viernes, 28 de febrero de 2014

Un pensamiento de Juvenal


Hoy tenía intención de dedicar mi reflexión inicial a la muerte. ¿La razón? Un amigo muy querido acaba de sufrir el zarpazo de la muerte en su familia, concretamente en su hermano. Su reacción (la de mi amigo) me ha dado qué pensar. No es lo mismo recibir una noticia semejante cuando tienes quince, treinta, cincuenta o setenta años. Lo que en unos casos es casi un sacrilegio en otros puede ser tomado como ley natural. Dolorosa siempre, pero natural. En aceptar la muerte, en saber vivir con la certeza y la seguridad de la muerte, está uno de los secretos de la vida. Sin embargo, tiemblo aún, de corazón y de mente, solo de pensar en que la muerte se acerque a quienes no pertenecen aún al ámbito de esa ley natural que justifica la desaparición del otro con el consabido «era muy mayor». Porque eso nos va poniendo siempre más cerca de la primera línea.

No obstante, las circunstancias han querido que al final, pese a todo, no me vaya a dar a reflexionar sobre la muerte. Tiempo habrá, que está entrando la Cuaresma y cerca el Viernes Santo. Hoy me ha dominado la idea de la honestidad, como quimera, como necesidad, como virtud y como premisa. Ser honesto, ¿es fundamental o accesorio?, ¿se aprende o es innata?, ¿es perpetua o puede perecer?, ¿se cultiva como el arroz o es salvaje como el tigre?, ¿es palpable, tangible o imperceptible a los sentidos? Me temo que son muchas preguntas para una sola frase-cita, pero…


Nadie piense que me voy a situar en el “nos” para señalar con el dedo a todo aquellos que no son decentes, decorosos, recatados, pudorosos, razonables, justos, probos, rectos y honrados (esto es: honestos), o rectos, probos e intachables (es decir, íntegros). Qué curioso que se repita el probo, el que tiene probidad u honradez, rectitud de ánimo e integridad en el obrar. Adoro la capacidad de la RAE de hacerte dar vueltas sobre el mismo concepto una y otra vez. Y sin aburrir, que tiene más mérito.

Qué desilusión, que yo me iba a dedicar a arremeter contra deshonestos e inhonestos por falsos, insinceros y mentirosos, y resulta que no puedo atacar por ese frente. O sí, porque al fin y al cabo, el insincero tampoco tiene rectitud de ánimo e integridad en el obrar, ¿no?

Pero no es solo la mendacidad la que impide la honestidad. También el fingimiento, el desapego por la verdad, la falta de respeto y consideración por el otro, la medición hecha con diferentes raseros según los quiénes y los cómos, el torcimiento, el negror del alma y del corazón, el egoísmo…

Y qué fácil es que, aun teniendo la honestidad como ideal, como norma de conducta, actuemos en alguna ocasión fallando a ese ideal. O que levante la mano quien no ha sido alguna vez indecente o indecoroso, desvergonzado o impúdico, irrazonable o injusto, avieso o falaz.

Aun así, aun siéndolo a veces, creo que no debemos nunca perder de la cabeza la idea de la honestidad, de la integridad. Y eso, como dice Juvenal, sea cual sea nuestra profesión: ya seamos periodistas o señoritas de la vida, que son dos profesiones que empiezan con una bilabial oclusiva sorda y riman con la gente lista; ya seamos políticos o presbíteros (otros que comparten la inicial), ya seamos futbolistas o carteros. Lo importante, dice Juvenal, no es lo que hagas, sino cómo haces lo que haces. Que no se es más honesto, más íntegro o más importante por ser nada más que íntegro y honesto.

No sé si me entiendo, mejor me callo.

viernes, 21 de febrero de 2014

Un pensamiento de Gandhi



Me vino el otro día por la mañana a la memoria un canto religioso «moderno» que comenzaba con una hermosa frase: «Un nuevo reino está amaneciendo…». Y miré al cielo y vi luz y color, en lugar del acostumbrado gris que me ha acompañado esta larga temporada invernal que comenzó en agosto... Y miré alrededor y vi apuntando apenas yemas y brotes, incluso algunas flores, casi osadas, desafiando el frío matutino (y por Matutes, el poli, que hacía frío). El viernes pasado me hice con un ramo de mimosas, esa maravilla de bolitas amarillas tan olorosas. Cierto que pagué bastante por ellas («el temporal de Galicia ha dejado desabastecido de mimosas el país», me decía pesaroso el florista), pero me alegraron la tarde y pusieron una nota de color en la habitación.

¿Estaré demasiado confiado en que está llegando la primavera? Eso es un ciclo, y llegar llega. Pero quizá esta primavera la espero, la necesito, la percibo con más intensidad que otros años. Que no he sido yo mucho de sanvanlentines, astenias, amoríos y sacachanclismos primaverales, pero esta vez…

Si hasta veo «Primaveras de Praga» en los periódicos. Miro las imágenes de Kíev, las de Caracas, e inmediatamente me visto miserable y entono el «Todo por lo la libertad de nuestro pueblo y su nación, juntos por la revolución que nos dará la libertad…». Luego se me pasa el romanticismo y comienzo a lamentar la mala conducción que tiene este mundo, que no sabemos adónde va, en el que donde menos te lo esperas salta la locura inhumana, la muerte, la destrucción.

Con esta reflexión, debo dar las gracias a mi bellísima sobrina Escarlata Yáñez (todas mis sobrinas son bellísimas, la verdad sea dicha). Pues bien, mi querida sobrina apela, en su juventud, a la sabiduría del Mahatma Gandi y clama:

«The day the power of love overrules the love of power, the world will know peace».

Que viene a significar más o menos esto:


Pues anda que no es difícil lo que dice el Mahatma. Dífícil, difícil. Porque puedo llegar a creer que existan personas en el mundo que crean más en el poder del amor de lo que aman el poder, pero difícilmente soy capaz de imaginar que esas personas alcancen el poder, y se mantengan en él con esa misma pureza con la que llegaron.

Rectifico: hay mucha, mucha gente que considera el amor como la principal fuerza del mundo, el principal motor de sus vidas, la primera fuente de vida. Mucha. Pero la tentación del poder es grande. Y no hace falta remitirse ya al poder político, intergaláctico, planetario, continental, supranacional, nacional, regional, local, etc. Cualquiera que adquiere una mínima cuota de poder, en su casa, en su trabajo, en cualquier ámbito social en el que se mueva, corre el riesgo, el altísimo riesgo de acabar sucumbiendo ante la tentación del poder, porque el poder gusta, al poder se acostumbra uno rápidamente, el poder engancha. Y una vez que se ha probado, es taaaan fácil enamorarse del poder, cambiar las tornas, darle la vuelta a la frase-cita del hombrecillo sedente…

Hay un texto de carácter litúrgico (se lee únicamente en el entorno de una celebración eucarística un día concreto del año) que me encanta, porque afirma que, aun reconociendo la inmensa dificultad de que el mundo conozca la paz, de que el mundo esté en paz, es posible, o al menos ha sido posible en una ocasión. Y fue condición, no sé si indispensable, pero sí necesaria, para que ocurriera el acercamiento máximo de Dios al ser humano: «Estando el universo en paz, el Hijo de Dios Padre (…), transcurridos los nueve meses de su gestación en el seno materno (…), hecho hombre, nació de la Virgen María, Jesucristo».

Ya está el misticorro este, dirá alguno. Pero no se me ocurre nadie que hable más claro del poder del amor y que tenga menor aprecio por el amor al poder. Que viene a ser lo que, dándose cuenta de la coincidencia o sin darse cuenta de ella, acabó diciendo mucho después el señorín de las gafas redondas y la sábana blanca. Y es lo mismo que, me atrevería a decir que sin buscar esa coincidencia, ha recordado mi idolatrada sobrina Escarlata en su Facebook.

Para terminar, permitidme que apele a un texto que circula libremente por internet desde hace tiempo:

«Por los siglos de los siglos, amen

(así, sin acento)».

 

viernes, 14 de febrero de 2014

Un pensamiento de Dostoievski


Una amiga y compañera de trabajo me contó hace poco que existe un interesante reto personal que se está difundiendo entre la gente de bien de un modo casi viral. La cosa consiste en lo siguiente: uno se pone una pulsera, o un anillo, o un pendiente, o cualquier otro adornito susceptible de cambiar de sitio. Y cada vez que protesta, se queja, rezonga, critica o piensa mal de alguien, conocido o no, debe cambiarse el adornito de lado. El desafío es alcanzar los 21 días sin que el adornito sufra mudanza.

¿Os imagináis, 21 días sin que yo critique a nadie, ni me queje de nadie (ni de nada, hasta Metrosauna se salvaría), ni rezongue por nada, ni piense mal de nadie? Inaudito. Eso no es un reto alcanzable, es una llamada a la santidad, casi. ¡Ah!, pero, ¿acaso tú no estás llamado a la santidad? Y sin pulserita o pendientito por medio… Así que, si el chirimbolito de adorno te recuerda el camino, ¿por qué despreciarlo? Al fin y al cabo, pulserita ya llevo, casi siempre (algunas son solo adornos, pero otras, además, tienen un uso «terapéutico»: un rosario, un souvenir de algún santuario…). Claro que no me veo cambiando el rosario de nudos de muñeca cada cinco minutos. Al final me echarían del trabajo por pérdida manifiesta de tiempo...

En cualquier caso, este reto de vigilar la propia conducta hacia los demás con la intención de modificarla me parece buena cosa. De un modo u otro, voy a intentar hacerlo. Claro que los hay que me lo ponen muy difícil… Y no quiero andar todo el día con el dedo en el periódico, como diciendo: «Mira, estos no me ponen nada fácil que no piense mal de ellos ni los insulte ni los maldiga ni…». Anda que no hay de esos…

No sé si esto entronca o no con la frase-cita que he elegido para hoy, pero… Veamos:


Mira, pues sí entronca. Todos esos que me encuentro en los periódicos que me hacen desearles una prolongada estancia en el infierno, seguramente ya lo están, porque son incapaces de amar. Puede que sean capaces de sentir cariño hacia sus progenitores o hacia sus parejas, o incluso hacia sus camaradas, pero de ahí a que amen… Puede que sean capaces de hacer el amor, pero de ahí a que amen… Puede que sean capaces de manifestar su apoyo con algunas causas que consideran de justicia, y que hasta puedan experimentar la solidaridad humana, pero de ahí a que amen… Estaré siendo demasiado duro. No lo sé. Pero estoy tan convencido de que el amor está ligado a la vida, al deseo de vida, al entusiasmo por la vida, a la experiencia de la vida, que aquellos que se dedican a sembrar muerte, a difundir muerte, a propagar muerte, no pueden ser capaces de amar, de amar de verdad, de amar con ese amor que es Amor, con mayúsculas.

Amor que muchas veces quienes sí manifiestan el deseo de vida, el entusiasmo por la vida, la experiencia de vida, tampoco siembran, ni difunden, ni propagan. Lo impiden las quejas, las críticas, los bullebulles rezongueros, los malos pensamientos y deseos hacia los otros.

Círculo vicioso…

viernes, 7 de febrero de 2014

Un pensamiento de Benedicto XVI y otro de Francisco


¿Cómo volver a la “rutina” después de tanto tiempo? La respuesta me la doy yo mismo: recuperando uno de los temas recurrentes, y una reflexión que, además, quedó en el tintero cuando se interpusieron en mi camino hospitales y residencias.

Soy una especie de voyeur, un observador de la conducta o el comportamiento humano, sobre todo en lugares en los que la gente obvia, porque ha hecho suyo el entorno mediante la costumbre, toda norma e imposición y libera su yo más natural.

Por ejemplo, el transporte público, sobre todo cuando es un uso habitual, con el mismo horario, la misma gente alrededor día sí día también, las mismas prisas… En momentos así, uno (yo también, aquí no se libra nadie) se relaja y suelta sin darse cuenta su ser. Dime cómo te mueves y comportas en el Metro, y te diré cómo eres.

¿Cómo andas? ¿Deprisa, despacio, esquivando a la gente, ajustando en las esquinas, haciendo aspavientos ante cualquier importunidad…? ¿Arrastras los pies con indolencia? ¿Caminas por todo el centro de los andenes y pasillos, eres de los que se ciñen a un lado, o de los que bambolean de un extremo a otro del recorrido?

Cuando llegas a las escaleras, ¿las subes corriendo, o despacio? ¿Eres de los que se detiene en el último escalón para recobrar el aliento y retomar el paso habitual? Cuando llegas a las canceladoras o torniquetes, echas a correr si ves que por el otro lado de la barrera viene otra persona que va a pasar por el mismo sitio que tú?

Al llegar a las puertas, ¿eres capaz de alterar el ritmo o de cambiar la trayectoria para aprovechar que alguien por delante de ti ya ha abierto una puerta y así tú no tienes que tocarla, ni hacer fuerza para abrirla? ¿Eres de los que, al pasar por una puerta, la sujeta con cara de perdonavidas impaciente hasta que llega el que viene dos o tres metros por detrás de ti?

Creo que todo se resume en: ¿Piensas solo en ti, o piensas en los demás?

En fin… ¿Será que soy un maniático? Seguramente, pero reconozco que de un tiempo a esta parte, aun teniendo mis manías que son muchas (no me gusta ir andando detrás de nadie, sobre todo si camina despacio y sin una trayectoria claramente definida; prefiero empujar una puerta que cambiar mi paso y encogerme para colarme por el hueco cada vez menor de una puerta que se está cerrando; subo las escaleras por donde menos gente hay y acelero el paso al terminar de subir; me gusta elegir, sobre todo en el trayecto de ida, el mismo asiento todos los días…) estoy mejorando algo en mi asignatura más difícil (después de Educación Física): la paciencia. Aunque sea una mejoría muy muy muy leve…

No sé si esto entronca o no con la frase-cita que he elegido para hoy, pero… Veamos:


Pero, ¿cómo? Si este papa ya no es el Papa, ¿para qué utilizar una frase-cita suya, con las frases tan sorprendentes y maravillosas que está diciendo siempre Francisco? Precisamente, queridos, porque ambos están en sintonía. Y si no, ved lo que dice Francisco:

«La esperanza no es un optimismo, no es la capacidad de mirar las cosas con buen ánimo e ir hacia delante… La esperanza es un riesgo» (Benedicto XVI).

¡Pero si se contradicen, hombre, no me vengas con esas! Pues sí vengo. Aparentemente ¿se contradicen?: quizá, si nos quedamos en lo de ir/mirar hacia delante. Si Benedicto dice que la esperanza invita a mirar hacia adelante (y mira que es difícil, añado, mirar hacia adelante, y hacia el futuro, sin esperanza), Francisco parece decir lo contrario: la esperanza no es ir hacia delante. Pero, ojo, que no ha dicho eso: dice que no debemos confundir un efecto de la esperanza (el ánimo, el valor, la invitación de mirar hacia adelante) con la propia esperanza: no todo el que mira hacia adelante, no todo el que camina hacia delante tiene esperanza, está esperanzado o vive con esperanza. Hay que saber cuál es ese adelante hacia el que mirar y hacia el que dirigirse.

Pero es que además nos hemos dejado lo más importante de las dos frases, lo que las une y las hace continuas y complementarias: la esperanza amplía el espacio de la responsabilidad y la esperanza es un riesgo, dicen los santos padres Benedicto y Francisco. ¿Y no es toda responsabilidad un riesgo? ¿Y no debe uno, ante el riesgo, actuar no con temeridad, ni con cobardía, sino precisamente con responsabilidad? ¿No es cierto que la esperanza es la virtud que nos anima a mirar de frente, a caminar hacia delante, a asumir con responsabilidad los riesgos que se nos presentan?

Pues eso. Y que nadie me hable de hable de dobermans o caniches, que lo que yo tengo ante mis ojos son pastores.

PD: Doy gracias por las frases al excelente calendario que ha editado Cáritas este año y que distribuye a sus suscriptores junto a su revista. Fotos y mensajes llenos de esperanza, humanidad, fraternidad y espíritu positivo.