viernes, 24 de junio de 2011

Un pensamiento de Napoleón Bonaparte

Hola, corazones.

Leo en el periódico (y lo veo) que un conocido monumento centroeuropeo del que yo, en mi ignorancia, no tenía conocimiento, ha sido artísticamente decorado, o vandálicamente atacado, según versiones. Se trata de un grupo escultórico en bronce que representa, en ese peculiar estilo grandilocuente y magnificente de los años cincuenta, un grupo de soldados de allende el Telón en disposición de ataque. Y han sido transformados por un artista callejero, con las armas de los botes de pintura en aerosol, en un grupo de conocidos superhéroes de cómic americano. Aparte de la gracieta que puede hacerse con la transformación de unos valientes soldados en personajes de ficción, o de la metáfora política que puede extraerse del asunto, a mí me preocupa otra cosa.

Muchas son las personas que han tenido la ocurrencia de hacer su reinterpretación de Las Meninas, por ejemplo. Algunas gustarán más, otras menos, pero el caso es que reinventar Las Meninas es, en sí mismo, mucho más que una gracia barata, es toda una demostración de capacidad artística. Quizá pintarrajear esculturas con buen tino, como están hechas estas, también lo sea. Pero a nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido nunca (y nunca le hubieran dejado, y si lo hubiera hecho le habrían cortado algo más que las alas de la libertad) hacer su propia reinvención de Las Meninas sobre el propio cuadro, pintarrajeando encima.

Pero, claro, se trata de un grupo escultórico que está en la calle, me dirán, y no un cuadro sagrado conservado en el templo de la cultura. Y la calle es de todos, y como la calle es de todos, cada uno puede hacer con las cosas que hay en la calle lo que le parezca, continuarán. Ahí le han «dao». Ya hemos llegado al amiplinismo (corriente de pensamiento que se basa en un conocido eslogan publicitario de colchones: «a mí, plin»), al todo vale, todo da igual, todo es relativo, a ti que te importa lo que yo haga, hago lo que yo quiero si me sale de ahí mismo…, etcétera. Y lo peor de todo es que cada vez veo más amiplinistas campando a sus anchas por el mundo, y quizá todos tenemos ya, anidada dentro de nuestra cabeza, alguna que otra idea amiplinista. Pero no podemos dejar que el amiplinismo nos conquiste hasta anular otras ideas, como la de la responsabilidad, la del deber, la de la conciencia colectiva, la del respeto, la de la humildad. ¡Huy, qué carca!, ¿no?

En fin, no quiero seguir por estos temas, que tengo mucho que hacer todavía. Vamos con la frase-cita de hoy, que nos la proporciona la excelsa y sublime Agenda San Pablo 2011, y que aparece, precisamente, propuesta para hoy (¡qué maravillosa coincidencia con el autor!). Dice así la frase-cita:

«No hay que temer a los que tienen otra opinión, sino a aquellos que tienen otra opinión pero son demasiado cobardes para manifestarla» (Napoleón Bonaparte).

Fíjate tú que este señor que aparece siempre con la mano metida entre el uniforme, a la altura del pecho, que se llevó medio mundo por delante y que se le ha tratado de avenado, tiene, en todas las colecciones de frase-citas, escritos y pensamientos, un montón de adagios y consejos la mar de inteligentes, interesantes y seguramente veraces.

Primero nos dice que no tenemos que tener miedo, temer, recelar, desconfiar…, de aquellos que piensan de manera distinta, que tienen otra opinión. Me parece bien, así, formulado en general, que es como formulaba normalmente las cosas este buen señor. Quizá en casos extremos sí haya que temer a quien tiene diferente opinión («opino –dice mi contrario– que debes morir» es, por ejemplo, una opinión que debemos temer y combatir, me parece a mí).

No obstante, incluso sabiendo que el otro tiene una opinión tan contraria a mi existencia, existe una ventaja en relación con el que tiene la misma opinión pero no la expone. Es decir, que es más de fiar el que opina que debo morir y lo dice que el que lo calla. Me pare evidente, en este caso, que Napo tiene razón. Es más de temer, menos de fiar, el que se calla su opinión, porque no sabes a qué atenerte con él, y tienes que improvisar una estrategia, un juego, un modo de actuar.

Napo tiene razón, y la tiene porque es un estratega y seguramente jugaba muy bien a las cartas. Napo sabe que es más fácil jugar, combatir, conversar o negociar con quien, opinando de una manera o de otra, queriendo llevar la conversación, el juego, la negociación a su terreno, lo expone, lo manifiesta. El impertérrito y reservado personaje silencioso siempre inspira menos confianza. De ahí a Bela Lugosi hay sólo un paso. Claro que también está Harold Lloyd...

¡Madre mía, cómo me estoy yendo para quedarme en el mismo lugar! « No hay que temer a los que tienen otra opinión, sino a aquellos que tienen otra opinión pero son demasiado cobardes para manifestarla». Y a los que son demasiado listos para manifestarla, porque saben que así te inspirarán desconfianza, incluso temor, y aumentan con ello su capacidad de sorpresa. Vamos, que no te fíes de los que tienen otra opinión.

¡Alto ahí! ¡Falso! Habrá que tener cautela, precaución, sigilo, cuidado. Pero sólo exponiendo opiniones y escuchando otras diferentes, sólo poniéndolas en común, se avanza. Y de avances también sabía mucho Napo.

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