viernes, 20 de noviembre de 2015

Pensamientos sobre la paciencia


Me asomo a la ciberventana desde este mi mundo una vez al mes, o casi. No soy capaz de hacerlo, como antaño, semanalmente, cargado de mensajes positivos que repartir, con la boca henchida de palabras inventadas y juegos de palabras con intención de despertar una sonrisa en el intelecto. Ahora lo hago precipitadamente, a hurtadillas, queriendo acabar antes de haber empezado. No sé si es la prisa, o el cansancio, o la edad, pero las cosas han cambiado. Ahora tengo la sensación de que voy corriendo a todas partes (y eso que todavía no estamos en la vorágine navideña, que me deja siempre con la lengua fuera por más que me planifique con tiempo y una libreta), de que no llego nunca a ningún sitio, de que no doy abasto y de que todo me sale mal, tarde y deslavazadamente.

Eso, si me fijo en mí, insignificante e infinitesimal parte del mundo. Más debería mirar el dolor, el drama, el sufrimiento, el miedo, la ansiedad, la angustia, la zozobra que se viven en tantas y tantas partes del mundo, algunas tan cercanas que estremece, otras tan lejanas que estremece igual pensar que el mal está por todas partes. Más debería fijarme en la entereza, la firmeza, la valentía, el arrojo, la decisión, el ánimo, la solidaridad, la amistad, la humanidad que envuelven y encierran ciertos actos. 

Me admira cada vez más la gente que no es sinuosa, que no actúa con miedo, sino con valor, con entereza, y con firmeza y sin perder la cabeza defiende sus valores. Y no se la coge con papel de fumar, ni cambia de idea a cada palabra o de deriva según sopla el viento o cambia la corriente.

Y me admira cada vez más la gente que mantiene la calma, que sabe medir sus palabras, que actúa con paciencia. Gran virtud. Escasa virtud que debemos poner en práctica. Es este un firme propósito: crecer en paciencia. A ver si lo consigo.

De momento, tomaré algunas ideas generales sobre qué es y para qué ha de servir la paciencia. Que vale, por ejemplo, para cazar malvados y para no dejarse amedrentar por ellos.

«La paciencia tiene más poder que la fuerza» (Plutarco). 

«La paciencia comienza con lágrimas y al final sonríe» (Raimundo Lulio, o Ramón Llull, beato). 

«Ten paciencia con todas las cosas, pero sobre todo contigo mismo» (san Francisco de Sales). 

«La paciencia es la más heroica de las virtudes, precisamente porque carece de toda apariencia de heroísmo» (Giacomo Leopardi). 

«Nada resulta más atractivo en un hombre que su cortesía, su paciencia y su tolerancia» (Cicerón). 

Paciencia… ¿Cómo tenerla, cuando te acaban de reventar la ciudad y han sembrado de muerte hasta las puertas de tu casa? ¿Cómo tenerla, cuando nada tienes más que tus pies para huir del hambre y de la guerra y del frío y de la muerte y del odio y del rencor? ¿Cómo tener paciencia?

¿Cómo tenerla cuando el reloj te arrebata el día a la carrera, cuando la negra sombra de la muerte se proyecta en un horizonte cada día un milímetro más cerca, cuando la duda se convierte en tu alimento y te mina voluntad y cimientos, cuando la seguridad de tu guarida se pone en cuarentena cada vez que cruje una madera? ¿Cómo?

Dicen que quizá … No sé… 

No quiero parecer melodramático. Es solo que estoy comenzando a reflexionar sobre la paciencia, esa gran virtud que aún no he logrado estrenar, esa virtud que solo crece, como todas las virtudes, cuando la pones en juego. 

Poner en alto, por escrito pero en alto, estas palabras, y estos silencios, me ayuda a aclararme, a ordenar mi mente. 

Tened paciencia conmigo.

 

viernes, 16 de octubre de 2015

Un pensamiento de Teresa de Jesús


Parece que va a ser una tradición que tarde casi dos meses en poder sentarme ante el ordenador con tiempo suficiente para escribir y tranquilidad para ordenar (si es que sé) mis ideas (si es que tengo).

Esta vez, además, ni siquiera voy a hacer casi comentario ni relación de anécdotas o despropósitos. Poco más que homenajear a santa Teresa, de quien ayer cerramos su quinto centenario, reproduciendo una de sus frases. Que es tan clara como la santa, y no merece comentario, pues estropearía la sencillez y la franqueza de su prosa.

«Procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados... tener a todos por mejores que nosotros» (Teresa de Jesús). 

¿A qué decir nada más?

viernes, 4 de septiembre de 2015

Nuevos propósitos


Dos meses sin escribir una línea en el pensamiento de la semana. Se ha convertido en una semana más larga que las fantásticas semanas de aquel centro comercial, que las estira hasta los veinte o veintipico días…

Excusas pongo, y excusas tengo: el calor sofocante, fuera y ¡mucho más, si cabe!, dentro de mi casa durante el mes de julio. El cansancio, el hastío, la hartura, el miedo a repetirme (que lo he hecho), a aburrirme y lo que es peor a aburrir a otros… Las vacaciones, que me han tenido ocupado en otros menesteres diferentes, más relacionados con la lectura, el alimento corporal (en Cantabria uno podría alimentarse casi exclusivamente de raciones de rabas), las relaciones familiares… La reincorporación al entorno laboral, que no me deprime, porque hace años decidí que no me dejaría deprimir por cosas que no están en mi mano cambiar y que tengo que aceptar sí o sí mientras no me toque la lotería, me salga otro trabajo más interesante y mejor pagado, o pegue un braguetazo (tres cosas que de momento no han ocurrido). La reincorporación laboral no me deprime, pero vuelve a constreñir mi tiempo y, en ocasiones, mis ganas de sentarme más horas de las necesarias delante de un ordenador.

Nonostante, ya sentía yo la quemazón, la necesidad de volver a retomar los envíos y entregas periódicas en el blog (digo periódicas y no semanales para no pillarme los dedos con las teclas…).

Quizá sea porque, como casi todo el mundo, considero que septiembre es un buen momento para tomar decisiones, fijar metas, plantearse retos, definir propósitos que ya veremos si se acaban acatando, alcanzando, conquistando y cumpliendo… Septiembre (comienzo de curso), como Año Nuevo, son fechas muy dadas a que uno se ponga metas y se prepare para adelgazar, hacer más ejercicio o ser mejor persona. Pues he aquí mis propósitos para este curso: fortalecer y reducir. ¿Mi musculatura y mi barriga? No estaría de más, pero ni una cosa ni otra me quitan el sueño. Quiero fortalecer mi honestidad, mi coherencia (ambas para conmigo mismo, se entiende) y mi espiritualidad. Y a la vez, reducir mi indolencia, mi capacidad de distracción y mi inconstancia. 

Vamos por partes. No es que no me considere persona deshonesta o incoherente. Pero, a fuerza de ponerlas en práctica con suavidad, dejando pasar de vez en cuando, con cierta fingida inocencia, diminutas mentirijillas, vagas inconsistencias, pequeñas fisuras de irrealidad maquillada, alguna que otra pose fingida, la honestidad, la coherencia, con mayúsculas, se van quedando tocadas, adelgazan, se debilitan. Y tacita a tacita, insulta que algo queda, uno de repente se da cuenta de que está rodeado de pequeñas verdades a medias, como si viviera en una galería de espejos sin saber cómo una melena pelirroja se ha convertido en un corto y sofisticado pelo teñido de rubio (ni Orson Welles, que provocó tal conversión, tuvo la respuesta). 

¿Y eso de fortalecer la espiritualidad? Reconozco que, sin ser cartujo, ni vivir arrobamiento y desespero por sentir transverberar mi pecho, siempre he tenido una cierta vivencia y un cierto interés por cultivar (o al menos por no abandonar del todo) el campo de mi espíritu. Pero a fuerza de visitarlo cada vez menos (con lo lejos que queda el campo de la ciudad, y las caravanas, y la cantidad de cosas que tiene uno que hacer en casa, y lo cansado que es, y…), el campo se va poco a poco secando, llenando de maleza y alimañas, agostando… ¿Y cómo hacer? Muy sencillo (harto difícil, al tiempo): volver a las fuentes, beber de nuevo en los pozos que alimentaban y regaban ese campo. En cada persona dichas fuentes pueden ser diferentes. En mi caso, creo que tengo que volver al Espíritu con mayúscula, a la Eucaristía, también con mayúscula, y al silencio, esos largos ratos de silencio en una capilla junto al sagrario y una vela encendida… 

Reducir mi indolencia, mi capacidad de distracción, mi inconstancia. ¿Cómo se hace eso? Por lo que se refiere a la inconstancia, es fácil: si un día no lo has hecho, no te inquietes, pero no desistas: mañana lo harás, e insistirás con más ahínco. Al fin y al cabo, todos andamos necesitados de rutinas, y qué mejor rutina que volver a levantarse cuando se ha caído o volver cada día sobre los buenos propósitos hasta que se hagan realidad.

La capacidad de distracción tiene para mí más dificultad. Soy muy dado a dispersarme, a pretender multiplicar mi atención a más de una fuente (un interlocutor me habla cuando estoy sentado delante del ordenador y yo le escucho mientras furtivamente miro los correos y salto a twitter o a facebook para ver qué se cuece en mi mundillo…). Propósito de enmienda: prestar más atención, mirar a los ojos de quien me habla, volcar mi oído, mi mente, mi corazón, si es el caso, sobre lo que me está contando… y dejar de pensar en lo que voy a contestar, en lo que quiero contar, en lo siguiente que tengo que hacer…

La indolencia es algo más complicada. Porque pienso que no lo soy. Pero sí lo soy. Claro, pienso en la indolencia y me viene a la cabeza ese adolescente atolondrado que todo le da igual, que tiene un pie en marte y otro en la luna y que no reacciona ante nada que no esté dentro de su pequeño mundo. Y yo ya no soy un adolescente (creo: conozco a adolescentes cerebrales que han cumplido los setenta, y son todavía peores que los de catorce), y no estoy atolondrado (bueno, sí, claro, anda…), tengo los pies en la tierra y todavía reacciono ante cosas que no están en mi pequeño mundo… a veces. 

Y sobre todo, sobre todo, sobre todo (y aquí viene la frase-cita), no caer en la autocomplacencia. 

Lo leí en Expansión (no es que suela leer muchas veces este periódico, pero a veces, en internet, se encuentran cosas como esta:

«La autocomplacencia es el gran enemigo de las grandes empresas» (Daniel Carreño). 

Resulta que este señor es (o ha sido, ya no lo sé), presidente de una importantísima empresa. Y lo que dice lo dijo en un foro sobre empresa, como ponente o conferenciante, y referido al mundo de la empresa. Pero, digo yo, ¿y si ampliamos el enfoque y en vez de mirar a la empresa miramos a la persona? ¿O al grupo? ¿Sigue valiendo?

Dice Doña RAE que autocomplacencia es la «satisfacción por los propios actos o por la propia condición o manera de ser». Así que si yo me siento satisfecho por mis propios actos, por mi propia condición o por mi propia manera de ser, estaré siendo autocomplaciente. Y si esa autocomplacencia es grande, estaré cayendo en el orgullo, que es arrogancia o vanidad, según la RAE.

¿No se puede estar satisfecho de lo que uno hace, de lo que uno es, de cómo uno es? Puede que sí, al menos en parte. Pero sin dejar de pensar que todo es mejorable y sobre sin dejar de mirar alrededor. Porque si yo estoy satisfecho conmigo mismo, con mis actos y con mi condición, con mi modo de ser, me miraré tanto el ombligo que dejaré de ver a los demás. 

Me estoy yendo, vuelvo. Dice este señor que la autocomplacencia es el enemigo de las grandes empresas. ¿Qué mayor empresa para uno mismo, para el ser humano, que alcanzar la felicidad? ¿Y qué mayor obstáculo para alcanzarla que no ver más allá de mi propio ombligo, quedarme mirando lo guachipiruli que soy?

¿Y como grupo, como nación, como agrupación de naciones? Si somos una democracia y un país instalado en el estado del bienestar y las libertades, y nos quedamos mirando nuestro ombligo, en lugar de ayudar a construir el estado del bienestar allí donde no lo hay, de ayudar a restaurar la democracia y restablecer las libertades allí donde están cercenadas, podemos encontrarnos con una enorme avalancha de gente que nos desinstala y nos saca a bofetadas de nuestra indolencia y de nuestro ombliguismo.

Porque la autocomplacencia es el gran enemigo de las grandes empresas. ¿Y qué empresa más grande que construir la felicidad de las personas, sustentar la dignidad de las personas, defender la vida de las personas?

 

viernes, 3 de julio de 2015

¡Madre mía, qué calor!



Cada vez que llegan los calores del verano no puedo menos que evocar a mi padre sentado en el sofá de casa, sin atreverse a hacer el más mínimo movimiento más que boquear y resoplar. Cada vez que llegan los calores del verano me doy cuenta de que todo es susceptible de ser heredado, y de que es un honor parecerse a sus mayores. Cada vez que llegan los calores del verano no hago otra cosa que no sea quedarme quieto en el sofá de mi casa, a oscuras casi, boqueando y sin atreverme a levantar un dedo por no provocar un peligroso aumento en los niveles de sudoración…


Del calor vamos a hablar, que es un tópico fantástico y un manido recurso de ascensor.


«El sol no espera a que se le suplique para derramar su luz y su calor. Imítalo y haz todo el bien que puedas sin esperar a que se te implore» (Epicteto).


No sé si el sol espera realmente a que se le suplique o no para derramar su luz y su calor. Creo más bien que nos pone a prueba: en febrero o marzo, a más tardar, saca sus rayitos un par de días para que los almendros se vuelvan tontos y se pongan a producir flores como un primor. Y con los almendros, mucha gente se vuelve sensible y saca rápidamente la chancla a la calle; los más osados, incluso comienzan ya con la camiseta de tirantes… Pero el sol se retira. Y juega con nosotros, dejando paso de nuevo al frío frescales, a la lluvia humedorra, al viento soplap... Y vuelve a salir más tarde el sol, derramando de nuevo sus calorcillos. Y vuelta a la chancla, esta vez con más persistencia, a ver si así se queda más tiempo. Y sí se queda más tiempo, pero no todo el rato, porque llega la Feria del Libro, ese evento en el que el calorazo del sol se alterna con los tormentos de la lluvia y con el viento alergénico. Y así…


Vamos, que el sol juega con nosotros soltándonos rayos de calor para que le imploremos más y más, y mucho más, chancla en pie y tirante al hombro. Y así nos va, claro, tanta chancla, tanta chancla, que uno ya no sabe si no puede respirar por el calor o por el olor…


Nonostante, me da a mí la sensación de que no va por ahí lo que nos quiere decir este sabio señor griego. Porque hubo sabios señores griegos, y seguramente quedan sabios señores griegos por ahí, y eso que triki triki triki ya se nos ha ido…


Pienso yo más bien que lo quiere decir Epicteto entronca más con mensajes del tipo de «haz el bien y no mires a quién», «ama y échate a dormir», «da amor y recibirás amor»… Y además (una vez equiparados el amor y el bien con la luz y con el calor de la frase de Epicteto), hazlo ya, sin esperar a que te lo pidan.


No esperar a que te pidan las cosas, anticiparse a ellas, es estar alerta, vigilante, despierto, atento a la gente, a sus necesidades y preocupaciones, presto a ofrecer luz, calor, manos, amor, bondad, ayuda, ternura, caridad, protección, escucha, amparo, pan, auxilio…


¿Y cuánta gente hay así en este mundo? ¡Mucha! Muchísima. A mí se me ocurren infinidad de nombres ahora mismo. De hecho, todas aquellas personas a las que alguna vez en la vida les he dicho: «¡Eres un sol!». Porque son soles aquellas personas que hacen bien, que dan amor, en cualquiera de sus formas (no seais mal pensados): ayuda, comprensión, ternura, apoyo, caridad, escucha…


Seamos, como dice Epicteto, soles para los demás en nuestra vida.


Y hagámoslo sin preocupaciones, porque si somos soles siempre podremos decir gongorina o quijotescamente, según sea el caso: «Ande yo caliente…».




lunes, 1 de junio de 2015

Feria del Libro 2015

C3 PO con agujetas...

Me pilló este año la Feria del Libro casi por sorpresa con un lumbago a cuestas y cierta dificultad de movimientos. Y el hecho de cargar y descargar cajas de libros, ubicar cada uno en su correspondiente estantería, pegar carteles, rellenar expositores, distribuir los folletos de propaganda, los marcapáginas y los regalos varios en los espacios más accesibles para el personal, etcétera, me obligaron a hacer mucho ejercicio sometido a las normas de corrección postural: agáchate y levántate con la espalda recta, con los pies bien apoyados y flexionando las rodillas. Al día siguiente, mientras bajaba las escaleras de mi casa para ir a la inauguración de la Feria, entre el lumbago y las agujetas de los muslos tenía menos movilidad que C3 PO...

Pasó la Reina

Pasó la Reina Doña Sofía muy cerca de nosotros: venía el séquito por nuestro lado del Paseo, pero al llegar casi a nuestra altura, frente al Pabellón Infantil, una mujer vestida de rosa, alcaldesa hasta se constituya el nuevo consistorio, dio un quiebro hacia su derecha y se llevó a Su Majestad casi en volandas...Lástima, pues nos consta que no es la primera vez ni la segunda que se detiene a mirar (y a adquirir) alguno de nuestros libros. Y yo que tenía aprendida mi parrafada para regalarle un maravilloso y magnífico libro...

Marxismo infantil

Siempre comentamos entre los vecinos de caseta las incidencias (que si qué mala suerte, que este año nos ha tocado caseta con solanera por la tarde...; que si nosotros estuvimos tres años castigados al final del todo, junto al pino...; que si un año funciona reguar la persiana, otro falla el picaporte y al tercero la cerradura...; que si este año han vuelto a poner cerveza de la mala malísima en las cafeterías del centro del Paseo...). En esas, manifiesto mi contento, al menos, por estar junto al Pabellón Infantil, porque los niños veían los libros y podían adquirirlos sin tener que andar buscándonos por todas partes, y me contesta una vecina: "Sí, a vosotros os viene muy bien, que he visto que tenéis mucho libro para niños, pero nosotros no creas, porque marxismo infantil...".

Grandes autores

Y habrá más, estoy seguro, pero ya el primer día fuimos honrados con la visita de dos magníficos escritores y bellísimas personas: Jesús Ruiz Mantilla, compañero de carrera de los que uno siempre recuerda con agrado, autor, entre otras obras de la excelentísima Ahogada en llamas, novela ambientada en la Santander histórica, del Machichaco al Incendio, y Javier Fonseca, gran amigo, y prolífico autor de literatura infantil, creador de la inigualable y exitosa serie de Clara Secret.

Rumores

Nadie sabe cómo fue, nadie sabe qué pasó, pero a la caseta nos llegó el rumor de que uno de nuestros libros va a protagonizar una noticia en los próximos días. Madre mía, qué nervios, no sé qué será, ni de qué libro se trata, pero el runrún nos tiene locos, nos tiene desbarataos...

Geppeto firmó libros en la caseta





A las pruebas me remito: con esa frente de cuatro carriles por sentido, con esas antiparras sobre la punta de la nariz, sosteniendo con una mano una delicada miniatura y con la otra un objeto punzante, y sobre todo con la atención de la mejor colección de niñas pequeñas que he visto en muchos años, más que servidor dedicando un libro parezco el mismísimo Geppetto retocando una fina pieza de su queridísimo hijo Pinocho. Seguramente, el anciano carpintero de Collodi no tenía muchos más lustros que yo cuando fue pensado por su creador...

Siempre quedan samaritanos

Cuando el calor sofoca y los abanicos no alcanzan a dar aire suficiente para que no desfallezcamos en el interior del microondas que puede llegar a convertirse una caseta al sol, llegó la mejor sorpresa del día. Un amable caballero, viéndonos, nos dio conversación y se despidió amigablemente de nosotros... para aparecer, dos minutos después, con dos magníficas botellas de agua fría para mi compañera y para mí. No se nos ha borrado aún la sonrisa de gratitud. Quedan muchos samaritanos, muchas personas amables, generosas y sensibles.

¿Tenéis más de estos?

Yo, sentado en mi banqueta, bajo un cartel con mi nombre y mi foto indicando "hoy firma...", con un tablero preparado para firmar libros a quien me lo solicite y un sector del mostrador sobreabundando de ejemplares de mis libros. Frente a mí, un hombre joven toma un ejemplar de Momentos de sabiduría en sus manos, lo hojea, lee algunos párrafos sueltos, vuelve el libro para leer la contraportada, vuelve a abrirlo para leer otro par de párrafos al azar, lo deja, toma un ejemplar de Momentos twitter y repite la misma operación, vuelve otra vez sobre Momentos de sabiduría y tras otro par de párrafos leídos, finalmente me mira y me pregunta: "¿Tenéis más libritos de pensamientos de este tipo?". "Escritos por mí, no, pero al otro lado de la caseta tienes un expositor negro con todos los libros de la colección". No fue mi intención sonar más que informativo, pero quizá el tono de mi respuesta fue más impertinente a sus oídos, porque el hombre desapareció inmediatamente entre la multitud. Si alguna vez llegas a leer esto y te reconoces como el protagonista de esta anécdota, acepta, por favor, mis más sinceras disculpas. Repito que no fue mi intención parecer impaciente, antipático o engreído.

¡Scouts!

Un grupo de scouts sale del Pabellón Infantil y se acerca en tropel hacia la caseta. De repente, una de las niñas, la más alta, grita mi nombre y echa a correr hacia mí: mi sobrina Mónica. Con ella, todos sus amigos del grupo scout. Sus monitores, detrás, casi no se pispan de qué está pasando. Uno de los chavales me pregunta incrédulo si de verdad soy familiar de Mónica, otro me señala un libro, Te cuento mi cuento, Premio La Brújula, y me dice: "Este libro lo han escrito dos niñas de mi colegio". "Pues la semana que viene van a venir a firmar", le digo, "vente a verlas". "Vale". Al cabo de un rato se van, felices y contentos, cargados de marcapáginas, regalos promocionales y caramelos.

Y me pudo el lumbago

Ese lumbago que había comenzado a amenazarme antes de que comenzara la Feria, ese lumbago que me tuvo en reposo, concentrado para poder participar en el mayor evento librero de España, me venció. El último fin de semana no pude hacer otra cosa que pedir a mis compañeros que me sustituyeran mientras yo me quedaba en casa, quietecito, sin moverme, sobreinflado de analgésicos, antiinflamatorios y relajantes musculares. Flipando...

Y aun así, Momentos twitter se colocó en el cuarto puesto de la lista de los libros más vendidos en la caseta de San Pablo, seguido ¡tachán! de Momentos de sabiduría, en el quinto puesto. Lo que, aunque este año no hemos hecho lista de autores con más ejemplares vendidos, me sitúa sin duda en un buen puesto. Anda, que llego a estar ese fin de semana en la caseta, y ¡arraso!


viernes, 22 de mayo de 2015

Sobre libros y escritura


Estoy de nuevo en un momento en el que los libros pueblan mi vida. Hace menos de quince días que firmé el contrato de mi segundo libro, Momentos twitter, del que vi la portada pocos días después y del que hoy viernes he recibido el primer ejemplar. Ya me he hecho mi camiseta promocional (única en el mundo: nadie más que yo tiene una camiseta con la portada de mi libro, y creo que nadie más que yo querría tenerla), y ya tengo apalabrado, para el sábado 30, mi turno para firmar ejemplares en la Feria del Libro.


Feria del Libro en la que participo también, como todos los años, como librero-editor-vendedor, o como feriante, vamos. Tres semanas en las que no paro, no descanso, pero que suelen aportarme momentos muy intensos, interesantes y divertidos. Momentos que en principio, salvo que mi lumbago me lo impida, espero disfrutar a tope.


Pero es que hay más: el pasado 15 de mayo recibí, vía Facebook, la noticia de que he sido citado en la dedicatoria de un libro, porque la ilustradora quiso citarme. El libro se titula Después del Gran Incendio, está escrito por Silvia Añover y publicado por Alfasur. E ilustrado nada más y nada menos que por Atocha Sanz. Que ha tenido la delicadeza de incluirme en la dedicatoria del libro, simplemente porque un día le dije que si quería dedicarse a ilustrar libros infantiles, que no se quedara con las ganas. Ya en una ocasión le dije que quería tener un dibujo suyo en mi pared. Ahora ella me ha regalado mucho más que eso: su gratitud y su sonrisa impresas en una dedicatoria que leerán cientos, ojalá miles de personas. El agradecido y emocionado, hasta el alinamorganamiento, soy yo. (Eso sí, acabaré teniendo un AtoSanz auténtico colgado en mi casa, como tengo un Violeta Monreal, un Aitana Martín, un Adoración Pérez, un Montserrat Gudiol, un Rafols-Casamada, un Bárbara Gil, un Rafa López Ledo, un Ramón Ramonet, un Nacho Barruso, un Irene Laviña, un Jaume Roure, un María Puncel…).


Y aún hay más. Hace poco más de un año tuve el honor y el privilegio de leer el original de una novela que acaba de ser publicada. Su autora, a quien conozco y admiro por su trabajo y por su personalidad, y a quien aprecio desde la amistad, me envió su libro sin saber aún si alguien querría publicarla. Yo la leí y, emocionado, le escribí un breve comentario personal que terminaba así: ¡Que tiemble Isabel Allende! Pues bien, la novela, que se titula Jilgueros en la cabeza se acaba de publicar. Lo ha hecho Khaf, que pertenece al grupo Edelvives. Y su autora es Carmen Guaita. Cuando le comenté el otro día, por twitter, que estaba deseando tenerla y volverla a leer, esta vez como libro y no como colección de folios en una carpeta, me dijo: «Estás en la dedicatoria, Álvaro». No sabe Carmen, no lo sabes, si me lees, lo mucho que me ha emocionado saberme en tu dedicatoria.


Sigo aún sobrecogido. En menos de un mes, mi nombre, mi persona, aparece en tres libros diferentes, muy diferentes entre sí, pero que tienen algo en común: el cariño con que han sido hechos, leídos, recibidos, animados. Y recomendados.


Porque no es de recibo que quien visite la Feria del Libro no se lleve en sus manos un ejemplar de Jilgueros en la cabeza, otro de Después del Gran Incendio, y otro de Momentos twitter. Tengo más recomendaciones, autores imprescindibles de libros maravillosos: Javier Fonseca, Violeta Monreal


Y ahora, unas cuantas frase-citas para reflexionar sobre la escritura:


«Escribir es la manera más profunda de leer la vida» (Francisco Umbral). 


«Al escribir proyectas un mundo a tu medida» (Jesús Fernández Santos). 


«Escribir es defender la soledad en la que vivo» (María Zambrano). 


«Escribir es siempre protestar, aunque sea de uno mismo» (Ana María Matute). 


Comparto, de algún modo las cuatro actitudes de estos grandes escritores. Pretendo leer la vida cuando escribo algo; aunque mi lectura se quede en el umbral de la profundidad, o mejor, en el umbral de la patochada, mi escritura es una lectura de la vida. De la vida que veo, de la que vida en la que creo, del mundo en el que vivo, del mundo que proyecto. Una proyección que no es quizá tanto la proyección de mi mundo, de mi realidad, sino de mi deseo, de mi utopía, de mi esperanza. Proyección de un mundo que, mío o no, percibo en soledad y desde la soledad, porque la soledad me caracteriza. De algún modo, en algún momento del proceso creativo, a todos los que escriben les debe acompañar la soledad. Y quizá por eso, por estar en soledad, por estar intentando proyectar un mundo que no es exactamente el que vivo sino el que querría vivir, algo en mí se rebela contra el mundo, contra la soledad, contra mí mismo, y grita. Y todo ese batiburrillo, todo ese mejunje, acaba colgado en un blog.


Y después, filtrado en diversos cedazos, acaba convirtiéndose en un librito tan pequeño que para reproducir su portada en una camiseta y que no parezca un bolsillo hay que ampliar casi un cuatrocientos por cien…

 

viernes, 15 de mayo de 2015

Notas en el cuaderno de mi Madre



Hace mucho que no escribo nada en el blog. Yo no quiero esta vez comentar una frase, o un texto, o un poema. Hoy quiero rendir un especial homenaje a mi Madre, a toro pasado, pues ya hemos celebrado el Día de la Madre. Le voy a rendir homenaje reproduciendo algunos textos que ella anotó en un cuaderno, textos que seleccionó porque los consideraba importantes. Confieso que la primera vez que vi el cuaderno lloré intensamente: dos de esos textos eran poemas míos. Si, como dice Gonzalo Rojas, uno debe amor a su madre porque es viento nacido de su roca y de ella ha aprendido hablar su lengua, el hecho que una sola palabra mía haya vuelto a su corazón hasta querer retenerla en la página de un cuaderno para poder releerla, me tiene aún sobrecogido. Los que siguen son algunos, no todos, de los textos que contiene ese cuaderno, que dice mucho más del corazón de mi Madre de lo que yo nunca seré capaz de expresar.

«¿Existe algo más admirable para dos almas que la sensación de unirse para siempre, de fortalecerse mutuamente en toda dura tarea, de apoyarse la una en la otra en los momentos de aflicción, de auxiliarse en el sufrimiento, de entregarse como un solo ser a los silenciosos e inefables recuerdos en el momento de la última partida?» (John Irving).

«No me busques en los montes
por altos que sean,
ni me busques en la mar
por grande que te parezca.
Búscame aquí,
en esta tierra llana,
con puente y pinar,
con almena y agua lenta,
donde se escucha volar
aunque el sonido se pierda»
(Francisco Pino).

«Cuéntamelo otra vez, es tan hermoso
que no me canso nunca de escucharlo.
Repíteme otra vez que la pareja
del cuento fue feliz hasta la muerte,
que ella no le fue infiel, que a él ni siquiera
se le ocurrió engañarla.  Y no te olvides
de que, a pesar de los problemas,
se seguían besando cada noche.
Cuéntamelo mil veces, por favor:
es la historia más bella que conozco»
(Amalia Bautista).

«¡Cómo se ha llenado de ti la soledad!
La soledad me huele a ti como si estuvieras dormido en ella,
como si esta soledad mía sólo fuera la almohada en que
pones la cabeza, la sábana que te envuelve, blanca y tibia...
¡Cómo está llena de ti la soledad, cómo te encuentro, y cómo
te amo, y cómo me muero en ti, en ella!»
(Dulce María Loynaz).      
                                  
«Una inmensa serenidad
has sembrado en mi corazón,
voy por la senda de tu paz:
gracias, Señor.

Si Tú permites que hasta mí
llegue la dulce revelación
de que me llamas para sufrir:
gracias, Señor.

Si en mi camino has de sembrar
sólo tristeza y desolación
y mis rosas espinas dan: gracias, Señor.

Y si quieres que yo te dé
la vida que tu Amor me dio, 
aquí la tienes, tuya es:
gracias, Señor.

Una inmensa serenidad
has sembrado en mi corazón, 
voy por la senda de tu paz:
gracias, Señor»
(Mª Ángeles de Armas).

viernes, 17 de abril de 2015

Un pensamiento de Martin Luther King


A veces, cuando leo el periódico por la mañana temprano (sí, yo soy “ese” que va en el Metro con un arcaico medio de comunicación impreso en papel que te impregna los dedos de tinta, el único en medio de tanto lector de tablet, o de aifon, o de aipad, o de aicrash, o de móvil… yo soy “ese dinosaurio” que lee periódicos en papel). Vuelvo: A veces, cuando leo el periódico por la mañana temprano, y me encuentro con noticias que me sorprenden, me llaman la atención, me interpelan o me ofenden, se me ocurren cosas ingeniosas. Cosas ingeniosas que nunca apunto, que nunca acaban formando parte de mi vida en mi facebook, en mi noutpad (que no tengo), o en mi túiter. Cosas ingeniosas que podrían ser mi respuesta a las estupideces que han despertado mi ingenio. 

Solo por poner un ejemplo: el representante de un país, de visita en el nuestro, se permite decir que existe un tercer país que se basa en un sistema de discriminación y “necesita ser eliminado”. ¡¡¡¿¿¿Y nadie se escandaliza???!!! ¿Quizá es que el país del visitante es un paraíso de libertades, de igualdades, un modelo de convivencia, un crisol de humanidad? Déjenme que cante ese bonito bolero de Los Panchos: “Lo dudo, lo dudo, lo dudo, que tú llegues a quererme [darme libertad para decir en tu país patochadas como la que has dicho en el mío] como yo te quiero [he dado libertad para decir en mi país semejante patochada sin expulsarte directito al Tribunal Internacional de La Haya] a ti”…

Y que tengamos que aguantar eso y no podamos decir que están matando a gente a cientos por el mero hecho de profesar su fe. Que nos despertemos cada mañana con una noticia como la del zagal que han quemado vivo por decir que es católico, y que tengamos que aguantar estrambóticos personajes que se sujetan la chorra con seda comprada con dinero público diciendo que eso son guerras de religión y que son asunto menor…

Me estoy calentando, y no quería yo hablar de esto… Porque ando también días dándole vueltas a la frase-cita que propongo, que me llegó el otro día por proverbia.net y que conozco desde hace mucho (las frase-citas de este hombre son recurrentes en los mensajes de buenos pensamientos):

«La pregunta más urgente y persistente en la vida es: ¿Qué estás haciendo por los demás?» (Martin Luther King). 

Hombre, por Dios, don Martín, ¿cómo que qué estamos haciendo…? Ah, yo solo… Que no vale que me sume a una opinión general o a un lugar común, o a un tópico, o a una reacción, o a una protesta de muchos. Que me pregunta usted por mí, por las cosas que hago yo por los demás…

Pues… Pues… Me solidarizo con las opiniones de los demás… Protesto delante de mis amigos y compañeros de las cosas que no me gustan de los políticos… Alguna vez voy a una manifa, pero no muchas, porque me agobian las multitudes… Doy algo de dinero a esta oenegé… A veces compro cosas en tiendas solidarias, aunque no sé muy bien con quién y con qué se solidarizan… ¡Ah!, y una vez me pidieron que firmara contra el sida y firmé… [una vez me pidieron que firmara contra el sida, y le dije al chavalito que con preguntas así no me explicaba cómo el sida seguía existiendo, porque lo que nadie iba a hacer es firmar a favor del sida; creo que todavía tiene cara de circunstancias…]

Insiste don Martín: «La pregunta más urgente y persistente en la vida es: ¿Qué estás haciendo por los demás?».

Y fuera de bromas y caricaturas de los personajillos que despiertan mi ironía, de esos que se sorprenden cuando descubren que una persona a quien no conocen pero de quien se han fijado un estereotipo determinado no es como imaginan, sino que es una persona educada (¿cómo no va a ser educada una persona que ha sido educada precisamente para ser educado como vocación y como profesión?), de esos que se piensan que con sacar las tetas o con seguir su plan preconcebido van a conseguir el resultado que han imaginado, y nunca otro distinto… Fuera de personajillos de esos, que pueblan las páginas de los periódicos todos los días con una densidad que ríete de México De-Éfe, todos deberíamos contestar con seriedad la pregunta de don Martín. De contestarla haciendo primero un ejercicio intelectual (¿qué es realmente hacer algo por los demás?, ¿en qué consiste?, ¿qué implicaciones y consecuencias tiene?) y una introspección que tiene que ver, de algún modo, con nuestra propia conciencia.

¿Lucho contra la corrupción y luego ando buscando la trampilla en la declaración? ¿Me quejo de los abusos de los poderosos pero luego, por poner un ejemplo, aparco en pleno paso de cebra? ¿Pienso en las acciones que hago, en los consejos que me dan? Me explico con un ejemplo, con todos los nombres falsos e inventados: de repente salta la liebre de que los botones que compras en la mercería MariPaqui proceden de la explotación laboral de las mujeres yacomaquis de la zona más desfavorecida de PerraSuerteLandia. Entonces yo, todo solidario, dejo de comprar los botones para que los malvados explotadores de la MBP (Mutinacional Botonera PerraSuerteLandesa) dejen de explotar a las pobres mujeres yacomaquis. Arruino a MariPaqui. Y los de la MBS, como ya no sacan dinero explotando a estas mujeres en sus fábricas, las despiden, y al quedarse sin su único sueldo, aunque paupérrimo, se ven abocadas a otras redes de explotación más crueles, como la trata, la prostitución, etc. Pero de eso yo ya no me entero, porque ya nadie me cuenta qué ha sido de ellas… No digo yo que no haya que hacer nada, pero sí que quizá, antes de ser solidario dejando de comprar esos botones, hay que ser solidario buscando el modo de que esas mujeres encuentren otro modo, y mejor, de ganarse la vida. Y una vez salvaguardada la calidad de vida de las mujeres yacomaquis de la zona más desfavorecida de PerraSuerteLandia, podemos ir contra los malvados explotadores de la MBP y de rebote contra la mercería MariPaqui (que quizá tampoco se lo merezca, vete tú a investigar cómo llegó la muchacha a vender esos botones).

Obrar con consciencia, con conciencia, con inteligencia, con prudencia, con generosidad, con amor, con solidaridad, con entrega, con el corazón y la mente despiertos, con los pies en el suelo y calzados con los zapatos de aquellos a quienes queremos ayudar. Así es posible que si nos vuelven a hacer la pregunta de don Martín podamos dar una respuesta de manos vacías y corazón lleno…

 

viernes, 27 de marzo de 2015

Detenerse o avanzar


Decir que me he quedado helado es poco, mirar a un punto vacío en la nada inmediata con incredulidad, sacudiendo la cabeza y deseando no haber oído lo que han dicho, no basta para expresar la mínima parte del estupor que ha invadido cada poro, cada neurona, cada célula de mi cuerpo. Toda mi fibra sensible no es suficiente para amortiguar la estupefacción que me ha invadido. ¿Qué puede pasar dentro de un cerebro, a qué estado de vaciamiento llegar un alma para que de mirarse tanto el ombligo y tan poco hacia fuera no le resulte abominable buscar la propia muerte llevándose por delante otras vidas? No me queda más recurso que poner en otras manos más poderosas que las mías toda esta mi zozobra.

Ignoro lo que ha podido pasar, sufrir, vivir, imaginar, creer y descreer una persona para llegar al estado en el que una acción semejante es asumible, factible, realizable y… desgraciadamente realizada. Lo ignoro. Pero me da miedo, mucho miedo, pensar que nadie está libre de que las cosas se le den la vuelta hasta un punto en el que no hay retorno, no hay bien ni mal, no hay nada más que un yo sin conciencia. Me da miedo que eso me pueda pasar.

¿Cómo evitarlo? No lo sé, no hay fórmulas, o al menos yo no las conozco. Pero hay que mantenerse alerta. No hay que dejarse caer en nada que nos haga retroceder, detenernos, avanzar en la dirección equivocada, deshumanizarnos, desvincularnos de todo lo que no seamos nosotros mismos… Debemos mantenernos alerta para no caer en la autocomplacencia, en el umbilicalismo, en la dejadez, en el vaciamiento moral…

La frase-cita que quiero proponer hoy la tengo en la cabeza desde hace mucho tiempo, la he mantenido en el recuerdo y forma parte de mí, aunque he olvidado su redacción exacta y su autoría. Según algunos, eso es la verdadera sabiduría: hacer tuya una enseñanza hasta el punto de olvidar al maestro. Dice así la frase-cita (mororles, que viene a ser algo así como más o menos en espanglís):

«No te puedes detener en el camino de la vida, detenerse es siempre retroceder» (No recuerdo quién lo dijo). 

No te puedes detener el camino de la vida… Porque si te detienes, retrocedes. Todo avanza siempre, todo cambia, crece o muere, pero cambia. Todo está en movimiento, desde los planetas hasta esa mota de polvo que ahora mismo está buscando la manera de juntarse con otras motas y formar, sobre una cana caída, una nueva pelusa en un rincón de tu casa. 

Sin embargo, a veces nos detenemos. Porque decimos que estamos cansados, agotados, derrengados… Porque decimos que no podemos seguir, que nos faltan fuerzas, que el camino que hemos tomado nos supera y nos vence… Porque creemos que ya hemos llegado, que estamos donde tenemos que estar… Porque agobiados con otras cosas, con el avance de los demás, de los nuestros, nos olvidamos de avanzar nosotros mismos… Porque hemos llegado a un punto muy cómodo, y hemos pensado en nuestro corazón aquello de qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas y quedémonos… Porque nos han invadido el miedo o la incertidumbre de qué vamos a encontrar si seguimos avanzando… Porque nos hemos hecho daño en el camino y nos hemos quedado a curarnos, a cuidarnos, a lamernos las heridas como los lobos, pero con una saliva que no cicatriza y nos deja la herida abierta para no tener que seguir avanzando… Porque pensamos que si no avanzamos retrasamos la llegada a la meta, a la desembocadura, a la mar, que es el morir… Porque el temor a no haber sabido hacer las cosas bien, a que nos echen al lugar del llanto y rechinar de dientes, nos impide avanzar y no caemos en la cuenta de que es precisamente en ese llanto y en ese rechinar donde acabaremos si no avanzamos, si no multiplicamos, si no crecemos, si nos paramos a mirarnos a nosotros mismos…

Cada uno tendrá o habrá tenido en algún momento su motivo para no avanzar, para detenerse el camino. Cada uno que se mire a sí mismo y ponga remedio a su parálisis, y que siga avanzando, progresando en la vida. Cada uno espabile en aquello en lo que necesite espabilar. Cada uno levante la cabeza y mire a su alrededor, eche un paso al frente y tienda la mano a su compañero, pero para avanzar, no para sentarse sobre aquellas rocas…

¡Adelante, chicos, no nos detengamos! 

Y tengamos presentes en nuestras oraciones y en nuestros pensamientos empáticos a las víctimas del avión estrellado en los Alpes y a todos aquellos que encuentran el final de sus vidas porque otros así lo han decidido.

 

viernes, 13 de marzo de 2015

Un pensamiento de Anna Frank


Es algo que me ocurre con cierta frecuencia: cuando estoy estresado, nervioso, preocupado, cansado, asustado, deprimido (y algún que otro estado más) en un grado mayor del que puedo soportar sin quejarme [cosa que ocurre casi enseguida: en el grado cero coma dos de la escala de Richter ya estoy protestando…], cuando estoy así, digo, acudo a una tienda y me compro algo. O lo intento. Tengo varias opciones, dependiendo de dicha escala: las colonias y las corbatas, que son productos a las que no miro el precio, solo las compro cuando estoy a punto de beberme, directamente en la jarra de la batidora, un gazpacho mezclado con barbitúricos… Normalmente me conformo con una pulserita de a tres euros, una camiseta o una camisa original (ponga usted las comillas a la palabra original). Me debe de estar pasando esto mucho últimamente, porque llevo dos camisas así en las últimas tres semanas. Quizá también se deba a que he pasado la temporada de rebajas encerrado en casa, bien trabajando, bien intentando salir de la gripe o dejar atrás la gastroenteritis que me ha devuelto a mi talla del año pasado, y no he podido entregarme a la vorágine del consumo de prendas baratas.

Hay otra gente que hace otras cosas para olvidarse de ese estado. Me refiero a ese estado que no alcanza a ser preocupante, ese estado que no requiere cita con el psiquiatra ni una dosis mayor de la habitual de confesionario, sino simplemente una terapia autoinducida, de tipo casero, de aplicación sencilla y sin contraindicaciones relevantes. Conozco una señora que cada vez que le pasa algo así se va a unos grandes almacenes y se compra un pintalabios. Hubo una temporada en que podría haber insonorizado una habitación con ellos, pero en circunstancias normales, no era más de uno por estación del año. Hay otra gente que se calza unas zapatillas y se echa a correr en inglés, que parece como más moderno y positivante autoproclamarse ráner que trotón… Otros prefieren descalzarse y sentarse en el sofá, con los ojos cerrados, los pies en alto, una humeante taza de té en las manos y una apacible melodía debusiniana (o una birra y un estrepitoso solo de guitarra eléctrica)… No discuto los métodos, pero todos lo hacemos alguna vez. ¿A que sí?

Yo de todas formas no me permito que esos arrebatos me duren demasiado: quiero decir, que una compra me vale, que no es cuestión de pasar la tarde eligiendo o tirando de tarjeta en todos los establecimientos de la Gran Vía. Y vuelvo enseguida a la realidad de mis dedicaciones familiares, mis tareas domésticas (¿para cuándo la conciliación en los hogares unipersonales?), mis aficiones literarias o mi predilección por las series de investigación criminal… Y de camino, paseo por las calles de mi barrio y alrededores, viendo cómo cierran unos negocios y abren otros, mirando edificios históricos, imaginando cómo quedarán con los proyectos de futuro que se publican, soñando con que alguna de las promesas electorales de los candidatos a alcalde prospere: limpiaré Madrid de pintadas, plantearé un sistema de recogida de basuras que no obligue a la gente que vive en barrios de calles estrechas a sortear cubos apeándose de la acera, crearé un plan de ayuda a la mejora y conservación de los edificios históricos deteriorados, aumentaré las zonas peatonales y los espacios ajardinados, combatiré el botellón y mejoraré la limpieza de las calles que más sufren esta lacra, protegeré los edificios considerados patrimonio histórico de la ciudad de invasiones que perjudican su estética y su conservación… ¿Qué dice? Ah, que ningún candidato a alcalde ha dicho nada de esto, ni se espera que lo diga… Ah, ya me parecía a mí que soñaba…

«No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda» (Anna Frank). 

Frase-cita esta de la joven niña judía, famosa en el mundo entero por habernos dejado escrito en su diario un testimonio tan sobrecogedor como entrañable. Tomo su frase-cita prestada para contestarme a mí mismo por los sueños de mejora de mi barrio y de mi ciudad. 

Es como si los políticos candidatos a alcalde me contestaran, a cada uno de mis sueños: «No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda». ¿Negocios históricos cerrados por causa de una normativa patosa y una gestión política y económica indecente? «No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda», que muchos de los negocios nuevos han dejado el toldo con el nombre del anterior, y eso es muy jipster, me dicen… ¿Pintadas? «No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda», mira, ¿ves?, ahí hay un rinconcito de fachada sin tocar, que permite apreciar cuán anodino era antes este edificio de viviendas de mil novecientos veinte, me dicen. ¿Cubos de basura por tol medio de las calles? «No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda», date cuenta de lo bonita que queda la calle, salpicada de cubos grises con la tapa naranja, cada seis metros, me dicen… ¿Casas viejas? «No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda», fíjate, si no, en tu propia casa, que lleva años esperando el permiso municipal para sanear y reparar el patio de la corrala, y todavía se ven los clavos de cuando se construyó, que aunque estén ya un poco oxidados son tan monos, me dicen... ¿Zonas peatonales? «No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda», y las aceras están tan bonitas, con sus bolardos, ladeados cada uno hacia un lado por la acción de los vehículos al aparcar y desaparcar, y sus adoquines sueltos, y sus bordillos a distinta altura, fruto de las distintas intervenciones municipales para poner o mejorar las acometidas de agua, luz, fibra óptica, televisión por cable…, me dicen; hasta hiel, contesto… ¿Botellón y más limpieza? «No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda». Mira, entre ese montón de latas de ahí, esas botellas rotas de allá y esas bolsas de plástico impregnadas de vómito y urea se vislumbran aún los adoquines de la calzada primitiva, la que cubrimos en la operación asfalto de hace treinta años, la que quedó interrumpida a mitad por falta de presupuesto, me dicen... ¿Patrimonio histórico? «No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda». Pero si lo vamos a quemar, y verás qué bonito cuando quede Madrid toda iluminada con esas torres barrocas convertidas en antorchas, me dicen…

¡No!, no quiero que la frase de Anna Frank se utilice de modo tan grosero, burdo y vil, para justificar la desidia de nadie.

«No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda». Veo la belleza que aún queda en la corrala de mi casa, cierto, pese a los clavos oxidados, pese al deterioro de los materiales ornamentales y en algún caso de los estructurales, pese a las cuerdas de tender la ropa (¡y pese a las prendas que tienden las vecinas!). Veo la belleza que aún queda en mi calle, veo la belleza que aún queda en mi barrio, veo la belleza que aún queda en mi ciudad, en mi entorno. Veo las maravillas que existen y dos gracias a Dios por ellas. Veo las torres barrocas que señalan al cielo desde aquí mismo, tan cerca de mí, que me emociona mirarlas. Veo a las vecinas, a los vecinos del barrio, muchos de ellos mayores, muy mayores, que caminan entre restos de botellón y cubos de basura, y veo más aún la belleza que aún queda en las calles, en las fachadas y, sobre todo, en las gentes. Veo la belleza en la plaza, donde se mezclan como en un collage intercontinental, niños jugando juntos al balón, ancianos contándose sus dolencias, gentes que aprovechan el momento de paseo con su perro para conocer gente nueva, modernos tomando vinos o cafés en animada tertulia en la terraza, y una monja pasar… Veo la belleza que queda en las manos arrugadas que se sujetan a duras penas a un bastón, en la sonrisa que brota surca los rostros, como una arruga más. Veo la belleza que queda en un cuerpo cansado y dolorido después de una dura vida de trabajo; no es la belleza de fotochop cindicraufordiana ni tampoco una belleza quirofaniana, elsapatakiana, no: es una belleza natural, que reside en la naturaleza interior del ser humano, que aún existe, aún se conserva, aún queda. Y gracias a Dios que queda. Y que dure.