viernes, 8 de junio de 2012

Un pensamiento de Jean Cocteau

Hola, corazones.

El otro día comentaba con una amiga, que fue quien me lo hizo notar, lo incómodos que son los pavimentos especiales para que las personas invidentes detecten cuándo se están aproximando a esquinas, cruces y pasos de cebra. Una idea que es excelente, y absolutamente necesaria, pero que se está convirtiendo, cada día, en una tortura mayor para mí. Resulta que el pavimento en cuestión está formado por unos topos, abultamientos cilíndricos, que se clavan de forma casi lacerante en la planta del pie, sobre todo cuando llevas suelas blandas. Confieso que cuando mi amiga comenzó a hablarme mal de ese suelo, yo pensaba que era una exagerada, pero me he debido de volver más delicado con la edad (o es que ahora peso más y claro, se me clavan más), y cada vez los aguanto menos. Me pregunto yo si no habría alguna manera para que las personas que lo necesitan puedan percibir dónde pisan sin necesidad de destrozarse los pies (porque a ellos también se les clavarán los «pivotitos», digo yo). No digo esto con ánimo quejoso, que alguna que otra amiga me acusa siempre de cenizo quejumbroso, sino como un reto a la creatividad, a la responsabilidad ciudadana, a la iniciativa cívica, a la responsabilidad política. Buscar un pavimento que tenga el mismo efecto informativo para las personas invidentes sin que todos los vecinos de la ciudad tengan que ir al podólogo por tener que esperar al semáforo sobre un montón de canutillos afilados es una propuesta ciudadana. Otro día hablaré de las soluciones para que los cubos de basura no invadan las aceras de menos de ochenta centímetros de ancho, o de los bolardos con borde afilado a la altura de la rodilla, o de las aceras aromatizadas con orines añejos. Por compromiso cívico lo voy a ir haciendo. Que ya les vale a los que mandan.

Recuerdo que hace tiempo comenté una frase-cita de Jung que decía que «el zapato que va bien a una persona es estrecho para otra», y buscando alguna para comentar hoy me encuentro con que fue seleccionada para la Agenda San Pablo 2012, concretamente para el 7 de junio. Casualidades de la vida: «el pavimento que resulta revelador a una persona es una tortura para otra», podríamos decir, trastocando al bueno de Carlos Gustavo.

Por seguir con el tema, resulta que la frase siguiente, es decir, concretamente la de hoy, viernes 8 de junio, que es de Keyserling, dice así: «No puede conseguirse ningún progreso verdadero con el ideal de facilitar las cosas». No estoy completamente de acuerdo, porque los puentes, por ejemplo, se construyeron y se mejoraron con el ideal de facilitar las cosas, concretamente las cosas relacionadas con cruzar ríos con o sin mercancía, pero a veces la frase-cita puede dar en la diana: poner cuchillos en el suelo para informar al invidente de que se aproxima a un paso de cebra puede estar hecho para facilitar las cosas, pero no es un progreso, porque todos, videntes e invidentes, acabamos con los pies hechos cisco. Si el listo de turno hubiera ideado un sistema menos agresivo con todos, sí podríamos estar hablando de una justa conjunción de progreso y mejora de las condiciones de vida.

Me enrollo como las persianas arriesgándome a que mi autor de la ONCE se lance contra mi yugular sigo sin proponer frase-cita para comentar. Pasemos página en la Agenda y encontramos otra frase-cita que ya he comentado (tengo que ampliar mis proveedores). Así que me vuelvo hacia Proverbia.net, que me propone hablar hoy con Jean Cocteau:

«Un vaso medio vacío de vino es también uno medio lleno, pero una mentira a medias, de ningún modo es una media verdad» (Jean Cocteau).

Un cineasta como ya no quedan, este Yan Coctó. Se le nota que es francés porque habla de vino. Bueno, los españoles también hablamos de vino. Y tratándose de vino bueno, los españoles solemos ser de los que no queremos nunca tener el vaso a medias, no vaya a ser que se nos vacíe demasiado rápido.

Alude mesié Coctó ese clásico ejemplo del vaso medio lleno o medio vacío para hablar de la visión positiva o negativa, optimista o pesimista, de la vida, de las cosas, de las circunstancias. Y a continuación da un giro mayor para decir que una mentira a medias de ningún modo es una media verdad.

Tiene gracia que la afirmación la haga un cineasta, profesión que, con todos mis respetos y admiraciones, consiste en hacer de la ficción, de la gran mentira del celuloide y la pantalla, una verdad. O mejor será decir que algunos cineastas aprovechan la mentira del cine para afirmar verdades, no medias verdades, sino verdades auténticas, perennes, inmortales (la verdad, la verdad verdadera, la verdad con mayúscula, la verdad desnuda y pura, es siempre inmortal). Pero hay otros cineastas que utilizan precisamente la falsía proyectada en la pantalla para proyectar sobre los espectadores mentiras disfrazadas de mensajes veraces. Seguramente porque hay mucha crédulo por ahí suelto.

Pero no quiero ir por ahí, que me van a matar todos los herederos culturales de Segundo de Chomón o Luis Lucia, por mencionar sólo a dos grandes de los que ya no quedan. Yo quiero referirme a eso de que una mentira a medias nunca es una verdad a medias. ¿Qué es una mentira a medias, para empezar? ¿Una mentira piadosa? El clásico «qué niño más mono» cuando estás viendo un ser humano diminuto con la cara más arrugada que un sharpei y con el pelo de astracán mojado, o el «angelito» cuando descubres que el hijo de esos amigos que están de visita es en realidad descendiente directo de Atila y Cruella de Vil y está jugando al badminton con tu colección de jarrones de la dinastía Ming, ¿son medias mentiras? Lo que no son, de ningún modo es verdad. Pero hay que decirlas, por convención social, educación y control de los nervios.

La mentira disfrazada de verdad que nos suelta el alumno pillado (o que hemos soltado cuando nos han pillado), el tramposo, el que quiere escaquearse en su cometido, el que hace menos de lo que esperas pero quiere cobrar más y finge haberlo hecho todo, son medias mentiras. O mentiras enteras. Las declaraciones públicas que oímos a diario en medios de comunicación pueden ser medias mentiras. Y las medias mentiras que suelta una cantantontuela embebecida de micrófonos no tienen, como dice Coctó, un ápice de verdad (o sí: mentiras que afirman que la muchacha en cuestión no sabe ni de dónde e viene el aire). Las medias mentiras que suelta un alto dignatario en una cumbre de máximo nivel son mentira porque no son verdad, pero pueden estar afirmando grandes verdades.

No estoy seguro, pues, de dar o quitar con rotundidad la razón a mesié Coctó con su frase-cita. Quizá porque no sé muy bien qué son las medias mentiras. Soy de los que miente fatal y tiene plena confianza en que la afirmación de la verdad es siempre mejor baza que la contraria. Aunque me gusta la ficción. La del celuloide, la del papel y la del escenario. Pero eso es otra cosa. Para otro día.

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