de la Editorial San Pablo: El reto de aprender, de Pablo Pineda. Un fuera de serie que logra todo lo que se propone y encima lo hace bien y con el reconocimiento entre admirativo y boquiabierto de todos. Con una mesa presidencial de lujo: además de Pablo, estaban Ana García-Mina, vicerrectora de Comillas, Soledad Herreros, presidenta de la Fundación Prodis, Alberto Andreu, un alto mando de Telefónica (¿qué pinta la Telefónica en esto? Mucho, cuando aparte de vender teléfonos y dar línea pone dinero, tiempo, esfuerzo y personal para muchos proyectos sociales, educativos y laborales con personas con discapacidad, por ejemplo), y Vicente del Bosque, seleccionador nacional de fútbol (¿qué pinta él en esto? Mucho, pues aparte de ser padre de un chico con síndrome de Down que es tocayo mío, pone su nombre, su bonhomía y su presencia para apoyar desinteresadamente todo proyecto e iniciativa que dé visibilidad y oportunidades a las personas con síndrome de Down y otras que, como muy bien dijeron ayer, tienen capacidades diferentes). Moderando y presentando, Luis Fernando Vílchez, que es hombre amigable, amable y culto, profesor universitario y director de la colección Psicología y Educación, la colección que más éxitos ha dado a la editorial y que, sobre todo, ha puesto en contacto a la Editorial (y a mí) con autores excelentes que son maravillosas personas y en su mayoría bellísimas mujeres (el resto de autores no es que sean feas, malpensados, es que son hombres).
 
La sala se llenó casi al completo (quedaron algunos pocos asientos sin ocupar, mejor dicho, ocupados por abrigos) para ser testigos de un acto que fue cálido, amable, ameno y sobre todo didáctico, muy didáctico. Entre el público, familiares del autor, alumnos, profesores, periodistas, escritores, personas con síndrome de Down y familiares suyos, miembros de asociaciones de Down, sacerdotes, religiosos, religiosas, sacristanes (por lo menos, por lo menos, estaba el sacristán de Nuestra Señora del Buen Suceso). Todos estaban allí para escuchar una lección magistral. 
 
Si he escrito alguna vez sobre capacidad de superación, sobre entusiasmo, sobre proponerse metas difíciles y retos aparentemente difíciles, no he dicho nada. Porque hablar de eso y no mencionar a Pablo Pineda, es no haber dicho nada. A este tío que cuando le dijeron que era Down preguntó si era tontito y decidió aprender siempre todo lo que pudiera, le ha salido redondo todo lo que se ha propuesto. Quiso estudiar y acabó siendo el primer europeo con síndrome de Down en tener una licenciatura universitaria (y está cerca de la segunda). Quiso expresar la vida de una persona Down y recibió, por hacerlo, la Concha de plata al mejor actor en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián y fue nominado como mejor actor revelación en los Premios Goya del año 2009. ¿La película? Yo, también. Quiso reflexionar sobre lo que significa para él aprender, sobre cómo ha sido y cómo cree que deberían ser la educación y su entorno cuando se ponen ante un Down, y le ha salido un libro como El reto de aprender. Completo, redondo, atinado, útil, oportuno, personal, magnífico, interesante… Son palabras que calificaron ayer el libro, salidas de las bocas de los ponente en la mesa. Nada invento.
 
Y el currículum de Pablo, que es de por sí impresionante, no es nada. Lo que importa es verle, oírle, escucharle. Cómo mira, cómo habla, cómo maneja el humor, la ironía, el suspense…, cómo razona, cómo profundiza, cómo sintetiza…, cómo expresa, cómo permite a sus emociones acudir en avalancha y obtener de ellas siempre la adhesión del auditorio. Ayer era el protagonista indiscutible. Se le notaba. Estaba feliz, derrochaba simpatía, emoción, gratitud. Habló de su libro, de su familia, de su experiencia, de su libro. Se permitió echar un pequeño rapapolvo a un sistema universitario y a un corpus teórico de formación del profesorado que no contempla suficientemente, ni en calidad ni en cantidad, la potencialidad de la diferencia.
 
Dijo muchas, muchas frases interesantes, impactantes, merecedoras de ir saliendo, semana tras semana en este humilde blog. Me voy a quedar con una que casi, casi no voy a comentar a posteriori, porque estoy muy de acuerdo con ella. No la entrecomillo porque no estoy seguro al cien por cien de las palabras exactas, pero sí del sentido, que es lo que importa. Y si el pensamiento es libre, no siempre puede verse encerrado entre dos comillas, como si estuviera puesto en entredicho o fuera textual, o entre exclamaciones, como destacando su capacidad sorpresiva, o entre guiones, como relegándolo a la categoría del inciso. No. Este es un pensamiento sin entrecomillar porque es un pensamiento rotundo. Véase:
 
Es importante hablar de todo, mucho, y hablar sin tapujos. El silencio es el peor enemigo del niño con síndrome de Down (Pablo Pineda).
 
Estoy de acuerdo, competamente de acuerdo con Pablo. Soy hablador, y soy callado a la vez, pero siempre he pensado que es mejor hablar, y de todo, poder hablar de todo y saber hablar de todo. Claro que no se puede saber hablar de todo, por eso a veces es mejor la prudencia de callarse… o hablar preguntando, para aprender y comprender y poder, algún día, hablar también de eso que aún no sabemos…
 
Dice Pablo que el silencio es el peor enemigo del síndrome de Down. Pero no solo. El silencio, sobre todo el silencio que oculta ignorancias, miedos, vergüenzas, pudores, culpabilidades envenenadas…, es enemigo de todo, me atrevería a decir. Es mejor hablar, preguntar, dialogar, entender, razonar, aprender…
 
Una lección importante, la que recibimos el miércoles de este hombre excepcional que se llama Pablo Pineda.

 
En la foto, Vicente del Bosque charla con uno de los asistentes, al terminar el acto.
De perfil, en el lateral, un servidor.