miércoles, 30 de noviembre de 2011

Morir nos sienta fatal

Morir nos sienta fatal es el título de la de momento última obra de la periodista Mª Ángeles López Romero. Un libro que aborda desde diversas perspectivas un tema difícil del que siempre parecemos huir, o en palabras de la López, que eludimos «convencidos de que si no la nombramos conjuramos su presencia». Aunque no he leído el libro, y quizá tarde en leerlo, ya que no es este momento de mi vida el más adecuado para entrar en el tema, estoy convencido, mejor, sé fehacientemente que es un libro muy interesante, muy enriquecedor. No puede ser de otra manera.

Ayer presentamos el libro. Y vino Belén Rueda, bellísima, pacientísima, exquisita. Todos los humanos somos iguales, y cuando llega alguien famoso a nuestro entorno nos hacemos babas por tener una foto con él/ella, y me incluyo. Ahí, en la manera en que ese alguien famoso responde al requerimiento constante de fotos y tonterías varias, es donde se ve la calidad humana de la persona famosa en cuestión, y desde luego Belén Rueda ha sacado matrícula de honor (pero no se trata de un examen, eh?). Aparte de ser bella, es educada, amable, simpática y muy paciente. Y además hizo una intervención inteligente, implicada, sólida y además breve al presentar el libro. Lo que la honra doblemente. Quedo, pues, en deuda permanente con ella.

Me pasó, además, algo curioso que aún no he logrado solucionar: uno de los coautores del libro es un cirujano, Antonio González-Garzón. Ambos estuvimos hablando porque estamos absolutamente seguros de que nos conocemos de hace tiempo, pero ninguno fue capaz de dar con el lugar y el momento en que estuvimos en contacto. Y eso que hicimos un repaso bastante exhaustivo a nuestras espectivas existencias.

En el acto me tocó hacer de fotógrafo, y mi poca pericia ha dado escasos resultados, por desgracia, con lo interesantes que eran todos los retratables. Y de cronista, crónica que puede leerse en el blog de la empresa. Y logré, también, tener mi foto con Belén Rueda, y también una con las 21 chicas, o las chicas 21 (las chicas de la revista 21: Mª Ángeles López Romero y Silvia Melero).

En definitiva, que me lo pasé muy bien ejerciendo de rana Gustavo en versión gráfico con gente interesante alrededor. A pesar del cansancio que llevaba encima, y del que he acumulado con este extra. Ha merecido la pena. Y cuando lea el libro, volveré sobre él. Sólo un apunte, una frase que pertenece a uno de los testimonios del libro que Mª Ángeles nos relató ayer. Se trata de la frase que una niña dirige a su abuela, enferma en cama: «Abuela, qué suerte que todo lo que has trabajado por los demás ahora ellos lo van a hacer por ti, ahora te vamos a cuidar y a tener limpia y guapa».





Con Mª Ángeles López Romero y Silvia Melero (el borroso soy yo).



Con Belén Rueda, bellísima a pesar de estar a mi lado.


viernes, 25 de noviembre de 2011

Un pensamiento de Antonio Gala

Hola, corazones.

El otro día me preguntaba a mí mismo si existe algo peor que ir cuesta abajo y pisando el acelerador, y varios amigos me contestaron enseguida que sí, que todo es susceptible de empeorar, por ejemplo si el «abajo», el lugar de destino, está ardiendo (¡Dios mío, no me digas que me espera el infierno sin remisión!), o si además el piso está deslizante (me siento seguro, cantaba hace poco un futbolista en un anuncio, remedando el hit parade antañón, ¿antes de pegársela?). Menos mal que hubo quien me recordó que siempre han de mirarse las cosas sabiéndose en compañía de otros (que es la manera de mirar las cosas con optimismo).

Ciertamente, compañía (incluso en la distancia, es decir, empatía, comunión, apoyo moral, comprensión...) y optimismo son dos ingredientes imprescindibles en este momento ososo de la vida. ¿Ososo? Sí. Dice una amiga de mi madre, y la cito muchas veces, porque me parece una metáfora muy real, que en esta vida uno se tiene que comer un pollo entero: unas veces te toca la pechuga, o los muslos, y la vida es agradable, pero llegan momentos en los que te toca comerte los higaditos, o peor, las plumas, el pico, los huesos...

Quizá por eso he llegado hoy tarde a mi cita semanal. Debo arreglarlo con una buena frase-cita, ya que no sé si tengo el cerebro para comentarios jugosos. Frase-cita que no me proporciona hoy Proverbia.net, ni la espectacular Agenda San Pablo, sino la revista de crucigramas Quiz (confieso: todos los días del año hago un crucigrama o similar de dicha revista, es para mí el mejor activador matinal de cuerpo y mente). Y la frase-cita en cuestión es de Antonio Gala (¿tú, Antonio Gala?, preguntaréis más de uno). Sí, cuando la frase-cita lo merece, pese a que siempre he hecho gala de mi poco aprecio por dicho escritor (vaya, ya he vuelto a hacer una gracieta fácil con los apellidos ajenos...). Dice así el escritor de los bastones:

«Yo creo que vivir para los demás nos hace más grandes, nos hace crecer. A mí me parece admirable esa posición, ya venga por un concepto religioso bien entendido o venga por un concepto idealista» (Antonio Gala).

Vale. La frase-cita tiene muchos matices, tiene implicación y a la vez desapego, distanciamiento. Algo así como si se estuviera dando cuenta de que lo que está diciendo no casa completamente con su planteamiento ideológico preestablecido por el que se rige con hierática actitud. Parece (y no «es», que sería un verbo mucho más directo y real) admirable (que además es también envidiable, encomiable, digno de imitación...); concepto religioso bien entendido (por un lado, todo concepto religioso bien entendido lleva a vivir para los demás; por otro, la palabra «concepto» resta vida, calor, color y humanidad al significado al que alude), son algunas expresiones o maneras de decir que no me gustan, no me convencen, me dejan como frío, me separan de su idea inicial.

Idea inicial que no debemos dejar que se pierda entre la asfixiante hojarasca intelectoconceptual que Gala ha cultivado profusamente a su alrededor. Idea que es fundamental, certera, veraz, sempiterna: «Vivir para los demás nos hace más grandes, nos hace crecer». Que se lo digan, si no, a los representantes de las profesiones que más felices hacen sentir, según la reciente encuesta: sacerdotes, bomberos y fisioterapeutas. Se me ocurren más. Pero mejor que las imaginemos.

Y no son sólo las dedicaciones profesionales. Se puede ser cualquier cosa, desde perroflauta hasta político, y hacerlo viviendo para los demás o para uno mismo. Y quien vive para los demás, ya sea manifestante o fuerza del orden, enfermo o cuidador, informador o receptor, artista o público, conductor o conducido, jefe o empleado, quien vive para los demás, insisto, es más grande, se hace, poco a poco, sin buscarlo y sin darse cuenta, más grande, mejor, crece. Y en eso Gala tiene razón. Porque es verdad. Y una persona que vive para los demás, como también dice Gala, es admirable.

Lo que pasa es que vivir para los demás es un don, un don que se renueva cada mañana, cada minuto; pero también los dones hay que merecerlos, y renovar ese mérito cada mañana, casi cada minuto que pasa. Si no lo hacemos, nos quedamos al margen, viendo pasar a nuestro lado, o por delante de nosotros, a los que viven para los demás, admirándolos, pero sin salir de nosotros mismos. Y entonces empezamos a decir «yo creo», «admiro», «concepto», «ideología»... A mí también me pasa, señor Gala: admiro a la gente mejor que yo; es decir, admiro a todo el mundo.

Gracias por enseñarme una verdad como esa.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Un pensamiento de Anatole France

Hola, corazones

Hoy es uno de esos días. No, no voy a hablar de los efectos psicológicos de la andropausia precoz, ni de la influencia en el estado anímico de la presión atmosférica. Es otra cosa. Hoy es uno de esos días en los que los símbolos se imponen, y no siempre como resultado de una adhesión consciente y reflexiva. Hoy es día de mítines electorales. Esos encuentros en los que los candidatos dicen a la gente que les vote y a los que sólo acude la gente que les va a votar. Hasta ahí bien, pero es que es imposible abstraerse a la imparable e incesante reproducción de pancartas, musiquetas, banderines, retratos, impactantes e ingeniosas frases comunes de los políticos... Al final sólo consiguen que me domine una náusea incoercible (uso esta expresión con permiso de un muy querido amigo que tiene compuesta una maravillosa canción que trata, precisamente, el tema de la náusea), que me concentre en mis cositas y pase de todo. Luego el domingo me recupero y voto, pero eso ya es harina de otro costal o incongruencia de otra meliflua voluntad...

Si no me gustan los mítines, menos aún las manifestaciones, esos encuentros sociales de variopinta gente que se reúnen en la calle en torno a una idea y cientos de símbolos anticuados. Como fuera que la mayor parte de esos símbolos no sólo no me representan, sino que no son para mí más que los lábaros eSePeQueRos que portaban los soldados romanos, no me siento nunca ni con ganas ni con fuerzas ni con ánimos de unirme a grupos que reivindican con sus símbolos pretendidas nostalgias pretéritas envueltas en un falso halo de romanticismo evocador. Y yo, sinceramente, no creo que regresar a los tiempos de Amalarico, a los del Conde Duque de Olivares o a los del general Prim sea en absoluto interesante para mi país ni para mi persona (y eso que me encantan las antigüedades, que me acabo de comprar una banqueta de piano, de esas redonditas que suben y bajan girando el asiento; no, piano no tengo, ni se le espera, que mi palacete no es capaz de albergar tales lujos).

En fin, dicho esto, que viene como reacción a una foto que he visto hoy en el periódico, voy a pasar ya a la frase-cita. Esta vez me la presta Proverbia.net, que hacía mucho tiempo que tenía a este buen servidor en el olvido. Dice así su recomendación de ayer:

«El futuro está oculto detrás de los hombres que lo hacen» (Anatole France).

Este reivindicativo escritor francés (¿por qué pretender el afrancesamiento de la antigua Anatolia?) nos habla de futuro, algo de lo que últimamente parece que todos tienen algo que decir: que si el uno nos dice que nos va a dar un futuro próspero y el otro un futuro incierto y oscuro, que si el futuro que nos promete el otro es un futuro condicionado al pretérito, que si el futuro es antropológicamente un pensamiento de izquierdas, que si la bruja pitonisa de la tele te adivina el futuro por un módico precio, que si para qué preocuparnos del futuro si está cerca el fin del mundo, que si qué futuro tiene esta chica tan mona que actúa tan bien delante y detrás de las cámaras, que si...

Pues bien. Tanto futuro, tanto futuro, que al final se esconde, como bien dice don Anatolio. El futuro se esconde, está oculto, detrás de los hombres que lo hacen. Sé que entre mis distinguidos clientes y lectores nadie se ofende porque al decir hombres estamos diciendo (don Anatolio está diciendo) hombres y mujeres, esto es, personas. Quizá se ofenden más mis clientes y lectores precisamente por hacer esta aclaración. Pido disculpas. Pero tenía que hacerla.

«El futuro está oculto detrás de los hombres que lo hacen». La cosa está en ver qué futuro esconden, y sobre todo quién está construyendo nuestro futuro. La cosa está en que muchas veces delegamos la construcción de nuestro futuro en otros. Vale que hay muhos asuntos relacionados con el futuro que se nos escapan, o que no podemos abarcar, o a los que nuestra formación no alcanza, y para todos esos asuntos delegamos en otras personas, en otras instancias. Y de ahí salen luego, entre otras instituciones, los Parlamentos y los Gobiernos.

Pero hay otras circunstancias que sí dependen de nosotros. Cosas pequeñitas, nimiedades tontorroninas que, por pereza, desidia, cansancio, vagancia, ignorancia, falta de visión, comodidad, sedentarismo, distracción, inadecuada educación, etc., vamos dejando también en manos de otros, o peor aún, vamos abandonando a su suerte, hasta que llegan otros y se hacen con el poder en esos asuntos.

Aunque haya muchas personas, instituciones, circunstancias, necesidades, etc., que me aprieten, que me acosen, que me persigan, que me atosiguen, que me hagan sufrir, siempre debo pensar que la apretura no es ahogo, que el acoso no es derrota, que la persecución no es abandono, que el atosigamiento no es asfixia, que el sufrimiento no es muerte. Que yo soy portador de algo más grande que yo mismo, y ese algo es lo que debo dejar a las generaciones siguientes, ese algo es aquello con lo que debo contar para construir, siempre, el futuro.

Dejemos que el futuro se vea, que asome detrás de nosotros, que somos forjadores de futuro.

Y feliz semana. Auguro.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Un pensamiento de san Agustín

Hola, corazones

Yo tenía previsto, pensado al menos, escribir acerca de mi emoción al ver la tarjeta censal de mi sobrina, que estrena mayoría de edad (tengo más sobrinos mayores de edad, pero la de mi sobrina me ha puesto especialmente sensible), o del extraño comportamiento de la gente cuando llueve (¿os habéis dado cuenta de que la persona que más levanta el paraguas al cruzarse con otra es siempre la más bajita?), pero los jueves suelen traer circunstancias que tratocan todos los planes y todo acaba por sentarnos fatal.

Ayer, la llamada telefónica de un amigo (para ser exactos, varias llamadas telefónicas de varios amigos) me llevó de mi casa al tanatorio, para acompañar a otro amigo y a toda su familia, pues su padre había fallecido esa misma tarde. Como fuera que de jovencito entré a formar parte, y nunca daré suficientes gracias por ello a Dios nuestro Señor, de un gran grupo de gente buena, conocía no sólo a mi amigo, a su mujer y a sus hijos, sino también a sus padres. Bellísimas personas. Él acaba de irse. Y su muerte, y la reciente muerte de otras personas, padres y madres también de amigos míos, me hacen pensar y centrarme hoy en la muerte. Algo que sabemos que ocurre, para lo que intentamos prepararnos y que, en la misma medida, intentamos evitar hasta de palabra, pero que está ahí. Y siempre –permítaseme que saque a colación el título del último libro de la periodista Mª Ángeles López Romero, de la que recientemente he hablado aquí, que en un tono coloquial y casi desenfadado pero siempre riguroso y respetuoso nos recuerda que La muerte nos sienta fatal–, siempre, es verdad, la muerte nos sienta fatal.

Así que cambio de intención y traigo a la memoria una frase-cita sobre la muerte. La rescato de la Agenda San Pablo del año 2002, porque casualmente la tenía a mano y porque en ella apelo a la sabiduría de los santos para tratar el tema:

«El único que no pierde a sus seres queridos es el que los quiere y los tiene en Aquel que no se pierde» (san Agustín).

Sabia, doctamente habla el hiponense acerca de la muerte, mejor, de la trascendencia de la muerte. Porque se trata, como bien dice, de no perder a los seres queridos cuando se van de nuestro lado, de nuestro mundo, de nuestro tiempo. De conservarlos, de seguir escuchándolos, queriéndolos, mirándolos, atendiéndolos. Eso son los recuerdos. Sí. Pero los recuerdos, para quien tiene fe, se conservan en el anaquel de Aquel que no se pierde.

Comienza el hijo de santa Mónica con una afirmación más próxima, común a todos los hombres y mujeres que en el mundo y en la historia hay, ha habido y habrá: «El único que no pierde a sus seres queridos es el que los quiere». Claro, si no, no serían seres queridos. No juguemos. No los perdemos porque los queremos, pero porque los queremos de verdad. Porque su paso por nuestra vida, paso importante, crucial y necesario porque sin tal no habríamos alcanzado la existencia, por ejemplo, nos ha dejado una profunda e íntima huella, porque nos ha llenado el pozo de recuerdos, nos ha permitido ordenar la alacena de nuestros sentimientos y el ordenador de nuestro pensamiento. Porque nos han enseñado a andar. Y si reconocemos eso de nuestros seres queridos, es que los queremos de verdad. Y entonces los conservamos, o no los perdemos, en el recuerdo fiel de su presencia.

Pero el autor de las Confesiones va más allá y se remonta a La Ciudad de Dios: «El único que no pierde a sus seres queridos es el que los quiere y los tiene en Aquel que no se pierde». No perdemos a nuestros seres queridos porque los conservamos en nuestra memoria, en nuestro cerebro y en nuestro corazón, en nuestra propia alma. Pero también, y sobre todo, porque nuestra fe y nuestra esperanza están puestas en «Aquel que no se pierde», que siempre está, que siempre se encuentra (aunque no siempre nos demos cuenta de ello). Aquel a quien hemos entregado no sólo el recuerdo de nuestros seres queridos, sino a ellos mismos, para que continúen viviendo y disfrutando con Él de la vida eterna. Por eso no los perdemos, por eso siempre están con nosotros, porque están con el que siempre está en medio de nosotros.

Por eso nunca habrás perdido a tu padre, porque tu padre, hoy, está con Padre; nunca habrás perdido a tu suegro, porque tu suegro, hoy, está con Padre; nunca habrás perdido a tu esposo, porque tu esposo, hoy, está con Padre; nunca habréis perdido a vuestro abuelo, porque vuestro abuelo, hoy, está con Padre.

Rest in peace!

viernes, 4 de noviembre de 2011

Un pensamiento de Benjamin Franklin

Hola, corazones

Ayer tuve ocasión de comprobar el estado de la educación (mejor dicho, de la enseñanza) en este querido país nuestro conocido por el nombre de España. Madre e hijo charlaban en el autobús, de regreso a su casa (yo, al menos, iba de regreso a la mía tras la jornada esclavoral). A la pregunta de si tenían muchos deberes para el día siguiente, el chico contestó con cara de displicencia que poca cosa, pues sólo tenían un fácil examen de Cono sobre las Comunidades Autónomas (las mayúsculas, que no falten). Y empezó a decir que era un rollo porque no estaba muy seguro de las capitales: preguntó, por ejemplo, si la capital de Extremadura es Cáceres o Badajoz. Las dos son capitales, contestó solícita su madre, ¿o es que han cambiado ahora el sistema y os enseñan otra cosa para liaros? Siguió el niño hablando, sin aclararse muy bien acerca del concepto de «capital», de que las provincias de Galicia son La Coruña, Orense, Pontevedra y ¡Vigo!, pero la capital es Santiago de Compostela, y no Vigo, como decía un compañero suyo. También, puesto que la capital de Asturias es Oviedo, preguntó si debía considerar Gijón pueblo o ciudad. Y dijo que las provincias catalanas eran Lleida, Barcelona y Gerona (olé esa mezcla idiomática, olé ese tarraconense olvido), y que la capital es Barcelona. Su madre, preocupada, aconsejó a su hijo que contestara el examen «a lo antiguo», y que a la pregunta, un suponer, sobre la capital de Andalucía, él contestara el nombre de las ocho provincias, si es que aún tiene ocho y no le han añadido una nueva...

Mirar al pasado no siempre es lo más indicado, pero cuando en mi colegio todos los alumnos éramos oriundos de ciudades españolas, salvo un vietnamita que cursó pocos años antes que yo, tuve que aprender (y todavía recuerdo) las capitales de todos los países que entonces componían el mundo, y sabía, mal que bien, situar países y capitales en un mapamundi. Ahora que es más fácil que en el pupitre de al lado (¿siguen existiendo los pupitres?) esté sentado un niño natural de Bucarest, de Bata o de Benarés, ahora que el mundo está mucho más globalizado, nosotros nos miramos el ombligo de las Comunidades Autónomas (las mayúsculas que no falten), y comenzamos a estudiar de dentro a fuera, sin preocuparnos de que lo de fuera ya está dentro y de que dentro y fuera, salvo corrección de Coco, no son conceptos tan clausos como pensamos.

No suelo ponerme tan combativo, pero a veces... En fin, vamos con la frase-cita, que se me acaba el tiempo. Sábado 5 de noviembre en la Agenda San Pablo del año en curso. Dice así:

«La llave que se usa constantemente reluce como plata; no usándola se llena de herrumbre. Lo mismo pasa con el entendimiento» (Benjamin Franklin).

La intención de don Benjamín es clara, nítida, diáfana, reluciente. Y es casi imposible rebatirle: si no piensas, el pensamiento enflaquece, enferma, decae, empequeñece...

Pero, ¿es cierto lo de la llave? ¿Es este el mejor ejemplo? En un sentido aprecido hay una frase por ahí que dice que el agua detenida acaba corrompiéndose y es mejor, pues, que corra.

Todos tenemos cerca una o varias llaves. Hagamos el ejercicio de tomarlas en la mano y mirarlas un momento, para comprobar si, usándolas como las usamos, están relucientes como plata o llenas de herrumbre. Seguramente ni una cosa ni otra, ¿verdad? Los materiales (los metales) con que están hechas las llaves de ahora no son, seguramente, los mismos con los que se hacían las llaves en tiempos de don Benjamín. Y tanto cerraduras como llaves eran, en su época, mucho más grandes que ahora. Las llaves de entonces, que ahora consideramos antiguas, tienen un color oscuro, proveniente, con toda seguridad, de la herrumbre, de la falta de uso. Si las puliéramos, o si las tuviéramos todos los días en la mano durante un tiempo, brillarían, no sé como plata, pero brillarían. Hay metales que, cuando se tocan mucho, quedan pulidos y brillantes. Recordemos, si no, esas esculturas, normalmente verdosas, que tienen una parte brillante, casi dorada, no por caprichoso deseo de su autor, sino por rijosa y salz costumbre del personal, que tiende a tocar pechos y nalgas de la mujer (y en ocasiones del hombre) desnudos para la eternidad en la estatua.

Con todo esto no hago más que corroborar la afirmación de don Benjamín: el entendimiento se pule con el uso. Algo tan evidente y que, sin embargo, tantas veces olvidamos, atontolinados como estamos con la visión, desde el salón de casa, de «cosas que no nos hagan pensar». En fin...