viernes, 28 de diciembre de 2012

Un pensamiento de Ralph Waldo Emerson


 
Último pensamiento del año, que llega, como siempre, en una época de mucha actividad y poco tiempo para sentarme a ver qué les escribo esta semana a estos señores tan amables que me leen o fingen hacerlo semana sí semana también. Sean indulgentes si hoy despacho la faena con dos pasos rápidos antes de meterme en la cocina a hacer helados y bizcochos y de salir luego a hacer las compras de paje sin alforja ni pecunia. Un momento, además, en el que debo siempre hacer introspección y balance. Tiempo propicio para ello es el fin de año, como también para enumerar los propósitos que inclumpliré en los próximos meses. Pero es que además, aunque no nací en una rivera del Arauca vibrador, sino en la Castilla del Pisuerga, sí nací en los albores del año, nada más pasar las resacas de las fiestas del matasuegras y el desmadre, el día después de la algazara de la conquista de Granada. Y eso me obliga y compromete, todos los años, a repasar mis días y mis años y darme cuenta de lo poco que avanzo: sumo uno y descuento cuarenta y tantos. Así no hay quien madure, oiga.
 
«Los años enseñan muchas cosas que los días jamás llegan a conocer» (Ralph Waldo Emerson).
 
Pues a ver si es verdad, don Ralfgualdo. Porque yo ya voy teniendo unos años y aún no me he enterado de la misa la media y ando más perdido que un explorador sin brújula ni mapas… Basta entonces, hijo, con que te detengas y mires las estrellas, con que antes de dar el siguiente paso otees el horizonte y detectes la dirección del viento, con que… Hasta en técnicas de orientación soy un desastre desastroso, un pato patoso, un zote zoquete.
 
Quizá se refiere la frase-cita a que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Puede. La experiencia, que no la otorga sólo el paso del tiempo, ojo, sí se adquiere poco a poco, con el transcurrir de los días aprovechados y los minutos fecundos. Y ojo también que a veces aprovechar un día es sentarse a mirar, y un minuto fecundo puede ser el minuto en el que no haces nada más que callarte junto a alguien.
 
¿Por qué una frase-cita sobre el tiempo que pasa justo en el cambio del año, en el paso, en la Pascua? No olvidemos que aunque apenas ya no se oye decirlo, estas fiestas de Navidad se felicitan también deseando felices Pascuas. Porque Pascuas son los dos pasos que se producen, porque Pascua significa paso. Es el paso que da Dios en estos días para hacerse hombre (error: para hacerse niño, para hacerse hijo, para hacerse embrión, para hacerse humano, ser necesitado de amor, guía, comprensión y enseñanzas de una madre y de un padre). Es el paso que da el tiempo para que podamos, aparte de contarlo, que es algo que nos encanta, contar cosas (narrarlas también, pero sobre todo cuantificarlas), cada vez que pasamos de diciembre a enero y volvemos a mirar hacia delante esperando de nuevo la primavera, la Semana Santa, el puente de mayo y el verano…
 
¿Por qué una frase-cita sobre el tiempo que pasa (y mira que me enrollo)? Porque justo ahora en que tenemos constancia cierta, más incluso que el día de nuestro cumpleaños, de que el tiempo pasa, es cuando podemos darnos cuenta de que cada vez que el tiempo pasa a nuestro lado, por encima de nosotros, o cada vez que nos atraviesa, nos va dejando cosas, enseñanzas, certezas, dudas, confianzas… Porque en estos días en los que nos damos cuenta de que no sólo hemos vivido un día más, sino una Navidad más, una Nochevieja más, un año más, volvemos a mirarnos a nosotros mismos y nos proponemos de nuevo mejoras y reformas, nos deseamos cambios para bien y maquillamos nuestros desconchones (con cal o con loreal, eso da igual).
 
Y es el momento de que al mirarnos dentro descubramos que seguimos teniendo, enjalbegado de potingues, al niño que bebe todo lo que le enseñan porque para él todo es aprender y descubrir.
 
Y que, niños como el Niño, aprendamos de los días, de los años, de la caída de las hojas y del germinar de la hierba, del pastor y de la viuda, de todo lo que nos rodea y nos pasa.
 
Feliz Año a todos.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Tres poemas de Navidad


 
Menos mal que no me creo demasiado ninguna de las profecías que me llegan, porque si no, ahora mismo estaría en un trance complicado: según cierto calendario, esto se acaba y ya no tengo nada más que decir, y según el horóscopo que publicaba ayer el periódico, en un breve plazo de tiempo me caso y ya no tengo nada más que decir. Ya una amiga se encargó en una ocasión de propalar por mi oficina un falso rumor que me involucraba en un enlace nupcial. Sabiendo que el fax se recibía en recepción y que toda la empresa tenía acceso a él, mi compañera escribió el siguiente texto, con un cuerpo de letra normal hasta las últimas palabras, en las que cambió a una tipografía extrabold en cuerpo 72: «Aunque debería estar enfadada porque me he enterado por terceras personas, para que veas que las buenas noticias no me enfadan, sino que me alegran, ¡enhorabuena!, que seáis muy felices». Durante varios días algunas personas en la oficina me miraban de soslayo, como esperando que les fuera a contar alguna noticia inesperada… que nunca llegó.
 
Lo que sí llega, recurrente y siempre fiel a su cita, es el mes de diciembre, y con él, la Navidad y el fin de año. Llega el momento de poner belenes, con o sin animalitos, y decoraciones (este año me he dedicado a colgar angelitos por todas partes), de hacer compras extraordinarias (menos, pero también), de pensar en menús, postres, centros de mesa, organización de eventos…, de ensayos y cánticos varios, de escribir y recibir felicitaciones y deseos. Todo esto, y más cosas, me tienen siempre corriendo (así compenso el incremento abdominal que me provocan los polvorones de Tordesillas y otros manjares), contento, pero corriendo. Y correr tiene un doble riesgo: estresarme y dejar de sonreír, y descentrarme y dejar de sonreír. Porque todo lo que hago, todo lo que hacemos para que la Navidad sea como siempre, o mejor que siempre, o distinta de la de siempre, pero Navidad, tiene un sentido, tiene un porqué, tiene un origen y tiene un fin. Y eso, que es lo importante, es lo que no debemos olvidar. Nunca. Me lo recordaba la felicitación navideña de una muy admirable mujer, que siempre se despide de mí dándome las gracias por mi amistad, cuando es ella la que me honra cada vez que se dirige a mí.
 
Que no nos suceda lo que dice la grandísima poeta, que no poetisa (ella no quería):
 
«En Semana Santa
sucede lo que con la Navidad.
En Navidad se olvidan de quien nace.
En Semana Santa
se olvidan de quien muere»
(Gloria Fuertes).
 
Que no nos suceda el olvido del que habla rotunda esta gloriería. Que en el hueco que el olvido prepara venga el colchón mullido de nuestra humanidad doliente y reconozca siempre la necesidad del niño:
 
«Nace aquí, Dios, donde más falta hace.
Donde más urge tu presencia pura.
En esta soledad, en esta anchura
–pecho quise decir–, ven Dios y nace.
 
Deja el portal de siempre, donde pace
su rutina la bestia y su pastura.
Sin ángeles ni reyes, en la dura
tierra de mí, tiéndete Dios y nace.
 
Vienes a cruz, a cruz vete avezando:
Nada más cruz ni nada más martillo,
ni más hiel, ni más clavo, ni más pena.
 
Matraca de mis huesos repicando
gloria a ti, corazón o caramillo:
Yo tu Belén y tú mi noche buena» 
(José Luis Tejada).
 
Que vuelvan el asombro agradecido, la sonrisa iluminada, la gratitud y la inocencia, la bendición eterna:
 
«El alba tomó cuerpo en ti figura,
el aire se hizo carne, los rosales
desangraron sus rosas virginales
para crear tu piel silente y pura.
 
Desparramó la brisa su ternura,
la luz cuajó en tu forma sus cristales,
la luna derramó sus manantiales
para crear en ti nuestra ventura.
 
Divinidad que, tan pequeña y suave,
se hace niña en tu carne redentora,
en lo infinito ni siquiera cabe.
 
En ti la eternidad tiene su aurora,
en ti nada se halla que se acabe,
oh alba de Dios que entre la paja llora»
(Rafael Morales).
 
Y que tengamos, al menos, fresco el deseo de felicidad, puro el anhelo de paz, presto el ánimo de fraternidad, y tendida la mano, franca la mirada y abierta la sonrisa.
 
Feliz Navidad de nuevo.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Feliz Navidad




Que la luz que irradia el Niño
ilumine tu rostro y tu mirada,
que su desnudez revista tu alma,
que su sonrisa inunde tu corazón,
que su llanto despierte tu conciencia.

Y que nunca falte en tu vida
el silencioso amor de su Madre,
la atención de su padre en la tierra,
la solidaridad de los pastores
y de todos tus semejantes
y el aliento callado del Padre.

Feliz Navidad,
de todo corazón.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Un pensamiento de William Faulkner


 
Finaliza poco a poco el año. Muchos dirán que ya era hora, que menos mal, que año tan fatídico y traidor debería correr más para irse, que está tardando. Ciertamente el año ha venido cargado de noticias cuando menos desagradables, que han llenado día sí día también las páginas de nacional, internacional, economía, sociedad y opinión de todos los periódicos. Los balances que ya comienzan a hacerse, los resúmenes del año, van a recordarnos todas esas noticias como si estuvieran aún tan vivas como el día en que se produjeron (algunas de ellas son noticias de larga duración, ciertamente). 
 
El balance personal puede también parecer desolador. Muchos podremos hablar, en primera persona o como testigos cercanos, de sufrimiento, enfermedad, paro, problemas económicos, desamor, rencor, pérdidas… 
 
Parece frívolo que llegue yo ahora diciendo que, aun habiendo sufrido yo mismo o muy de cerca alguna de las anteriores circunstancias, tengo que hacer un balance algo más positivo. En este año que acaba, he cambiado de ocupación laboral, y tanto la que dejé atrás como la que he emprendido me producen enormes satisfacciones (claro que también dan algunos quebraderos de cabeza, cansancio y otras cosillas…); he publicado un libro que ha visto en nada de tiempo una segunda edición y camina con paso firme hacia la tercera, he visitado la Ciudad Eterna (tantos años desaprovechados)… Y nada de esto se me había pasado por la cabeza, o al menos no había alcanzado dentro de mi mente el estado de posible, sino más bien el de sueño, utopía, ojalá, Dios te oiga, no fuera malo, si fuera posible…
 
Por eso he querido buscar esta semana una frase-cita especial, positiva, esperanzada. Lo he hecho en la Agenda San Pablo 2012, en las páginas de mediados de diciembre, y he encontrado no una, sino varias frases muy interesantes. Tantas que me ha costado decidirme. No voy a cometer la estupidez de felicitar a quien ha reunido tal colección de bellos pensamientos en tan pocos días, curiosamente de Adviento, porque es felicitarme a mí mismo (o sí, y me felicito, ea). Finalmente, he decidido quedarme solo con una frase:
 
«Siempre sueña y apunta más alto de lo que sabes que puedes lograr» (William Faulkner).
 
Quiero, dice el niño sentado en su silleta mientras señala el estante del supermercado donde unos (inexplicablemente para mí) atractivos aperitivos agusanados en forma y fabricados de sucedáneo de petróleo con sabor a queso y colorante naranja indeleble parecen llamarle, pero cuya mano no alcanza. Finalmente, los logra. Y se pone morao, digo naranja…
 
Quiero, decía un cabezota solterón con poco sueldo, anhelando una casa con tanto ahínco que comenzó comprándose vajilla, cubertería, cristalería y lámparas de techo y rescatando mobiliario diverso de los contenedores del barrio para amueblar una hipótesis que… acabó convirtiéndose en realidad (minirrealidad, para ser exactos). Me ofendía, de hecho, cuando oía reclamar a la gente viviendas dignas porque pensaban que las de menos de treinta metros no lo son. El otro día me explicó una amiga que vivienda no digna es la que no tiene agua corriente ni sanitarios. Mi vivienda, entonces, es más que digna, pues tengo proporcionalmente más cuartos de baño por metro cuadrado que cierta señora famosa por sus alicatados…
 
Quiero, decía un patoso que no sabía hacer la o con un canuto, o mejor, que no sabía tocar las teclas del ordenador nada más que para escribir en un procesador de textos. Y al final tuvo un blog. Y el blog creció, y tuvo una página. Y alcanzó un número muy respetable de seguidores. Y superó las treinta mil visitas. Y…
 
Sueña y apunta más alto. ¿La luna? Pues venga. Armstrong llegó (y lo cantó: What a wonderful world…). Sueña y apunta más alto. ¿Ella? Si no te acercas, nunca tendrás respuesta, ni sí ni no, ni solo te quiero como un buen amigo o un hermano mayor… Sueña y apunta más alto. Vale, no siempre lo vas a conseguir. Mi amiga (otra: tengo muchas, y todas buenas) me obligó a presentarme al Hiperión, y evidentemente no pasó nada. Debo imaginar que alguien tuvo la paciencia de leer mis textos, y de otorgarles un generoso «no pasa» antes de archivarlos en el armario hasta que, meses después del fallo, alcanzaran la otra vida en la trituradora de papel (peor hubiera sido que el lector, llegado el quinto verso, dijera «menuda mier…» y lo tirara sin más a la peipolera más cercana).
 
Sueña y apunta más alto. El «no» ya lo tienes. Pero el sí se estira siempre, está siempre expectante, presto al servicio de quien lo busca y solicita. Vaya, quería una aliteración más rotunda, pero no lo he logrado. Si es que el Hiperión no era para mí, está claro. Pero tengo mis cositas, mis pinitos, mis bobaditas. Y me tienen saisfecho.
 
Sueña y apunta más alto. Y pon luz en tu mirada.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Un pensamiento de Montesquieu


 
En una semana tan fría, pocas cosas, aparte de encerrarme en casa, al abrigo de la calefacción (aunque la bomba de aire no es lo mejor, es lo que tengo) o bajo el confortable edredón. Todo han sido maquinaciones para estar más calentito. Por ejemplo, cocinando. Nada como un buen rato en la cocina, con la cazuela a fuego lento llena de un sabroso potaje en ebullición, o unas deliciosas albóndigas con tomate y un toque de canela, o un bizcocho subiendo poco a poco, tomando forma y miga, en el horno. Pero la satisfacción más grande no estriba en la factura de dichos manjares, ni en el calorcito tan rico que aportan cuando los haces o cuando los comes. No, lo mejor es compartirlos, y ver la cara de satisfacción de quien come contigo. Eso es grande y no tiene precio.
 
«Para ser realmente grande, hay que estar con la gente, no por encima de ella» (Montesquieu).
 
Esto que dice don Carlos los sabemos bien quienes hemos tenido la inmensa dicha de estar alguna vez cerca o junto a alguien realmente grande. Un padre, una madre, un hermano, un amigo (o muchos), un jefe, un tendero, un rey, un «sin techo»… 
 
Vayamos por partes: «Para ser realmente grandes», dice don Carlos. Grandes de verdad. Según parece, hay grandes de mentira, o personas que son falsamente grandes. ¿Quiénes? «Los que están por encima de la gente», los que se ponen por encima. Y esos, ¿quiénes son?
 
Los «yo estoy haciendo un inmenso sacrificio por vosotros pero lo que no sabéis es que vosotros estáis pagando y yo no, yo engordo mi cuenta corriente». Los digo lo que digo pero hago lo que quiero. Todos sabemos de qué gente estamos hablando. Personas que fingen ponerse del lado de la gente pero en realidad están pisándonos, engañándonos, manipulándonos.
 
Nosotros mismos podemos caer en la tentación de ser falsamente grandes. Podemos mentir, podemo actuar en nuestro propio provecho, haciéndolo de forma maquillada, torticera, falsa, vil.
 
O podemos ser realmente grandes. Tenemos a quién imitar. A quién seguir. Sabemos cómo actuar. Sólo tenemos que estar de verdad con la gente y no sobre la gente, junto a la gente y no por encima de la gente.
 
¿Lo intentamos?

viernes, 30 de noviembre de 2012

Un pensamiento de Thomas Carlyle


 
Esta semana he vuelto a ver a un amigo muy querido al que por circunstancias, aun viviendo en la misma ciudad, no veía desde hacía alrededor de un año. Y me he dado cuenta al verle de lo mucho que lo envidio. Es bueno y amable, educado y atento, trabajador y responsable, está casado con una de las mujeres más bellas, inteligentes y elegantes que conozco, está contento con su trabajo, siempre que puede se rodea de sus amigos de sus familiares… Yo lo envidio por su sonrisa. Por su capacidad de sonreír ante todo y en cualquier situación, sin que nunca esa sonrisa parezca fuera de lugar, insincera, desafortunada o ajena a las circunstancias. Su sonrisa, además, es contagiosa y acogedora: cuando te sonríen así estás a gusto y te dan ganas de sonreír a ti también. Se lo dije: me gusta verte porque siempre tienes una sonrisa que ofrecer a quien está contigo.
 
Luego lo he pensado. Si todos fuéramos más risueños, si intentáramos sonreír más a menudo (confesémoslo, muchas veces nos da hasta vergüenza), acabaríamos cambiando nuestro entorno, el clima afectivo-emocional que da temperatura a nuestro carácter y a nuestro comportamiento. Tampoco es que haya que parecer un bobo o un masoquista. Pero incluso cuando todo va mal, cuando te atacan y te hieren puedes tener una actitud más bien que mal humorada. Recordemos a san Lorenzo, que se tomó sonriente su martirio y le pidió a sus verdugos que le dieran la vuelta en la parrilla, que ese lado ya estaba muy hecho.
 
Igual lo que nos pide el señor de la frase-cita es eso, que le echemos a la vida una sonrisa de vez en cuando:
 
«Nunca debe el hombre lamentarse de los tiempos en que vive, pues esto no le servirá de nada. En cambio, en su poder está siempre mejorarlos» (Thomas Carlyle).
 
En camisa de once varas me quiere meter don Tomás Cocheinsular (teclea en Google What does lyle mean?, y verás; claro que si haces lo mismo con el apellido completo te dice que es alguien procedente de la ciudad amurallada, algo así como si se llamara Tomás de Ávila, o Tomás de Lugo). Digo lo de la camisa de once varas porque estamos en un momento de esos en los que parece que todo va mal y que nada puede ir peor. Y nos lamentamos, pero como vemos que lamentarnos no basta, comenzamos a hacer cosas para que todo cambie. Quiero pensar que todos lo hacemos para que todo mejore. Pero el término mejorar tiene siempre un respecto a qué, un según qué baremos, desde qué prespectiva, que lo relativiza y no contribuye a aclarar mucho las cosas.
 
Preguntémonos primero en qué consiste el lamento que según Tomás debe evitar el hombre y en consecuencia las acciones que debe emprender para mejorar el tiempo en que vive. Uno debe lamentarse cuando no puede hacer otra cosa, cuando el lamento brota del interior de la entraña. Porque el lamento ha de ser expresado, necesita salir para no enquistarse y convertirse en un lastre vital. Pero el tiempo del lamento debe ser breve (un segundo, un minuto, un año, la brevedad la establece la lógica y la experiencia de cada cual) para poder continuar el camino. Si el lamento sobrepasa su plazo, si se prolonga en el tiempo, uno acaba por acostumbrarse a él y no sabe entonces vivir sin lamentarse. Y se convierte en la hiena triste compañera de Leoncio y que va soltando a todas horas su cantinela: «¡Oh sielos, qué horror!». El lamento es necesario, pero de igual modo es necesario exorcizarlo.
 
No conviene tampoco lamentarse por cualquier cosa. Y mira que yo soy dado a eso. ¡Ay! ¿Qué te pasa? Nada, que tengo mucha plancha. Que trabajo mucho y acabo agotado. Que no comprendo cómo puede existir alguien que diga que Elsa Pataky protagonizó Sor Citroen y se quede tan ancho ¡y ni siquiera le fulmine un rayo celestial! Que me he hecho un corte en el dedo con el filo de un sobre. Que tengo sed. Pues bebe, so memo, y déjanos en paz…
 
Podemos lamentarnos por otros motivos. Como que el mundo cada vez es más egoísta. Pero que se aparten los demás. O que el mundo es cada vez más egoísta. Pero yo aparco donde me sale de ahí mismo, que llevo diez minutos dando vueltas y total por este paso de cebra nunca he visto pasar a nadie con una silla de ruedas. O que el mundo es más egoísta cada vez. Pero yo me cuelo en el supermercado para pagar, que he quedado con mis colegas para echar unos petas y yo llevo el ron. O que el mundo es cada vez más egoísta todavía. Pero no pienso levantarme que estoy muy cansado y esa vieja se va a bajar en tres o cuatro paradas. O que… Paso. Que paso. De verdad que paso. Vale, vale, pues pasa, ya me aparto yo…
 
Si dejamos de mirarnos el ombligo muchos lamentos quizá dejarían de retumbar en nuestros oídos. Y si, además, nos quitáramos los auriculares, veríamos (sí, he dicho bien: veríamos) que hay mucho más en el mundo que nosotros y nuestro pequeño mundo, y nuestra pequeña miseria. O nuestra gran miseria. Y qué fácil es, pero qué difícil, mejorar el mundo en vez de lamentarnos. Mejorándonos a nosotros mismos.
 
Pero es tan difícil… Yo llevo cuarenta y cinco años intentándolo y todavía no le he cogido el tranquillo a la cosa.Voy como el cantante ese, un pasito p’adelante, un pasito p’atrás. Echo de menos al hombre de la tónica: ¡Eso es que lo has probado poco!… 

viernes, 23 de noviembre de 2012

Un pensamiento de Robert Browning


 
La semana pasada, concretamente el viernes por la noche, estuve en un concierto. No es algo muy habitual, pues no tengo demasiadas ocasiones de sentarme en una butaca de auditorio ante una orquesta, y no soy demasiado amigo de las multitudes enfervorizadas pugnando por una camiseta sudada de su superestrella o coreando baboseantes canciones mechero encendido en mano. Pero estuve en un concierto. Y me gustó mucho. Quizá por la novedad. La música sonó espléndidamente, debido tanto a la calidad de los intérpretes y de sus instrumentos musicales como al buen hacer de los técnicos de la sala. Las voces (solista y coros), salvo una canción, ya en la parte final, cuando el cansancio se ha adueñado de los cuerpos, estaban afinadas y timbradas, y sonaban nítidas, rotundas, plenas. Las canciones eran magníficas, pegadizas, positivas, divertidas (me quedo siempre con el «Estoy bien, ayer estaba mal y hoy estoy bien, no sé lo que ha pasado, pero hoy me he levantado y estoy bien, muy bien», pero todas son fantásticas). No había demasiada gente, lo que me permitió moverme, bailar y escuchar sin agobios. Y además casi todo el público era gente conocida, lo que me hizo sentirme más a gusto aún. Vamos, que lo pasé muy bien.
 
Y el domingo, aparte del consabido ensayo con misa cantada en los que suelo participar, como miembro del Coro que soy, tuve el honor y el privilegio de cantar, desde el ambón, con el puntito de miedo que da eso, el salmo responsorial: «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti». Algo que últimamente dice y piensa, o necesita pensar y decir, mucha gente, más gente incluso de la que lo admite. Y me sentí bien cantándolo, y me dijeron que lo canté bien, que quedó bonito. Y es que el mensaje positivo, la alegría serena que contiene el texto del salmo ayudan a sentirse cómodo, a relajarse y a ponerle sentimiento al canto. Como me dijo un amigo antes de la misa: cuando lo cantes, acuérdate de todos nosotros y notarás cómo tiembla el ambón. Una especie de comunión de los santos, o de empatía, para los ajnósticos (en pronunciación latina romana, añósticos).
 
Ambas circunstancias son muy distintas, pero tienen dos cosas en común: una, la sensación de bienestar que me produjeron, una sensación de que en ambas ocasiones estaba haciendo lo que tenía que hacer y como lo estaba haciendo. Otra, la música. Da igual que sea una canción pop-rock o una pieza gregoriana: música es.
 
Y como ayer fue santa Cecilia, patrona de la música, pues ya tenemos frase-cita:
 
«El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla» (Robert Browning).
 
Pues el caso es que no sé si estar de acuerdo o no con don Roberto Marroneando (¿o es Marronazo??). Veamos, cuando él escribe esto, es decir, en pleno siglo diecinueve, una persona no ocupaba el cuatrocientos por ciento de su día con música, ni se metía bolas de gomaespuma en las orejas para percibir en todo momento su chunda chunda particular. Uno tenía momentos de música, y momentos de silencio, momentos de compañía y momentos de soledad.
 
Pero poco a poco los momentos de silencio y de soledad comenzaron a parecer inhóspitos, a llenarse de monstruos, a hacer sentir a quien los vivía una cierta infelicidad, un desasosiego venido de no se sabe ni qué ni dónde que había que mitigar, acallar, reprimir. Y se llegó a ese momento en el que todo, hasta el silencio, tiene que tener música que lo acompañe. Porque la soledad no gusta. O gusta menos.
 
Y en ese sentido, la frase-cita de Roberto no me entusiasma. Cuando mi soledad está poblada, y su poblador soy yo mismo, mi soledad no necesita repretarse artificialmente, ni de personas, ni de palabrería, ni de música ni de imágenes. Es una soledad plena, sonora, buscada, de la que no es necesario huir. Y la música, entonces, la dejo para cuando estoy en otras soledades menos especiales. Por ejemplo, cuando plancho, o cuando estoy buceando ante la pantalla de mi portátil (que siempre está en el mismo lugar), o cuando voy por la calle o en el transporte público (pero no con auriculares injertados a presión en el estribo, no: canturreo, tarareo, muevo la cabeza, muevo el pie, muevo la tibia o el peroné…). Y la dejo (la música) para momentos en los que estoy en compañía: como música más o menos de fondo en una conversación con amigos o familia, en un bar.
 
Claro que también estoy de acuerdo con Roberto en que precisamente en esos momentos de soledad más intrascendentes que he mencionado, como la hebdomadaria tarea de alisado y estiramiento de la vestimenta o la cotidiana inmersión en el transporte tubular subterráneo, se pueblan con la música y se convierten en ratos más placenteros y agradables.
 
Sea en cualquier caso reconocida a la música su maravillosa capacidad de acompañar y de evocar otras compañías. Y sea recibido el día, y despedido, con melodías y acordes armoniosos. Pero no olvidemos que en toda partitura también cabe el silencio, y casi siempre es tan importante como la corchea que lo acota.
 
Feliz semana a todos.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Un pensamiento de Gandhi

Hola, corazones

Hoy celebramos el Día internacional de la tolerancia. ¡Qué semana más indicada para recordarlo! Tolerancia. ¿Griterío o alboroto rancio? ¡No! Tolerancia. Atengámonos a la RAE, esa sabia señora tan vituperada: «Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias». Un respeto que, en la mayor parte de las ocasiones, quien lo practica lo hace, no obstante, con cierta displicencia, como diciendo «que sepas que aunque te digo que te respeto no me gusta nada lo que haces, piensas y crees, porque lo que yo hago, pienso y creo es de rango infinitamente más elevado». 

Evidentemente, siempre es mejor una actitud de tolerancia que una actitud impositiva, que pretende imponer por el grito, la amenaza, la coacción e incluso la violencia una actitud, un modo de pensar o de actuar diferente. Puedo estar en lo cierto o estar equivocado, pero si quien piensa que estoy equivocado trata de hacérmelo ver insultándome, amenazándome, humillándome, agrediéndome, escupiéndome, no va a lograr otra cosa que reafirmarme en mi decisión y cerrar mis oídos a sus palabras. Prefiero, aunque tampoco me entusiasme, a aquel que, aun pensando que estoy equivocado, deja que siga mi camino supuestamente errado. Como dice una carta que he leído hoy en el periódico, hay que ser como san Francisco y amar hasta al burro que ladra...

Pero en ambos personajes me falta algo que me haga detenerme, inclinarme, escucharlos, intentar comprenderlos, tratar de ponerme en su lugar (los tipos citados antes no se ponen en mi lugar, está claro). Y ese algo es lo que nos propone nuestro fraseador de esta semana:

«El amor empuja a tener, hacia la fe de los demás, el mismo respeto que se tiene por la propia» (Gandhi).

Imagino que nuestro pacífico señor de las gafas redondas, cuando habla de fe, lo hace de verdad. Es decir, que habla de una fe fundada, probada, vivida, conocida, estudiada, experimentada. No de una fe adquirida por inercia o por oposición, sino recibida como don, aceptada como propia y asumida como vital. Aclaro esto porque no me vale reducir la frase-cita de Gandhi a otros términos también valiosos: inteligencia, ideología, pensamiento político, filosofía de vida, cosmovisión… Quedémonos en el concepto «fe».

Fe que relacionada con amor mueve a respeto. Dice Gandhi. Siempre y cuando, dice también y yo lo destaco, haya «respeto propio». Porque, claro, si uno no se respeta a sí mismo, si no respeta su propia fe, su propio motor vital, si no se ama a sí mismo, difícilmente podrá respetar a nadie. Con nadie convivirá a gusto si convive a disgusto consigo mismo, con su propia fe. Si no respeta (venera, acata, considera, mira con deferencia) su fe.

El problema es que no nos damos cuenta muchas veces del respeto que debemos a nuestra fe, a nosotros mismos como seres portadores de fe.

Y ahora hagamos el ejercicio que antes hemos vetado. Sustituyamos en la frase-cita de Gandhi la palabra fe por otras palabras, a ver qué pasa:

Cuerpo: «El amor empuja a tener, hacia el cuerpo de los demás, el mismo respeto que se tiene por el propio». Es fuerte, eh?: ¿De verdad amamos, de verdad respetamos nuestro cuerpo?

Alimento (esta es menos clara, pero también tiene tela): «El amor empuja a tener, hacia el pan de los demás, el mismo respeto que se tiene por el propio». ¡Y lo poco que nos importa!

No sigo. Pero si queréis seguir probando, a ver qué os sale...