viernes, 29 de enero de 2010

Un pensamiento de Edward George Bulwer-Lytton

Hola, corazones.

Escribo tarde hoy porque estoy inmerso en un experimento científico. La primera fase de la investigación ha concluido hoy, y su conclusión es la siguiente: «Si por la noche no pones el despertador, este, por mucho que lo desees, no sonará por la mañana a la hora establecida». Comienzo ya con la segunda fase, que consiste en investigar las causas que propician que no ponga el despertador. ¿El cansancio acumulado, fruto de trabajar mucho, dormir poco y correr (andar rápido) por las calles de Madrid? ¿La edad, y su consiguiente pérdida de memoria, acelerada, quizá, por alguna incipiente enfermedad neurológica? ¿Un desplome en el IIIT (í i i te: índice de interés por ir a trabajar), que después de 16 años ha sufrido una vertiginosa caída de varios enteros (del 2 al -1, aproximadamente, en una escala del-10.000 al 10.000)? Cuando tenga conclusiones, si aún recuerdo qué era lo que estaba investigando, os lo contaré. Por cierto, ¿quiénes sois?

Con este problema que tengo de despertador, obviamente no puedo elegir frase-citas, así que coloco directamente el envío de hoy de Proverbia.net:

«Lo pasado, pasado. Hay un futuro para todos los hombres que se arrepienten y que tienen energía» (Edward George Bulwer-Lytton).

Lo pasado, pasado. Aplaudo esta concisión certera, que es a la vez afirmación de la obviedad como intención de futuro (y planteamiento de vida): el refranero español lo traduce por un genial «agua pasada no mueve molino». Y aunque todo puede tener matices y excepciones, y aunque haya quien considere que lo pasado hay que conocerlo y recordarlo para evitar que se repita (vale, de acuerdo, me parece importante también), no es menos cierto que cuando dije tonto lo dije, pero quizá he cambiado de opinión, ha mejorado la impresión que tenía de ti o simplemente seguimos necesitándonos mutuamente y es mejor hacerlo sin que se interponga una insultante barrera como esta. Lo pasado, pasado, como planteamiento general de vida, no me parece errado, vamos.

Porque hay un futuro para todos los hombres que se arrepienten. Hombres y mujeres, huelga decirlo, no vayamos a entrar ahora en quisicosas y melindrosidades. El futuro, según parece, o según dice este señor, que no sé quién es, está en el arrepentimiento. En el arrepentimiento de haber dicho tonto está el que el acusado y el acusador sigan tratándose como antes de que esa palabra fuera dicha. El arrepentimiento, ahora que empezamos a verle las orejas detrás de la esquina a doña Cuaresma (a don Carnal, en los tiempos que corren, se le ve todo a todas horas, el muy exhibicionista impúdico), es el camino del futuro. ¿Sí? Hombre, si te equivocas y no te arrepientes y reparas tu error o enderezas el camino, el futuro seguirá siendo tan feo como el error. En ese sentido, sí, hay futuro en el arrepentimiento.

Pero hay otra parte más en la frase-cita: «…y que tienen energía». Y ahí es cuando le digo yo a don Eduardo Jorge (vaya nombre): Oiga, y los pusilánimes, como un servidor, ¿qué?, ¿no tenemos derecho a tener futuro?, ¿nuestro futuro no tiene visos de mejorar por mucho que ejerzamos el debido arrepentimiento? Hombre, por Dios, un poco de conmiseración para con nosotros, que también estamos en el mundo.

En fin. Sea como fuere, tengamos en cuenta de nuevo la primera afirmación: Lo pasado, pasado. Y a otra cosa, mariposa.

viernes, 22 de enero de 2010

Un pensamiento de Victor Hugo

Hola, corazones.

La frase-cita que propongo hoy me sobrevino ayer a través del correo electrónico, en el envío diario de Proverbia.net, ese surtidor de frases y pensamientos. Y digo me sobrevino porque, a pesar de saber y esperar la llegada del envío, la frase que contenía me cayó como la tercera acepción RAE del verbo: me vino a la sazón, o como anillo al dedo, pues era lo que estaba necesitando esta extraña semana. Sin embargo, el cansancio (por dos veces he tenido problemas con el despertador, yo, que suelo estar esperando a que suene para ponerme en marcha) y el exceso de trabajo lector (¡y qué cosas más raras estoy leyendo, «oyes»!) me tienen un tanto aturdido, así que no sé qué extraño razonamiento (mejor, irracionalidad) saldrá del baile de mis deditos sobre el teclado.

«No olvidemos jamás que lo bueno no se alcanza nunca sino por medio de lo mejor» (Victor Hugo).

Afirma el padre de Quasimodo que lo bueno no se alcanza nunca sino por medio de lo mejor. (Por cierto: este es de los pocos casos en los que «sino» no exige una coma delante). Pensemos. Si deseamos algo bueno, como por ejemplo un beso de alguien que nos quiere, debemos hacer algo mejor (¿querer más aún a quien nos quiere, merecer ese beso?). Una cosa, ¿y por qué debemos «hacer» algo? Quizá para alcanzar ese beso no debamos hacer nada, sino que ese beso nos llega porque algo mejor y más grande que ese beso nos lo trae. Esto con un beso. Con algo bueno un poco más material, como un aumento de sueldo, por ejemplo, todos estaremos de acuerdo en que un aumento de sueldo, que es bueno, no lo alcanzamos sino por medio de algo mejor, que es nuestro trabajo (y muchas veces ni por esas). Pero un reconocimiento explícito de nuestro esfuerzo y dedicación lo obtenemos cuando ese esfuerzo y esa dedicación son patentes, ciertamente, pero también y principalmente cuando quien verbaliza ese reconocimiento quiere hacerlo. Y cuando lo hace, detrás hay algo más que el mero reconocimiento, que ya es bueno, sino su voluntad de confortarte, animarte, consolarte, estimularte, etc., incluso o sobre todo en medio de una crisis. Y eso también es bueno, mejor, si cabe.

No sé si me estoy yendo por los cerros de Úbeda o simplemente estoy divagando sobre el relieve del suelo marciano, la verdad. Lo que sí entiendo de esta frase-cita de don Victor es que si queremos y esperamos algo bueno tenemos que poner de nuestra parte todo lo bueno, pues de lo malo, malo se saca. ¿Invitación a la bondad? Parece ser. O es colijo (¡me encanta la palabra!).

viernes, 15 de enero de 2010

Un pensamiento de Milan Kundera

Hola, corazones.

Dijimos que el año iba a traer cambios a nuestras vidas –el consabido propósito de renovación de compromisos, como dejar de fumar (hace unos catorce años que no lo hago), comer de manera más saludable (lo intento, y en el bar restaurante El Álamo me ayudan bastante a conseguirlo, con unos menús estupendos y equilibrados a un precio muy competitivo), hacer algo de ejercicio (¿sudar por sudar? ¡amos, anda!), rezar más, ser menos pedante, rebajar mi mal humor, etc.–, y yo he empezado a poner en práctica esta renovación, pero con algo mucho más sencillo. Desde ayer soy persona enganchada a la red de Internet vía ADeEseEle desde mi hogar, y contactable por teléfono. Poco a poco iré intentando cumplir otros compromisos, pero me temo que lo del ejercicio y lo del mal humor van para largo.

De mal humor, por cierto, me pone la gente que va por la vida destacando sólo el lado despreciable e insoportable de las cosas, de la vida, de las personas. Y cuando he encontrado la frase-cita que paso a comentar, no he podido menos que elegirla para darme el gustazo de contradecirla, y de paso a su penseur:

«Desprecia la literatura en la que los autores delatan todas sus intimidades y las de sus amigos. La persona que pierde su intimidad, lo pierde todo» (Milan Kundera).

En su momento caí en el lugar común de leerme el libro de moda que todo el mundo recomendaba y paseaba en el Metro (sauna o no sauna), en el autobús y en el tren. Y leí La insoportable levedad del ser. Dicen que los libros, o las enseñanzas que contienen los libros, se te quedan siempre dentro, aunque muchas veces no puedas luego recordar dónde y cuándo leíste aquello. Yo no recuerdo nada de este libro, lo que puede significar que todo él contenía una enseñanza que se me quedó dentro, pero también que pasó por mi vida (literaria, o mejor lectora) sin dejar el más mínimo rastro. Sólo soy capaz de retener su título, ese título que de repente suena tan despectivo como la frase-cita de marras.

Comienza don Milan invitándonos al desprecio. Al desprecio a la literatura, además. Sobre todo a la de aquellos autores que reflejan en sus obras la intimidad propia y la de sus amigos (es decir, la intimidad de los seres humanos que más y mejor conoce el autor). Pero, si la literatura no refleja la intimidad, la verdadera intimidad de las personas, ¿qué refleja entonces, la nada, la levedad, el vacío, la inconsistencia, la insoportabilidad...? Desde luego, yo prefiero, necesito una literatura que me muestre la intimidad del ser humano, su verdadera intimidad, esa que me enseña cómo una persona piensa, razona, ama, sufre, desea, sueña…, vive. Intimidad de un personaje, real o ficticio, pero siempre reinventado para la obra literaria en cuestión, que, a la fuerza, tiene algo de la intimidad del propio autor, o de la de sus conocidos y amigos.

Concluyo, pues, contradiciendo a don Milan, pues considero que el autor que refleja en sus personajes su propia existencia está dando lecciones de humanidad (o inhumanidad). Otra cosa es que lo que el autor esté mostrando sea la otra intimidad, esa que tanto y tan bien se enseña y aprende en el couché y en los platós y sets televisivos, esa que tiene grandes maestras (y maestros) como Ana, Belén o Andrés. Pero esos no son autores ni lo que hacen es literatura. Así que lamento decirle, don Milan, que no voy a hacerle caso, que no voy a dedicarme a despreciar obras y autores literarios, y menos porque usted me lo diga.

Porque el desprecio es un arma peligrosa, que tiene un efecto bumerán retardado y dañino.

viernes, 8 de enero de 2010

Un pensamiento de Voltaire

Hola, corazones, feliz año a todos.

Haciendo limpieza en la bandeja de entrada de mi correo, mientras copiaba a mi archivo personal todos los envíos interesantes de Proverbia.net, encontré una frase-cita de un tal Voltaire que me pareció adecuada para comenzar el año, si comenzar el año supone también comenzar una nueva etapa en este mi envío semanal de despropósitos. Propongo, pues, una reflexión sobre la propia naturaleza de este espacio, una vuelta al ombligo para luego volver a mirar hacia delante y caminar con el paso renovado. O no. Veamos:

«Una colección de pensamientos debe ser una farmacia donde se encuentra remedio a todos los males» (Voltaire).

Si hemos de hacer caso a este señor que le da la vuelta al aire (ah, ¿no es eso lo que significa Voltaire, o volt aire, así, leído a la francesa?), lo que semana tras semana he ido acumulando en mi ordenador, en muchas bandejas de correo y desde hace ya algún tiempo en el blog no es más que una botica anímico-espiritual. Vamos, que como si fuera un sacerdote, o un psicólogo, o una especie de escritor de esos que todo el mundo lee porque dice cosas muy bonitas que puede que sean verdad pero que son como edulcoraciones de la realidad, o repeticiones de las Moradas de santa Teresa, pero revestidas en un tono más New Age. Y no es esa mi intención, no.

La verdad es que ni siquiera sé muy bien qué cosa busco con esto, pero sí estoy seguro de que no tengo ninguna pretensión de curar a nadie de nada, ni de aconsejar a nadie nada; a lo sumo, si recomiendo algo, es pensar, pensar y querer. Nada más. Si esta colección de pensamientos que he ido generando, que viene de mi afición/trabajo como recopilador para las agendas San Pablo, puede ayudar alguna vez a alguien, estoy convencido de que no es por mi mérito, sino por las frase-citas en sí, es decir, que no es el compilador el que importa, sino la materia por él recogida.

Dicho esto, también he de decir que me halaga sobremanera que el mismo Voltaire considere que coleccionar frases y pensamientos, como yo lo hago, puede ser tarea de boticario, de persona dispuesta a auxiliar a quien se siente mal, ofreciéndole el remedio adecuado. Pero el halago es, desde mi punto de vista (y bajo mi punto de vista, y sobre mi punto de vista, y a la derecha de mi punto de vista, y a la izquierda de mi punto de vista, y al lado de mi punto de vista, y enfrente de mi punto de vista, y ante mi punto de vista, y tras mi punto de vista), se mire como se mire, exagerado e inmerecido.

Seguiré coleccionando frase-citas, y comentándolas, porque me divierte y porque me viene bien para el trabajo, pero la responsabilidad del boticario, médico, enfermero, psicólogo, sacerdote, confesor, director espiritual, mentor, tutor, guru, etc., es decir, la responsabilidad del profesional (o del aficionado) de la salud física, anímica, psíquica o espiritual, me queda demasiado grande para aceptar revestirme de ella. Gracias, monsieur Voltaire, mais je peux pas l’accepter.