miércoles, 27 de junio de 2012

Momentos de sabiduría

Reproduzco a continuación el comentario de Txema Pascual a mis Momentos de sabiduría en su página web «Recursos Pastorales».

278 consejos que pretenden ayudar al lector a cargarse de sabiduria para caminar hacia la plenitud de la vida. Al final de libro hay un indice que acoge las fuentes de inspiradoras del libro. Y tambien un indice tematico. Es un libro útil porque es muy manejable y transportable y se puede leer a lo largo del día, en el metro, en el autobús, en una visita, en un descanso del trabajo.


El autor es un periodista que quiere rendir un homenaje a un libro que le hizo mucho bien. El libro es Plenitud de Amado Nervo. El prólogo es del autor, quien escribe con la humildad del Bautista no ser digno de desatar las sandalias y la sencillez del servicio.

 

viernes, 22 de junio de 2012

Un pensamiento de Henrik Ibsen

Hola, corazones

Una llamada telefónica ha interrumpido el momento en que estaba decidiendo qué contar esta semana y se me ha ido el santo al cielo. Al descolgar, una voz grabada me avisaba de que había recibido un mensaje y que debía pulsar una tecla (cualquiera) para escucharla. Inmediatamente, se me informa, también con voz en off, de que he sido adscrito a un nuevo servicio telefónico, y la llamada se cuelga antes de que pueda reaccionar. En mi compañía telefónica, a la que llamé a continuación, me juran y perjuran con perfecto acento de Cali que ese mensaje no procedía de ellos, sino que seguramente era una llamada fraudulenta de una compañía de la competencia. Pero que no me preocupara, que mi compañía no estaba por la labor de dejarme ir como cliente. No sé bien qué pensar, aparte de que mi compañía ha trasladado su sede a otro país y yo soy un cliente muy bueno (eso seguro, porque para dos llamadas que hago al trimestre, y una de ellas siempre es a la compañía para reclamar algo, la verdad es que pago una pasta gansa).

En fin. Cuento esto porque se me había ido el santo al cielo, como digo, con la llamadita. Y ahora no sé muy bien cómo ni por qué hilar con lo anterior la frase-cita que he elegido para hoy, porque la he elegido sólo porque me ha gustado, no porque me haya puesto místico ni nada de eso (lo del santo al cielo es lo más místico que he estado en mucho tiempo, que atravieso en mi vida una fase más ateorra). Este es pues, sin más preámbulos, el pensamiento de la semana:

«Perderlo todo es ganarlo todo, porque no se posee eternamente más que lo que se ha perdido» (Henrik Ibsen).

Ahí es nada lo que afirma don Enrique Íbez (el sufijo –sen, como bien sabéis, es similar al sufijo –ez tan propio de lo apellidos españoles). No se posee eternamente más que lo que se ha perdido. Me ha venido a la cabeza un verso de san Juan de la Cruz, perteneciente a un poema místico y difícil, como todo en este santo. Pero es que yo a san Juan no trato de entenderlo, al menos desde mi corto intelecto; más bien intento, desde el respeto y la ignorancia, que lo que destilan sus versos al ser leídos, recitados, repetidos, me empape, me cale, me ahonde. Aunque no lo entienda. Soy rarito, sí. El poema en cuestión es el siguiente. Lo voy a reproducir entero, porque aunque san Juan haya de ser tomado a sorbos, y ni engullido, mi intención no es ahora saciar nada, sino simplemente documentar el sugerente parecido entre el verso joanino y la cita ibseniana (toma palabrazos):

Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada.
Para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada.
Para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo,
no quieras ser algo en nada.
Para venir a lo que no gustas,
has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes,
has de ir por donde no sabes.
Para venir a poseer lo que no posees,
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres,
has de ir por donde no eres.
Cuando reparas en algo
dejas de arrojarte al todo.
Para venir del todo al todo,
has de dejarte del todo en todo.
Y cuando lo vengas del todo a tener,
has de tenerlo sin nada querer.
Cuando ya no lo quería,
Téngolo todo sin querer.
Cuanto más tenerlo quise,
Con tanto menos me hallo.
Cuanto más buscarlo quise,
Con tanto menos me hallo.
Cuanto menos lo quería,
Téngolo todo sin querer.
Ya por aquí no hay camino,
Porque para el justo no hay ley;
Él para sí se es ley.

En fin, casi no debería decir nada, después de esto, ¿verdad? «Perderlo todo es ganarlo todo, porque no se posee eternamente más que lo que se ha perdido».

Podríamos aplicar estas afirmaciones, las del poema y las de la frase-cita, a asuntos triviales, a cuestiones materiales, a productos, incluso a sensaciones, perecederas. Pero no creo que ninguno de los dos se refiera a poseer un billete de veinte euros, un megapisazo de 32 metros cuadrados, un puesto de trabajo estable (ni siquiera ahora, con estos tiempos que corren), el último grito en sombreros de verano… Ni tampoco se refieren, me atrevería a decir, a la posesión de esa sensación tan vivaz del latido de un pajarillo en la mano, en imagen lorquiana, o al segundo más tórrido y apasionado de nuestra existencia. No. San Juan y don Enrique hablan, más de serlo todo, tenerlo todo, poseer eternamente, etc. Es decir, hablan de la vida, del amor, de la muerte, de Dios, de la paz, de la felicidad. De lo que no se posee.

viernes, 15 de junio de 2012

Un pensamiento de Mark Twain

Hola, corazones.

¿Qué decir cuando no se tiene nada especial que decir? Quizá sea mejor callarse, ¿verdad? En esta última semana nada extraodinario me ha pasado. Eso pienso, y por eso lo valoro poco, porque prescindo de hablar de ello, porque es tan común que a nadie va a llamar la atención. Pero en realidad tengo tanto que valorar:

He tenido en el trabajo momentos buenos y momentos malos, asuntos que han tenido un desarrollo positivo y otros que me han servido para comprobar mis fallos. ¿Nada extraordinario? Tengo trabajo, lo conservo, tengo la ocasión de disfrutarlo, de saborear lo bien hecho, de aprender de mis errores y de corregirlos, de escuchar a mis compañeros y a mis jefes... Incluso ha habido días en que me he podido reír, abierta, sanamente, en la oficina...

He tenido la posibilidad de salir a tomar unas cervezas con mis amigos, de comer fuera de casa el sábado, de pasear un rato por el Retiro, de hablar y saludar a gente muy interesante. Y me he reído, he tenido la posibilidad de disfrutar, relajado, de la amistad, de la conversación inteligente, del buen humor de mi gente...

No sé por qué me quejo, la verdad (¡pero si no me quejo!), no sé por qué no estoy dando gracias al cielo por esta semana que me ha dado tanto. Tengo que escuchar más a menudo a Mercedes Sosa. Y entonar salmos y cánticos de alegría.

Esto me da pie a introducir un pensamiento tomado de Proverbia.net, y que procede de un sabio escritor norteamericano al que tuve algo atravesado hasta que dejé de leerlo como si hubiera escrito Caperucita Roja:

«La raza humana tiene un arma verdaderamente eficaz: la risa» (Mark Twain).

La risa. La risa como arma. Y las armas tienen al menos dos funciones: atacar y defender. También la de disuadir.

La risa como ataque, como arma arrojadiza. Ráfagas de carcajadas hiriendo la sensibilidad y el pundonor del adversario, torpedeando su línea de flotacion y hundiendo irremisiblemente al enemigo en el océano de la vergüenza, del ridículo, de la ignominia. Sibilinos jijijis envenenados que inoculan su inquinoso curare en la sangre de la más templada de las criaturas humanas, orondos jojojos que destruyen al caer todo síntoma de vida humana, asfixiantes juasjuas que se enredan en las gargantas de los enemigos y asfixian sus defensas... La risa puede ser, efectivamente, un arma muy destructiva.

La risa como defensa. Irónicas sonrisas, sarcásticas risotadas que alejan de quien las lanza a todos los que se acercan con su palabra, quizá bienintencionada, quizá inteligente, quizá razonada y ponderada, quizá imprescindible, pero que se ve rechazada, repelida, expulsada, silenciada mediante el escudo de la risa floja. La risa tonta que expulsa al diferente, que acalla al disidente, que repele al distinto. La risa puede ser, efectivamente, una poderosa arma defensiva.

La risa puede ser también disuasoria. En realidad, una risotada en ataque, o una carcajada defensiva pueden ser suficientes para disuadir, para evitar un tema de conversación, la presencia de una persona, la afirmación de una realidad. Risotadas escandalosas que disuaden al transeúnte de entrar a tomar un café con tranquilidad allí donde resuenan con estrépito.

La risa puede ser, efectivamente, un arma. Pero quizá sea algo más que un arma. Nada une más (bueno, sí, se me ocurre una cosa, luego la comento) que tener la posibilidad de reír con alguien, de empatizar con una persona hasta el punto de compartir una risa: una risa que puede expresar la satisfacción por haber logrado una meta juntos, por haber podido disfrutar y superar un reto, por haber alcanzado la máxima unidad en el amor, por haber coincidido en la misma idea... ¡Cuántos momentos buenos, cuántos recuerdos, nos proporciona la risa! Haber reído con alguien, haber compartido sus motivos para reír, es un factor de unidad, de amistad, de entendimiento, de amor. No hablo sólo del natural y sano «echar unas risas», sino de la risa que brota del corazón, que expresa la interioridad del alma, la verdad de la persona.

Sólo hay dos cosas que unen tanto como la risa, como el haber compartido la risa: haber compartido, tambien, del mismo modo y con la misma intensidad, el llanto, y haber rezado juntos.

No me voy a entretener más. Sólo tengo que decirle a don Marcos Tuéin que, si bien tiene razón al considerar la eficacia de la risa, se ha quedado corto porque se ha centrado en verla sólo como un arma, como algo externo que podemos utilizar en nuestro propio beneficio, para atacar, defender o disuadir. Pero la risa no es sólo, y no debe ser, algo externo. Cuando es así, cuando la risa brota del corazón, la risa puede ser un factor de unidad, de amistad, de humanidad, de amor, de paz. Y de salud.

Os deseo a todos un fin de semana feliz y lleno de risa verdadera.

viernes, 8 de junio de 2012

Un pensamiento de Jean Cocteau

Hola, corazones.

El otro día comentaba con una amiga, que fue quien me lo hizo notar, lo incómodos que son los pavimentos especiales para que las personas invidentes detecten cuándo se están aproximando a esquinas, cruces y pasos de cebra. Una idea que es excelente, y absolutamente necesaria, pero que se está convirtiendo, cada día, en una tortura mayor para mí. Resulta que el pavimento en cuestión está formado por unos topos, abultamientos cilíndricos, que se clavan de forma casi lacerante en la planta del pie, sobre todo cuando llevas suelas blandas. Confieso que cuando mi amiga comenzó a hablarme mal de ese suelo, yo pensaba que era una exagerada, pero me he debido de volver más delicado con la edad (o es que ahora peso más y claro, se me clavan más), y cada vez los aguanto menos. Me pregunto yo si no habría alguna manera para que las personas que lo necesitan puedan percibir dónde pisan sin necesidad de destrozarse los pies (porque a ellos también se les clavarán los «pivotitos», digo yo). No digo esto con ánimo quejoso, que alguna que otra amiga me acusa siempre de cenizo quejumbroso, sino como un reto a la creatividad, a la responsabilidad ciudadana, a la iniciativa cívica, a la responsabilidad política. Buscar un pavimento que tenga el mismo efecto informativo para las personas invidentes sin que todos los vecinos de la ciudad tengan que ir al podólogo por tener que esperar al semáforo sobre un montón de canutillos afilados es una propuesta ciudadana. Otro día hablaré de las soluciones para que los cubos de basura no invadan las aceras de menos de ochenta centímetros de ancho, o de los bolardos con borde afilado a la altura de la rodilla, o de las aceras aromatizadas con orines añejos. Por compromiso cívico lo voy a ir haciendo. Que ya les vale a los que mandan.

Recuerdo que hace tiempo comenté una frase-cita de Jung que decía que «el zapato que va bien a una persona es estrecho para otra», y buscando alguna para comentar hoy me encuentro con que fue seleccionada para la Agenda San Pablo 2012, concretamente para el 7 de junio. Casualidades de la vida: «el pavimento que resulta revelador a una persona es una tortura para otra», podríamos decir, trastocando al bueno de Carlos Gustavo.

Por seguir con el tema, resulta que la frase siguiente, es decir, concretamente la de hoy, viernes 8 de junio, que es de Keyserling, dice así: «No puede conseguirse ningún progreso verdadero con el ideal de facilitar las cosas». No estoy completamente de acuerdo, porque los puentes, por ejemplo, se construyeron y se mejoraron con el ideal de facilitar las cosas, concretamente las cosas relacionadas con cruzar ríos con o sin mercancía, pero a veces la frase-cita puede dar en la diana: poner cuchillos en el suelo para informar al invidente de que se aproxima a un paso de cebra puede estar hecho para facilitar las cosas, pero no es un progreso, porque todos, videntes e invidentes, acabamos con los pies hechos cisco. Si el listo de turno hubiera ideado un sistema menos agresivo con todos, sí podríamos estar hablando de una justa conjunción de progreso y mejora de las condiciones de vida.

Me enrollo como las persianas arriesgándome a que mi autor de la ONCE se lance contra mi yugular sigo sin proponer frase-cita para comentar. Pasemos página en la Agenda y encontramos otra frase-cita que ya he comentado (tengo que ampliar mis proveedores). Así que me vuelvo hacia Proverbia.net, que me propone hablar hoy con Jean Cocteau:

«Un vaso medio vacío de vino es también uno medio lleno, pero una mentira a medias, de ningún modo es una media verdad» (Jean Cocteau).

Un cineasta como ya no quedan, este Yan Coctó. Se le nota que es francés porque habla de vino. Bueno, los españoles también hablamos de vino. Y tratándose de vino bueno, los españoles solemos ser de los que no queremos nunca tener el vaso a medias, no vaya a ser que se nos vacíe demasiado rápido.

Alude mesié Coctó ese clásico ejemplo del vaso medio lleno o medio vacío para hablar de la visión positiva o negativa, optimista o pesimista, de la vida, de las cosas, de las circunstancias. Y a continuación da un giro mayor para decir que una mentira a medias de ningún modo es una media verdad.

Tiene gracia que la afirmación la haga un cineasta, profesión que, con todos mis respetos y admiraciones, consiste en hacer de la ficción, de la gran mentira del celuloide y la pantalla, una verdad. O mejor será decir que algunos cineastas aprovechan la mentira del cine para afirmar verdades, no medias verdades, sino verdades auténticas, perennes, inmortales (la verdad, la verdad verdadera, la verdad con mayúscula, la verdad desnuda y pura, es siempre inmortal). Pero hay otros cineastas que utilizan precisamente la falsía proyectada en la pantalla para proyectar sobre los espectadores mentiras disfrazadas de mensajes veraces. Seguramente porque hay mucha crédulo por ahí suelto.

Pero no quiero ir por ahí, que me van a matar todos los herederos culturales de Segundo de Chomón o Luis Lucia, por mencionar sólo a dos grandes de los que ya no quedan. Yo quiero referirme a eso de que una mentira a medias nunca es una verdad a medias. ¿Qué es una mentira a medias, para empezar? ¿Una mentira piadosa? El clásico «qué niño más mono» cuando estás viendo un ser humano diminuto con la cara más arrugada que un sharpei y con el pelo de astracán mojado, o el «angelito» cuando descubres que el hijo de esos amigos que están de visita es en realidad descendiente directo de Atila y Cruella de Vil y está jugando al badminton con tu colección de jarrones de la dinastía Ming, ¿son medias mentiras? Lo que no son, de ningún modo es verdad. Pero hay que decirlas, por convención social, educación y control de los nervios.

La mentira disfrazada de verdad que nos suelta el alumno pillado (o que hemos soltado cuando nos han pillado), el tramposo, el que quiere escaquearse en su cometido, el que hace menos de lo que esperas pero quiere cobrar más y finge haberlo hecho todo, son medias mentiras. O mentiras enteras. Las declaraciones públicas que oímos a diario en medios de comunicación pueden ser medias mentiras. Y las medias mentiras que suelta una cantantontuela embebecida de micrófonos no tienen, como dice Coctó, un ápice de verdad (o sí: mentiras que afirman que la muchacha en cuestión no sabe ni de dónde e viene el aire). Las medias mentiras que suelta un alto dignatario en una cumbre de máximo nivel son mentira porque no son verdad, pero pueden estar afirmando grandes verdades.

No estoy seguro, pues, de dar o quitar con rotundidad la razón a mesié Coctó con su frase-cita. Quizá porque no sé muy bien qué son las medias mentiras. Soy de los que miente fatal y tiene plena confianza en que la afirmación de la verdad es siempre mejor baza que la contraria. Aunque me gusta la ficción. La del celuloide, la del papel y la del escenario. Pero eso es otra cosa. Para otro día.

viernes, 1 de junio de 2012

Un pensamiento de Gandhi

Hola, corazones.

Si hace poco hablaba de lo embobado que me puede llegar a dejer la visión de una embarazada o la de una madre (o un padre) con su bebé, esta semana tengo que irme al otro extremo de la cuerda y hablar de lo paralizado que me deja encontrarme con la muerte. Efectivamente, he tenido esta semana noticia del fallecimiento de dos personas, familiares ambos de gente muy cercana: un amigo de los de toda la vida de Dios, de esos que sabes que lo son incluso cuando casi no los ves, ha perdido a un hermano, y no soy capaz de imaginar ni quiero cómo deba ser eso; y un compañero y amigo, complemento perfecto cuando actuamos juntos, a su madre, y tampoco quiero imaginar ni describir nada. No digo más. Con fe o sin fe, sabiéndolo desde hace mucho tiempo o encontrándola de sopetón, la muerte siempre llega a contrapelo. Como dice otra amiga, dando título a un magnífico libro, Morir nos sienta fatal. Pocas cosas han tan ciertas.

Por todo esto esta semana la frase-cita tiene también que ser buscada a propósito:

«La muerte no es más que un sueño y un olvido» (Gandhi).

He buscado una frase y me he quedado asombrado de la cantidad de citas, pensamientos, reflexiones, refranes, boutades, lugares comunes, rimas, adagios o exabruptos hay dedicados a la muerte. He escogido, pues, casi al tuntún, tras eliminar tan sólo aquellas frase-citas a las que hubiera contestado de sopetón un «pero, ¿es usted tonto?». Y me he quedado con esta del «majama» Gandhi, ese señor que se sentaba en todas partes, mejor, en todos los suelos que pisaba.

La muerte no es más que... Esta manera de empezar responde a un anhelo de explicar las cosas reduciéndolas a lo esencial, despojándolas de los adornos más o menos superfluos: El Hispano Suiza no es más que un coche, por ejemplo, o Las Meninas no es más que un cuadro, o el beso no es más que el contacto de unos labios sobre otros labios. Claro que el «no es más que» puede tener intención explicativa, o analítica, pero también puede tenerla despectiva, por ejemplo, o hasta poética.

Es el caso, parece, cuando vemos el predicado, lo que según Gandhi define a la muerte: un sueño y un olvido. ¡Qué bonito! Son dos bellas imágenes, sin duda, que nos están haciendo revivir sentimientos, emociones, convicciones, experiencias, sin duda.

La muerte es el sueño de los que mueren, que para nosotros desaparecen o quedan sumidos en una suerte de sueño perpetuo, de dormición. Pero quizá para los que nos quedamos al otro lado del sueño, para los que nos quedamos despiertos viendo cómo nuestros seres queridos van cayendo uno a uno en ese sueño perpetuo que es la muerte, ese sueño puede ser, en ocasiones, nuestra pesadilla, nuestra costatación de una necesidad afectiva inacabada, nuestro desgarro ante la soledad cada día más cercana, nuestro vacío más doloroso. Si cuando alguien se queda dormido a nuestro lado podemos llegar a ponernos nerviosos y a querer que despierte para no sentirnos solos, cuando ese sueño es permanente, más que nervios lo que aflora es el dolor. Porque la muerte duele. Aunque la sepamos cerca, aunque la vivamos con fe, aunque la aceptemos con resignación o con esperanza, aunque la percibamos como un descanso para el que se va y también para quienes se quedan, la muerte siempre duele. Y el sueño no.

¿Es la muerte el olvido de los que mueren? Es decir, los que mueren, ¿se olvidan de todo, nos olvidan, dejan de recordar, de golpe, todo lo que hemos compartido? Ni puedo ni quiero creer tal cosa. Mis muertos están ahí, y se acuerdan de mí, y me ven evolucionar, y me ayudan. Quienes siguen la serie de televisión que protagoniza Jennifer Love-Hewitt pueden creer que los muertos nos ayudan. Quienes creemos en la comunión de los santos y en la vida eterna, también. No puede ser de otra manera.

¿O se refiere Gandhi a nosotros? Es decir, ¿quiere Gandhi decir que nosotros somos quienes olvidamos a nuestros muertos cuando mueren? Tampoco lo creo. Tamizamos el recuerdo, exorcizamos el dolor, espantamos la ausencia, pero el recuerdo sigue vivo, presente, íntimo, unido a nosotros. Podemos incluso olvidar una fecha, un detalle, un rostro, una voz. Pero el amor compartido con nuestros seres queridos ya fallecidos nunca se olvida, permanece con nosotros, enriquece nuestra capacidad de amor, siempre que amemos, claro, porque amor que no se da no vive.

Concluyo entonces, que la frase-cita del «majama» Gandhi es bella porque tiene poesía y sonoridad, porque nos lleva a ciertas evocaciones. Pero no resulta, sin embargo, certera como afirmación. La muerte no es sueño porque es real y duele, y no es olvido sino todo lo contrario: certeza, presencia, evocación. Incluso promesa.