viernes, 26 de septiembre de 2008

Un pensamiento de David Starr Jordan

Buenos días, amigos y familiares de amigos.

Hoy venía pensando que no sabía qué deciros, pues ni siquiera me ha pasado esta semana nada relevante digno de mención. Lo único que me ha llamado la atención en toda la semana es la cantidad de gente que los viernes por la mañana temprano, cuando yo salgo de casa en dirección al cráter de metro-sauna en la Glorieta de Bilbao, está desayunando en la calle, y además desayunan cerveza (y deben de ser todos extranjeros, porque nnno she lesh ennnntiennnndde nada, hablan muy wrawro). La cosa es, volviendo al origen, que después de dos semanas con esta nueva temporada de envíos, no sé cómo seguir. Hasta que esta mañana he leído en Proverbia.net:

«La sabiduría consiste en saber cuál es el siguiente paso; la virtud, en llevarlo a cabo» (David Starr Jordan).

Según Proverbia.net, este señor es estadounidense, murió en 1931 y es (era, mejor) educador e ictiólogo.

Pues el caso es que da que pensar este señor. Porque si saber cuál es el siguiente paso es de sabios, y de virtuosos el darlo, los que caminamos en la vida a trompicones, no somos ni sabios ni virtuosos; y tampoco los que caminamos según nos va, o por inercia, o porque no hay más tutía, o porque tenemos una hipoteca que pagar, o porque tenemos (tranquilos, no es mi caso, creo) hijos que mantener, o porque nos han dicho que vayamos por ahí, que por el otro lado no se puede, y además nos lo hemos creído.

Es decir, que según este educador de peces, hay muy pocos sabios, y menos aún virtuosos, en el mundo. No sé vosotros, pero yo creo que este señor se está pasando un pelín en sus exigencias. Vosotros diréis. Yo, de momento, para no equivocarme, me voy a pasar toda la mañana sentado delante del ordenador, sin moverme ni dar un solo paso, y así no me equivoco…

viernes, 19 de septiembre de 2008

Un pensamiento de Jorge Santayana

Buenos días. Mi cantante del metro-sauna, ese señor con voz rasgada y estilo melódico que tanto me gusta, me ha deleitado hoy con una canción de Roy Orbison, un clasicazo de estos que sale en mil pelis pero que no sé cómo se llama. Cabeza la mía.

El caso es que escuchar a un hombre así por las mañanas (por su voz, por su repertorio y por lo que significa estar ganándose la vida micrófono en mano en los pasillos de metro-sauna) me hace sentirme más humano. Así que la frase que esta mañana me ha proporcionado Proverbia.net me viene al pelo:

«Los amigos son esa parte de la raza humana con la que uno puede ser humano» (Jorge Santayana).

Jorge Santayana es un filósofo, poeta y novelista estadounidense de origen español. Y no sé si estar muy de acuerdo con él. Porque, veamos, si resulta que uno sólo es humano con los amigos, el cantante de metro-sauna es mi amigo porque me hace sentirme humano. Hombre, quizá lo que ocurre es que debo revisar a la ampliación mi concepto de la amistad, pero no sé, me parece mucha ampliación.

Me inclino más por pensar que los amigos te hacen humano, te aportan humanidad, y que es esa humanidad la que te permite ser humano con el resto de las personas con las que te cruzas.

Claro que lo de ser humano hay que entenderlo como ser un buen humano, cargado de las virtudes positivas que hacen que la vida de uno sea más agradable y placentera. Es decir, ser humano para los otros es un poco como ser para ellos un buen suceso.

Y no me voy a alargar más, que luego me lío malamente y no me entiendo ni yo.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Un piropo

Esta mañana una compañera de trabajo, canaria, por más señas, me ha enviado unas fotos de las obras de su casa, en las que aparece con las manos llenas de cemento, en plena faena. Un comentario amable por mi parte ha merecido semejante respuesta, que cuelgo con orgullo ególatra:

«Qué bien se siente la lengua con alguien que la acaricia tanto y tan suavemente como tú. Fíjate, hasta una foto llena de cemento parece hermosa bajo la sombra de tus palabras... miel para los oídos».

viernes, 12 de septiembre de 2008

Un pensamiento de John Henry Newman

Hoy estoy contento, quizá porque el caballero que estos días se pone a hacer música en el Metro, concretamente en Alonso Martínez, tiene buen oído, canta bien, con una voz rasgada a lo Rod Stewart, aunque más melódico, y tiene buen gusto. Esta mañana, por ejemplo, estaba cantando Donna, una preciosa canción de Cliff Richard que yo me sé en la versión que hicieron Los Lobos. Ir camino del trabajo con una sonrisa, tarareando una canción, recordando momentos felices, de eso se trata.

Y esto, no sé cómo ni por qué, me lleva a recomendar hoy un pensamiento de un hombre que, mucho tiempo después de muerto, se ha vuelto inmerso en una estéril pero desestabilizadora polémica. Desestabilizadora para los tontos, claro, que creen necesario justificar su propia condición apuntando a su carro a personajes más ilustres que ellos. Pero, ¿de qué estás hablando? Del pobre John Henry Newman, cardenal de la Iglesia católica, converso del anglicanismo, hombre de probada rectitud y vastísima inteligencia que ahora un grupo de gentecilla ha decidido poner ante su mirilla para tacharle de ¡homosexual! Nunca creeré semejante patraña, desde luego, y menos cuando la afirmación carece de todo fundamento sólido, pero, en cualquier caso, si lo fue, que repito que no, su pensamiento, su trayectoria vital, sus escritos, son los que son. Y tienen joyas como esta:

«Hay que trata las cosas de este mundo de manera que nos recuerden que hay otro mundo más grande» (John Henry Newman).

Me parece que esta recomendación del cardenal, sabia en su fundamento y en la sencillez de su trazado, es algo que olvidamos o simplemente no tenemos en cuenta en muchos momentos. ¿Cuántas cosas de este mundo las consideramos tan cotidianas, anodinas, superfluas, menores, que no les damos la más mínima importancia, no porque no la tengan, sino porque simplemente no reparamos en ellas? Y sin embargo, son cosas de este mundo, cosas que tendríamos que mirar como referentes de un mundo más grande, más generoso, más justo, más pleno, más feliz.

Todo, desde el sonido del despertador o los mundanos placeres de la ducha o del desayuno, hasta el hecho de tener un trabajo o un señor que canta en el Metro, o el aire fresco de la mañana y el aire acondicionado en el despacho, debería ser contemplado con otros ojos, y así veríamos detrás un mundo más pleno. Y de eso se trata, de formar parte de esa plenitud.

Todo, y todos, puede ser contemplado como un buen suceso para nosotros, y también nosotros podemos ser un buen suceso para los otros.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Un pensamiento de Jonathan Swift

Después de tener aguantar los típicos manidos tópicos de la depresión posvacacional y la vuelta al cole/curro como un sufrimiento, comienza de nuevo este envío periódico. He de confesar que yo no creo que exista tal depresión posvacacional, a no ser que uno sea de los que se deprime por todo lo que no se puede cambiar y que se sabe de antemano: las rosas se marchitan pase lo que pase, y es del género bobo deprimirse por ello, pues a una rosa primorosa sucede otra rosa, quizá con espinas, pero con más belleza si cabe en su incipiente corola. Por otro lado, la vuelta al cole/curro puede molestar y hacer llorar a algunos, sí, lo vemos todos los años en los telediarios (¡estos periodistas!), pero también es lo que hay; mientras no descubramos que la diosa Fortuna nos ha acariciado el paquete, digo el bolsillo, no hay modo de evitar la vuelta al curro. Y no todo es amargo, seguro, en esa vuelta. Además, qué caralho, los sabores amargos, como la tónica o la cerveza, acaban por gustar, por mucho que engorden y amarguen, y no siempre podemos andar con lo picante, que lo que entra acaba por salir, ni con lo dulce, pues correríamos el riesgo de ser inflados algodones rosas en lugar de personas razonables. ¡Ay, no te líes, que has prometido ser ágil como el vuelo de una libélula y breve como la vida de una gota de agua encima de una roca al sol en el Kalahari!

Voy a comenzar el curso con una aguda frase de un tipo rápido y ágil:

«La mayoría de las personas son como alfileres: sus cabezas no son lo más importante» (Jonathan Swift).

Pues mira, es verdad. Hay mucha gente que es como un alfiler: si no emprendes con ella una relación como es debido, corres el riesgo de que te pinche y te haga daño, incluso hasta sangrar. O de que salgan de su boca dolorosas agudezas que laceran tus oídos. O incluso de que te utilice de acerico para descansar sus punzantes ideas, o de muñeco de vudú para exorcizar sus dolores. En fin, que ojo con las personas, que pinchan. Aunque a veces, también es cierto, los alfileres, como las personas, sirven para que dos piezas destinadas a ser cosidas comiencen a juntarse y se acostumbren la una a la otra, por ejemplo.

También es cierto que hay muchas personas cuyas cabezas no son lo más importante. Algunas demuestran con una rapidez inusitada que dan más importancia a otras partes del cuerpo, por ejemplo, por citar sólo las partes que más comúnmente son llevadas al primer plano, las tetas, los músculos, el pene o los pies.

Pero hay otra lectura diferente, pues también hay personas cuya parte más importante no es la cabeza, sino el corazón.

Que seamos de los que damos prioridad a la cabeza o al corazón, o a una sana conjunción entre ambas, o a otras partes del cuerpo, y que seamos lacerantes y punzantes objetos o útiles enseres para restaurar la desunión, en fin, qué tipo de alfileres seamos, depende de nosotros mismos.