viernes, 8 de marzo de 2013

Un pensamiento de Jean Baptiste Say


 
Tengo una silla vacía. Y hay un grupo de gente que ha decidido que en mi silla vacía se tiene que sentar una persona de determinadas características físicas, con determinadas cualidades morales y de determinada edad; otro grupo dice que quien tiene que sentarse en mi silla es una persona que provenga de determinadas experiencias, que haya vivido de determinada manera y entienda las cosas desde determinado prisma; otros más van y dicen que quien se vaya a sentar en mi silla deberá hacer determinadas cosas, y no otras, porque ellos así lo han decidido. Pero hay varias cosas que no tienen en cuenta: que no son ellos quienes deciden quién se va a sentar en mi silla; que puede que consideren que el que se va a sentar en mi silla es de determinada manera y lo rechacen, y luego se tengan que dar un punto en la boca (el quebrantahuesos lo llamaban, y mira cuánto se equivocaron…); que mi silla sigue estando vacía... ¿No convendría que se callaran un poco, o que esperaran a ver qué pasa? Que hubo uno viejo y gordo que pudo moverlo todo…
 
Sin embargo, tampoco hoy quería yo hablar de mi silla vacía, que es la misma silla vacía que todos (muchos) tenemos en casa para que se siente quien tenga que sentarse. Hoy no quería hablar de gente pequeñita que va imponiendo condiciones y requisitos a todo. Hoy quería hablar solo de la gente grande, de la gente importante, de la gente que merece la pena. Gente de la que habla este señor de la frase-cita, que dice:
 
«Una de las mayores pruebas de mediocridad es no acertar a reconocer la superioridad en los otros» (Jean Baptiste Say).
 
¡Hombre, por Dios! Pero qué cosas dice Juan Bautista Dice. Eso de reconocer la superioridad de los otros es un atraso, ¡si todos somos iguales! Además, de tener que reconocer alguna superioridad, debería ser la mía, ¡si yo soy insuperable, si soy el mejor, el más guapo, el más inteligente, el más rápido, el más alto y el más listo! Vale, eres el mejor ¿entre quienes? Yo puedo afirmar que soy el mejor entre mis compañeros de piso, pero poco más, ¿eh? Y eso, porque vivo solo, que si no de qué. [Dialogo conmigo mismo en un párrafo corrido y pretendo que alguien me entienda. Voy listo].
 
No es época esta de ir reconociendo por ahí la superioridad de nadie. Solo cuando no sabemos hacer algo y tenemos enfrente (casi siempre en la tele, cerveza en mano) al campeón olímpico de la especialidad, podemos llegar a reconocer que es superior a nosotros, pero, claro, porque se dedica a eso y entrena mucho y hace sacrificios que nosotros no estamos dispuestos a hacer, que si no, ya vería el mundo… Vuelta a lo mismo: cuánto nos cuesta reconocer en los demás una superioridad.
 
Lo de que alguien es más alto, todavía tiene un pase, porque cuando te pones al lado de unonoventaicinco de tío canta mucho que eres más bajito, pero siempre puedes acabar declamando las excelencias de la poca estatura porque así no tienes que agacharte para entrar en los vagones de Metrosauna, por ejemplo. Claro, con lo importante que es en la vida humana no tener que agacharse en Metrosauna… Mediocridad…
 
Pero no. Me parece que lo que dice Juan Bautista Dice es que tenemos que saber reconocer (acertar a reconocer, dice Dice) la superioridad en los otros. Dice doña RAE que acertar es atinar, dar en el blanco (descubrir la cosa exacta en la que los otros, cada uno de los otros, es superior a uno), hallar o encontrar (descubrir la cosa exacta en la que los otros, cada uno de los otros, es superior a uno), pero también es dar con lo cierto en lo dudoso, ignorado u oculto (descubrir la cosa exacta en la que los otros, cada uno de los otros, es superior a uno), y hallar el medio apropiado para el logro de algo. He ahí: cuando vienes diciendo que soy superior a ti, malo, malo, es que algo quieres… ¡Que no, de verdad! Que sólo quiero reconocer que eres superior a mí, que a ti las matemáticas se te dan mejor que a mí, nada más.
 
Me he quedado de momento en las cualidades físicas e intelectuales, pero existen unas cualidades morales de las que todos estamos dotados, y creo que es aquí, en este terreno, donde mejor aplicación tiene la frase de Juan Bautista Dice. Que dice que seré mediocre, o que lo soy, cuando no acierto a reconocer la superioridad en los otros. Cuando no soy capaz de reconocer que hay otras personas que tienen una capacidad de sufrimiento mayor, una fortaleza mayor, una generosidad mayor, una dedicación y una entrega mayores… que yo. Y mejor humor también.
 
¿Hay gente así? Mucha. Veo ahora mismo ante mis ojos una multitud de personas así. Algunos son hombres, pero la mayoría, la gran mayoría, son mujeres. Sostienen mi vida. Y me dan cien mil vueltas. 

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