viernes, 28 de octubre de 2011

Un pensamiento de Confucio

Hola, corazones

De natural quejicoso, nos hemos vuelto casi melifluos cuando de las circunstancias climáticas se trata. Las estaciones se comportan como deben y siempre hay alguien que sale diciendo que no recuerda una estación tan virulenta y tan diferente a las anteriores, y hemos llegado al punto de que cada mínima alteración de temperatura se convierte en noticia de primera página y apertura de informativo, amén de amenaza y confirmación de males mayores. Si hace calor en verano, porque hace tanto calor que hasta las chanclas nos pesan, las mismas chanclas que en las estribaciones de febrero ya tenemos fuera del armario con ánimo de enseñar las uñas de los pies al primer rayo de sol, como si fuéramos almendros anhelosos de mostrar su primera flor. Si hace frío, porque hace tanto frío que toda prenda es poca y echamos de menos la bufanda que regalamos porque ya no estaba de moda y el jersey que se nos quedó pequeño cuando pesábamos menos. Si llueve, porque precisamente ese día nos hemos puesto las «andalias» de tirillas o el zapato de ante, o porque acabamos de tender la colada, nos hemos dejado el paraguas en casa y no vamos a regresar hasta bien entrada la anochecida. Si no llueve, mira qué falta que hace que llueva, pero es que nunca llueve a gusto de todos y al final sólo es verdad que Dios hace llover sobre justos y malvados (desde luego, ayer por la tarde, con la que cayó en Madrid, se mojaron montones de justos y montones de malvados, y montones de pardillos y montones de precavidos...).

En fin, dejémonos de lágrimas climáticas y comentemos la frase-cita de hoy, que nos la depara de nuevo la excelsa Agenda San Pablo 2011, concretamente para mañana, 29 de octubre:

«Transporta un puñado de tierra todos los días y construirás una montaña» (Confucio).

Esta frase tiene un mensaje de optimismo, tesón, constancia, recompensa al trabajo, paciencia y perseverancia. Suele ocurrir cuando de algo pequeñito, como un puñadito de tierra, se nos promete, utilizando el futuro, algo grande, como una montaña, gracias a una actitud cotidiana y contante, es decir, de todos los días.

Pero estoy meticón y quisquilloso y le veo trucos a la frase de Confucio que me confunden (ay, qué juego de sonidos aliterados tan simple acabo de hacer).

Transporta un puñado de tierra todos los días... y deposítalo en el mismo lugar, porque si cada día lo transportas a un sitio diferente, no construirás una montaña, sino, en el mejor de los casos, una playa (y eso en el caso de que la tierra que transportes sea arena fina...), o un arenal, o un terrario, o un bonito descampado.

Transporta un puñado de tierra todos los días..., suéltalo y transporta otro puñado distinto al día siguiente, porque si no, si cada día transportas el mismo puñado de tierra, no vas a ser más que el vehículo de transporte de tu puñado de tierra, vas a ser algo así como un volquete con chófer para tu puñado de tierra. Y si cada día que pasa coges un puñado de tierra nuevo sin haber soltado previamente el del día anterior, vas a acabar siendo un mulo de carga o un fornido y musculado estibador, capaz de transportar de una sola vez muchos puñados de tierra.

Vamos, que para construir una montaña no se requiere solamente transportar cada día un puñado de tierra. Es como la canción de las hormiguitas y la montaña: una hormiguita es una hormiga sola, pero cuando se le unen más hormiguitas, dando ejemplo de solidaridad, van haciendo fuerza, y llega un momento en que muchas hormiguitas mueven la montaña.

Transporta (trabajo) todos los días (perseverancia) un puñado de tierra y construirás (promesa) una montaña (resultado, recompensa, fruto). Cierto. Sobre todo cuando existe además un objetivo, una planificación, un lugar en el que depositar la tierra, una intención previa de construir la montaña, una atención y una dedicación al proyecto de montaña, para evitar que se desmorone, para apuntalarla y sostenerla antes de que la arrastren las lluvias, el viento la desplace o las fieras esparzan la tierra con sus patas. Sin todo esto, sin objetivo, planificación, previsión..., no hay montaña ni promesa que valga.

¿Valdrá esto para todo, es decir, para la vida, para el futuro, para fundar una familia, para el amor, para la educación, para la forja de la personalidad de cada cual? Pensémoslo mientras nos vamos de puente de Todos los Santos, Difuntos y zombies...

viernes, 21 de octubre de 2011

Un pensamiento de Mª Ángeles López Romero

Hola, corazones

Antes de comentar la frase-cita de hoy, que en realidad ni siquiera va a llevar comentario, sino merecido elogio a su creadora, no puedo menos que dedicarle dos o tres palabras al hilo de la actualidad. Que es un hilo que cose flojo, casi como uin hilván que luego hemos de reforzar con nuestra propia aguja para no perder el vuelo. No sé si me entiendo.

Gadafi ha muerto. Contra el refrán que habla de reyes muertos y reyes puestos, y dado que este señor no era rey sino dictador cruel y estrafalario, yo prefiero recomendar a los otros dictadores que en el mundo quedan que vayan poniendo sus barbas a remojar (sus balbas a remohal, como dirían en algunas zonas proclives al lambdacismo). Y a ver si por fin dejamos de hacerle la rosca a los dictadores cuando nos conviene y a condenarlos cuando nos interesa. Que todo se sabe y al final se te ocupa el salón de nacionales cabreados.

Unos señores con capucha negra y cerebro a juego han dicho que ya no van a matar más. Es una noticia estupenda, sin duda. Pero yo creo que debemos andarnos con ojo. Porque, si ya no van a matar más, ¿por qué narices no entregan las armas, por qué y para qué se las guardan?, ¿por qué y para qué se guardan todo el dinero que han obtenido mediante la extorsión y la amenaza?, por qué, simplemente, no se quitan las capuchas para que todos les veamos las caras?

Es una noticia estupenda, sí. Pero no puedo evitar pensar en todo esto desde el lado de las víctimas. Y cuando hablo de las víctimas no hablo de ese grupo del que hablamos siempre en tercera persona, como si no fueran con nosotros, gracias a que hemos acabado adoptando una vez más las perversiones del lenguaje propias del entorno. No. Las víctimas somos todos. Yo soy víctima. Víctima del terrorismo. Si alguna vez has llorado, como yo, ante las imágenes de un atentado, si alguna vez tus entrañas se han revuelto, si alguna vez se te ha hecho un nudo en la garganta, si alguna vez te has rebelado, has gritado, has ido a una manifestación, si alguna vez has querido que ETA se acabe, eres una víctima del terrorismo. Porque eso que nunca debió pasar, pasó y te afectó.

Yo soy víctima porque he llorado muchas veces, porque me he emocionado muchas veces. Y porque cuando yo era un crío mataron a un hombre delante de mi casa. Mi padre fue el primero en llegar al cadáver y casi no pudo reconocerlo; mi madre se puso tan nerviosa que tuvo que tomarse la única tila que le he visto tomar; mi hermano mayor saltó de la cama para llamar a la radio a contar lo que ocurría; otro de mis hermanos salió corriendo a la calle en busca de mis hermanas, que estaban en misa de niños en la parroquia de al lado de casa; las hermanas de la que luego acabaría siendo mi cuñada tuvieron que esconderse detrás de los árboles porque casi o sin casi vieron el atentado con sus ojos; y ese día en mi casa se comió porque yo, aún no sé cómo, hice la comida. Y soy víctima porque, algunos años después, la abuela de una muy querida amiga mía perdió la vida en otro atentado, un bombazo en la calle en plena noche. Y compartí una pizca de su dolor. Y comprobé la estulticia de los que hablaban de víctimas inocentes (¿hay víctimas culpables de serlo?), y el alcance la perversión del lenguaje impuesta por el miedo cuando escuché preguntarse a una mujer qué haría en la calle a esas horas una mujer mayor.

El hecho de que los encapuchados de negro digan que van a dejar de matar me parece, desde luego, una excelente noticia. El hecho de que se haya acabado con la dictadura gadafista me parece una buena noticia, aunque mejor hubiera sido pillarle vivo y hacerle pasar su Nüremberg actualizado. Pero ante las buenas noticias, tiendo a aplicar una doble norma: prudencia y paciencia. Y mira que son virtudes que no florecen en abundancia en el jardín de mi alma.

Vamos ya con la frase-cita de hoy, que obedece a una tercera noticia estupenda:

Ayer se celebró la concesión del galardón de «Autora del Año» de la editorial San Pablo a Mª Ángeles López Romero, periodista y escritora a quien hoy va dedicada la segunda parte de este «Pensamiento» extraordinario.

«No hay mejor educación que dar ejemplo» (Mª Ángeles López Romero).

Perogrullo, diréis. Claro. Pero pensad una cosa: ¿cuántas perogrulladas, siendo verdades como puños, obvias y evidentes, son dejadas de lado, saltadas, rodeadas, ninguneadas, vaciadas…? El ejemplo educa. Siempre. Lo que hacemos y decimos delante (y por detrás) de los demás, los está educando, está educando a quien nos ve. A nuestros hijos, si los tenemos, y a todo el mundo. Vivimos educando, somos educadores (todos, llevemos camiseta o camisa, y sea esta del color que sea). Y del ejemplo que estemos dando dependerá si la educación es buena o mala, o regular, si la educación es plana o plena, si la educación que damos es positiva o negativa.

«La López», como me permito llamar a la autora, con su permiso, en entornos amicales como este, no solamente ha dicho esa frase-cita, que puede parecer poca cosa, sino que la vive y la aplica constantemente. Y ahí radica la valía de la frase-cita de hoy: no en pensarla o decirla, sino en ponerla en práctica, como quien no quiere la cosa, las veinticuatro horas del día durante toda la vida de uno.

Mª Ángeles López es una sevillana muy sevillana, con una de esas bellezas tan cautivadoras (la belleza de la mujer sevillana radica, principalmente, en que no tiene aristas, ni por fuera ni por dentro) y tan portadoras de alegría y vitalidad. No es mérito suyo ser de Sevilla, me diréis, pero sí destilar la alegría, la vitalidad y la simpatía que desprende. Un breve repaso a su biografía (¿se puede tener de eso tan pronto?) nos da la idea, además, de que es una mujer emprendedora que encara con entusiasmo y valentía todo lo que se propone: estudiar una carrera, fundar una agencia de noticias, coordinar una revista, tener hijos… escribir libros…

Su libro Papás blandiblup es, además de un éxito, un interesante ejercicio: como madre, como miembro de una generación, se mira a sí misma y a otros padres y madres y, siempre con humor y simpatía, analiza cómo son y cómo educan los padres de hoy. Y acaba cayendo en la cuenta de que la perogrullada de la que hablaba al principio es una verdad apabullante: «No hay mejor educación que dar ejemplo». Y entonces se propone (ya lo hacía antes) y nos propone que cuidemos el ejemplo que damos, que tengamos en cuenta a los demás cada vez que hablemos, actuemos, nos movamos. Pero que lo hagamos siempre con naturalidad y buen humor. Como ella.

López, va por ti, hoy también es tu día. Enhorabuena.

viernes, 14 de octubre de 2011

Un pensamiento de William Shakespeare

Hola, corazones

Me dispongo a pasar un fin de semana familiar, muy familiar. No sé si llegaremos a sesenta, pero rondaremos la cifra en cualquier caso, los familiares que nos juntamos hoy, hasta el domingo, en un hotelito (no será tan “ito” si les cabemos) extremeño en el Monfragüe. Es una experiencia muy recomendable, esta de encontrarse en familia polimultinumerosa, ramificada hasta la saciedad (siempre que uso esta expresión de viene a la cabeza el juego de palabras de las tiras de Mafalda entre sociedad, suciedad y zoociedad). Uno aprende a reconocer fácilmente la igualdad en la diferencia y la diferencia en la igualdad.

Algunas personas, cuando les cuento estas reuniones, me dicen que es un horroroso plan que nunca podrían hacer, ya que es fácil que en las familias haya alguna rencilla o alguna conversación bruscamente inacabada. Para otras personas, sin embargo («sin en cambio», como he oído decir un par de veces), la experiencia de una polimegarreunión es una gozada, una oportunidad de descubrir, redescubrir y aprender a valorar de nuevo la familia, esos lazos invisibles que siempre están ahí, y que atan, sí, aunque yo prefiero decir que mantienen unidos, incluso en la distancia y en la divergencia de pensamiento y de actitud de vida.

Dicho esto, y ya con el reloj amenazándome la nuca con una damocliana espada, vamos con la frase-cita. Iba a tomar una de la valiosísima Agenda San Pablo 2011 («Los buenos modales se consiguen a base de pequeños sacrificios», de Arthur Schopenhauer), pero al final me he decantado por la de Proverbia.net del miércoles:

«Ningún legado es tan rico como la honestidad» (William Shakespeare).

Y es que claro, tener la oportunidad de charlar un rato con don Guillermo acerca de una de sus muchísimas y siempre brillantísimas frase-citas es un gusto mayor incluso que tener un debate disquisitivo con el gran filósofo chopenjaueriano.

Dice don Guillermo que ningún legado es tan rico como la honestidad. Partiendo, claro, de que el primer legado, el más importante, el más valioso, es siempre el legado de la vida. Algo que me parece fuera de toda discusión, a pesar de que puede que haya quien no lo considere; pero es que sólo podemos preguntar a los que han llegado a la vida, con lo cual no sabremos nunca lo que pudieron pensar los que no llegaron a disfrutar de ese legado. Pero en fin, no quiero meterme demasiado por este terreno.

Después de la vida, uno recibe, ciertamente, varios legados: el nombre, incluso cuando te es dado por capricho, por moda estética o antiestética, por azar o por capricho del funcionario del registro; el apellido, o los apellidos, que te instalan ya en medio de un torrente de emociones y de modos de desenvolverse y de actuar; le legado genético, que puede ser más o menos llevadero, dependiendo de lo rubio, lo calvo o lo distrófico que pueda llegar a ser.

Pero estos legados son, por así decir, connaturales, vienen añadidos al propio legado de la vida que te ha sido transmitida por medio de tus progenitores. Sin embargo hay otra serie de legados, que son a los que se está refiriendo don Guillermo, entre los cuales él sitúa el más importante, el primero, a la honestidad. Pero son más: la educación, la generosidad, la bonhomía (¡qué ganas tenía de volver a usar este magnífico vocablo, Dios mío!), la inteligencia, la alegría, la ternura… Tantas…

¿Por qué, si tantas, ha de ser la honestidad el legado primacial? ¿Quizá porque su ausencia invalida e incluso destruye a los demás? La educación sin honestidad es vil torcimiento y distorsión de la realidad y de las formas; la generosidad sin honestidad es egoísmo acibarado y malinteresado; la bonhomía sin honestidad no es tal bonhomía, sino más bien aviesa inhumanidad; la inteligencia sin honestidad es falsa ciencia interesada; la alegría sin honestidad es amarga y retorcida diversión; la ternura sin honestidad es áspera y rijosa caricia…

No sigo, don Guillermo tiene razón. Está claro.

viernes, 7 de octubre de 2011

Un pensamiento de Henry Moore

Hola, corazones

No suelo acordarme de mis sueños, pero esta semana tengo un vago recuerdo que me ha dejado un sabor de boca algo acibarado. Dormía yo plácidamente (algo cuando menos anómalo) y soñaba que estaba ayudando a alguien a arreglar algo (no puedo ser más preciso, tampoco es que tenga ante mí la visualización fílmica del sueño) cuando el despertador comenzó a sonar. Entonces, en ese momento impreciso en el que todavía estás en el sueño pero ya no estás en él, dije al destinatario de mi ayuda: «Mañana te lo arreglo». Y a continuación, sin mirar atrás, me levanté de la cama y me dirigí con celeridad a poner la cafetera. Al principio (mientras desayunaba, me duchaba, me vestía…) me quedé así, tan pancho, pero luego, ya en el autobús, con el periódico en la mano, me dio por pensar en el pobrecillo al que dejé abandonado en mi vida onírica porque mi vida material me estaba reclamando con su estruendoso clamor. Y me llamé de todo, menos bonito. Sólo espero volver a conciliar el sueño para reencontrarme con mi amigo (si es que aún me considera tal) y ponerme a su servicio hasta que me perdone. Y si eso significa no levantarme a tiempo, llegaré tarde, qué le vamos a hacer.

Lo malo es que si habitualmente no recuerdo lo soñado, más raro es que tenga o sea consciente de tener sueños recurrentes, con lo cual no sé cuánto tiempo estará el pobre esperando mi ayuda. Sólo espero que no me tenga por un superhéroe marveliano, o por un intrépido periodista con perro, o por un harrisonfordiano explorador.

Entrando ya en el terreno de la frase-cita, el otro día recibí una mediante Proverbia.net que me dio mucho que pensar, tanto que no me va a dar tiempo (qué raro) a expresar todo lo que me evocó la sentencia. Es esta:

«Si todo pudiera explicarse mediante la palabra, tarde o temprano acabaríamos con el mundo» (Henry Moore).

No sé muy bien si estar o no de acuerdo con este señor tan sabio que siempre quiere más. Porque por un lado parece querer decir que no todo es expresable mediante palabras, porque las palabras se quedan cortas cuando se quieren expresar conceptos (mejor, sentimientos) elevados, o no tan elevados pero igualmente sublimes. Sí, creo que todos nos hemos quedado alguna vez sin palabras para decir a alguien te quiero o para describir esa puesta de sol que parece una mala fotografía tuneada con photoshop, de irreal que resulta (en ocasiones, la realidad puede aparecérsenos falseada o coloreada).

Pero entonces me pregunto: cuando nos ocurre eso, cuando no somos capaces de expresar algo con palabras, ¿quién falla, las palabras o nosotros? Es decir, ¿somos nosotros, que no tenemos capacidad, habilidad y conocimientos suficientes para expresarnos, que no encontramos las palabras adecuadas, o por el contrario el mundo de las palabras es tan limitado que tiene lagunas, huecos, lugares vacíos en los que faltan elementos para describir o expresar algo? Y claro, me contesto inmediatamente que el universo del lenguaje, de las palabras, de la expresión oral y escrita, es siempre mucho más amplio, lato y extenso (repetitivo soy hasta la saciedad) que nuestra limitadita capacidad balbuciente.

No sé, pues, si realmente todo puede expresarse con palabras o no, porque nadie, ni siquiera los más sublimes creadores de imágenes verbales, los más geniales poetas, los más excelsos escritores, o los más marisabidillos politiquillos, por no reducirme al ámbito de los literatos, son capaces de agotar no ya el océano del vocabulario y la polisemia, sino simplemente el vaso de chupito que tienen delante.

Si todo pudiera explicarse mediante la palabra… Con la palabra están la voz, el tono, el gesto, la mirada, el ademán, el movimiento… Y además está la imagen, detenida o en movimiento, fotográfica o pictórica, cubista o fauvista, hiperrealista o surrealista… Y además están los otros sonidos, los que acompañan, sustituyen, amplifican la voz y la expresión humanas.

No me atrevo a afirmar que todo pueda explicarse mediante la palabra, y quizá sea, señor Mur, porque no me atrevo a pensar que tarde o temprano seamos capaces de acabar con el mundo.