viernes 20 de noviembre de 2009
Un pensamiento de Albert Einstein
En realidad la cosa no es tan grave como la pinto, y estoy casi bien. Al menos eso pensaba hasta que me he mirado esta mañana en el espejo del baño, antes de la ducha, y me he encontrado de frente nada menos que con Oskar Homolka (si no sabéis quién es, es que no habéis visto nunca Ninotchka). «¡Dios mío –he pensado para mis adentros más íntimos de mi propio ser interior–, cómo es posible que se te hayan subido las cejas a media frente!». Tengo que ponerle remedio ya. Y tiene que ser precisamente ahora, que me acabo de enterar de que en menos de dos semanas voy a conocer (y a fotografiarme, ya lo veréis) con la musa de los corazones, la reina de los bailes de salón, la rubia entre las rubias. Y yo con estas cejas, y con todo lo demás. Si quiero dar bien en la foto con ella, debo comenzar inmediatamente a fortalecer, vigorizar y tonificar mis músculos (¿¡!?), trabajar intensamente el tono y la tersura facial, cortarme el pelo, hacerme la manicura, depurar el contorno de ojos, endurecer el mentón, estudiar mi mejor mirada ladeada y aprender a posar. O hago todo eso, o contrato a Velencoso para que se haga una foto con la Igartiburu y luego finjo que el maromo que está con ella soy yo… En fin.
Tras esta larga introducción, no me queda tiempo para proponeros un pensamiento, ni nada. Yo quería hablaros de la infancia, la tierna y dulce infancia, la que celebramos hoy en su Día Internacional y la que nos cargamos a diestro y siniestro con un montón de leyes, preceptos, ideologías, imposiciones y demás. Suscribo el manifiesto que me acaba de remitir la Asociación «Unidos por la Vida» (soy como Carmen Lomana o como Sánchez Dragó, que también lo han suscrito), pero me veo obligado por la premura a proponer una frase-cita y un comentario más sencillitos, como de andar por casa.
«No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos» (Albert Einstein).
Dicho de otro modo: para resolver un problema debemos pensar de otra manera. O enfocar el problema desde otro punto de vista, analizarlo con amplitud de miras y estudiar posibles perspectivas adyacentes que nos permitan interpretar el problema y su solución.
Pongamos un caso concreto: pensemos en el niño aquel de la postal, ese que está mirando con preocupación los cordones de sus zapatos, mientras el texto de la dichosa postalita dice eso de: «No podemos pactar con las dificultades, o las vencemos o nos vencen». El muchacho tiene un problema y para solucionarlo tiene que cambiar la manera de pensar (eso es lo que nos dice el Alberto einste). Todos estaremos pensando que el problema es que no se sabe atar los cordones, ¿verdad? Aunque quizá su problema sea que su papá o su mamá no han sabido enseñarle el truco de la serpiente que sale del lago, rodea el árbol y se vuelve a meter en el lago (¿era así, no?).
Pues el niño cambió su manera de pensar y resolvió el problema. Ahora es un empresario del calzado, propietario de una conocida marca de zapatillas de deporte pionera en la utilización del velcro en el calzado infantil.
También podría haber sido de otra manera: el niño, al ver que no podía pactar con la dificultad de atarse los cordones de los zapatos, cortó por lo sano, se quitó los zapatos y echó a correr descalzo, sintiendo en sus tiernos pies el frescor de la hierba. Y ahora es un conocido activista del ecologismo, y siempre que no lleva sandalias va descalzo.
En cualquiera de los dos casos, el niño hizo caso del sabio consejo del Alberto einste: pensó y logró dar solución a su problema.
Pues eso deberemos hacer. Porque no siempre la solución que nos parece más evidente es la más acertada…
viernes 13 de noviembre de 2009
Un pensamiento de Leonardo Da Vinci
Ni el despertador ni el calefactor ni el calentador ni la cafetera ni la tostadora ni el quiosquero ni el metro ni mi ciego me han tratado mal esta mañana, antes al contrario: todos han hecho su trabajo con eficacia para dejarme en mi lugar de trabajo presto a entregarme a la tarea de entreteneros durante un rato. Y puesto que todo ha ido bien, me vais a permitir que no tome hoy la frase-cita al azar (al azahar, como decía con jocundidad un hermano mío), sino que la seleccione de entre las que propone para esta misma semana la sublime Agenda San Pablo 2009 (ya está a la venta el imprescindible volumen para el 2010). Esto es lo que nos propone hoy, pasado por la «criba voluntatis mea» (seguro que el latín está mal, ya habrá quien me lo corrija) nada menos que don Leonardo:
«La naturaleza benigna provee de manera que en cualquier parte halles algo que aprender» (Leonardo Da Vinci).
Creo sinceramente que don Leonardo, no podía ser de otra manera, tiene toda la razón: siempre, en cualquier parte y de todo lo que se presenta ante nuestros ojos (sentidos) se puede aprender. Esto es algo que ya he expresado en más de una ocasión en este mismo medio. Porque es algo de lo que estoy plenamente convencido, aunque no debo de ser plenamente consciente de ello, ya que en la mayoría de las ocasiones no soy capaz de llevarlo a la práctica.
Porque, ¿qué se puede aprender de la rutina, qué del tedio o del hastío, qué de la aglomeración, qué de la concatenación de sucesos que se nos presenta constantemente en los medios de comunicación? ¿Qué de los acontecimientos imprevistos, de los sustos, de los disgustos, de lo impredecible que nos asalta a la vuelta de la esquina o se aproxima a nosotros amenazante apenas está rayando el alba?
Cierto que don Leonardo está hablando de la naturaleza benigna, y podemos tener tendencia a entender esa benignidad como las bondades que nos rodean, con el riesgo de eliminar rápidamente a las maldades, o a las “no-bondades” del elenco docente. Craso error: cuando don Leonardo habla de naturaleza benigna, se refiere no tanto a esa bonita mañana primaveral en el campo florido, sino a la propia condición de la naturaleza, que todo lo provee (incluso la destrucción) a quien de ello desea sacar provecho.
viernes 6 de noviembre de 2009
Un pensamiento de Jean Jacques Rousseau
Me piden que sea optimista, alegre, desenfadado, después de una larga temporada, como atestiguaron varios de mis lectores, de pesimismo y descarga de dolencias anímicas, psíquicas y físicas. Y mi predisposición a obedecer a tal sugerencia era grande, pues no me lo dijeron de manera perentoria ni impositora, sino como petición o imprecación anhelante. Y comenzó la semana bien, aportando noticias gratificantes y situaciones agradables. Pero nada es perfecto. Y llegó de nuevo una afección que, si bien no me ha cortado el pesimismo, me tiene a la vez dolorido y envarado, rígido no tanto en lo moral o en lo intelectual, que eso siempre ha sido así, sino principalmente en lo corporal. Así que no prometo nada. Aunque la frase seleccionada (tomada de la excepcional Agenda San Pablo, día 7 de noviembre de 2009), invita a la felicidad, no estoy demasiado inspirado, lo siento.
«La clase de felicidad que necesito es menos hacer lo que quiero que no hacer lo que no quiero» (Jean Jacques Rousseau).
Si uno hace lo que quiere llega a una satisfacción que puede dar apariencia de felicidad, porque la satisfacción inmediata del deseo, del apetito, proporciona una sensación agradable. Pero se pregunta Juan Jacobo si esa felicidad derivada de la satisfacción inmediata es la felicidad necesaria, que hemos de suponer que es una felicidad más duradera, más sólida en sus fundamentos (volvemos a aquello de en qué basar la felicidad y la alegría).
Si uno deja de hacer lo que no quiere, tiene, en principio, la misma satisfacción inmediata: no quiero hacer algo y no lo hago, y eso me proporciona la misma sensación agradable. Quizá mayor, porque, en ese no hacerlo, me estoy reconciliando conmigo mismo, con mi voluntad.
Claro que para ello habrá que haber formado previamente la voluntad. Porque no es lo mismo negarse a hacer algo que no quieres y además no debes hacer, que negarse a hacer algo que no quieres pero que debes, moralmente, hacer.
viernes 30 de octubre de 2009
Un pensamiento de Friedrich Schiller
La viñeta que ilustra el día de hoy en el almanaque mafaldero que adorna mi mesa de trabajo es de esas que provoca sonrisas pero no arrastra en su decepción postrera. Me explico: aparece el padre de Mafalda ante el espejo del baño (una afeitada perfecta), en el vestidor (una camisa impecable), en la cocina, besando a su esposa, en bata y con una jarra de humeante café en la mano (un café delicioso), en el ascensor, encendiendo un cigarrillo (un rubio excelente) y, por último, en el portal, caído de hombros y con una enorme flojera en las piernas (y aquí es donde la cosa deja de ser como en los anuncios). Yo me río, porque la viñeta es deliciosamente graciosa, pero no comparto su pesimismo vital. Todos los días nos espera algo bello, algo alegre, algo original, algo sorprendente, algo martinista (es decir, algo que «invita a vivir»). Aunque se oculte detrás de los apretujones de Metro-sauna (vaya día, ayer), de la mala leche del ciego suplente que vende cupones en Ciudad Lineal, de la cara de pocos amigos de alguno de los jefes, jefezuelos, jefezoides, jefecillos, jeferifaltes, jeferigonzos y jeféculos que pululan por la oficina, o a pesar, incluso, de que has quemado una camisa con la plancha porque sonaba el móvil y en ese momento Mark Harmon va a descubrir que la agente china era una infiltrada de una organización de contraespionaje y te tienes que perder la escena… (Navy, claro).
Me explayo con la introducción porque la frase-cita que he escogido para hoy, que no es más que la que Proverbia.net me acaba de proporcionar en su envío diario, es de esas frases claras y contundentes con las que uno está de acuerdo desde el principio hasta el final:
«El encanto de la belleza estriba en su misterio; si deshacemos la trama sutil que enlaza sus elementos, se evapora toda la esencia» (Friedrich Schiller).
Si perteneciera aún a algún grupo parroquial amigo de reunirse para debatir la esencia íntima del significado de la reunión, al escuchar la frase lo primero que preguntaría es: ¿qué entendemos realmente por belleza? Pero me voy a saltar esta parte prolija en discusiones acerca de si la belleza es externa o interna, relativa o absoluta, definitiva o indefinible, culta o estulta (que se lo pregunten a la candidata a miss que considera irrelevante conocer fechas históricas tan poco destacadas como el año del descubrimiento de América).
Me saltaré, por el mismo motivo, la definición de «misterio», que podría encaminarnos a otra maraña de discusiones y encrucijadas repletas de cañadas oscuras y valles tenebrosos…
Los científicos consideran bello aquello que han desentrañado hasta conocerlo en plenitud (¿es eso posible en verdad?); los artistas llaman bello a aquello que logra transmitir sus impresiones más íntimas en la sublimación de las formas y el color; los músicos a la concatenación acústica resultante de una conjunción, armónica o dodecafónica, de vibraciones sonoras. Seguramente todo esto no es cierto, pero, ¿a que me ha quedado mono?
Ciertamente, no tengo demasiado claro a qué llamo yo belleza, o qué considero yo bello. Quizá sea lo que llama mi atención y me provoca deleite material y espiritual, además de contribuir a mi desarrollo intelectual y sobre todo personal, humano. Vamos, que es un misterio saber qué es aquello que resulta bello. Y como es un misterio, no conviene quitarle la trama sutil que enlaza sus elementos. Que cuando a Salomé se le quitan todos los velos, lo que se descubre es, con más o menos proporcionalidad estética, un cuerpo bien proporcionado que baila bien. Y cuando uno piensa que eso es bello, resulta que va la tía y pide la cabeza de Juan. Y la atrocidad humana ya no es tan bella…
Cómo he llegado de Schiller a Salomé y de la belleza a una escena bíblica "ritahaywortheresca", es otro misterio irresoluto.
viernes 23 de octubre de 2009
Un pensamiento de Benjamin Franklin
Hay días en que uno no tiene ganas de nada, se ve agobiado por las circunstancias, el tiempo le puede y la urgencia por no se sabe qué le posee inexorablemente. En esos casos, intento mantenerme a flote recordando uno de los versículos que más me gusta repetir y que, como todo en mi entrecomilladamente coherente vida, cumplo menos a rajatabla de lo que debería. La frase es de san Pablo, y no os la voy a decir. Si queréis conocerla, no tenéis más que acudir a vuestra mesilla de noche, coger la Biblia que tenéis siempre a mano y buscarla. Ah, ¿que no tenéis una Biblia en la mesilla de noche? Bueno, tendréis una en la estantería del salón, o en el despacho, o si no podéis consultar esa Biblia grande ilustrada que tenéis en el recibidor. Ah, que tampoco. Pues en Librerías San Pablo os pueden facilitar una por un módico precio. Y cuando la tengáis, no tenéis más que ir al Nuevo Testamento, a las Cartas de san Pablo, concretamente a la Carta a los Filipenses. Una vez allí, buscad en el capítulo 4 el versículo 4. O sea, Flp 4,4. No os confundáis y busquéis el 44, que no está. Sólo 4,4. ¿Ya? Bien. Pues ahora estáis en condiciones de leer la frase-cita de hoy, que proviene de la Agenda San Pablo:
«La alegría es la piedra filosofal que todo lo convierte en oro» (Benjamin Franklin).
Estamos de acuerdo en que la alegría es vital, es felizmente contagiosa, es fundamental para la existencia, es sana y motivadora, es alentadora y entusiasmante. Bien. Pero habrá que saber alegrarse, digo yo. Porque podríamos caer en una alegría vana, fatua, inconsistente, huera, desconsiderada incluso. La alegría del tonto, la alegría del sinsorgo, la alegría del sinsentido más estrepitoso. La alegría necesita, pues, motivo, fundamento, razón de ser, principio y origen.
Y aquí es donde la frase-cita de Benjamín, que por lo demás es certera, pues la alegría hace hermoso, valioso y preciado todo lo que toca, se queda corta. Y para comprenderla, para estar totalmente de acuerdo, para compartir el pensamiento de Benjamín en esta frase-cita, es fundamental tener presente la cita de san Pablo que os acabo de facilitar. Porque si no, la cuestión se queda coja y puede alcanzar niveles altos de estolidez, incoherencia e incluso crueldad.
Un ejercicio que propongo: buscad la cita bíblica, mezclad ambas oraciones en la coctelera de vuestro intelecto, ponedle un poco de corazón y decidme si no estoy en lo cierto.
viernes 16 de octubre de 2009
Semana de la Pobreza
No siempre la improvisación tiene la última palabra en este mi espacio semanal. En esta ocasión voy a aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid (gran río, que ha albergado un mundial de piragüismo, y gran ciudad, que vio nacer a ilustres personajes y a otros que no llegamos ni siquiera a la categoría de personajillos) y que las agendas contienen efemérides para recordar una: celebramos estos días la Semana contra la Pobreza, ya que hoy, 16, es el Día mundial de la alimentación, mañana, 17, el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza en el mundo, y el domingo, 18, el Domund.
Así que con este compromiso seleccionaré la (mejor, las) frase-citas de hoy, que casi no comentaré, y de hacerlo lo haré de forma menos irreverente que lo que acostumbro a hacer. Corresponden a las fechas mencionadas en la Agenda San Pablo en curso. Y dicen así:
«Porque vamos a morir, tenemos que abrazarnos con ternura; porque vamos a morir, las personas que tienen hambre han de comer hoy; porque vamos a morir, tenemos que compartir nuestro pan» (Ivone Gebara).
«Abolir la pobreza no es una utopía irrealizable, sino que es nuestra máxima y urgente obligación ética» (Pierre Sané).
«Si queremos darle salud y vigor al cristianismo tiene que ser desde la solidaridad con los pobres» (Jacques Gaillot).
Tres frases contundentes para tres días señalados por un objetivo común: desterrar la pobreza de la faz de la tierra.
Ivone Gebara, que es una teóloga brasileña, nos habla en un tono casi perentorio de la necesidad vital de compartir el pan con quien no lo tiene, de vivir con solidaridad, con amor, nuestras relaciones con los demás. Yo entiendo su rítmico «porque vamos a morir» más bien como la característica que no debemos olvidar, que nos iguala y por ende nos impele (o debería) a ver al otro como igual, a compartir, a amar.
Pierre Sané es senegalés; ha sido secretario general de Amnistía Internacional y trabaja en la UNESCO. Él nos marca el objetivo, abolir la pobreza, pero no nos da el cómo (compartir, como dice Ivone), ni el porqué (porque vamos a morir), sino que advierte de que es una necesidad, una urgencia, una obligación ética. Esto de la obligación ética es una redundancia, aunque quizá sea necesaria, dada la excesiva dureza de mollera y corazón con que podemos toparnos. No olvidemos que la ética es una parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre. Como hemos reducido la moral a la moral católica, y por tanto la hemos rechazado por caduca, obsoleta, intransigente, intolerante y antiprogresista, no nos damos cuenta de que la moral es la ciencia que trata del bien en general y de las acciones humanas. Así que cuando el sr. Sané nos dice que abolir la pobreza es una obligación ética nos está diciendo que nos pongamos las pilas, que comencemos a comportarnos, a actuar, con ese fin, que es un fin bueno en sí mismo. Y no una utopía irrealizable, como a veces se nos quiere hacer ver la cosa.
Por último, el obispo francés Gaillot da un giro de perspectiva y enfoca el problema, al menos aparentemente, desde la fe, desde el compromiso cristiano. Compromiso cristiano que nos obliga, que nos mueve o debería movernos a ser siempre solidarios con los pobres. ¿Por qué? Porque sufren. Porque son humanos. Porque su sufrimiento y su humanidad son, deben ser, los nuestros. Y sólo desde la pobreza, desde ese compromiso real y profundo con los pobres, con los oprimidos, con los abandonados, sólo desde ahí se vive en verdad el cristianismo, con fe vigorosa y espíritu sano.
Acabar con la pobreza es obligación ética y moral, es vocación de fe, es llamamiento universal, al que todas las voces deberían unirse, compromiso en el que todas las manos deberían trabajar unidas. ¿Utopía? Necesidad. Porque vamos a morir.
viernes 9 de octubre de 2009
Un pensamiento de Carl Gustav Jung
Llevo toda la semana bajo la influencia psicológica de los ataques que una pequeña parte de mi anatomía está infligiendo a mi voluntad, a mi resistencia, a mi paciencia y a mi sentido del humor. Y aunque parece que los medicamentos están comenzando a surtir efecto, todas estas capacidades que he citado, y alguna otra, han quedado muy mermadas por la pertinaz y a la vez feroz insistencia de mi afección. Digo esto para que sepáis perdonar mis impertinencias si las hubiere.
La frase-cita que traigo hoy a colación no tiene, afortunadamente para vosotros, mucho que ver con mi estado (ni anímico ni fisiológico), sino más bien con ese espectro de relativismo y de darlavueltaalatortillismo tan de moda hoy en día. Cada cual es cada quien y tiene su cadaunada, dice un refrán moderno. Y debe de ser cierto. No me adelanto a comentar la frase. Os cuento, simplemente, cómo ha llegado hasta mí. Ayer logré reunir tiempo para recopilar, una a una, mensaje a mensaje, todos las frases que Proverbia.net envía diariamente a mi dirección de correo. La última vez que hice esa limpieza era, creo recordar, mayo, lo que significa que frase-citas había muchas. Algunas de ellas ya las habéis conocido. Pues bien, una vez copiadas a un documento de Word y debidamente organizadas por autor en orden alfabético, pasaron a engrosar el documento madre del cual extraigo año tras año los 365 pensamientos que adornan mis agendas. Y una de esas frases, que en su momento pasó absolutamente inadvertida, ayer saltó a mi vista de manera clamorosa. Tanto que hoy os la propongo como la reflexión semanal de esta estrambótica mente mía:
«El zapato que va bien a una persona es estrecho para otra: no hay receta de la vida que vaya bien para todos» (Carl Gustav Jung).
Carlos Gustavo, tienes nombre de rey y apellido tarzanesco, y además perteneces al club de las profesiones sesudas, pero aparentemente te has lucido. Comienzas tu frase con una zapateresca obviedad: no todo el mundo tiene el pie igual de grande, ni de ancho ni de largo, ¡pues claro! A eso se le llama talla: yo tengo el 43, otros el 39 y algunos incluso el 46 (a partir de ahí el vulgo llama barcas a los zapatos). Esto lo sabemos todos, y lo comprendemos todos. Y el que no lo comprenda, que comience a asistir a la consulta de algún colega tuyo, que mal le va la olla.
Menos mal que luego cambias de tercio y afirmas cosas más importantes: «No hay receta de la vida que vaya bien para todos». Cierto, ¿no? Todo en la vida es como una canción (perdón por el desvarío: me vino la canción al comenzar a escribir la frase). Todo en la vida, repito, es una constante elección, y esa elección nunca es igual para nadie: unos eligen ciencias y otros letras, unos mecánica y otros informática, unos fútbol y otros baloncesto, unos rubias y otros morenas, unos matrimonio y otros monacato… Perdonad el simplismo: la mayor parte de las elecciones de la vida no son, además, entre dos únicas posibilidades, sino que son múltiples los caminos que se pueden seguir, las direcciones hacia las que orientar la vida, y están siempre en constante imbricación con las elecciones anteriores e incluso con las expectativas venideras.
Por lo cual parece fácil reconocerle a Carlos Gustavo la razón: no hay receta de la vida que vaya bien para todos, pues la vida de cada uno es distinta, y es cada uno quien tiene que vivir su vida.
Pero, ¿no hay recetas válidas y universales? ¿Todo es relativo? ¿No hay nada que sea bueno, intrínsecamente bueno? Yo creo que sí lo hay. Creo que, aunque a nadie se le debería decir aquello de «lo que tienes que hacer es…» (quien me conoce sabe que es la fórmula para que haga exactamente lo contrario), sí hay cosas que sabemos que debemos hacer; sí hay direcciones que sabemos que debemos tomar, pues son más correctas que otras; sí hay opciones más destacadas que otras a la hora de elegir, y lo sabemos. Otra cosa es que deseemos hacer caso de lo que sabemos.
Vamos, que aunque «el zapato que va bien a una persona es estrecho para otra», todos los zapatos tienen una (o varias) partes que aíslan el pie del suelo (la fundamental se llama suela) y una (o varias) partes, unidas a la suela, que cubren total o parcialmente el pie (punta, pala, lengüeta…). Vamos, que sí hay recetas universales. Claro que son muy generales, y luego, como a las partes del zapato, debemos darles forma concreta. Son el bien, el amor, la paz, la autoestima…
