viernes, 31 de mayo de 2013

Un pensamiento de Mª Ángeles López Romero y otro de Chesterfield


 
Estoy en un momento del año en el que todo (o casi) se centra en los libros: el comienzo de la Feria del Libro, evento que me devora porque me encanta o me entusiasma porque me embarga, ha supuesto ya para mí muchas horas de trabajo, de dedicación, de pensar e imaginar, de tratar de desarrollar (siempre en equipo, claro) productos y técnicas que nos permitan dar a conocer al público nuestros libros (los de mi editorial). Por otra parte, la primavera es, al menos para nosotros, tiempo de mayor actividad, no tanto en producción, que también, como en promoción y organización de eventos. Esta misma semana hemos presentado, en la FNAC, una de nuestras últimas novedades, de la que luego hablaré. Por otro lado, esta actividad «librera» (ferias, presentaciones, etc.) me recuerda que tengo un libro a medias (por escribir, por leer tengo varios) que no sé cuándo voy a lograr terminar. Se necesita tiempo y serenidad para sentarse delante del ordenador y enfrentarse no al folio blanco que aparece en el insolente güord, sino a la frase-cita asesora para construir una segunda entrega de Momentos de sabiduría, que tan bien sigue funcionando y tantas alegrías me ha proporcionado.
 
Vamos con la presentación. El libro se titula Mamá, ¿Dios es verde? Y es una conversación entretenidísima entre la autora, Mª Ángeles López Romero, periodista, escritora, sevillana, sonrisa, amiga, que todo eso es, y su hijo Miguel. En la presentación, con ella, el escritor, periodista, sacerdote, jesuita, Pedro Miguel Lamet, autor de sobra conocido que acaba de presentar una biografía del Padre Llanos que lo ha puesto en los titulares de todos los periódicos. También Luis Fernando Vílchez, profesor universitario, psicólogo, amigo de la casa (San Pablo), muy buena gente, y el cantante Migueli, un cantautor cristiano simpático y dicharachero, que tiene gracia y buen oído, aunque reconozco que su música no es precisamente mi estilo predilecto. Y Anne Igartiburu, bellísima, mucho más que en la tele, que ya es decir, encantadora, dulce, amable, inteligente, contundente en sus afirmaciones, valiente, dando testimonio de fe y de coraje. Tela. La presentación estuvo muy bien. Entre el público, había periodistas del gremio religioso, miembros de la curia de al menos dos congregaciones religiosas, ancianos, niños, jóvenes de mediana edad (como la mía, más o menos)… De todo un poco, vamos.
 
El libro está fantástico (se nota con un vistazo rápido, aunque no lo he leído entero aún; caerá), y aunque sé que habrá cosas en las que no coincida con la autora, que es mucho más moderna que yo, que soy del siglo XIX (y no sólo en materia de tecnología…), sí sé que en las dos realidades principales que señala el libro coincido plenamente: Dios y el sentido del humor son dos realidades fundamentales en la vida del ser humano. No voy a comentar una frase-cita de ella, pues tenía otra cosa prevista, pero no puedo dejar de mencionar algo que dijo el otro día en su intervención y que me gustó mucho:
 
«Nombramos demasiadas veces a Dios por su nombre de pila en lugar de mostrar más sus apellidos: justicia, paz, compasión, libertad…». (Mª Ángeles López Romero).
 
Sí, López, querida, tienes razón en lo que dices. Pero… Recuerdo que en tiempos de colegial, mis amigos y compañeros me llamaban por teléfono y preguntaban: ¿Está Santos? Y entonces se ponía mi padre, luego mi hermano Ángel, luego mi hermano Nacho, luego mi hermano Jorge… Hasta que se aprendieron mi nombre. Quiero decir con esto que no todos los que llevan los dignísimos y maravillosos apellidos Justicia, Paz, Compasión, Libertad... son Dios Justicia, Dios Paz, Dios Compasión, Dios Libertad… Porque Dios, que es Amor, aporta precisamente eso a sus apellidos: DiosAmor Justicia, DiosAmor Paz, DiosAmor Compasión, DiosAmor Libertad…
 
Vaya, para no haber querido comentar tu frase-cita, en un solo párrafo me ha salido casi una tesis… Sigo diciendo, nonostante, que tienes razón en lo que dices: muchas veces utilizamos el nombre de Dios, sin sus apellidos, arriegándonos incluso a desposeerlo de su sinonimia Amor. Y eso no es bueno. Porque hay que nombrar, y mostrar, a Dios al completo. Y como has hecho tú: con respeto, con humor, con entusiasmo. Espero poder hablar algún día contigo de esto, con una caña y unas aceitunas, o con dos cañas, unas aceitunas y unas patatas fritas, o…
 
Pues ya no sé si poner la frase-cita que tenía prevista, y comentarla, porque me va a quedar una entrada larguísima en el blog. Intentaré ser breve en el despiece de este pensamiento, pues.
 
«Si no plantamos el árbol de la sabiduría cuando jóvenes, no podrá prestarnos su sombra en la vejez» (Chesterfield).
 
Este señor, que es conde y lord a la vez (Condelord, o Lord con D), viene a decir a los jóvenes eso que mi abuela decía con un ¡Vaaamos! y otra mucha gente dice con un ¡Espabila! Esto es, que si eres joven y no te pones las pilas y te calzas las zapatillas de aprender corriendo, te vas a quedar achicharrado de mayor, porque todos te van a brear, a asar, a freír y a desplumar, hasta dejarte sin sombra. Que no te puedes quedar seis años en primero de carrera, ni quedarte estudiando todo el año sin mirar una sola vez los muslos de una chica, ni pasarte el día pensando en que la camiseta más mona no es la que llevas puesta, ni andar toda la vida esperando la paga y que tu madre te organice el cajón de los calzoncillos, ni… ¡Espabila!
 
Yo no lo hice, y mira, así me va en la edad esa que muchos ya consideráis vejez: somos mayores para estar solteros, mayores para que nadie quiera ligar con nosotros, mayores para que nadie quiera contratarnos, mayores para andar haciendo tonterías por la calle, mayores para inflitrarnos en un botellón (ni ganas), mayores para comprarnos ropa en determinadas tiendas, mayores… Bueno, pues mayor y todo, mira: no planté en mi primera juventud toda la saiburía que debí plantar y ahora tengo una sabiduría tan chiquitita que no da sombra: ocho centímetros de ancho por once y medio de alto…, y además sólo da sabiduría por momentos, o en determinados momentos, o en algunos momentos, o…
 
Ya lo sabes: espabila. Y si quieres sembrar sabiduría, yo te puedo recomendar un sitio donde te dan una poca, a ratitos…

viernes, 24 de mayo de 2013

Un pensamiento de Leonardo Da Vinci


 
He comprado flores esta semana, y las he puesto en mi casa. A pesar de que casi nunca estoy en ella, apenas para dormir y poco más; a pesar de que la luz no penetra a raudales por la ventana, sino que es más bien huidiza y no muy generosa; a pesar de que el escaso espacio y la abundancia de muebles ya me obligan siempre a caminar de costado y las flores obstaculizan casi más mis movimientos, a pesar de todo ello, he comprado flores esta semana y las he puesto en mi casa.
 
Flores moradas y amarillas. Alstroemerias de un morado intenso, casi como si fueran Iris, en un color que nunca había visto en esa flor, muy variada en la pigmentación de sus pétalos pero más proclive a los tonos rosados, blancos, rojizos, anaranjados o amarillos. Combinadas con unas cuantas varas de Solidago de puntilloso (o puntillista) amarillo, en un jarrón alto y estrecho. Juntas han dado, están dando, color, luminosidad, vida, alegría a mi casa. Llevo toda la semana sonriendo cuando entro y las veo, esperándome sobre el aparador, junto a la ventana, camino del despacho (¿a que parece que tengo una casa grande?). Esperan a que les reponga el agua, las mueva en el jarrón, les corte un poquito los tallos, les quite esa hoja que empieza a secarse y entristece el conjunto… Y parece que sonríen y todo cuando he terminado de atenderlas…
 
A veces muchas veces, las flores me ayudan del modo que digo: iluminan y alegran mi espacio, me provocan una sonrisa, logran que desvíe hacia ellas mi mirada y mi atención cuando estoy sentado frente al ordenador o al televisor, hacen que atienda a sus necesidades y a su aspecto, me hacen evocar personas, recuerdos, situaciones, momentos… Creo que las flores tienen la capacidad de serenar el espíritu, de detener el tempo interior, de suavizar la voz…
 
«Quien de verdad sabe de qué habla, no encuentra razones para levantar la voz» (Leonardo Da Vinci).
 
Aplastante. Así que el que levanta la voz no sabe de qué habla. Pues está lleno el mundo de gente de todo tipo que no sabe de qué habla. Yo mismo soy muy dado a no saber de qué hablo, digo, a levantar la voz. Intento hacerlo lo menos posible, me digo a mí mismo que la próxima vez que sienta la necesidad de levantar la voz, antes de hacerlo tengo que volver a pensar en si me merece la pena, en si tengo razón o en si no estaré quedando como un tonto pretencioso o engreído.
 
Levantas la voz cuando lo que te dicen te enfada, porque te hiere, porque te señala una verdad que no quieres reconocer, un defecto que no te gusta, una imperfección que aspiras a que, por no mencionarla, los demás dejen de verla, por evidente que sea.
 
Levantas la voz cuando quieres hacer a los que te escuchan que tú tienes más poder, más fuerza, más capacidad de convicción, cuando, en realidad, lo que sucede es que levantas la voz para acallar la voz de los demás, que te está señalando tu error, tu equivocación, tu delirio.
 
Levantas la voz cuando estás rodeado de los tuyos, de los que piensan como tú, para que vean que piensas como ellos, y sales estúpidamente reafirmado porque has gritado lo que pensabas a gente que piensa como tú, creyendo que con eso los que no piensan como tú, que no estaban escuchándote, ni siquiera estaban presentes, se tienen que convencer de que tú tienes la verdad y la razón. En eso consiste, más o menos, un mítin electoral, por ejemplo.
 
Levantas la voz cuando tu inacción te hacer perder territorio, poder, capacidad, y crees que con el bullicio vas a lograr que otros te den lo que no has sido capaz de conquistar o de retener. Infantil cosa.
 
Levantas la voz cuando… Levantas la voz, como dice don Leonardo, cuando no sabes de qué estás hablando. O cuando ni siquiera estás hablando (esos griteríos de superfan, de groupie, de hooligan, de hincha, de masa…).
 
Si cada vez que tenemos tentación, ganas, intención de levantar la voz, pensáramos un momento qué queremos decir, qué estamos diciendo y qué nos han dicho previamente, pocas veces levantaríamos la voz. 
 
Algo que deberíamos aplicarnos, y yo el primero. ¡HE DICHO QUE YO EL PRIMERO!
 
(No gritesssss...)

viernes, 17 de mayo de 2013

Un pensamiento de Julio Cortázar

 
Oigo y leo cosas en ocasiones que provocan en mi cuerpo un encadenamiento de reacciones a cual más extraña y negativa. Primero se me abren los ojos, exageradamente, mientras los hombros tienden a subir y encogerse ligeramente y la mandíbula desciende hasta dejar mi boca abierta como un pozo. Luego mis oídos, mi cerebro y mi boca se vuelven hacia el lugar del que proviene el sonido, las palabras que he oído, y mis ojos afinan su mirada sobre lo que estoy leyendo, si es el caso, como diciendo con extrañeza inmensa: ¡¿Qué!? A esto pueden seguir sensaciones de sudor frío, temblores, inquietud y desazón, algo así como lo que me pasa cuando veo sin querer (queriendo nunca) una escena de una película de miedo, o intensos mareos, seguidos de náuseas y espasmos estomacales, provocados sin duda por el asco que me da lo que veo, leo u oigo.
 
Y no se crean, son noticias que reciben tratamiento casi de normalidad. Cosa que me aterra y asquea más si cabe. Analizadas luego, fríamente, las noticias, veo en muchas de ellas un intento de manipulación de las conciencias no tanto por parte de su difusor, sino sobre todo del protagonista de la noticia. Ya sea un cargo público utilizando su cargo para modificar la realidad de todo un país según su distorsionado (y a veces extorsionador) punto de vista, ya un científico apelando a la utilidad y economía de ciertas prácticas que dejan desprovista de humanidad a la raza humana, ya un personajillo infinitesimal atribuyéndose la supremacía moral que le da la máxima de haz lo que te dé la gana si te lo pasas bien y te proporciona pasta y tías…
 
No quiero comentar las noticias, no es mi intención, pues no tengo la sangre fría ni la capacidad de análisis necesaria para hacerlo bien. Tampoco es lugar este blog, pues no nació para eso. 
 
Aunque la frase-cita, en parte, es un reivindicación de mis sentimientos cuando leo, oigo y veo ciertas noticias: no tengo palabras, porque no alcanzaría a decir…
 
«Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma» (Julio Cortázar).
 
Seguramente esta frase-cita no quiere decir lo que yo he entendido o he creído entender. Don Julio es un señor al que nunca he conseguido comprender muy bien, que yo soy más simple, más de sota, caballo y rey que de andar saltando números por el suelo, que siempre me caigo…
 
Pero comparto con él, con esta frase, la sensación de que hay cosas que no se pueden decir con palabras, porque las palabras, y mira que son maravillosas, y mira que hay, no alcanzan. Mejor, porque uno, en su infinita nesciencia, no conoce la palabra certera que expresa el sentimiento con la oportuna adecuación.
 
Por eso muchas veces la mirada silenciosa, detenida, al rostro de la persona amada, o a su nuca, si está sentada al otro lado, expresa más, y más rápidamente, que el te quiero te necesito no puedo vivir sin ti que podria yo si nada tiene sentido cuando no estas… 
 
Por eso muchas veces nos quedamos absortos, viendo el amor propio o ajeno en una pareja que pasa, en un gesto del padre a su hija, en un rostro cansado de la vida al que acompaña o dirige una mano ajena, casi siempre transatlántica, con la paciencia que a otros nos falta.
 
Por eso muchas veces suplimos la palabra con el sonido armonioso que se eleva como el humo del incienso hacia donde nuestro corazón anhela y nuestra palabra tropieza…
 
Por eso…
 
No sé si era esto lo que don Julio quería expresar con su frase-cita. Es lo que yo, al leerla, he entendido, o he creído entender. 
 
Pero no quiero que este silencio de palabras sea la excusa para dejar de intentar expresarnos, para desistir en la búsqueda de la palabra justa, o la más aproximada, la palabra que exprese, si no el cien por cien de nuestra alma, sí el máximo posible. 
 
«Que no nos baste, nunca, decir que nos hemos quedado en plan puntos suspensivos, o sea, en plan sin saber qué decir…»
 
El empobrecimiento de la capacidad verbal de la gente, condesando a modo de ejemplo en ese «en plan», me subleva y me entristece tanto, que no me extraña que me miren como a un energúmeno violento o a un friki Sheldon Cooper cuando corrijo diciendo: 
 
«Querrás decir que nunca nos conformemos con quedarnos en blanco, sin saber qué palabra decir porque no tenemos confianza en nuestra capacidad de acceder al diccionario…».

jueves, 16 de mayo de 2013

La vida y la danza

 


Llevo tiempo queriendo hacer un comentario a este magnífico libro, La vida y la danza, pero nunca encuentro tiempo suficiente para dedicarle toda la atención que merece. Lo compré nada más supe de que estaba disponible en el mercado (de su existencia sabía antes incluso de que el original estuviera acabado y hubiera encontrado editorial). El mismo día en que lo adquirí, comencé a leerlo, y en dos días llevaba leídas (más: bebidas) algo más de doscientas páginas, y me había reído, emocionado, casi llorado (que soy de lágrima fácil, lo saben hasta en Australia, pero aun así...).

El género de las memorias siempre me ha atraído, sobre todo cuando la persona y su actividad profesional me resultan interesantes, cuando no apasionantes. Aparte de hacerte una idea global de la biografía y de los sentimientos de la persona, acabas conociendo un montón de curiosidades acerca del protagonista, de su profesión y de un sinfín de personajes interesantes. Incluso te ayudan a conocer detalles insospechados de una época histórica concreta, cercana por propia.

Este es el caso de Víctor Ullate y sus memorias. Me gusta el personaje, me cae bien desde hace mucho tiempo, casi sin saber muy bien por qué. Quizá porque es un artista impresionante, porque es un trabajador incansable, y porque ha sido siempre un ser libre. Tiene, además, cara de buena persona. Lo he visto en medios, y lo he visto varias veces en actos festivos relacionados con la autora, Carmen Guaita, a quien conozco y aprecio, y de quien es un buen amigo. No existe mejor referencia. Y una vez leídas sus memorias, admiro más aún a este gran bailarín.

Creo que nadie mejor que Carmen Guaita para dar cuerpo literario, para dar vida en el papel, de nuevo, a la vida vivida de Víctor Ullate. Carmen es una gran escritora, lo ha demostrado ya en sus libros precedentes, algunos de los cuales he comentado ya aquí. Sus libros son siempre fruto de la escucha y de la conversación con otro u otros. Escuchando, con los oídos, con la inteligencia y con el corazón atentos, Carmen es capaz de extraer una lección de vida de lo que para muchos otros no sería casi más que una anécdota relatada con gracia por su protagonista. Y además lo plasma con un expresión sencilla, elegante, natural.

Cada vez que lees en este libro que Víctor Ullate tuvo una lesión, recibió una ovación, sufrió una desilusión, se encontró con el abandono o con el éxito, se empeñó por encima de todo en hacer lo que quería y sabía (quiere y sabe), sintió orgullo por el éxito de sus alumnos..., estás leyendo, gracias a su interlocutora, gracias a quien ha puesto sus palabras y recuerdos en orden sobre el papel, una auténtica lección de vida, que te habla de pundonor, de entereza, de tesón, de superación, de dignidad, de bondad, de generosidad...

Es un libro magnífico, lo recomiendo. Sinceramente.




viernes, 10 de mayo de 2013

Un pensamiento de Abraham Lincoln


 
Otra semana sin mucho tiempo para contar nada. Y otra semana en la que quiero hablar de periodismo. Porque en la misma semana he sido testigo de las fiestas de aniversario de dos medios de comunicación. Si eso (no el que yo acuda, sino la fiesta en sí misma) ya es de por sí todo un acontecimiento, pues estamos asistiendo a más cierres o funerales de medios que a alumbramientos o cumpleaños, más lo es que sean dos medios de información especializada religiosa. Son concretamente dos revistas: Mundo Cristiano, que cumple cincuenta años, la revista 21, que nació como Reinado Social, que cumple ¡95! Dos redacciones jóvenes: los redactores jefes de ambas revistas son más jóvenes que yo, que no alcanzo la edad de la primera de las revistas. Dos revistas muy distintas, ambas con mucha calidad. Y ambas de fiesta en la misma semana, que me van a dejar baldado (pero feliz) con tanto evento extraordinario. 
 
Evento extraordinario que me lleva a reflexionar hoy sobre una frase-cita:
 
«Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años» (Abraham Lincoln).
 
Reflexión poca, la verdad, no hay tiempo que perder entre trabajo y trabajo, entre fiesta y fiesta, entre desplazamiento en Metrosauna y desplazamiento en vehículo EMTico (que suena a emético…).
 
Porque esta frase de don Abrahán, que es un clásico en el amplio inframundo de las frasecitas célebres robadas de internet y colgadas en facebooks y similares con una foto entre ñoña y cursi y una salpicadura de faltas de ortografía, es bastante certera. Finalmente no importa que hayas vivido cincuenta o noventa y cinco años, no importa que cumplas más o menos, ni siquiera importa cómo cumplas los años (ahí no estoy del todo de acuerdo: quiero cumplir los años consciente y, si Dios lo permite, sano). Pe lo que más importa que esos años que vives, que has vivido, hayan sido años coherentes, años plenos, años consecuentes, años con contenido, y contenido adecuado…
 
Y da igual que te hayas dedicado a defender, fomentar y propagar el mundo cristiano o el cristianismo en el mundo, o a defender, fomentar y propagar el reinado de Cristo y el compromiso con el más desfavorecido. Que total, en cualquier caso es buscar un mundo mejor. Lo importante es que tu edad, la que celebras hoy, esta semana, es una edad de plenitud porque el contenido de los años cumplidos lo es. A la hemeroteca remito.
 
Pero, claro, me diréis, yo no soy una revista cristiana. Pues da igual, majete, es lo mismo, guapetona. Tus años de vida, tus hermosos plenos años son hermosos y plenos porque los has llenado con tu familia, con tus amigos, con tu trabajo, con tu compromiso, con tu curiosidad, con tu inteligencia, con tu mirada atenta, con… Contigo misma.
 
Vuestra edad será plena independientemente de las arrugas, del primer achaque, de la pata de gallo o del michelín. Vuestra edad es plena (y ojalá pueda decir alguien lo mismo de la mía) porque la has llenado de contenido, del contenido que importa, que no está compuesto sólo por leyes físicas, datos, palabras, números, sino sobre todo por sensaciones, recuerdos, sentimientos, actitudes, comportamientos, compromisos, entregas…
 
Felicidades. A las revistas. A todos los que cumplís años o habéis cumplido años en estos días. A todos los que veis el paso del tiempo como una oportunidad de ampliar bagaje y no como una pérdida de vistosidad del contenedor de dicho bagaje.
 
Besos.

viernes, 3 de mayo de 2013

Un pensamiento de Robert Louis Stevenson

 
Hablábamos el otro día varios amigos de lo loco que está el tiempo y de lo flaca que tenemos la memoria (y de lo mucho que quieren distraernos dándole tanto bombo a la meteorología en detrimento de cosas más trascendentes). Decían algunos que es inconcebible que en plena primavera, a finales de abril, pudieran darse semejantes descensos de temperatura. Y me acordaba yo de la boda de mi hermana, a finales de abril, dos semanas después de una Semana Santa casi playera. La boda era en Cantabria, y cruzamos el día antes una Castilla blanca de nieve y fría de viento polar. Más de una invitada tuvo que detenerse en la primera tienda que encontró para complementar su atuendo con un chal de doble acho de pura lana virgen o reemplazar las sandalias de tiras por unas confortables botas cerradas. Y no fue hace tantos años, lo que pasa es que no nos acrodamos. Y que hace unos pocos años, salvo que estuvieras inmerso en una circunstancia especial, nadie daba tantísima importancia a un cambio de temperatura en la etapa más adolescente del año. Y adolescente es cambiable, inestable, voluble, inconstante..., en fin...
 
Pero no era eso lo que yo quería comentar hoy. Porque hoy es el Día mundial de la libertad de prensa, esa quimera. Y quería centrarme en asuntos relacionados con el periodismo. En ese periodismo en el que se ocupan muchos que arriesgan mucho para contar lo que pasa de verdad, aunque quizá luego no lleguemos a enterarnos. En ese periodismo que dilucida sobre lo que cuenta, que sabe discernir entre la esencia de la noticia, la anécdota banal y la envoltura comercial o ideológica del asunto. En ese periodismo que existe, pero que tantas veces cuesta encontrar, oculto como está en la preocupación por el pendiente o el peinado de un futbolista, el color de la chaqueta de una primera ministra, el giro de cabeza de una princesa o la última bajada de las temperaturas. O en los índices de audiencias, que viene a ser lo mismo. En ese periodismo que no se conforma con recibir la selección de temas del día y repicarla desde su propia mira ideológica (todos los periódicos cuentan lo mismo, pero desde su perspectiva, con lo cual ninguna noticia parece igual), sino que busca temas y enfoques que permitan comprender, razonar, pensar, entender, descubrir...
 
En ese periodismo que se empeña en hablar, en decir lo que pasa, en no callar y proclamar alto y claro la verdad. Porque...
 
«Las mentiras más crueles son dichas en silencio» (Robert Louis Stevenson).
 
Vayamos por partes, que la frase-cita de don Roberluis tiene mucho que cortar en tan pocas palabras. Si afirma que las mentiras más crueles son tales o cuales, es que está dando por hecho que las mentiras son crueles, siempre o por definición. Hombre, están las mentiras piadosas, esas que se dicen por compromiso a la madre de un bebé monstruérrimo para no herir sus sentimientos, o las que halagan el buen corazón de quien no queremos publicar a los cuatro vientos su carencia de hermosura física según los cánones convencionales. Pero eso también puede ser cruel. Y la mentira que dices en el cole para que no te pillen cuando sabes que ya te han pillado, por muy ingeniosa que sea, también tiene, o puede tener, mucha crueldad: hacia el que la recibe, porque pensar que tu profe es tan tonto como para creerse la bola que le has soltado es cruel; hacia aquel a quien desvías la atención con tu mentira para salvarte tú, porque cargarle el mochuelo a otro que pasaba por ahí es cruel; hacia ti mismo, porque andar siempre montando bolas infames para salir indemne te aísla, poco a poco, del resto, que no querrá verse inmerso en tu mundo de trola barata.
 
No digamos ya las mentiras que están encubriendo un delito, camuflando un cohecho, simulando objetividad y pulcritud en un amaño electoral, maquillando un soborno o reduciendo una infidelidad flagrante en un inocente solosomosbuenosamigos... O las mentiras que salpican de deshonor e infamia a quien solo actúa de buena fe y según las normas. Todas esas son mentiras crueles con todos nosotros, los que las oímos, o vemos o leemos, y no tenemos capacidad ni tiempo de hacer otra cosa que confiar en quien nos lo cuenta. Por eso, para evitar que quien nos lo cuenta nos mienta vilmente, debemos considerar que quien nos lo cuenta es importante, y no un miserable prescindible; y debemos cuidarlo, y formarlo, profesional y moralmente, y proteger su profesión del intrusismo, y ampararlo frente a los lobbis, que son como lobos pero más sangrientos, porque devoran incluso cuando no tienen hambre. 
 
Son mentiras, viles mentiras, las de quien se tira al suelo, haciendo todo tipo de aspavientos y retorciéndose en el suelo, simulando haber sido golpeado por su contrincante, con quien por cierto luego coincide en la misma discolujo con las mismas churrilujos… Su mentira es cruel con su rival, que no ha hecho nada, con todos los que ven su acto, que comienzan en ese momento a discutir a veces hasta las manos si se ha tirado o le han dado de verdad y a quién de los dos hay que expulsar del campo… Mentirosos compulsivos y crueles, que logran que su vulgar y mezquina mentira dé vueltas y vueltas por todas partes y le quite protagonismo a lo que de verdad importa, como, quizá y solo quizá, que un español gane una medalla de oro o una copa del mundo en un verdadero deporte...
 
Ya me fui con mi monotema favorito (después de Metrosauna, claro está).. Volvamos a la frase de don Roberluis. Porque si todas las mentiras son crueles, establece nuestro escritor viajero que las más crueles de todas son las mentiras que se dicen en silencio. ¿Las que se escriben, entonces? No creo que vayan por ahí las cosas, ya que todo lo que se escribe se lee, o al menos puede ser leído, pronunciado, susurrado, gritado... Entonces, ¿las mentiras más crueles son las que no se dicen? Tampoco creo que sea eso lo que nos quiere decir don Roberluis. Porque la mentira no dicha no es tal; es decir, para poder afirmar la existencia de una mentira, esta tiene que haber sido dicha.
 
Aun en silencio. ¿Se puede mentir en silencio? Sí, y eso es lo más cruel. Se puede mentir fingiendo, en silencio, que se ama lo o a quien que no se ama, que se cree lo que o en quien no se cree, que se vive como no se vive. Y esa mentira, ese amor fingido, irreal y mentiroso, es lo más cruel que existe, tanto para el que cree ser amado sin serlo como para el que finge amar sin hacerlo, pues nada desgasta tanto el alma como la ausencia de amor sincero.
 
El fingimiento, y dentro de todos los posibles fingimientos, el fingimiento de un amor inexistente, es, según mi parecer, y ateniéndome a la formulación de don Roberluis, la mentira más cruel, porque es una mentira que se dice en silencio. 
 
Cachis la mar, qué derivación. ¿Y ahora cómo vuelvo yo al tema de la prensa? Fácil: que no olvide nunca el periodismo que es y debe ser portador y descubridor de la verdad, que no caiga en el fingimiento sea por el motivo que sea (dinero, ideología, deslumbramiento, estolidez…), y que no se deje distraer por las mentiras que constantemente bombardearán sus sentidos para llevarles a su terreno.
 
Y los demás, si no queréis periodistas que mientan, no les mintáis, y ayudadles a que reciban la mejor formación profesional y moral; y proteged su profesión de intrusismos e intereses parciales. 
 
Y dejemos el fingimiento para la escena, que ahí es donde tiene validez.