martes, 21 de marzo de 2017

¿Existe la gente buena?

Viene la pregunta del título a responder la pregunta con la que se anuncia la última novela que he leído: El terrario, de Carmen Guaita. La pregunta a la que me refiero dice: ¿Puede un hombre cambiar de vida y revivir? La propia novela da la respuesta y permite intuirla a cada palabra: Sí, puede.

No voy a hacer grandes críticas, pues no soy literato, ni experto, ni filólogo. Y no soy objetivo: conozco, aprecio y admiro mucho a Carmen Guaita y se me va a notar. Prefiero decirlo de antemano, para que se sepa que mi objetividad está filtrada por ese conocimiento, ese aprecio y esa admiración.

Es esta una novela muy cuidada, muy bien escrita, muy pulcra, muy detallista. Como dijeron en el día de su presentación (magnífica) en el espacio de la Fundación Diario Madrid, todos los detalles, hasta los más aparentemente nimios, están descritos con elegancia, con precisión, con mimo. Imagino que por eso las cortinas de terciopelo de la casa de Chola, una vedette avezada en el oficio más viejo del mundo, son casi como las de Tara, la arruinada mansión de Scarlet O'Hara, pero solo casi, porque no son las cortinas de una mansión elegante destinadas a convertirse en un arrebatador vestido instrumentado para salir del bache, sino las de la vivienda de una mantenida que no vislumbra la amargura en su entorno. Basta, para decir todo esto sin avergonzar a nadie, con cambiar el color de las cortinas: de verde a rojo. Sutil.

Destacaron también en la presentación otra característica de la novela, diríase de toda la producción novelística, literaria, de Carmen: todos sus personajes, incluso los más alejados del bien aparente, son buenos. Así eran todos y cada uno de sus entrevistados en sus primeros y exitosos libros, así resurge a cada paso de baile y a cada página el bailarín Víctor Ullate, y así son, ciertamente, todos los personajes de este terrario. Incluso en una ambientación histórica tan difícil, Carmen es capaz de demostrar que todos los seres humanos tienen una faceta de diamante, aunque solo sea una. Claro que eso, como bien dejó claro en la presentación José Antonio Corbalán, es solo un reflejo de la autora: cada faceta buena de sus personajes puede ser indagada, hasta reconocerla, en la personalidad de la autora. Y en su sonrisa, añado.

De todos esos personajes buenos, y de los no tan buenos, me gustan especialmente tres: Magda, la esposa de Juan Arnabal, el protagonista, personificación de la elegancia hecha bondad o de la bondad sublimada en elegancia; Asunción, el ama recia, sabia, doliente y comprensiva; el hijo primogénito del protagonista: no Ramón, el hijo natural, sino Javier, el primero de sus hijos de su matrimonio. Ramón es un personaje interesante, bien retratado, al que yo daría un par de bofetadas desde el principio y al que la trama, por no decir él mismo, se las acaba dando. Pero Javier, que se nos aparece como un pimpollo presuntuoso, como un sinsorgo existencial, se revela repentinamente como un tipo fascinante, atrevido, valiente. Tan repentinamente como que el cambio se produce casi en el mismo renglón del texto. Y esa rapidez en mudar resulta de lo más consistente y creíble. Un ole.

Quiero destacar también tres párrafos. Dos, porque me parece que son fundamentales para comprender la novela, y son verdades tan grandes como un grano de mostaza:

"Si uno observaba bien, comprendía que no era cuestión de mover el mundo, sino de moverse en el mundo hacia la dirección correcta. Y quienes lo conseguían de verdad eran los tipos sencillos, con voluntad de bien, a los que no les importaba permanecer anónimos si mejoraban las cosas. Lo pequeño pervivía" (pág. 101).

Senza parole. Otro ole.

"-Me enorgullezco de ti. Dame un abrazo.
-¿Qué lo enorgullece exactamente? ¿Que traicione a quienes confiaban en mí? ¿Que salga corriendo?...
-Que seas capaz de cambiar el rumbo, hijo, porque la vida va de eso" (pág. 202).

Y otro ole. Y van tres.

Hay muchas más cosas interesantes en las 101 primeras páginas, y en las 101 que las siguen, y en las que restan hasta la 230 (y ojo con el índice, que es magistral el uso de las expresiones latinas, orantes, que dan un aura religiosa a la trama).

Pero hay algo con lo que no estoy del todo de acuerdo. Dice uno de los personajes:

"Las personas buenas de verdad no lo van pregonando, ni siquiera se lo reconocen a sí mismas. Si les ponemos el cartel de buenos o si a ellos se les ocurre que lo son, ¡plaf! dejan de serlo en el momento" (pág. 176).

A mí me parece que cuando nos topamos con alguien bueno debemos reconocerlo. Quizá no estar todo el día diciéndole "¡qué bueno eres!", ni tampoco dejar de pensar ante sus actos, porque "como son buenos, todo lo hacen bien". Pero sí tenemos obligación de reconocer a la gente buena, y de adherirnos a ella, y de aprender de ella, y de imitarla, y también de ayudarla a que siga siendo buena (y por eso no hay que cultivar la "buenolatría" ni fomentar su vanagloria, porque entonces ¡plaf! dejan de ser buenos). Pero solo bebiendo de las fuentes de la gente buena con la que nos topemos podremos ser nosotros un poco mejores. Y solo señalando a los demás dónde está esa fuente podremos ser un poco mejores.

Por eso os digo: leed El terrario, leed a Carmen Guaita, bebed en sus fuentes.

viernes, 8 de abril de 2016

No insultes, cenutrio

Estaba tardando tanto en volver que ya me da hasta vergüenza decir nada, incluso el nombre del blog parece haber perdido su sentido. Han pasado tantas cosas desde la última vez que escribí algo aquí (y casi fuera de aquí también, que llevo una temporada si no vago sí un poco dejado).

De las muchas cosas que últimamente han ocurrido, y me han dejado huella, nada como el drama, brutal, que se agolpa a las puertas de Europa. Es algo inexplicable, que a todos nos pasará factura algún día: ¿Qué hiciste, qué no hiciste, qué pensaste, qué omitiste, qué callaste, qué dijiste…? ¿Cómo se lo explicarás a los que vengan detrás de ti? Es asunto serio y complejo, y no quiero ni banalizar ni frivolizar. Ni que parezca un anuncio. Aun así, permítaseme recomendar dos libros para abordar este asunto, para entenderlo, para desmentir los rumores y los falsos estereotipos, para aprender a explicar a los niños lo inexplicable. Solo voy a mencionar los títulos, y si alguien quiere buscarlos, sabrá cómo hacerlo. Se trata de El quinto país del mundo (todos los migrantes que en el mundo existen suman una población tal que los convierte en eso, en el quinto país más poblado del mundo, un país sin fronteras pero con todas las fronteras) y de Soy un punto (todos los seres humanos que en el mundo existen no son más que eso, puntos que existen y viven y están llamados a convivir y a ayudarse mutuamente, a interrelacionarse y a deshacer las fronteras).

Otro asunto que me ha llamado mucho la atención, y sobre el que no paro de dar vueltas últimamente, es la capacidad, enorme, gigantesca, bárbara, del ser humano de insultar, con o sin fundamento (el insulto en realidad nunca lo tiene), de regirse por la máxima del «Insulta, que algo queda». A twitter lo he llevado (no siempre lo logro, pero procuro llevar a twitter asuntos serios, y no banalidades bobas).

Alguien cuelga en su muro de facebook o en su twitter una noticia, un elogio, un comentario favorable acerca de una persona (del Papa Francisco, por ejemplo, o de Barack Obama, o de Barbara Cartland o de Rita la política o de alguno de esos jóvenes millonarios que no tienen reparos en fotografiarse en calzoncillos para celebrar un éxito profesional), y enseguida hay alguien que a continuación dice cosas como «sí, claro, estupendo, pero bien que también hace esto, o que su segundo de a bordo hace aquello otro, menudo hipocritilla falsario, que se lleva el dinero a espuertas, que todos sabemos marketing” (y todos haríamos lo mismo, le falta decir). Se encuentran dos conocidos por la calle y le dice uno al otro: «Ayer vi a Menganitez», a lo que el otro contesta: «¿Sabes que dicen que va a sitios de esos, el muy mariposón? Me lo ha contado la prima de la cuarta ex esposa del portero de la finca en la que está el restaurante donde trabajó hace seis años como aparcacoches, ese que parece que decoró Laly Soldevilla». Y ambos sonríen maliciosamente…

Insultar, insultar, lanzar maledicencias, extender rumores, propalar falsedades, sembrar incertidumbres, minar seguridades y confianzas… Por el mero placer de hacerlo. Pero:

«Todo en la vida se puede decir sin recurrir a la descalificación de las personas» (Juan Cruz).

Al parecer este caballero, periodista y escritor, tiene publicado un libro sobre el tema, que se titula Contra el insulto. Voy a tener que conseguirlo. Me parece básico erradicar el insulto, sobre todo como método de trabajo, como modo de pensamiento, como hábito y como discurso cotidiano.

Máxime si quien lo practica trabaja o se mueve en el entorno de los medios de comunicación. Y todos aquellos que operan en la esfera pública. Por ejemplo los políticos. ¡Ah, los políticos! Esas estupendas señorías, instaladas en el ytumasmismo y en lotuyosiqueesmalismo. Menudos insultos que se oyen últimamente. Y encima, les votamos. O les votan.

Creo que todos deberíamos trabajar por desterrar el insulto. Quizá nos ayudaría rebajar el tono de nuestras expresiones, de nuestras exageraciones. No digas «este niño me saca de quicio» a la tercera vez que pregunta el mismo por qué. Bien mirado, reflexionado incluso, no te saca de quicio, simplemente te ha incomodado levemente. Pero has exagerado para expresarte. Si fueras realista, ni lo dirías. Y dilatarías el momento del insulto: en vez de decírselo al décimo por qué, no se lo dirías quizá hasta el cuadragésimo octavo. Y a la larga, el insulto acabaría por convertirse en algo superfluo, innecesario.

Así que ya sabes, no insultes, cenutrio.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Pensamientos sobre la paciencia


Me asomo a la ciberventana desde este mi mundo una vez al mes, o casi. No soy capaz de hacerlo, como antaño, semanalmente, cargado de mensajes positivos que repartir, con la boca henchida de palabras inventadas y juegos de palabras con intención de despertar una sonrisa en el intelecto. Ahora lo hago precipitadamente, a hurtadillas, queriendo acabar antes de haber empezado. No sé si es la prisa, o el cansancio, o la edad, pero las cosas han cambiado. Ahora tengo la sensación de que voy corriendo a todas partes (y eso que todavía no estamos en la vorágine navideña, que me deja siempre con la lengua fuera por más que me planifique con tiempo y una libreta), de que no llego nunca a ningún sitio, de que no doy abasto y de que todo me sale mal, tarde y deslavazadamente.

Eso, si me fijo en mí, insignificante e infinitesimal parte del mundo. Más debería mirar el dolor, el drama, el sufrimiento, el miedo, la ansiedad, la angustia, la zozobra que se viven en tantas y tantas partes del mundo, algunas tan cercanas que estremece, otras tan lejanas que estremece igual pensar que el mal está por todas partes. Más debería fijarme en la entereza, la firmeza, la valentía, el arrojo, la decisión, el ánimo, la solidaridad, la amistad, la humanidad que envuelven y encierran ciertos actos. 

Me admira cada vez más la gente que no es sinuosa, que no actúa con miedo, sino con valor, con entereza, y con firmeza y sin perder la cabeza defiende sus valores. Y no se la coge con papel de fumar, ni cambia de idea a cada palabra o de deriva según sopla el viento o cambia la corriente.

Y me admira cada vez más la gente que mantiene la calma, que sabe medir sus palabras, que actúa con paciencia. Gran virtud. Escasa virtud que debemos poner en práctica. Es este un firme propósito: crecer en paciencia. A ver si lo consigo.

De momento, tomaré algunas ideas generales sobre qué es y para qué ha de servir la paciencia. Que vale, por ejemplo, para cazar malvados y para no dejarse amedrentar por ellos.

«La paciencia tiene más poder que la fuerza» (Plutarco). 

«La paciencia comienza con lágrimas y al final sonríe» (Raimundo Lulio, o Ramón Llull, beato). 

«Ten paciencia con todas las cosas, pero sobre todo contigo mismo» (san Francisco de Sales). 

«La paciencia es la más heroica de las virtudes, precisamente porque carece de toda apariencia de heroísmo» (Giacomo Leopardi). 

«Nada resulta más atractivo en un hombre que su cortesía, su paciencia y su tolerancia» (Cicerón). 

Paciencia… ¿Cómo tenerla, cuando te acaban de reventar la ciudad y han sembrado de muerte hasta las puertas de tu casa? ¿Cómo tenerla, cuando nada tienes más que tus pies para huir del hambre y de la guerra y del frío y de la muerte y del odio y del rencor? ¿Cómo tener paciencia?

¿Cómo tenerla cuando el reloj te arrebata el día a la carrera, cuando la negra sombra de la muerte se proyecta en un horizonte cada día un milímetro más cerca, cuando la duda se convierte en tu alimento y te mina voluntad y cimientos, cuando la seguridad de tu guarida se pone en cuarentena cada vez que cruje una madera? ¿Cómo?

Dicen que quizá … No sé… 

No quiero parecer melodramático. Es solo que estoy comenzando a reflexionar sobre la paciencia, esa gran virtud que aún no he logrado estrenar, esa virtud que solo crece, como todas las virtudes, cuando la pones en juego. 

Poner en alto, por escrito pero en alto, estas palabras, y estos silencios, me ayuda a aclararme, a ordenar mi mente. 

Tened paciencia conmigo.

 

viernes, 16 de octubre de 2015

Un pensamiento de Teresa de Jesús


Parece que va a ser una tradición que tarde casi dos meses en poder sentarme ante el ordenador con tiempo suficiente para escribir y tranquilidad para ordenar (si es que sé) mis ideas (si es que tengo).

Esta vez, además, ni siquiera voy a hacer casi comentario ni relación de anécdotas o despropósitos. Poco más que homenajear a santa Teresa, de quien ayer cerramos su quinto centenario, reproduciendo una de sus frases. Que es tan clara como la santa, y no merece comentario, pues estropearía la sencillez y la franqueza de su prosa.

«Procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados... tener a todos por mejores que nosotros» (Teresa de Jesús). 

¿A qué decir nada más?

viernes, 4 de septiembre de 2015

Nuevos propósitos


Dos meses sin escribir una línea en el pensamiento de la semana. Se ha convertido en una semana más larga que las fantásticas semanas de aquel centro comercial, que las estira hasta los veinte o veintipico días…

Excusas pongo, y excusas tengo: el calor sofocante, fuera y ¡mucho más, si cabe!, dentro de mi casa durante el mes de julio. El cansancio, el hastío, la hartura, el miedo a repetirme (que lo he hecho), a aburrirme y lo que es peor a aburrir a otros… Las vacaciones, que me han tenido ocupado en otros menesteres diferentes, más relacionados con la lectura, el alimento corporal (en Cantabria uno podría alimentarse casi exclusivamente de raciones de rabas), las relaciones familiares… La reincorporación al entorno laboral, que no me deprime, porque hace años decidí que no me dejaría deprimir por cosas que no están en mi mano cambiar y que tengo que aceptar sí o sí mientras no me toque la lotería, me salga otro trabajo más interesante y mejor pagado, o pegue un braguetazo (tres cosas que de momento no han ocurrido). La reincorporación laboral no me deprime, pero vuelve a constreñir mi tiempo y, en ocasiones, mis ganas de sentarme más horas de las necesarias delante de un ordenador.

Nonostante, ya sentía yo la quemazón, la necesidad de volver a retomar los envíos y entregas periódicas en el blog (digo periódicas y no semanales para no pillarme los dedos con las teclas…).

Quizá sea porque, como casi todo el mundo, considero que septiembre es un buen momento para tomar decisiones, fijar metas, plantearse retos, definir propósitos que ya veremos si se acaban acatando, alcanzando, conquistando y cumpliendo… Septiembre (comienzo de curso), como Año Nuevo, son fechas muy dadas a que uno se ponga metas y se prepare para adelgazar, hacer más ejercicio o ser mejor persona. Pues he aquí mis propósitos para este curso: fortalecer y reducir. ¿Mi musculatura y mi barriga? No estaría de más, pero ni una cosa ni otra me quitan el sueño. Quiero fortalecer mi honestidad, mi coherencia (ambas para conmigo mismo, se entiende) y mi espiritualidad. Y a la vez, reducir mi indolencia, mi capacidad de distracción y mi inconstancia. 

Vamos por partes. No es que no me considere persona deshonesta o incoherente. Pero, a fuerza de ponerlas en práctica con suavidad, dejando pasar de vez en cuando, con cierta fingida inocencia, diminutas mentirijillas, vagas inconsistencias, pequeñas fisuras de irrealidad maquillada, alguna que otra pose fingida, la honestidad, la coherencia, con mayúsculas, se van quedando tocadas, adelgazan, se debilitan. Y tacita a tacita, insulta que algo queda, uno de repente se da cuenta de que está rodeado de pequeñas verdades a medias, como si viviera en una galería de espejos sin saber cómo una melena pelirroja se ha convertido en un corto y sofisticado pelo teñido de rubio (ni Orson Welles, que provocó tal conversión, tuvo la respuesta). 

¿Y eso de fortalecer la espiritualidad? Reconozco que, sin ser cartujo, ni vivir arrobamiento y desespero por sentir transverberar mi pecho, siempre he tenido una cierta vivencia y un cierto interés por cultivar (o al menos por no abandonar del todo) el campo de mi espíritu. Pero a fuerza de visitarlo cada vez menos (con lo lejos que queda el campo de la ciudad, y las caravanas, y la cantidad de cosas que tiene uno que hacer en casa, y lo cansado que es, y…), el campo se va poco a poco secando, llenando de maleza y alimañas, agostando… ¿Y cómo hacer? Muy sencillo (harto difícil, al tiempo): volver a las fuentes, beber de nuevo en los pozos que alimentaban y regaban ese campo. En cada persona dichas fuentes pueden ser diferentes. En mi caso, creo que tengo que volver al Espíritu con mayúscula, a la Eucaristía, también con mayúscula, y al silencio, esos largos ratos de silencio en una capilla junto al sagrario y una vela encendida… 

Reducir mi indolencia, mi capacidad de distracción, mi inconstancia. ¿Cómo se hace eso? Por lo que se refiere a la inconstancia, es fácil: si un día no lo has hecho, no te inquietes, pero no desistas: mañana lo harás, e insistirás con más ahínco. Al fin y al cabo, todos andamos necesitados de rutinas, y qué mejor rutina que volver a levantarse cuando se ha caído o volver cada día sobre los buenos propósitos hasta que se hagan realidad.

La capacidad de distracción tiene para mí más dificultad. Soy muy dado a dispersarme, a pretender multiplicar mi atención a más de una fuente (un interlocutor me habla cuando estoy sentado delante del ordenador y yo le escucho mientras furtivamente miro los correos y salto a twitter o a facebook para ver qué se cuece en mi mundillo…). Propósito de enmienda: prestar más atención, mirar a los ojos de quien me habla, volcar mi oído, mi mente, mi corazón, si es el caso, sobre lo que me está contando… y dejar de pensar en lo que voy a contestar, en lo que quiero contar, en lo siguiente que tengo que hacer…

La indolencia es algo más complicada. Porque pienso que no lo soy. Pero sí lo soy. Claro, pienso en la indolencia y me viene a la cabeza ese adolescente atolondrado que todo le da igual, que tiene un pie en marte y otro en la luna y que no reacciona ante nada que no esté dentro de su pequeño mundo. Y yo ya no soy un adolescente (creo: conozco a adolescentes cerebrales que han cumplido los setenta, y son todavía peores que los de catorce), y no estoy atolondrado (bueno, sí, claro, anda…), tengo los pies en la tierra y todavía reacciono ante cosas que no están en mi pequeño mundo… a veces. 

Y sobre todo, sobre todo, sobre todo (y aquí viene la frase-cita), no caer en la autocomplacencia. 

Lo leí en Expansión (no es que suela leer muchas veces este periódico, pero a veces, en internet, se encuentran cosas como esta:

«La autocomplacencia es el gran enemigo de las grandes empresas» (Daniel Carreño). 

Resulta que este señor es (o ha sido, ya no lo sé), presidente de una importantísima empresa. Y lo que dice lo dijo en un foro sobre empresa, como ponente o conferenciante, y referido al mundo de la empresa. Pero, digo yo, ¿y si ampliamos el enfoque y en vez de mirar a la empresa miramos a la persona? ¿O al grupo? ¿Sigue valiendo?

Dice Doña RAE que autocomplacencia es la «satisfacción por los propios actos o por la propia condición o manera de ser». Así que si yo me siento satisfecho por mis propios actos, por mi propia condición o por mi propia manera de ser, estaré siendo autocomplaciente. Y si esa autocomplacencia es grande, estaré cayendo en el orgullo, que es arrogancia o vanidad, según la RAE.

¿No se puede estar satisfecho de lo que uno hace, de lo que uno es, de cómo uno es? Puede que sí, al menos en parte. Pero sin dejar de pensar que todo es mejorable y sobre sin dejar de mirar alrededor. Porque si yo estoy satisfecho conmigo mismo, con mis actos y con mi condición, con mi modo de ser, me miraré tanto el ombligo que dejaré de ver a los demás. 

Me estoy yendo, vuelvo. Dice este señor que la autocomplacencia es el enemigo de las grandes empresas. ¿Qué mayor empresa para uno mismo, para el ser humano, que alcanzar la felicidad? ¿Y qué mayor obstáculo para alcanzarla que no ver más allá de mi propio ombligo, quedarme mirando lo guachipiruli que soy?

¿Y como grupo, como nación, como agrupación de naciones? Si somos una democracia y un país instalado en el estado del bienestar y las libertades, y nos quedamos mirando nuestro ombligo, en lugar de ayudar a construir el estado del bienestar allí donde no lo hay, de ayudar a restaurar la democracia y restablecer las libertades allí donde están cercenadas, podemos encontrarnos con una enorme avalancha de gente que nos desinstala y nos saca a bofetadas de nuestra indolencia y de nuestro ombliguismo.

Porque la autocomplacencia es el gran enemigo de las grandes empresas. ¿Y qué empresa más grande que construir la felicidad de las personas, sustentar la dignidad de las personas, defender la vida de las personas?

 

viernes, 3 de julio de 2015

¡Madre mía, qué calor!



Cada vez que llegan los calores del verano no puedo menos que evocar a mi padre sentado en el sofá de casa, sin atreverse a hacer el más mínimo movimiento más que boquear y resoplar. Cada vez que llegan los calores del verano me doy cuenta de que todo es susceptible de ser heredado, y de que es un honor parecerse a sus mayores. Cada vez que llegan los calores del verano no hago otra cosa que no sea quedarme quieto en el sofá de mi casa, a oscuras casi, boqueando y sin atreverme a levantar un dedo por no provocar un peligroso aumento en los niveles de sudoración…


Del calor vamos a hablar, que es un tópico fantástico y un manido recurso de ascensor.


«El sol no espera a que se le suplique para derramar su luz y su calor. Imítalo y haz todo el bien que puedas sin esperar a que se te implore» (Epicteto).


No sé si el sol espera realmente a que se le suplique o no para derramar su luz y su calor. Creo más bien que nos pone a prueba: en febrero o marzo, a más tardar, saca sus rayitos un par de días para que los almendros se vuelvan tontos y se pongan a producir flores como un primor. Y con los almendros, mucha gente se vuelve sensible y saca rápidamente la chancla a la calle; los más osados, incluso comienzan ya con la camiseta de tirantes… Pero el sol se retira. Y juega con nosotros, dejando paso de nuevo al frío frescales, a la lluvia humedorra, al viento soplap... Y vuelve a salir más tarde el sol, derramando de nuevo sus calorcillos. Y vuelta a la chancla, esta vez con más persistencia, a ver si así se queda más tiempo. Y sí se queda más tiempo, pero no todo el rato, porque llega la Feria del Libro, ese evento en el que el calorazo del sol se alterna con los tormentos de la lluvia y con el viento alergénico. Y así…


Vamos, que el sol juega con nosotros soltándonos rayos de calor para que le imploremos más y más, y mucho más, chancla en pie y tirante al hombro. Y así nos va, claro, tanta chancla, tanta chancla, que uno ya no sabe si no puede respirar por el calor o por el olor…


Nonostante, me da a mí la sensación de que no va por ahí lo que nos quiere decir este sabio señor griego. Porque hubo sabios señores griegos, y seguramente quedan sabios señores griegos por ahí, y eso que triki triki triki ya se nos ha ido…


Pienso yo más bien que lo quiere decir Epicteto entronca más con mensajes del tipo de «haz el bien y no mires a quién», «ama y échate a dormir», «da amor y recibirás amor»… Y además (una vez equiparados el amor y el bien con la luz y con el calor de la frase de Epicteto), hazlo ya, sin esperar a que te lo pidan.


No esperar a que te pidan las cosas, anticiparse a ellas, es estar alerta, vigilante, despierto, atento a la gente, a sus necesidades y preocupaciones, presto a ofrecer luz, calor, manos, amor, bondad, ayuda, ternura, caridad, protección, escucha, amparo, pan, auxilio…


¿Y cuánta gente hay así en este mundo? ¡Mucha! Muchísima. A mí se me ocurren infinidad de nombres ahora mismo. De hecho, todas aquellas personas a las que alguna vez en la vida les he dicho: «¡Eres un sol!». Porque son soles aquellas personas que hacen bien, que dan amor, en cualquiera de sus formas (no seais mal pensados): ayuda, comprensión, ternura, apoyo, caridad, escucha…


Seamos, como dice Epicteto, soles para los demás en nuestra vida.


Y hagámoslo sin preocupaciones, porque si somos soles siempre podremos decir gongorina o quijotescamente, según sea el caso: «Ande yo caliente…».




lunes, 1 de junio de 2015

Feria del Libro 2015

C3 PO con agujetas...

Me pilló este año la Feria del Libro casi por sorpresa con un lumbago a cuestas y cierta dificultad de movimientos. Y el hecho de cargar y descargar cajas de libros, ubicar cada uno en su correspondiente estantería, pegar carteles, rellenar expositores, distribuir los folletos de propaganda, los marcapáginas y los regalos varios en los espacios más accesibles para el personal, etcétera, me obligaron a hacer mucho ejercicio sometido a las normas de corrección postural: agáchate y levántate con la espalda recta, con los pies bien apoyados y flexionando las rodillas. Al día siguiente, mientras bajaba las escaleras de mi casa para ir a la inauguración de la Feria, entre el lumbago y las agujetas de los muslos tenía menos movilidad que C3 PO...

Pasó la Reina

Pasó la Reina Doña Sofía muy cerca de nosotros: venía el séquito por nuestro lado del Paseo, pero al llegar casi a nuestra altura, frente al Pabellón Infantil, una mujer vestida de rosa, alcaldesa hasta se constituya el nuevo consistorio, dio un quiebro hacia su derecha y se llevó a Su Majestad casi en volandas...Lástima, pues nos consta que no es la primera vez ni la segunda que se detiene a mirar (y a adquirir) alguno de nuestros libros. Y yo que tenía aprendida mi parrafada para regalarle un maravilloso y magnífico libro...

Marxismo infantil

Siempre comentamos entre los vecinos de caseta las incidencias (que si qué mala suerte, que este año nos ha tocado caseta con solanera por la tarde...; que si nosotros estuvimos tres años castigados al final del todo, junto al pino...; que si un año funciona reguar la persiana, otro falla el picaporte y al tercero la cerradura...; que si este año han vuelto a poner cerveza de la mala malísima en las cafeterías del centro del Paseo...). En esas, manifiesto mi contento, al menos, por estar junto al Pabellón Infantil, porque los niños veían los libros y podían adquirirlos sin tener que andar buscándonos por todas partes, y me contesta una vecina: "Sí, a vosotros os viene muy bien, que he visto que tenéis mucho libro para niños, pero nosotros no creas, porque marxismo infantil...".

Grandes autores

Y habrá más, estoy seguro, pero ya el primer día fuimos honrados con la visita de dos magníficos escritores y bellísimas personas: Jesús Ruiz Mantilla, compañero de carrera de los que uno siempre recuerda con agrado, autor, entre otras obras de la excelentísima Ahogada en llamas, novela ambientada en la Santander histórica, del Machichaco al Incendio, y Javier Fonseca, gran amigo, y prolífico autor de literatura infantil, creador de la inigualable y exitosa serie de Clara Secret.

Rumores

Nadie sabe cómo fue, nadie sabe qué pasó, pero a la caseta nos llegó el rumor de que uno de nuestros libros va a protagonizar una noticia en los próximos días. Madre mía, qué nervios, no sé qué será, ni de qué libro se trata, pero el runrún nos tiene locos, nos tiene desbarataos...

Geppeto firmó libros en la caseta





A las pruebas me remito: con esa frente de cuatro carriles por sentido, con esas antiparras sobre la punta de la nariz, sosteniendo con una mano una delicada miniatura y con la otra un objeto punzante, y sobre todo con la atención de la mejor colección de niñas pequeñas que he visto en muchos años, más que servidor dedicando un libro parezco el mismísimo Geppetto retocando una fina pieza de su queridísimo hijo Pinocho. Seguramente, el anciano carpintero de Collodi no tenía muchos más lustros que yo cuando fue pensado por su creador...

Siempre quedan samaritanos

Cuando el calor sofoca y los abanicos no alcanzan a dar aire suficiente para que no desfallezcamos en el interior del microondas que puede llegar a convertirse una caseta al sol, llegó la mejor sorpresa del día. Un amable caballero, viéndonos, nos dio conversación y se despidió amigablemente de nosotros... para aparecer, dos minutos después, con dos magníficas botellas de agua fría para mi compañera y para mí. No se nos ha borrado aún la sonrisa de gratitud. Quedan muchos samaritanos, muchas personas amables, generosas y sensibles.

¿Tenéis más de estos?

Yo, sentado en mi banqueta, bajo un cartel con mi nombre y mi foto indicando "hoy firma...", con un tablero preparado para firmar libros a quien me lo solicite y un sector del mostrador sobreabundando de ejemplares de mis libros. Frente a mí, un hombre joven toma un ejemplar de Momentos de sabiduría en sus manos, lo hojea, lee algunos párrafos sueltos, vuelve el libro para leer la contraportada, vuelve a abrirlo para leer otro par de párrafos al azar, lo deja, toma un ejemplar de Momentos twitter y repite la misma operación, vuelve otra vez sobre Momentos de sabiduría y tras otro par de párrafos leídos, finalmente me mira y me pregunta: "¿Tenéis más libritos de pensamientos de este tipo?". "Escritos por mí, no, pero al otro lado de la caseta tienes un expositor negro con todos los libros de la colección". No fue mi intención sonar más que informativo, pero quizá el tono de mi respuesta fue más impertinente a sus oídos, porque el hombre desapareció inmediatamente entre la multitud. Si alguna vez llegas a leer esto y te reconoces como el protagonista de esta anécdota, acepta, por favor, mis más sinceras disculpas. Repito que no fue mi intención parecer impaciente, antipático o engreído.

¡Scouts!

Un grupo de scouts sale del Pabellón Infantil y se acerca en tropel hacia la caseta. De repente, una de las niñas, la más alta, grita mi nombre y echa a correr hacia mí: mi sobrina Mónica. Con ella, todos sus amigos del grupo scout. Sus monitores, detrás, casi no se pispan de qué está pasando. Uno de los chavales me pregunta incrédulo si de verdad soy familiar de Mónica, otro me señala un libro, Te cuento mi cuento, Premio La Brújula, y me dice: "Este libro lo han escrito dos niñas de mi colegio". "Pues la semana que viene van a venir a firmar", le digo, "vente a verlas". "Vale". Al cabo de un rato se van, felices y contentos, cargados de marcapáginas, regalos promocionales y caramelos.

Y me pudo el lumbago

Ese lumbago que había comenzado a amenazarme antes de que comenzara la Feria, ese lumbago que me tuvo en reposo, concentrado para poder participar en el mayor evento librero de España, me venció. El último fin de semana no pude hacer otra cosa que pedir a mis compañeros que me sustituyeran mientras yo me quedaba en casa, quietecito, sin moverme, sobreinflado de analgésicos, antiinflamatorios y relajantes musculares. Flipando...

Y aun así, Momentos twitter se colocó en el cuarto puesto de la lista de los libros más vendidos en la caseta de San Pablo, seguido ¡tachán! de Momentos de sabiduría, en el quinto puesto. Lo que, aunque este año no hemos hecho lista de autores con más ejemplares vendidos, me sitúa sin duda en un buen puesto. Anda, que llego a estar ese fin de semana en la caseta, y ¡arraso!