viernes, 3 de junio de 2011

Un pensamiento de sir Francis Bacon

Hola, corazones.

Viene el año refranero con mayeos y marceos, con meses de viento y agua y de flores ostentosos, y con junios de halda y capisayo (y como es amplia la sabiduría refranera como la pampa, la tundra y la jungla unidas en un tres en uno, habrá seguro adagio que contradiga lo que he dicho). Enrevesado y redicho que soy para decir que hace frío incluso en junio… Venga mayo como venga, no nos debe importar el tiempo más de la cuenta. Ni poco, como alguna cucurbitácea mal defendida allende nuestras fronteras o alguna solanácea semafórea (roja, amarilla o verde), ni tampoco demasiado, como a algunos el honor de su equipo de fútbol (que no conviene exagerar), sino simplemente lo justo.

Así que, frío en rostro y lagrimita madrugadora descendiendo lánguidamente por mi rostro, afrontemos la frase-cita que hoy nos propone sir Francis Bacon de la mano de Proverbia.net (lo de la mano no creo que sea más que una expresión, ¿os imagináis a todo un ser británico conducido «de la manito» por un cibernético personaje?).

«El argumento se semeja al disparo de una ballesta, es igual de efectivo dirigido a un gigante que a un enano» (sir Francis Bacon).

Me hace gracia, de entrada, la aparente simpleza con la que Proverbia.net clasifica a veces sus frase-citas. Esta, en concreto, está etiquetada con la palabra «argumento», quizá por aquello de que «argumento» es el sujeto gramatical de la frase. Se podría clasificar también en diálogo, debate, confrontación, Palabra (con mayúscula), persuasión… En fin. Que se han quedado cortos.

Pasa con el argumento, con la argumentación en una conversación, debate, disputa, coloquio, diálogo o comoquiera que se le llame, lo mismo que con el disparo de una ballesta, dice don Francisco Panceta. En lo que se refiere a su efectividad, claro. Yo creo que, aparentemente, el magno caballero de Inglaterra acierta bastante, pues es cierto que cuando atizas un buen argumento, da igual que quien lo reciba sea enano o gigante, pues, como dice la expresión popular, «ahí le has dao» (así, sin «d» de participio).

Pero, claro, para eso hay un requisito que Sir Tocino Entreverado olvida: con el tiro de la ballesta, con cualquier tiro, desde el inocente de la canasta hasta el más perverso de los pistoletazos, pasa que se necesita tener puntería y acertar, porque si no, en lugar de decirte «ahí le has dao» te pueden soltar aquella frase que rimaba con Burt Lancaster y que no reproduzco para no herir sensibilidades…

No es baladí el asunto, ya que oímos muchas veces a personas que, cuando hablan, aportan argumentos para defender sus ideas y sus posturas y, sin embargo, no atinan, y el público no se da por aludido y sigue desoyéndolo. Y también conocemos a otras personas que, sin aportar un solo argumento, sin dar un ápice de veracidad y credibilidad a su verborrea, arrasan en las masas y mueven a grandes grupos a hacer las cosas más inverosímiles.

Así pues, parece que no es sólo necesario el argumento para convencer, como no sólo es necesario el tiro de ballesta para herir (o matar) al enano o al gigante de PacoBeicon. Hacen falta, también, la puntería, el acierto, el tino, la maña para soltar a tiempo el argumento, para tensar suficientemente la ballesta, para calcular el momento justo de lanzar (flecha o argumento) y dar en el blanco. Y la oportunidad. Porque, de la misma manera que nadie caza colibríes a tiro de ballesta, no es tampoco conveniente ni proporcionado dar margaritas a los cerdos o argumentos a las cuadrillas de zotes y acémilas que se puede llegar a tener por auditorio, no vaya a ser que tomen el argumento por los pies y dándole la vuelta a la tortilla te asesten un empellón cuando esperas un aplauso. Esto no va por ustedes-vosotros, que me consta que piensan con inteligencia, después de leerme, que ya no me van a leer más, sino por aquellos que se entregan, sin pensar, al cultivo biológico, ya sea de pulgas, de votantes o de leales de seso plano.

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