viernes, 7 de febrero de 2014

Un pensamiento de Benedicto XVI y otro de Francisco


¿Cómo volver a la “rutina” después de tanto tiempo? La respuesta me la doy yo mismo: recuperando uno de los temas recurrentes, y una reflexión que, además, quedó en el tintero cuando se interpusieron en mi camino hospitales y residencias.

Soy una especie de voyeur, un observador de la conducta o el comportamiento humano, sobre todo en lugares en los que la gente obvia, porque ha hecho suyo el entorno mediante la costumbre, toda norma e imposición y libera su yo más natural.

Por ejemplo, el transporte público, sobre todo cuando es un uso habitual, con el mismo horario, la misma gente alrededor día sí día también, las mismas prisas… En momentos así, uno (yo también, aquí no se libra nadie) se relaja y suelta sin darse cuenta su ser. Dime cómo te mueves y comportas en el Metro, y te diré cómo eres.

¿Cómo andas? ¿Deprisa, despacio, esquivando a la gente, ajustando en las esquinas, haciendo aspavientos ante cualquier importunidad…? ¿Arrastras los pies con indolencia? ¿Caminas por todo el centro de los andenes y pasillos, eres de los que se ciñen a un lado, o de los que bambolean de un extremo a otro del recorrido?

Cuando llegas a las escaleras, ¿las subes corriendo, o despacio? ¿Eres de los que se detiene en el último escalón para recobrar el aliento y retomar el paso habitual? Cuando llegas a las canceladoras o torniquetes, echas a correr si ves que por el otro lado de la barrera viene otra persona que va a pasar por el mismo sitio que tú?

Al llegar a las puertas, ¿eres capaz de alterar el ritmo o de cambiar la trayectoria para aprovechar que alguien por delante de ti ya ha abierto una puerta y así tú no tienes que tocarla, ni hacer fuerza para abrirla? ¿Eres de los que, al pasar por una puerta, la sujeta con cara de perdonavidas impaciente hasta que llega el que viene dos o tres metros por detrás de ti?

Creo que todo se resume en: ¿Piensas solo en ti, o piensas en los demás?

En fin… ¿Será que soy un maniático? Seguramente, pero reconozco que de un tiempo a esta parte, aun teniendo mis manías que son muchas (no me gusta ir andando detrás de nadie, sobre todo si camina despacio y sin una trayectoria claramente definida; prefiero empujar una puerta que cambiar mi paso y encogerme para colarme por el hueco cada vez menor de una puerta que se está cerrando; subo las escaleras por donde menos gente hay y acelero el paso al terminar de subir; me gusta elegir, sobre todo en el trayecto de ida, el mismo asiento todos los días…) estoy mejorando algo en mi asignatura más difícil (después de Educación Física): la paciencia. Aunque sea una mejoría muy muy muy leve…

No sé si esto entronca o no con la frase-cita que he elegido para hoy, pero… Veamos:


Pero, ¿cómo? Si este papa ya no es el Papa, ¿para qué utilizar una frase-cita suya, con las frases tan sorprendentes y maravillosas que está diciendo siempre Francisco? Precisamente, queridos, porque ambos están en sintonía. Y si no, ved lo que dice Francisco:

«La esperanza no es un optimismo, no es la capacidad de mirar las cosas con buen ánimo e ir hacia delante… La esperanza es un riesgo» (Benedicto XVI).

¡Pero si se contradicen, hombre, no me vengas con esas! Pues sí vengo. Aparentemente ¿se contradicen?: quizá, si nos quedamos en lo de ir/mirar hacia delante. Si Benedicto dice que la esperanza invita a mirar hacia adelante (y mira que es difícil, añado, mirar hacia adelante, y hacia el futuro, sin esperanza), Francisco parece decir lo contrario: la esperanza no es ir hacia delante. Pero, ojo, que no ha dicho eso: dice que no debemos confundir un efecto de la esperanza (el ánimo, el valor, la invitación de mirar hacia adelante) con la propia esperanza: no todo el que mira hacia adelante, no todo el que camina hacia delante tiene esperanza, está esperanzado o vive con esperanza. Hay que saber cuál es ese adelante hacia el que mirar y hacia el que dirigirse.

Pero es que además nos hemos dejado lo más importante de las dos frases, lo que las une y las hace continuas y complementarias: la esperanza amplía el espacio de la responsabilidad y la esperanza es un riesgo, dicen los santos padres Benedicto y Francisco. ¿Y no es toda responsabilidad un riesgo? ¿Y no debe uno, ante el riesgo, actuar no con temeridad, ni con cobardía, sino precisamente con responsabilidad? ¿No es cierto que la esperanza es la virtud que nos anima a mirar de frente, a caminar hacia delante, a asumir con responsabilidad los riesgos que se nos presentan?

Pues eso. Y que nadie me hable de hable de dobermans o caniches, que lo que yo tengo ante mis ojos son pastores.

PD: Doy gracias por las frases al excelente calendario que ha editado Cáritas este año y que distribuye a sus suscriptores junto a su revista. Fotos y mensajes llenos de esperanza, humanidad, fraternidad y espíritu positivo.

 

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