viernes, 24 de octubre de 2008

Un pensamiento de Pablo Neruda

Buenos días, amigos, saludos desde este fresco despacho.

Hoy no sé de qué hablar, y Proverbia.net no me ayuda con su envío diario, sobre la televisión, algo tan anodino, tan poco interesante, tan inconsistente. Así que acudo a la genial Agenda San Pablo 2008, bendito sea su autor por los siglos, que me facilita un consejo sobre el pecado el día 24 de octubre y una poética reflexión el día 25. Esta es, pues, la frase, una vez desestimada la del santo padre Claret:

«Conocer el amor de los que amamos es el fuego que alimenta la vida» (Pablo Neruda).

Si yo amo a alguien, cabe la posibilidad de que ese alguien, esa alguien, si preferís, me ame, pero también la contraria, es decir, que no me ame; cabe incluso que no sepa de mi amor, o que el desconocimiento sea recíproco, es decir, que tampoco yo sepa del amor de ese o esa alguien. ¡Qué lío! No. Es sencillo. Si yo no manifiesto mi amor, si no manifestamos nuestro amor, este amor no será conocido ni transmitido, y no habrá fuego que alimente nuestra vida, y el fuego se apagará. Y no estamos hablando aquí ni sólo ni principalmente del amor pasional, del amor conyugal o del mero amor erótico, sino del acto de amor que debemos, por mandato divino, mejor por recomendación divina, a todos los hombres por el mero hecho de serlo. Amor que se trasluce de una manera más nítida en aquellas personas a las que conocemos, tratamos, en aquellos con quienes convivimos, incluida, si la hubiere, nuestra pareja, es decir, nuestro amor conyugal, unitivo.

Nada más puedo comentar de una frase que en poco dice tanto y lo dice tan bien como sólo un grande entre los grandes, un corazón entre los corazones, un poeta, Pablo Neruda, puede decirlo.

viernes, 10 de octubre de 2008

Un pensamiento de Guy de Maupassant

Buenos días. Esta mañana me he levantado sensiblón, a juzgar por la cancioncita que, de improviso, me ha venido a la mente y ha asaltado mis labios: «Te amaré, te amaré como no está permitido; te amaré, te amaré como nunca se ha sabido; porque así lo he decidido, te amaré» (Miguel Bosé). ¡Puagh!, pensaréis algunos. C’est la vie!

Hoy voy a incluir dos pensamientos. ¿Por qué? Para extenderme, jaja. No, veréis. El primero no lo voy a comentar, es simplemente un pensamiento que encontré ayer en el maravilloso libro que estoy preparando ahora mismo (no escribiendo, ¿eh?), y que quiero dedicárselo a una amiga mía, porque le viene como anillo al dedo o cucharadita de caviar al canapé:

«Los niños que tienen la posibilidad de convivir con sus abuelos tienen una riqueza personal que no tienen los demás» (Alejandra Vallejo-Nágera).

El segundo pensamiento es el que voy a comentar, espero que brevemente, y tiene que ver con la Soledad, en mayúsculas, con el estado personal, anímico, moral y espiritual de Soledad. La frase es así:

«Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos y todos nuestros actos y esfuerzos tienden a huir de esa soledad» (Guy de Maupassant).

Estos franceses, ¡qué exageraditos que son siempre! Depende, monsieur, depende, de qué soledad estemos hablando, de cómo hayamos desembocado en ella, de si ha sido elegida libre y conscientemente o nos viene impuesta, incluso en ese caso, depende de cómo hayamos aceptado, asumido, hecho propia esa imposición de soledad. Sobre la soledad siempre he entendido mejor una frase, que no sé citar con precisión literal, de ahí que no la entrecomille, y cuyo autor no recuerdo, que dice algo así como que los hombres huimos de la soledad cuando no sabemos estar a gusto con nosotros mismos. Esa es la auténtica soledad: no saber estar consigo mismo, es decir, no conocerse y, no conociéndose, no mostrar el mínimo interés por hacerlo; no estimarse, no apreciarse, no quererse, hasta el punto de no aguatarse a sí mismo y querer estar huyendo de uno mismo. Nada más esquizofrénico, nada más imposible, nada más erróneo. Esa es la soledad de la que dice Maupassant que huimos. Pero la soledad aceptada, la soledad callada, la soledad sonora de san Juan de la Cruz, por ejemplo, no es para huir de ella, es para solazarse, refrescarse, tomar fuerzas y, después, salir de ella recargado y convivir humanamente, divinamente casi, con tu prójimo.

miércoles, 8 de octubre de 2008

¡Ya está aquí!

Bueno, pues ya está aquí, ya ha llegado el hijo esperado. Para quienes no conozcáis la historia, hago un breve resumen: hace ya bastante tiempo, Nacho, un compañero de trabajo, me comentó la posibilidad de que yo preparara una serie de materiales didácticos para un proyecto educativo sobre la paz basado en una canción y su correspondiente vídeoclip. La canción se titula Desaprender la guerra, y su autor es Luis Guitarra, cantautor que tiene ya varios discos publicados cuya distribución contribuye a la financiación de una ONG: Como Tú, Como Yo. El vídeoclip es de David de la Morena. Cuando acepté la propuesta, me puse en contacto con Luis Guitarra, en el que he encontrado no sólo un apoyo constante, multitud de sugerencias interesantes y un ilimitado y sincero agradecimiento, sino, además, un voto de amistad basado en que, por encima de que ambos tenemos diferentes sensibilidades, estábamos embarcados en un proyecto común con un único objetivo: la educación en el valor de la Paz, con mayúsculas. Y transcurrido el tiempo lógico de redacción, revisión, maquetación e impresión, ya están en la calle el libro impreso y un completo DVD que contiene el vídeoclip, los materiales de la Guía didáctica y un montón de cosas más. Ambos, libro y DVD, se pueden adquirir a través de las páginas web de Luis Guitarra y de la ONG Como Tú, Como YO:
http://www.luisguitarra.com/02_discos/pedidos.html
http://www.comotucomoyo.org/20_sentidosur/material.php?id=14 http://www.comotucomoyo.org/20_sentidosur/material.php?id=15



viernes, 3 de octubre de 2008

Un pensamiento de David Lloyd George

Esta mañana venía pensando en proponer directamente la frase que hoy me enviara Proverbia.net. Pero me ha parecido demasiado fácil reflexionar sobre la amistad verdadera con mis amigos verdaderos. Un poco recurrente. Así que acudo al archivo para darle vueltas a la cabeza:

«La libertad no es simplemente un privilegio que se otorga; es un hábito que ha de adquirirse» (David Lloyd George).

David Lloyd George (1863-1945), político británico, fue primer ministro de 1916 a 1922. Y habla de libertad quizá porque es político, y la considera un hábito quizá porque vivió en otra época, en la que uno se gobernaba con responsabilidad y autocontrol, y mirando alrededor, es decir, teniendo en cuenta al prójimo.

Dicho esto, yo quiero hacer un par de breves reflexiones al hilo de la frase. Paa empezar, considero que la libertad es algo intrínseco al ser humano, algo que puede verse menguado por infinidad de circunstancias: por nosotros mismos, por el ambiente, por el espacio físico en el que uno se desarrolla, por los demás, por lo que recibimos y por lo que nos es negado; pero, en cualquier caso, la libertad sigue existiendo, sigue siendo una pertenencia inherente a nuestra condición humana.

Por lo tanto, no es un privilegio que se otorga (o sí: el privilegio que nos otorga Dios al hacernos humanos, al darnos la vida, en definitiva).

Claro, esto siempre que no estemos hablando de libertad sólo como de la condición del que no está entre rejas y puede moverse con autonomía.

Vamos con la segunda proposición: es un hábito que ha de adquirirse. Tampoco lo veo yo así, exactamente. La libertad es una cualidad, una condición humana, que, como tal, hemos de conocer y asumir, y conforme a ella debemos actuar. En este sentido, sí es un hábito, sí se adquiere: se adquiere el hábito de actuar conforme a esa libertad que habita (permítaseme el juego de palabras entre la costumbre y la residencia) dentro de nosotros.

Ahora bien, ¡qué difícil se nos hace, amigos, actuar conforme a esa libertad, es decir, ser auténticamente libres! Quizá sea porque, siendo condición de primera magnitud, no es la primera de las especifidades del ser humano a la que debemos hacer caso. Quizá la libertad está hermanada (o encadenada, mejor, concatenada) con otros conceptos, como el amor, la verdad… En fin, no sé qué pensaréis vos.