viernes, 21 de octubre de 2011

Un pensamiento de Mª Ángeles López Romero

Hola, corazones

Antes de comentar la frase-cita de hoy, que en realidad ni siquiera va a llevar comentario, sino merecido elogio a su creadora, no puedo menos que dedicarle dos o tres palabras al hilo de la actualidad. Que es un hilo que cose flojo, casi como uin hilván que luego hemos de reforzar con nuestra propia aguja para no perder el vuelo. No sé si me entiendo.

Gadafi ha muerto. Contra el refrán que habla de reyes muertos y reyes puestos, y dado que este señor no era rey sino dictador cruel y estrafalario, yo prefiero recomendar a los otros dictadores que en el mundo quedan que vayan poniendo sus barbas a remojar (sus balbas a remohal, como dirían en algunas zonas proclives al lambdacismo). Y a ver si por fin dejamos de hacerle la rosca a los dictadores cuando nos conviene y a condenarlos cuando nos interesa. Que todo se sabe y al final se te ocupa el salón de nacionales cabreados.

Unos señores con capucha negra y cerebro a juego han dicho que ya no van a matar más. Es una noticia estupenda, sin duda. Pero yo creo que debemos andarnos con ojo. Porque, si ya no van a matar más, ¿por qué narices no entregan las armas, por qué y para qué se las guardan?, ¿por qué y para qué se guardan todo el dinero que han obtenido mediante la extorsión y la amenaza?, por qué, simplemente, no se quitan las capuchas para que todos les veamos las caras?

Es una noticia estupenda, sí. Pero no puedo evitar pensar en todo esto desde el lado de las víctimas. Y cuando hablo de las víctimas no hablo de ese grupo del que hablamos siempre en tercera persona, como si no fueran con nosotros, gracias a que hemos acabado adoptando una vez más las perversiones del lenguaje propias del entorno. No. Las víctimas somos todos. Yo soy víctima. Víctima del terrorismo. Si alguna vez has llorado, como yo, ante las imágenes de un atentado, si alguna vez tus entrañas se han revuelto, si alguna vez se te ha hecho un nudo en la garganta, si alguna vez te has rebelado, has gritado, has ido a una manifestación, si alguna vez has querido que ETA se acabe, eres una víctima del terrorismo. Porque eso que nunca debió pasar, pasó y te afectó.

Yo soy víctima porque he llorado muchas veces, porque me he emocionado muchas veces. Y porque cuando yo era un crío mataron a un hombre delante de mi casa. Mi padre fue el primero en llegar al cadáver y casi no pudo reconocerlo; mi madre se puso tan nerviosa que tuvo que tomarse la única tila que le he visto tomar; mi hermano mayor saltó de la cama para llamar a la radio a contar lo que ocurría; otro de mis hermanos salió corriendo a la calle en busca de mis hermanas, que estaban en misa de niños en la parroquia de al lado de casa; las hermanas de la que luego acabaría siendo mi cuñada tuvieron que esconderse detrás de los árboles porque casi o sin casi vieron el atentado con sus ojos; y ese día en mi casa se comió porque yo, aún no sé cómo, hice la comida. Y soy víctima porque, algunos años después, la abuela de una muy querida amiga mía perdió la vida en otro atentado, un bombazo en la calle en plena noche. Y compartí una pizca de su dolor. Y comprobé la estulticia de los que hablaban de víctimas inocentes (¿hay víctimas culpables de serlo?), y el alcance la perversión del lenguaje impuesta por el miedo cuando escuché preguntarse a una mujer qué haría en la calle a esas horas una mujer mayor.

El hecho de que los encapuchados de negro digan que van a dejar de matar me parece, desde luego, una excelente noticia. El hecho de que se haya acabado con la dictadura gadafista me parece una buena noticia, aunque mejor hubiera sido pillarle vivo y hacerle pasar su Nüremberg actualizado. Pero ante las buenas noticias, tiendo a aplicar una doble norma: prudencia y paciencia. Y mira que son virtudes que no florecen en abundancia en el jardín de mi alma.

Vamos ya con la frase-cita de hoy, que obedece a una tercera noticia estupenda:

Ayer se celebró la concesión del galardón de «Autora del Año» de la editorial San Pablo a Mª Ángeles López Romero, periodista y escritora a quien hoy va dedicada la segunda parte de este «Pensamiento» extraordinario.

«No hay mejor educación que dar ejemplo» (Mª Ángeles López Romero).

Perogrullo, diréis. Claro. Pero pensad una cosa: ¿cuántas perogrulladas, siendo verdades como puños, obvias y evidentes, son dejadas de lado, saltadas, rodeadas, ninguneadas, vaciadas…? El ejemplo educa. Siempre. Lo que hacemos y decimos delante (y por detrás) de los demás, los está educando, está educando a quien nos ve. A nuestros hijos, si los tenemos, y a todo el mundo. Vivimos educando, somos educadores (todos, llevemos camiseta o camisa, y sea esta del color que sea). Y del ejemplo que estemos dando dependerá si la educación es buena o mala, o regular, si la educación es plana o plena, si la educación que damos es positiva o negativa.

«La López», como me permito llamar a la autora, con su permiso, en entornos amicales como este, no solamente ha dicho esa frase-cita, que puede parecer poca cosa, sino que la vive y la aplica constantemente. Y ahí radica la valía de la frase-cita de hoy: no en pensarla o decirla, sino en ponerla en práctica, como quien no quiere la cosa, las veinticuatro horas del día durante toda la vida de uno.

Mª Ángeles López es una sevillana muy sevillana, con una de esas bellezas tan cautivadoras (la belleza de la mujer sevillana radica, principalmente, en que no tiene aristas, ni por fuera ni por dentro) y tan portadoras de alegría y vitalidad. No es mérito suyo ser de Sevilla, me diréis, pero sí destilar la alegría, la vitalidad y la simpatía que desprende. Un breve repaso a su biografía (¿se puede tener de eso tan pronto?) nos da la idea, además, de que es una mujer emprendedora que encara con entusiasmo y valentía todo lo que se propone: estudiar una carrera, fundar una agencia de noticias, coordinar una revista, tener hijos… escribir libros…

Su libro Papás blandiblup es, además de un éxito, un interesante ejercicio: como madre, como miembro de una generación, se mira a sí misma y a otros padres y madres y, siempre con humor y simpatía, analiza cómo son y cómo educan los padres de hoy. Y acaba cayendo en la cuenta de que la perogrullada de la que hablaba al principio es una verdad apabullante: «No hay mejor educación que dar ejemplo». Y entonces se propone (ya lo hacía antes) y nos propone que cuidemos el ejemplo que damos, que tengamos en cuenta a los demás cada vez que hablemos, actuemos, nos movamos. Pero que lo hagamos siempre con naturalidad y buen humor. Como ella.

López, va por ti, hoy también es tu día. Enhorabuena.

1 comentario:

Sidonia dijo...

Simplemente quería decir que el Pensamiento de esta semana ha sido brillante. ¡Enhorabuena!