viernes, 24 de junio de 2011

Un pensamiento de Napoleón Bonaparte

Hola, corazones.

Leo en el periódico (y lo veo) que un conocido monumento centroeuropeo del que yo, en mi ignorancia, no tenía conocimiento, ha sido artísticamente decorado, o vandálicamente atacado, según versiones. Se trata de un grupo escultórico en bronce que representa, en ese peculiar estilo grandilocuente y magnificente de los años cincuenta, un grupo de soldados de allende el Telón en disposición de ataque. Y han sido transformados por un artista callejero, con las armas de los botes de pintura en aerosol, en un grupo de conocidos superhéroes de cómic americano. Aparte de la gracieta que puede hacerse con la transformación de unos valientes soldados en personajes de ficción, o de la metáfora política que puede extraerse del asunto, a mí me preocupa otra cosa.

Muchas son las personas que han tenido la ocurrencia de hacer su reinterpretación de Las Meninas, por ejemplo. Algunas gustarán más, otras menos, pero el caso es que reinventar Las Meninas es, en sí mismo, mucho más que una gracia barata, es toda una demostración de capacidad artística. Quizá pintarrajear esculturas con buen tino, como están hechas estas, también lo sea. Pero a nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido nunca (y nunca le hubieran dejado, y si lo hubiera hecho le habrían cortado algo más que las alas de la libertad) hacer su propia reinvención de Las Meninas sobre el propio cuadro, pintarrajeando encima.

Pero, claro, se trata de un grupo escultórico que está en la calle, me dirán, y no un cuadro sagrado conservado en el templo de la cultura. Y la calle es de todos, y como la calle es de todos, cada uno puede hacer con las cosas que hay en la calle lo que le parezca, continuarán. Ahí le han «dao». Ya hemos llegado al amiplinismo (corriente de pensamiento que se basa en un conocido eslogan publicitario de colchones: «a mí, plin»), al todo vale, todo da igual, todo es relativo, a ti que te importa lo que yo haga, hago lo que yo quiero si me sale de ahí mismo…, etcétera. Y lo peor de todo es que cada vez veo más amiplinistas campando a sus anchas por el mundo, y quizá todos tenemos ya, anidada dentro de nuestra cabeza, alguna que otra idea amiplinista. Pero no podemos dejar que el amiplinismo nos conquiste hasta anular otras ideas, como la de la responsabilidad, la del deber, la de la conciencia colectiva, la del respeto, la de la humildad. ¡Huy, qué carca!, ¿no?

En fin, no quiero seguir por estos temas, que tengo mucho que hacer todavía. Vamos con la frase-cita de hoy, que nos la proporciona la excelsa y sublime Agenda San Pablo 2011, y que aparece, precisamente, propuesta para hoy (¡qué maravillosa coincidencia con el autor!). Dice así la frase-cita:

«No hay que temer a los que tienen otra opinión, sino a aquellos que tienen otra opinión pero son demasiado cobardes para manifestarla» (Napoleón Bonaparte).

Fíjate tú que este señor que aparece siempre con la mano metida entre el uniforme, a la altura del pecho, que se llevó medio mundo por delante y que se le ha tratado de avenado, tiene, en todas las colecciones de frase-citas, escritos y pensamientos, un montón de adagios y consejos la mar de inteligentes, interesantes y seguramente veraces.

Primero nos dice que no tenemos que tener miedo, temer, recelar, desconfiar…, de aquellos que piensan de manera distinta, que tienen otra opinión. Me parece bien, así, formulado en general, que es como formulaba normalmente las cosas este buen señor. Quizá en casos extremos sí haya que temer a quien tiene diferente opinión («opino –dice mi contrario– que debes morir» es, por ejemplo, una opinión que debemos temer y combatir, me parece a mí).

No obstante, incluso sabiendo que el otro tiene una opinión tan contraria a mi existencia, existe una ventaja en relación con el que tiene la misma opinión pero no la expone. Es decir, que es más de fiar el que opina que debo morir y lo dice que el que lo calla. Me pare evidente, en este caso, que Napo tiene razón. Es más de temer, menos de fiar, el que se calla su opinión, porque no sabes a qué atenerte con él, y tienes que improvisar una estrategia, un juego, un modo de actuar.

Napo tiene razón, y la tiene porque es un estratega y seguramente jugaba muy bien a las cartas. Napo sabe que es más fácil jugar, combatir, conversar o negociar con quien, opinando de una manera o de otra, queriendo llevar la conversación, el juego, la negociación a su terreno, lo expone, lo manifiesta. El impertérrito y reservado personaje silencioso siempre inspira menos confianza. De ahí a Bela Lugosi hay sólo un paso. Claro que también está Harold Lloyd...

¡Madre mía, cómo me estoy yendo para quedarme en el mismo lugar! « No hay que temer a los que tienen otra opinión, sino a aquellos que tienen otra opinión pero son demasiado cobardes para manifestarla». Y a los que son demasiado listos para manifestarla, porque saben que así te inspirarán desconfianza, incluso temor, y aumentan con ello su capacidad de sorpresa. Vamos, que no te fíes de los que tienen otra opinión.

¡Alto ahí! ¡Falso! Habrá que tener cautela, precaución, sigilo, cuidado. Pero sólo exponiendo opiniones y escuchando otras diferentes, sólo poniéndolas en común, se avanza. Y de avances también sabía mucho Napo.

domingo, 19 de junio de 2011

Palabras bonitas

Acabamos de celebrar el Día del español en el mundo. Un día de homenaje y defensa de nuestro patrimonio más universal: la palabra. Y entre otras muchas actividades se nos ha propuesto votar la palabra favorita. Pero no entre todas las palabras de nuestro diccionario, no, sino entre treinta palabras, elegidas por treinta personajes de diversos ámbitos de la vida pública. Por eso, en un conjunto de palabras interesantes, había palabras que suenan a respuesta de miss, otras que parecían elegidas por algún revientaconcursos.

Yo no voté. Lo hubiera hecho de haber podido elegir mi propia palabra, pero no estaba entre las candidaturas posibles. Así que, antes de decidir entre la importancia semántica de "Belleza" y la exótica sonoridad de "Querétaro", me callé la boca. Pero luego pensé que podía decir cuál es la palabra (una de ellas, estoy seguro de que todos podemos encontrar muchas palabras que nos parecen importantes y hermosas por múltiples razones). La palabra que me vino a la mente cuando me enteré del concurso este de la palabra favorita.

Mi palabra es ESFUERZO. Tiene una sonoridad y una musicalidad que sugiere también su significado. Y tiene un significado que no podemos rechazar, representa algo que todos necesitamos hacer para aprender, para trabajar, para amar, para superarnos, para vivir. Esfuerzo implica actividad, acción, interés, voluntad, deseo, ganas, ánimo...

Sí, definitivamente (es decir, que quizá mañana sea otra) mi palabra favorita es ESFUERZO.

viernes, 17 de junio de 2011

Un pensamiento de Susanna Tamaro

Hola, corazones.

Casi todos los días me viene a la cabeza por la mañana alguna música, que canturreo o tarareo hasta que entro en faena o me meto en vereda. Ya puede ser gregoriano o pop ochentero, un standard americano, una copla o una canción de autor, incluso ópera, pero el caso es que siempre me canto algo. Y hoy le ha tocado a esa canción que cuenta la historia de tres hermanos que salen, de uno en uno, «por la vereda a descubrir y a fundar, y para nunca equivocarse o errar» cada uno de ellos toma una determinación: mirar al suelo, mirar al horizonte o poner los ojos en ambos lugares a la vez. Los dos primeros caen, ya no recuerdo demasiado bien cómo (quizá golpeado uno por una rama que no vio, lastimado el otro en el pie por una piedra con la que tropezó), y el tercero quedó bizco.

Y me pregunto si no me estará pasando eso. Cuando salgo de casa, por las mañanas, tengo que mirar al suelo, o al horizonte más cercano e inmediato, ya que corro el riesgo de tropezar con un bolardo (se puede calcular el número de alcaldes que ha tenido Madrid a lo largo de la historia contando el número de bolardos distintos que tiene el barrio en el que vivo), o de ser expulsado de las amplias aceras por un cubo de basura (se diría que algunos de ellos son más grandes que los minipisos que albergan los portales de la zona) o un montoncito de escombro o residuo abandonado a su suerte por un amable vecino indignado con el servicio de recogida de basuras del Ayuntamiento.

Llegado al autobús, y cómodamente sentado, mis ojos se detienen en las páginas del periódico. Pero, una vez desembarcado y hecha la rutina del cupón (hola, buenos días, dame el de hoy, ¿qué tal la mañana?, a ver si alguna vez nos toca algo más que el reintegro, bueno, que tengas buen día, hasta mañana), mis ojos miran atemorizados hacia arriba, temeroso de acabar en una nada deseable ducha matutina de guano colombófilo. En efecto, la calle en la que mi empresa tiene su sede ha sido tomada (y me consta que no es la única de Madrid) por una horda de palomas grises, de cuerpo estrecho y más afilado que las tradicionales ratas con alas de toda la vida, que tienen una capacidad excretora quinientas o seiscientas veces mayor que sus primas. Tan es así que uno va por la calle y puede oír con toda claridad un fuerte y sonoro «plás» que identificaría más con una persona caída al suelo que con la cagadita de uno de estos supuestos simbolitos de la paz. Así que, hasta que traspaso la verja de la empresa y me siento seguro (la, lalala, lala), miro avizor las ramas de los árboles, las cornisas, los cables de luz, telefonía, telégrafos y tendederos (anda que no hay cables surcando los cielos de Madrid), ya que no quiero entrar a trabajar camuflado como un i-guano.

Lo del bizco de la canción lo dejamos para otro día, que también hay muchas cosas que veo por la calle que me dejan bizco. Y más en verano, que hay más carne a la vista y más desparpajo y desinhibición u osadía en el ambiente.

Pero ahora vamos con la frase-cita, que me pilla el reloj, y cuando me doy cuenta de que ya no tengo tiempo me da una rabia…

«A veces tenemos que perder las cosas para entender la importancia que tienen» (Susanna Tamaro).

Qué graciosilla viene la Susi. ¿Pues no acabo de decir que me da rabia cuando pierdo el tiempo, y me viene ella diciendo que para darme cuenta de la importancia que tiene el tiempo a veces hay que perderlo? Bueno, ella se refiere a las cosas. Eso parece.

A veces tenemos que perder el dinero para entender la importancia que tiene. Por ejemplo. Pero no es necesario perderlo, sólo con no tener la cantidad de dinero suficiente para conseguir lo que queremos, desde una casa hasta una ca[mi]sa.

A veces tenemos que perder un libro para entender la importancia que tiene. Sobre todo si es el manual de la asignatura de la que te examinas dentro de dos días…

A veces tenemos que perder la casa para entender la importancia que tiene. No quiero bromas con esto, que no es una broma. No he perdido la casa, pero sí perdí una vez la seguridad dentro de ella, sí la ilusión de tenerla, de vivirla, de hacerla prosperar…, y sé la importancia que tiene.

A ver si es que la Susi no se está refiriendo sólo a las cosas, o al menos a las cosas que cuentan con una tangibilidad material (que me vengan a decir que no existe la tangibilidad inmaterial, que los besos también existen).

A veces tenemos que perder el amor para entender la importancia que tiene. Triste dolor ese, darse cuenta de que contaba con el amor de alguien y que lo ha perdido. A veces tenemos que perder un padre para entender la importancia que tiene. Lo malo es que no tenemos otro padre, ni otra madre. A veces tenemos que perder la esperanza para entender la importancia que tiene. Pero, ¡no se puede vivir sin esperanza!

Susi tiene razón, pero démonos cuenta pronto de que dice «a veces», no «siempre». No juguemos, pues, a perderlo todo para entender su importancia. Aprendamos a reconocer la importancia de las «cosas» (el amor, la familia, los besos, la risa, la esperanza, la alegría, la sencillez, la humildad, la gratitud, la serenidad, la fe, la ilusión, la palabra, el derecho, la justicia, la inocencia…) cuando las tenemos, no esperemos a perderlas.

Y si las perdemos, será mejor que no nos crucemos de brazos, dejemos de escribir bobadas y nos pongamos manos a la obra para recuperarlas.

lunes, 13 de junio de 2011

Feria del Libro (y 3)

¡Se acabó! Dieciséis días (bueno, en realidad yo sólo seis, los fines de semana). Oigo en las noticias que ha habido una media del cuatro por ciento menos de recaudación, y ¡¡¡¡¡menos lluvia que el año pasado!!!!! Mira que me entran dudas, que tengo yo unas fotos de este año la mar de aguadas... Gotitas de agua aparte (¡a millones!), euros más, euros menos (para haber estado en la última caseta de la Feria, la cosa no ha sido tan chunga como nos la pintaban), lo importante ha sido, siempre, el contacto con la gente. El contacto directo de la editorial con el público ("¡ah!, ¿pero no erais sólo una librería?"; "Y entonces, ¿Paulinas y San Pablo son lo mismo o son dos cosas distintas?"; "¿Y sólo publicáis religioso?, ah, no, mira: Caperucita, Cosas de chicas, Magia..."). El contacto del público con los autores ("Ah, pues es más guapa al natural que en la tele, fíjate"; "Me leo todos sus libros y eso que a mí no me gusta leer, tiene usted que sentirse orgulloso", le dijeron ayer mismo a un autor). El contacto de los autores con la Editorial de una manera más informal, personal, distendida ("y entonces, ¿tú tienes un blog? ¡Tenemos que cambiar direcciones para enlazarnos!").


Niños

Capítulo aparte, quizá el más importante, pues el niño que lee es el futuro adulto que lee y recomienda leer, los niños merecen un comentario especial. Niños que te preguntan por personajes famosos (Jerónimo Stilton, sobre todo, o Bob Esponja, que pasó unos días escondido de la lluvia por lo que pudiera pasarle), por géneros de lo más curioso ("Señor, ¿tiene libros de chistes"; "¿Tenéis algo sobre ángeles?"...), niños que se quedan absortos ante un libro de animales, o de fútbol, o de deporte, y que se empeñan en llevarse un libro a toda costa; niños (niñas) que se vuelven locas con la portada rosa y las uñas postizas, pero que descubren mucho más que eso en un libro que, pese a, precisamente las uñas y lo rosa, las reconcilian a sus padres; niños que te escuchan embobados, ante la atenta mirada sonriente de sus padres, por qué un ratón ha de liberar a una ratona atrapada en un cuadro, cómo un tren puede protagonizar una película, por qué las vacas recorren el prado como colegialas en el recreo o para qué cambia tantas veces la abuela de delantal...

Niños que entran en la caseta (hijos de amigos, sobrinos, conocidos, vecinos de otras casetas...) para mirar un libro, para saludar al autor o a la autora y hacese una foto con ellos, o para, simplemente, mirar el mundo desde el otro lado de la barrera. ¡Si yo hubiera hecho eso, dónde estaría ahora, si sólo con haber sido un habitual de la Feria estoy metido en el mundo del libro desde hace sólo una adolescencia (17 años)! Niños que sonríen cuando les das un marcapáginas, o que se asustan, incluso niños que lo rechazan, o que te preguntan si es gratis. Niños cuya mirada, muchas veces, te paga el cansancio con el que sales de la caseta casi a las diez, después de cerrar, hacer caja, recoger un poco y estirar el lomo.


Dibujos

Este ha sido, quizá, el fin de semana de los dibujos. Los de Esther García, la ilustradora de El cuentanubes, que se unió a Beatriz Osés en la firma de su libro común, y que hacían de cada firma un momento mágico, entre las palabras de Beatriz escritas con un plumero rojo y los delicados dibujos de Esther. También Santiago García-Clairac llenó la caseta de dibujos en su tarde de firmas. En esta ocasión fueron caballeros milmortianos, o los propios lectores, convertidos de su mano en protagonistas de las aventuras de Milmort.

Y nada más. Hasta el año que viene. Gracias a todos por su paciencia y perdón si no he sabido atenderles mejor, o recomendarles con mayor eficacia. Intentaré mejorar en la próxima edición.









Con Beatriz Osés y Esther García (El cuentanubes)






Un caballero milmortiano de manos de Santiago García-Clairac.









Las manos de Esther García dedican un ejemplar de El cuentanubes.

viernes, 10 de junio de 2011

Un pensamiento de Carmen Guaita

Hola, corazones.

Tengo la necesidad de ser breve y menos críptico en la introducción y saludo de hoy, porque la semana pasada se me fue la olla de mala manera. Tengo ganas de ponerme a protestar por este mayo cuarentón que hemos tenido, que parece que acaba ya, y no porque tenga ganas de comenzar a pasar calor como un pollo sudoroso dentro del nidal, que no me gusta nada, sino porque tanta lluvia y tanta desapacibilidad cansa a cualquiera, y más si tienes que pasarte las tardes en la Feria del Libro intentando vender libros a los pocos valientes que se aventuran a quedar atrapados por la tormenta perfecta en el parque del Retiro.

También tenía ganas de hablar del cansancio, sano porque es fruto del trabajo, y del trabajo bien hecho (está mal que me lo diga yo mismo, he decidido decantarme por el realismo en mi vida), del trabajo gratificado en el espíritu con las sonrisas de los niños, y adultos, que se llevan un libro o simplemente un marcapáginas, y de los autores que afirman bondadosos que las dos horas de tormento firmando libros han sido para ellos agradables instantes de asueto y diversión. Voy a tener que escribir un libro para ver si eso que dicen es verdad desde el otro lado de la barrera, es decir, desde el suyo.

Y tenía ganas de decir que empiezo a estar harto de que todo el mundo se erija como representante de mi voluntad para hacer lo que les venga en gana. Mal que bien, hay o no votado, las personas que considero mis representantes se reúnen en el Parlamento, y no me siento representado por voluntades ajenas a la mía que corean eslóganes peregrinos. Esto que digo me va a suponer más que un disgusto, pero es lo que pienso.

Dicho todo lo que quería decir, y callado todo lo que quería callar, me dispongo a hacer un pequeño comentario a la frase-cita de hoy, que en esta ocasión no procede de Porverbia.net ni de las excelsas Agendas de San Pablo, sino que está tomada al dictado. Una frase-cita que pasó de la boca de su madre a mis oídos, y de ellos, al papel. Y merecedora como es de una larga vida, pues es frase-cita llena de verdad, la propongo como modelo de pensamiento, al menos, para esta semana. Esta es la frase-cita de hoy:

«La esperanza sólo necesita que la veamos; sólo hay que distinguirla» (Carmen Guaita).

Carmen Guaita pronunció esta frase, dentro de un hermoso discurso sobre la esperanza, en el transcurso de la presentación, el pasado miércoles, de un libro titulado La flor de la esperanza escrito mano a mano por ella y por Francisco J. Castro Miramontes. Son dos de los autores de la Editorial más prolíficos y de más éxito. Su libro es un diálogo epistolar sobre la esperanza, mirada desde perspectivas tan diferentes como las suyas: la de una mujer profesional con cargos de responsabilidad, madre de familia y escritora de éxito y la de un sacerdote franciscano entregado en cuerpo y alma a los demás, ya sean estos peregrinos, necesitados o lectores ávidos de, precisamente, esperanza.

Y dijo Carmen Guaita en la presentación de su libro que, así como la fe y el amor, son virtudes, valores, actitudes, principios activos, que requieren un compromiso y una actividad por parte de uno mismo, con la esperanza no ocurre así, ya que la esperanza siempre está ahí, «sólo necesita que la veamos; sólo hay que distinguirla».

Habría que hablar mucho, o quizá no, quizá sólo mirar mucho, para averiguar cuánta razón hay en estas palabras. Quizá sólo habría que mirar alrededor, o mejor, a uno mismo, para saber que, ciertamente, la esperanza –no la espera, no el quedarse quieto a verlas venir, sino el sentimiento activo que contiene ilusión y confianza, abierto siempre a la mejor de las posibilidades– está ahí, a nuestro lado. Porque, como también dijo Carmen Guaita el pasado miércoles, la esperanza es «la posibilidad del continuo aprendizaje, del continuo borrón y cuenta nueva, del continuo perdón». Apliquémonos esta definición a nosotros mismos y descubriremos que estamos llenos, o rodeados, de esperanza, de posibilidades de querer actuar mejor con nuestros seres amados, con nuestros compañeros, con nosotros mismos; de posibilidades de aprender a ver, afrontar y vivir de manera más positiva todas y cada una de las cosas que nos suceden.

Y veremos, entonces, que estamos en un mundo lleno de esperanza; una esperanza que, por desgracia, muchas veces somos incapaces de ver, agobiados en otros asuntos, dirigidas nuestras miradas a otros horizontes. Pero está ahí. Mírala.

lunes, 6 de junio de 2011

Feria del Libro 2011 (2)

Parece que este año Meteoro, Zeus, Thor, Taranis y todos sus colegas han decicido hacer la guerra a los benefactores del libro y no dejan de zarandearnos con nubes, lluvia, truenos, relámpagos, chubascos, tormentas e incluso galernas y tifones en toda regla. Pero ahí seguimos, aguantando el tipo y acogiendo a la gente bajo nuestros toldos y en nuestras casetas para que puedan resguardarse de la ira de las nubes. En otras casetas, me consta, el toldo sirvió para resguardarse de la lluvia y entregarse a las carantoñas del amor.



Conocidos y amigos

Con los años, los «feriantes» nos vamos conociendo, y si no es un día es otro, acabas comprándole un libro de Gloria Fuertes a la chica de Torremozas, con sus preciosos ojos azules; comparando los productos de San Pablo y de Desclée de Brouwer con su vendedor; interesándote por las anécdotas que le suceden al divertido expositor del Ministerio de Justicia, o buscando desesperadamente a la chica de Akal (nunca la pillo). Y claro, nuestro Jack Sparrow particular, que no le pasa inadvertido a nadie por simpatía y por la cantidad de tatuajes que me lleva.



Música y libros

El sábado varios miembros del Coro San Marcos, en el que participo, acudieron a la Feria para saludarme y sobre todo con la intención de mirar y comprar libros, relacionados con la música o no; libros para disfrutar ellos mismos o para regalar; libros para nietos, para hijos o para padres. Es lo bueno de tener un catálogo amplio, que todos encuentran algo oportuno...




Un fraile vestido de cardenal


Así se llama el libro. Hace poco hablé de él, pues es novedad que acabamos de presentar. Alguien le hizo llegar a Luis Esteban Larra la narración que hago de esa presentación en mi blog, pues fue lo primero que me dijo cuando llegó. Su libro es interesante, y está bien editado, según comentó la gente que se acercó a saludar al autor y a comprar el libro, y la portada (esto lo digo yo, porque veo que mucha gente se detiene a mirarlo) llama la atención. El libro está entre los más vendidos en la Feria, y Luis Esteban, que es un hombre amable y de buena y agradable conversación, firmó el sábado una cantidad de libros nada desdeñable.






Luis Esteban Larra firmando un ejemplar de Un fraile vestido de cardenal.





Paciencia franciscana


«Paciencia franciscana» fue la recomendación que me hizo, en un aparte, Luis Esteban Larra cuando vio el estado de nervios en que me estaba poniendo una clienta. La mujer viene todos los años y nos pide, a voz en grito, que le enseñemos todos los libros del padre X (permítaseme la licencia de obviar el nombre de dicho autor, que no tiene culpa de nada), y va saltando de título en título, preguntando por aquellos que han sido descatalogados, pidiendo datos de número de ediciones, insistiendo hasta marearnos. Es bueno, en casos como este, que de vez en cuando se nos presentan, tener al lado a un franciscano amable como consejero. Gracias, Luis.



Convención de autores

Eso es lo que parecía la caseta el domingo por la tarde: una convención de autores. Primero vino Nelson Simón, escritor cubano, para saludar a Paloma Sánchez Ibarzábal, que firmaba ejemplares de Ecos y de Dan y el cometiempo. Luego apareció Marinella Terzi, directora de la colección de literatura juvenil de San Pablo y autora de un divertido Brújula titulado Estornudos mágicos, que honró con su presencia nuestra caseta buena parte de la tarde. A continuación apareció Javier Fonseca, del que por desgracia aún no tenemos ningún libro en catálogo, con su mujer y sus hijas. Javier saludó a los presentes y aprovechó para hacer un intercambio de tarjetas, de pareceres y de proyectos (¡bien!) entre él y Marinella. Poco antes del diluvio universal, se acercó también Santiago García-Clairac. No podíamos hacer otra cosa más que hablar y ver llover, lógicamente. Y bromear sobre la posibilidad de tener que acampar en la Feria o de construir una balsa con libros para salir remando del Retiro...



Santiago García-Clairac, Paloma Sánchez Ibarzábal y Marinella Terzi.



Un momento del intercambio de tarjetas entre Marinella Terzi y Javier Fonseca.




Con Paloma Sánchez Ibarzábal y sus libros: Ecos y Dan y el cometiempo.




El agua caía con fuerza y las casetas se convirtieron en improvisados cobertizos.




viernes, 3 de junio de 2011

Un pensamiento de sir Francis Bacon

Hola, corazones.

Viene el año refranero con mayeos y marceos, con meses de viento y agua y de flores ostentosos, y con junios de halda y capisayo (y como es amplia la sabiduría refranera como la pampa, la tundra y la jungla unidas en un tres en uno, habrá seguro adagio que contradiga lo que he dicho). Enrevesado y redicho que soy para decir que hace frío incluso en junio… Venga mayo como venga, no nos debe importar el tiempo más de la cuenta. Ni poco, como alguna cucurbitácea mal defendida allende nuestras fronteras o alguna solanácea semafórea (roja, amarilla o verde), ni tampoco demasiado, como a algunos el honor de su equipo de fútbol (que no conviene exagerar), sino simplemente lo justo.

Así que, frío en rostro y lagrimita madrugadora descendiendo lánguidamente por mi rostro, afrontemos la frase-cita que hoy nos propone sir Francis Bacon de la mano de Proverbia.net (lo de la mano no creo que sea más que una expresión, ¿os imagináis a todo un ser británico conducido «de la manito» por un cibernético personaje?).

«El argumento se semeja al disparo de una ballesta, es igual de efectivo dirigido a un gigante que a un enano» (sir Francis Bacon).

Me hace gracia, de entrada, la aparente simpleza con la que Proverbia.net clasifica a veces sus frase-citas. Esta, en concreto, está etiquetada con la palabra «argumento», quizá por aquello de que «argumento» es el sujeto gramatical de la frase. Se podría clasificar también en diálogo, debate, confrontación, Palabra (con mayúscula), persuasión… En fin. Que se han quedado cortos.

Pasa con el argumento, con la argumentación en una conversación, debate, disputa, coloquio, diálogo o comoquiera que se le llame, lo mismo que con el disparo de una ballesta, dice don Francisco Panceta. En lo que se refiere a su efectividad, claro. Yo creo que, aparentemente, el magno caballero de Inglaterra acierta bastante, pues es cierto que cuando atizas un buen argumento, da igual que quien lo reciba sea enano o gigante, pues, como dice la expresión popular, «ahí le has dao» (así, sin «d» de participio).

Pero, claro, para eso hay un requisito que Sir Tocino Entreverado olvida: con el tiro de la ballesta, con cualquier tiro, desde el inocente de la canasta hasta el más perverso de los pistoletazos, pasa que se necesita tener puntería y acertar, porque si no, en lugar de decirte «ahí le has dao» te pueden soltar aquella frase que rimaba con Burt Lancaster y que no reproduzco para no herir sensibilidades…

No es baladí el asunto, ya que oímos muchas veces a personas que, cuando hablan, aportan argumentos para defender sus ideas y sus posturas y, sin embargo, no atinan, y el público no se da por aludido y sigue desoyéndolo. Y también conocemos a otras personas que, sin aportar un solo argumento, sin dar un ápice de veracidad y credibilidad a su verborrea, arrasan en las masas y mueven a grandes grupos a hacer las cosas más inverosímiles.

Así pues, parece que no es sólo necesario el argumento para convencer, como no sólo es necesario el tiro de ballesta para herir (o matar) al enano o al gigante de PacoBeicon. Hacen falta, también, la puntería, el acierto, el tino, la maña para soltar a tiempo el argumento, para tensar suficientemente la ballesta, para calcular el momento justo de lanzar (flecha o argumento) y dar en el blanco. Y la oportunidad. Porque, de la misma manera que nadie caza colibríes a tiro de ballesta, no es tampoco conveniente ni proporcionado dar margaritas a los cerdos o argumentos a las cuadrillas de zotes y acémilas que se puede llegar a tener por auditorio, no vaya a ser que tomen el argumento por los pies y dándole la vuelta a la tortilla te asesten un empellón cuando esperas un aplauso. Esto no va por ustedes-vosotros, que me consta que piensan con inteligencia, después de leerme, que ya no me van a leer más, sino por aquellos que se entregan, sin pensar, al cultivo biológico, ya sea de pulgas, de votantes o de leales de seso plano.