viernes, 26 de octubre de 2012

Un pensamiento de Luis Rojas Marcos

Hola, corazones

Ahora que me he pasado dos semanas y pico adherido a una muleta, hasta que me he liberado de ella, he tenido ocasión de darle vueltas y más vueltas a la poca atención, a la falta de consciencia que ponemos en nuestros actos. Algo tan sencillo como andar se puede volver un problema muy serio cuando tienes una dificultad, y es entonces cuando te das cuenta de que cuando caminas no te fijas en cómo apoyas el pie, en la trayectoria y longitud de tu zancada, en la altura necesaria que debe alcanzar la pierna para dar el siguiente paso, en lo peligrosa que puede ser una distracción cuando das un paso al frente con los sentidos puestos en lo que acontece alrededor, sea a la izquierda, a la derecha, de frente o ¡peor! detrás de ti… Bobadas, quizá, porque es evidente que no tenemos que estar todo el rato preocupados por eso: la concentración necesaria para respirar y movernos nos tendría absortos para siempre. Pero sí que viene bien, de vez en cuando, tomar consciencia de nuestros actos, de aquello que hacemos sin pensar, sin darnos cuenta, por inercia, por rutina, y analizar cómo lo hacemos. Aparte de cuestiones de salud, como la corrección postural que puede evitarnos lesiones y dolencias, está la cuestión de advertir cómo nos conducimos en la vida, que no es asunto baladí.

He buscado frase-cita para hablar de este tema y aún no la he encontrado, así que volveré sobre ello en otra ocasión. Hoy el tiempo me apremia y me voy a entretener con algo más sencillo.

«Viajar es una buena forma de aprender y de superar miedos» (Luis Rojas Marcos).

No podía evitar don Luis meter en su reflexión algún aspecto relacionado con la psique de la persona. Viajar, dice, es una forma de superar miedos. Doy por buena la premisa, pero la pongo en cuarentena personal. Me explico: en términos generales, viajar puede ser una buena forma de vencer, superar o mitigar el miedo a lo desconocido. No tengo duda. Viajas, conoces lugares y gentes diferentes y te das cuenta de que, por diferentes, no dejan de ser iguales, no dejan de tener unos elementos básicos que te unen o te igualan a ellos. De acuerdo. Pero no siempre se superan los miedos. Por ejemplo, ese hormiguillo estomacal que me entra cada vez que tomo un medio de transporte para desplazarme a alguna de mis ciudades fetiche, esas a las que voy todos los años de mi vida al menos una vez, no desparece por más veces que me haya desplazado en ese medio de transporte y a ese mismo destino, por más que ya el acto de viajar allí sea una acción habitual, o al menos no extraña. Claro, que la cosa es saber si ese hormiguillo lo produce el miedo o la satisfacción de saber que voy a pasar un tiempo de mi vida en uno de esos lugares necesarios de la vida, de mi vida.

Viajar, dice don Luis, es también una buena forma de aprender. Repaso los viajes que he realizado en mi existencia (y me sobran dedos, casi todos) intentando descubrir qué cosa he aprendido en cada uno de ellos. Por ejemplo, que los aviones no se caen (hay excepciones, pero, gracias a Dios, el porcentaje es mínimo). Por ejemplo, que uno sabe desenvolverse mejor de lo que cree. Por ejemplo, que la independencia y la autonomía personal tienen amplio desarrollo, pero también límites. Por ejemplo, a vencer la timidez para arrancarse a hablar, incluso en idiomas ajenos, y pedir agua, comida, o “guan tiquit tu kentáki”, por ejemplo. Que en algunas ciudades insulares europeas hay que mirar a los dos lados para cruzar la calle (y en algunas no insulares hay que mirar a los dos lados varias veces y lanzarse rezando a la calzada). Que para ser agradecido, según donde, hay que quedar obligado o reconocer la merced recibida, pero que siempre viene bien sonreír. También aprendes a desmitificar tópicos: ni en Amsterdam todo el mundo lleva un porro en la mano ni en Oporto se sopla más que en la media por mucho vino que tengan ni en Londres comen sólo sándwiches de pepino.

No es que yo viaje mucho, ya digo, pero voy a dar la razón a don Luis (aunque no la necesita: ya la tiene). Y para corroborarlo, puede que pronto, muy pronto, me embarque de nuevo en una aventura viajera. Para aprender, por ejemplo, que detrás de cada puerta puede haber una iglesia (pista para descubrir mi próximo destino).

Hasta mi regreso, que la felicidad os acompañe.

viernes, 19 de octubre de 2012

Un pensamiento de Platón

Hola, corazones

Comienza poco a poco a llegar el frío a nuestras calles, a introducirse en nuestros hogares hasta obligarnos, en breve, a incrementar nuestra factura de la luz… Estamos en esa época del año que hace ya mucho tiempo me permitió, merced a la intervención de un profesor, obtener una extraordinaria calificación académica. Se trataba de una redacción. El profesor, que nos pedía siempre que nos acercáramos al trono de la sabiduría con sumo respeto, para no profanarlo, proponía cada semana un tema sobre el que debíamos escribir. Me gustaba escribir, me provocaba una íntima satisfacción escuchar el tema propuesto y tener que entregarle, en menos de una hora, folio y medio escrito con una cierta calidad literaria. Dos fueron los temas que más recuerdo, que mejor sabor de boca me dejaron, y que mejor calificación merecieron: “Las bibliotecas medievales” y “El otoño, ¿época de los taciturnos?”. Creo que desde entonces me gusta el otoño. De lo mucho que rebusqué en mi cerebro adolescente para darle una vuelta a los tópicos del color, la temperatura, la luz, la humedad, la hojarasca…, y presentar algo que pudiera resultar original, o al menos fluido.

Y ahora que estoy en casa, con la pierna en alto, me doy cuenta de que no necesito casi más que la ventana para darme cuenta de la venida del otoño, con sus colores pardos, tostados, con las diversas tonalidades de la madera, con su caída de luminosidad casi a primera hora de la tarde, con la frescura del aire que penetra en mi salón por las ventanas, con las hojas que se caen (se me han ido muriendo las flores que me compré el otro día, qué casualidad). Desde mi ventana, desde la que aparentemente no se ve casi el cielo, y las barandillas de la corrala asoman cuando los vecinos retiran la ropa de sus cuerdas, se ve la llegada en plenitud del otoño verdadero.

Y eso me basta. Como a Platón:

«Si no deseas mucho, hasta las cosas pequeñas te parecerán grandes» (Platón).

Me viene a la cabeza una frase de Robert Louis Stevenson que decía (cito de memoria, quizá me equivoco) que sólo necesita el cielo sobre su cabeza y el camino bajo sus pies. No sé si era para sentirse libre, para ser feliz o para saberse vivo, pero cualquiera de las posibilidades me sirve: con poco (o con mucho, la verdad) se conformaba Stevenson, y poco nos recomienda Platón que deseemos.

¿Conformismo? No creo que sea esa la idea subyacente en el pensamiento de nuestro cavernícola filósofo. Eso es más bien lo que deducen aquellos que quieren controlarnos, bien sea por el control de nuestro pensamiento, de nuestra economía o de nuestro intelecto. Hasta los oligopolios empresariales se dedican a ello, de una forma un poco más enrevesada: te ofrecen poco haciéndote pensar que es muchísimo y que de ese muchísimo que ellos te dan depende, precisamente, tu felicidad.

Pero si eres tú solo el que desea poco, todo lo que recibas de más te parecerá grande, y no por inducción ni por manipulación, sino por convencimiento. Porque cuando nada esperas, cuando nada deseas, todo lo que recibes te parece un regalo. Una llamada de teléfono recibida cuando no la esperas puede ser tenida como un acto de amistad profunda, sincera, y verdadera que te hará sentirte más unido a quien te llama, más agradecido a quien se ha acordado de ti.

¿Conformismo? No. Adaptabilidad. Uno siempre desea lo mejor, claro. Pero lo mejor no siempre es alcanzable. Depende de las circunstancias. Y si las circunstancias no permiten alojarse en un resort de lujo, quizá adaptarse y dormir en una tienda de campaña pueda convertirse en una experiencia más gratificante y placentera de lo que imaginas. Si las circunstancias no permiten ese restaurante de platos de diseño con comida deconstruida, quizá un pincho de chistorra puede convertirse en un manjar mucho más apetecible.

Lo que nos recomienda Platón tiene dosis de conformismo, mejor, de adaptabilidad; también de humildad, para saber reconocerse merecedor de lo pequeño (hay mucho idiota que lo rechaza pensando que merece cosas mejores) y para no desear lo inalcanzable; inteligencia, para discernir las diversas opciones, analizar las circunstancias y afrontar con realismo los resultados; ilusión y buen humor, para recibir lo que sea con alegría y gratitud.

Igual por eso lo pequeño es grande, y los pequeños son grandes…

domingo, 14 de octubre de 2012

Su mirada cambió mi vida

Siempre he pensado que el Evangelio del joven rico podía tener otro final. Este es el que hace ya muchos años propuse en la Hoja parroquial del Buen Suceso.


La primera vez que lo vi fue sólo un momento, un breve instante pero que, aunque yo aún no lo sabía, cambió mi vida. Era un hombre atractivo, bien parecido, de cuerpo proporcionado y facciones hermosas, que emanaba una energía como nadie que había conocido hasta ese momento. Él no me vio, ocupado como estaba en atender a la multitud que se le acercaba para mirarle, tocarle, escucharle. Para todos tenía una sonrisa, una palabra amable, una caricia.

Quise desde entonces conocer más acerca de él. Pero no quería despertar sospechas: un joven de buena posición como yo no podía ir preguntando por ahí quién era ese hombre sin riesgo de comprometer su reputación y la de su familia. No fue así: supe enseguida que se trataba de un maestro, de un hombre de fe.

Me hablaron de él: sus enseñanzas, decían, eran sorprendentes, impactantes. No es que dijera cosas nuevas, sino que las pronunciaba de una manera nueva. Algunos de los que conseguí que me hablaran de él lo hacían con entusiasmo, con arrobo (al menos eso interpreté de los comentarios de una joven de dudosa reputación que había abandonado su viejo oficio). Otros, por el contrario, comenzaron diciendo que se trataba de un personaje conflictivo, cuya compañía no me convenía: al parecer no predicaba habitualmente en la sinagoga, sino que se dedicaba a recorrer calles, ciudades y pueblos contando sus “teorías”.

Aunque soy educado, correcto y de buena familia, y practico todos los mandamientos de la ley del Dios de nuestros padres, tengo en ocasiones un arrebato de rebeldía, debido quizá a que todavía soy joven y anhelo algo mejor que lo que tengo. Así que me decidí a conocerle en cuanto tuviera ocasión.

Algo que no me resultó difícil. Cuando le vi, estaba hablando con un grupo. Me armé de valor, me acerqué, y le dije: «Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». Él, sorprendido de que le hubiera llamado bueno sin conocerle, me dijo que el único bueno es Dios y me recordó los mandamientos. Yo le repliqué, impaciente, sin poder creer que el personaje tan maravilloso del que me habían hablado no tuviera una respuesta mejor que ofrecerme, que todo eso ya lo venía practicando desde hacía tiempo.

Entonces me miró fijamente, diciéndome: «Vende lo que tienes y luego sígueme». Yo bajé inmediatamente la cabeza y me retiré en silencio. Su respuesta era muy difícil de aceptar, y su mirada...

Sus ojos me penetraron, conocieron en un instante mis debilidades, mis angustias, mis miedos. Mis secretos más íntimos, aquellos que ni yo mismo sabía, quedaron a la luz tan sólo con un toque de sus ojos. Me sentí desnudo, y me avergoncé. Algo en mi interior me decía que el mismo Dios me había tocado con su mirada, y no me sentí digno de tal cosa. Por eso me fui.

Pero esa mirada siguió conmigo. Lo que en un principio había sido un recuerdo abrasador, que me humillaba, fue convirtiéndose poco a poco en una reconfortante sensación, a medida que yo iba reconociendo que mis debilidades, mis angustias, mis miedos y mis secretos, una vez descubiertos, eran parte del pasado.

Sí, realmente esa mirada me transformó. Y aunque tengo un cierto apego a las comodidades, a las riquezas, a los objetos, he decidido vivir de otra manera. He vendido mis bienes y los he repartido entre los pobres, como él me dijo. Y aunque me han dicho que lo mataron hace poco, me he puesto en contacto con sus discípulos para unirme a ellos, porque andan como locos diciendo que ha resucitado. Estoy convencido de que es así: alguien con esa mirada no puede ser más que el mismo Dios.

Y vino para decirme, mirándome a los ojos, que me fuera con él.

jueves, 11 de octubre de 2012

Un pensamiento de Henrik Ibsen


 
El otro día tuve un pálpito. Durante la Feria de Frankfurt, que se ha celebrado esta semana que concluye, es tradicional que se haga público el fallo del Nobel de Literatura. Corría el rumor este año de que recaería sobre un escritor joven y guapo (más joven y más guapo que lo eran la mayor parte de los escritores varones premiados con tal distinción cuando lo recibieron), con una obra pequeña pero de gran calidad, poco conocida aún por el gran público y publicada por una editorial sectorial. 
 
Me vino inmediatamente a la cabeza una cita bíblica, Mateo 26,22b, que se repite un poco más adelante, en Mateo 26,25b. Se trata de la pregunta que hacen los discípulos a Jesús durante la Última Cena, y que ha dado lugar a un gran chiste: “¿Acaso seré yo, Señor?”. Finalmente se lo han dado a un señor chino con cara y nombre de bien alimentado. La respuesta, pues, era la de la primera cita bíblica: “No, tú no”.
 
Ínfulas y desvaríos, estos míos del Nobel, que provienen de un exceso de inactividad, motivada a su vez por una infortunada lesión. Sí, una lesión. Resulta que el otro día, el jueves 4, limpiando en casa, mientras sacaba brillo a una metálica lamparilla de aceite (no es antigua, debe de ser de Ikea, a juzgar por el resultado) aparecióseme un genio de oronda figura y chisposa verborrea, que se ofreció a concederme un único deseo, ya que andamos en tiempos de crisis y reducciones. Le dije, tras mucho pensar, que quería sentirme por una vez en la vida como un futbolista famoso (no di nombres, en esto de los futbolistas el vocablo genérico me sirve para mis propósitos), y le pedí que me concediera una de las cualidades de las que suelen caracterizarlos. Con una sonrisilla malévola me dijo: “Mañana por la mañana la tendrás”. Y así fue: de camino al trabajo, aún de madrugada madrugadísima, mi gemelo izquierdo se partió en dos, y rápidamente los médicos me confirmaron que tengo una rotura fibrilar en el gemelo interior izquierdo. Lesión de futbolista. Yo que soñaba con la cuenta corriente, o en su defecto con la novia resultona recauchutada… Y no debo quejarme, que todavía me viene el genio y me cambia la lesión por el estilismo indescriptible o por la exigua capacidad expositiva y apañao voy...
 
En fin, aclaradas mis dos grandes novedades de la semana, esto es, que me han sido nuevamente denegados la gloria literaria y la riqueza pecuniaria, sigo en mi monotonía y ataco una nueva frase-cita, proporcionada en esta ocasión por la excelsa Agenda San Pablo 2012:
 
«Grande o pequeño, todo hombre es poeta si sabe ver el ideal más allá de sus actos» (Henrik Ibsen).
 
Breve será el comentario de esta frase-cita del gran don Enrique. Le agradezco enormemente que me incluya en la categoría de los poetas. En realidad mis versos son tan poca cosa que no merecen tal calificación. No es por mis versos, sino por mis Momentos de sabiduría por lo que me autoincluyo a empujones en el grupo establecido por don Enrique. Porque está claro, meridianamente claro, nítido y diáfano como el agua clara cristalina, como una mampara de ducha después de pasarle el sillybang, como un cristal refrotado con cristasol y periódico, que yo no soy el resultado del libro, ni su reflejo. Que mis actos no siguen los consejos que están escritos, porque los consejos salen de mí para volver a mí, para dirigirse a mí, para señalarme y decirme: no es lo que haces lo que vale, sino el ideal que has dejado impreso en estas páginas. Porque si cumpliera todo lo que dice el libro, sería santo, pero no de apellido, sino que estaría en el cielo. No sabía que fueras tan profundo, me dijeron. Y no lo soy, no lo soy.
 
Me incluyo, pues, en el grupo de los poetas de don Enrique. De los pequeños, claro. Si no, me hubieran dado el Nobel a mí, y no al chino.
 
Diríase que estoy travieso, hoy.

viernes, 5 de octubre de 2012

Un pensamiento de Arturo Graf (y otro de san Francisco de Sales)

Hola, corazones

No sé por qué, pero esta semana me he acordado de una película de Paco Martínez Soria (sí, sí, yo soy fan de cine de barrio, y de las pelis españolas «antiguas». En concreto, de Don Erre que Erre, en la que se nos retrata a un ciudadano insistente, protestón, concienzudo y cumplidor hasta la saciedad. Sin llegar a tanto (al fin y al cabo, la película es una caricatura de una persona tipo), podría decirse sin miedo a errar que yo mismo soy bastante cabezota, y que no me viene mal el calificativo errequeerresco, o ydaleño (de ¡y dale!, expresión bastante común en mi entorno cuando digo una y otra vez lo mismo).

Quizá es que no he entendido muy bien ese rollo de las virtudes, concretamente una de ellas: ¿qué es eso de ser perseverante? ¿Tiene que ver con ser un machaca? Veamos. ¿Alguien nos ilumina?

«La perseverancia es una virtud por la cual todas las otras virtudes dan fruto» (Arturo Graf).

Hombre, don Arturo, le agradezco el esfuerzo, pero yo lo que quiero saber, antes de eso, es qué es exactamente la perseverancia. Preguntemos a doña RAE, pues: «Perseverancia: Acción y efecto de perseverar. Perseverar: Mantenerse constante en la prosecución de lo comenzado, en una actitud o en una opinión. Durar permanentemente o por largo tiempo. Perseverancia final: Constancia en la virtud y en mantener la gracia hasta la muerte».

Mi madre dijo de mí hace muchos años, fruto de la observación, pero sobre todo del cariño que sólo una madre sabe profesar, que yo, cuando me meto de corazón en una tarea, cuando me involucro en algo que me engancha, me entrego a ello en cuerpo y alma. Igual es que he sido, entonces, perseverante, porque me he mantenido constante en la prosecución de lo comenzado? Puede que sí, pero paralelamente a esto, mi paciencia, según un buen amigo, la tengo sin estrenar, y además cambio de posición, brincando, con más facilidad que un saltamontes. Por no decir que me gustan más las americanas (prendas) que a un político… Cualidades estas poco virtuosas y poco compatibles con la perseverancia. Sin embargo, alimento mi blog todas las semanas… 

En fin, dejémonos de si soy o no perseverante, que no es esta la finalidad de mi comentario. Descartemos, primero, atendiendo a la RAE, a aquellos falsos perseverantes, a aquellos que son, más que virtuosos, meros errequeerres (me acabo de descartar, jejé). Por ejemplo, descartemos a los pesados, a los plastas. ¿Por qué? Porque el pesado es «tardo o muy lento; molesto, enfadoso, impertinente; aburrido, que no tiene interés; ofensivo, sensible; duro, violento, insufrible, difícil de soportar». Dejemos, sin embargo,a los insistentes, que simplemente tratan de «mantenerse firmes en algo». Descartemos a los sísifos, porque esos se dedican a subir incensantemente una piedra una y otra vez (perseverancia), pero no lo hacen como acto volitivo, sino por obligación, porque no tienen más remedio, por castigo divino. La perseverancia, que es una virtud, nunca puede ser un castigo, sino un regalo divino. Y los sísifos no entienden lo suyo como regalo, como oportunidad, sino como engorrosa e irremediable tarea. Los perseverantes ven el horizonte en la tarea que emprenden, los sísifos no ven nada, y por eso arrastran los pies.

Puede que haya más «descartables», pero yo me atrevería a decir que la inmensa mayoría entran en estas dos categorías: pesados o sísifos. Los perseverantes hacen una y otra vez lo mismo, insisten, repiten, vuelven a intentarlo, pero lo hacen con una sonrisa, quizá no en la cara, pero sí en el cerebro y en el corazón. Lo hacen sabedores de que en el esfuerzo, en la insistencia, en la perseverancia, está el premio. Ni siquiera tienen la certeza de que lograrán un día lo que intentan, pero perseveran porque están convencidos, aun con dudas momentáneas, de que están donde tienen que estar, haciendo lo que tienen que hacer, formando parte del engranaje exacto en el momento preciso.

Vamos ahora a la frase de don Arturo. «La perseverancia es una virtud por la cual todas las otras virtudes dan fruto». Veamos. La paciencia, por ejemplo, es una virtud. Que yo tengo sin estrenar. Para ejercitarla, tendré que perseverar en ella, dice don Arturo, y así, finalmente, veré fructificar mi paciencia. Jopetas, pues con la paciencia la frase-cita da en el clavo, está claro. Probemos con otra: la discreción, por ejemplo. Si uno es un indiscreto, como yo, y quiere aprender a ser más discreto, tiene que probar, e insistir, porque si no insiste a la primera de cambio se le escapará algo que no debe… Y así, ensayando, practicando, poniendo a prueba la discreción, se acaba siendo discreto. ¡Pues también funciona!

Pero, bueno, ¡si es que funciona con todo, no sólo con las virtudes!: Si no sabes manear bien el excel, persevera, practica, aprende, ponte delante y ensaya, inténtalo, equivócate y vuelve a empezar, sigue insistiendo, estudia, y acabarás manejándolo. 

La perseverancia vale para estudiar, para trabajar, para aprender, para hacer deporte, para jugar… ¡Hasta para enamorar!

¡Y dale! El que la sigue, la consigue. Acabo con la frase-cita que envía hoy Proverbia.net: «Se aprende a hablar, hablando. A estudiar, estudiando. A trabajar, trabajando. De igual forma se aprende a amar, amando» (san Francisco de Sales). Pues eso. Y perseverando.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Esos benditos coros

[Artículo de Maite López Martínez en la revista Vida Nueva del 30 de septiembre de 2012 sobre el Coro San Marcos]

En nuestras iglesias abundan los coros de aficionados, aunque, lamentablemente, existen menos de los que serían deseables. En la mayoría de los casos, están formados por personas de muy buena voluntad que ofrecen generosamente su tiempo y ponen verdadero interés en cantar bien. Y también los hay que cuidan al máximo su formación.

Es el caso del Coro San Marcos, de Madrid, fundado por el padre Félix Castedo, sacerdote de la parroquia de Nuestra Señora del Buen Suceso, allá por el año 1976.

Completamente voluntario y amateur, cuenta con 16 miembros, cuya media de edad ronda los 50 años y que, sin apenas saber solfeo, hacen un esfuerzo más que notable por mejorar su técnica o ampliar repertorio. Canta todos los domingos en San Marcos (junto a la Plaza de España), en la Eucaristía de las 12:30. Últimamente, ha recibido clases de canto y técnica vocal de la soprano Teresa Verdera.

Este es el tercer año en el que organiza un fin de semana de formación. Los dos primeros tuvieron lugar en el Monasterio de Valvanera (La Rioja), mientras que se ha celebrado el fin de semana del 21 al 23 de septiembre en el Valle de los Caídos, con clases de gregoriano impartidas por Laurentino Sáenz de Buruaga, osb, uno de los grandes especialistas en gregoriano.

Su repertorio cuenta casi en exclusiva con música sacra y abarca desde el canto gregoriano hasta el s. XIX. Al ser un coro pequeño que canta en un templo de excelente acústica, la polifonía española del XVI ocupa también un lugar destacado. Además, como coro religioso, no prescinden de los autores posconcilares de música litúrgica de finales del s. XX: Gabaraín, Palazón, Manzano, Taulé, Berthier o Deiss.