viernes, 30 de mayo de 2014

Un pensamiento de André Gide

 
Como es tradición, hoy voy a hablar de libros, y lo voy a hacer con el responsable de la frase-cita. Pero antes, permitidme una reconvención pública a un amigo. Querido, no insistas más en invitarme a que me una a todas tus causas. No creas que por el hecho de que nos une la amistad, tenemos que pensar lo mismo, creer lo mismo, defender lo mismo, apoyar las mismas causas y luchar en el mismo bando. Si te atacan, es muy probable que luche a tu lado. Pero eso no significa que tenga que convertir mi cerebro, mi voluntad, mi opinión y mi corazón en un holograma de ti mismo. No insistas, déjalo estar.
 
 
«Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿quién los leerá? Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿qué leerán? Y al fin, libros y personas se encuentran» (André Gide).
 
He visto a gente preguntarse eso mismo al pasar por la caseta de la Editorial y leer alguno de nuestros títulos. Se sonríen con sorna, ponen cara de estar por encima de todo y hacen un comentario a su acompañante. Comentario que en ocasiones oigo y no reproduzco por decoro, y que dice más bien poco de la altura intelectual, la amplitud de miras y la multidisciplinariedad del conocimiento del susodicho.
 
He visto a gente que ve nuestros títulos y nos pregunta si tenemos el kamasutra. No hay comentarios. He visto a gente que rechaza un marcapáginas en el que sólo hay una ilustración infantil (una niña leyendo un libro) porque al parecer con ello se está influyendo negativamente sobre su educación (¿y privarla del placer de recibir un regalo, de contemplar una bonita ilustración, de descubrir que hay cosas más allá de los límites que pretenden imponer los padres…?).
 
No pretendo juzgar a la gente que compra o deja de comprar un determinado libro, o un determinado tipo de libros. No juzgo negativamente aquellos libros que no me interesan, por su temática, su género, su línea de pensamiento o su autor. Simplemente pienso que no están hechos para mí. Pero aun así, no me prohíbo a mí mismo tomarlos en la mano, ver su título, abrir sus páginas y leer unas palabras al azar, buscar el índice o ¿por qué no? mirar su precio antes de dejarlo y seguir ruta.
 
No pretendo juzgar, y a veces lo hago. Menos mal que llega André Gide y nos dice que hasta el libro más raro encuentra su lector, que hasta la persona más rara encuentra un libro que parece escrito para ella. Es más o menos lo mismo que decía el torero: Hay gente pa’ tó.
 
Pues eso. Disfrutemos la Feria del Libro, paseemos, miremos, compremos, leamos. Y sobre todo hagámoslo con libertad y respeto.

viernes, 23 de mayo de 2014

Un pensamiento de D. H. Lawrence



Una persona expresa una opinión y siempre hay quien se ofende por su afirmación (no entro a calibrar la fortuna o infortunio de la opinión expresada) y comienza entonces una campaña más o menos orquestada para desacreditarle, exigiéndole respeto y rectificaciones incluso por vía judicial. Si opinas diferente, reclaman respeto, te humillan y te exigen rectificar y pedir perdón. Y a veces te insultan. Pero eso no es faltar al respeto. ¿Es que no se puede tener opiniones diferentes?

Vas a entrar en tu casa y un grupo de gente que está apalancada en la puerta impidiéndote el paso te exige que respetes su derecho a estar en la calle y que les pidas permiso. Y cuando les dices que no piensas pedir permiso a nadie para entrar en tu propia casa, te llaman amargado.

Una mujer aparca su coche mal y tiene un altercado con el agente que le está poniendo una multa y todo el mundo se vuelve contra ella. ¿Hizo mal? Por supuesto. ¿Acaso todos los que la han criticado y exigido respeto a las normas de convivencia y circulación las respetan? ¿Las respetan cuando aparcan en doble fila, en un paso de cebra, en una acera rebajada, en una calle peatonal, junto a la fachada de un edificio protegido más antiguo que el Museo del Prado? ¡Ja!

Un eclesiástico expresa una opinión cimentada en su credo y en sus conocimientos de teología moral y se le llama de todo. Menos bonito. Y tiene que venir un tribunal a decir que, independientemente de que lo dijera el eclesiástico, que puede llegar a ser considerado no acertado o discutible desde el punto de vista moral y pastoral, lo que dijo no deja de ser una opinión. Y que como tal hay que respetarla.

Podría poner muchos ejemplos. Hay cientos. Para todos los gustos. De todos los colores. En todos los ámbitos de la vida. De uno y otro signo. Pero todos permiten una deducción: somos muy dados a exigir a los demás que nos respeten, pero no dejamos pasar una, ni respetamos nada ni a nadie. Todos. Sin excepción. Porque todos somos parte de la misma sociedad, vemos, oímos y hacemos lo mismo. Lo que pasa es que nos aplicamos la ley del embudo. Y eso es muy difícil de combatir.

Quizá es que no nos aceptamos a nosotros mismos, no nos respetamos. Quizá hemos roto el equilibrio entre nuestro cuerpo y nuestro espíritu, hemos hecho que desafinen y se falten al respeto el uno al otro. No lo digo yo, lo dice David Heriberto Lorenzo:


Cuerpo y espíritu viviendo en armonía, en equilibrio y respeto. ¿Qué significa eso? No sé si arrojaré luz sobre el tema. Qué expresión más fea, esta de arrojar luz: la luz no se arroja, se da; es más un regalo que uno entrega o que le entregan a uno que un arma con que herir (aunque a veces la luz hiera, que el sol de agosto puede hacer mucho daño sin gafas ni cremita de protección). No sé, repito, si arrojaré luz o más tiniebla sobre la cuestión.

El cuerpo y el espíritu viven en armonía cuando ambos van juntos, acompasados. Cuando ambos crecen, cuando ambos se desarrollan, cuando ambos se alimentan, cuando ambos se cuidan y se fortalecen, cuando ambos trabajan (se mueven, desempeñan sus funciones vitales básicas) y descansan, cuando ambos se curan si están enfermos o doloridos, cuando ambos reciben los aportes necesarios para su bienestar y su salud.

El cuerpo y el espíritu viven en equilibrio… (tomemos el párrafo anterior y repitámoslo).

El cuerpo y el espíritu se respetan de manera natural. Un primer paso del respeto es la ausencia del daño, sobre todo del daño voluntario o consciente. El cuerpo no daña al espíritu cuando su movimiento, su acción, no merma el desarrollo del espíritu, no le impide crecer ni le daña. El espíritu no daña al cuerpo cuando sus mociones no son lesivas para el cuerpo, no le privan de la fortaleza, el movimiento, la energía y los nutrientes que necesita, cuando no le hiere. Pero el respeto no es solo ausencia de daño: el respeto también pide dar al otro libertad para moverse y expresarse, incluso para equivocarse; el respeto también pide ayudar al otro a existir y a actuar, no ponerle trabas ni cortapisas.

Cuerpo y espíritu se respetarán cuando convivan, cuando se den mutuamente libertad para expresarse, cuando se ayuden a vivir, cuando comprendan que no son el uno contra el otro, sino el uno para el otro. Si el cuerpo quiere expresar amor, o desgana, por ejemplo, si el espíritu quiere expresar tristeza, o ternura, por ejemplo, deben respetarse mutuamente y permitirse esas expresiones. Eso sí, dentro de un orden, que cuerpo y espíritu conviven en una persona, pero esa persona convive con otras muchas…

No sé si habré encendido la luz o la habré apagado, no lo veo ahora muy claro…