viernes, 28 de enero de 2011

Un pensamiento de Georges Sand

Hola, corazones.

Mientras me duchaba esta mañana, con mi gel nuevo, de una conocida marca cosmética que tiene como santo y seña la suavidad de la piel (es cierto: mi suavidad se ha concentrado casi por completo en mi piel y ha abandonado mi dulce carácter: ahora soy más suave al tacto pero más borde, ríspide y arisco al roce…), leí que el gel en cuestión tiene «agentes refrescantes». Deformado como estoy por las series de televisión que plasman el trabajo de diversos equipos, todos mixtos, de investigación criminal y forense, evoqué a las agentes especiales (y los agentes especiales) de las diversas agencias estadounidenses (FBI, NCIS, CSI…) que aparecen en las series, y comencé a pensar en ellas (y ellos). Pronto llegué a la conclusión de que son tan guapos (y guapas), están tan buenas (y buenos), que, más que refrescar, calientan (eso sí, pensar en ellas o en ellos te puede hacer derivar en un fresco o una fresca, un frescales o una frescachona, incluso un fresquiviriviri…). Y a continuación me dije a mí mismo que no debería ducharme con semejante promiscuidad policial. Eso, o que deje de desayunar Skyy con tónica azul, hielo y rodajas de cítricos… Es broma, el café no me lo quita nadie (pero..., ¿será el café de marca blanca de mi supermercado de referencia un producto alucinógeno?).

Bromas aparte, mi reflexión es que cada vez inventan algo nuevo para vendernos los productos. Es como lo del gel-lejía con micropartículas de cristal blanco de acción oxigenada y efecto blanqueador con suavizante de pétalos de orquídea de seda incorporado… Es la inteligencia del publicitario contra (o a favor, quién sabe) la inteligencia del comprador. Pero, claro, a veces llega una mujer de armas tomar o un hombre de pluma brava y nos suelta frase-citas como esta:

«La inteligencia busca, pero quien encuentra es el corazón» (Georges Sand).

Lo de mujer de armas tomar parece que era cierto hasta en el sentido literal del término, y lo de hombre de pluma brava, no me seáis mal pensados, es simplemente porque escribía con pluma (lo del cincel ya no se estilaba y el esferográfico aún ni se había ideado) y firmaba sus escritos con masculinidad o «masculidad» (Jorge Arena).

Pero lo importante está en la frase-cita. Esa manera de decirnos que buscamos con la inteligencia, pero cuando damos con lo que hemos estado buscando quien nos «da el queo» de que lo que tenemos delante es lo que deseábamos es, más que la inteligencia, el corazón. O, a lo sumo, añado yo por mi cuenta y riesgo, una alegre y solidaria conjunción de ambas. Veamos: príncipe azul buscando princesa con inteligencia (deberá ser mujer de extrema sensibilidad, que perciba incluso un guisante bajo un montón de colchones; de extrema belleza, tanta que provoque la envidia de las más bellas divas del reino; de extremo candor, tanto que no distinga a una bruja de una hilandera; de extrema ternura, tanta que no tenga reparos en besar a una rana; de extrema elegancia, tanta que hasta la más simple cucurbitácea parezca con ella el mejor carruaje del universo…), pero al final es el pálpito del corazón el que le dice: «Es esta, chaval», y entonces la bese y ambos despierten para vivir, contradictoriamente, en un mundo de ensoñación y felicidad sin límites.

Veamos otro ejemplo. Muchacho (ya en la treintena, pero aceptemos pulpo por animal de compañía) con escasos recursos que busca la manera de hacerse con una mansión en un barrio céntrico de la ciudad en la que reside. Acude a agencias inmobiliarias, llama a centenares de números de teléfono anunciando pisos, y la mayor parte de ellos son rechazados: «demasiado caro, demasiado pequeño, demasiado caro, demasiado lejos, demasiado caro, los techos son demasiado bajos, demasiado caro, la distribución es demasiado enrevesada, demasiado caro…», hasta que aparece uno que no es demasiado caro: cochambroso cubículo de menos de treinta metros, con cuatro ventanas a dos patios, repleto de humedades hasta más de un metro por encima del suelo, dividido en tantas habitaciones que en todas ellas hay que entrar de lado… Y algo en su corazón le dice: «Es este, chaval… ¿no te das cuenta de que no puedes pagar otra cosa?». A estas alturas de la película ya no sé si era ese o era otro, pues el joven de mediana edad, ya en la cuarentena, ha cambiado de piso, después de haber convertido ese cuchitril en una monada con salón, dormitorio, baño y cocina abierta, exhibida en tv y casi premiada en revistas de decoración (vale, vale, retiro esto último, no es cierto). Pero el pálpito se repitió cuando buscaba una segunda mansión palaciega en la que reposar de la dura batalla de la cotidianeidad. Ese joven talludito del que hablamos vio y requetevio muchos pisos, y sólo uno obtuvo altas calificaciones por parte de inteligencia y corazón: lo encontró en una céntrica corrala sanbernardina, condeduqueña o comendadoriana. Y ahí sigue. De momento.

Basten estos dos ejemplos, uno absolutamente ajeno a mi persona (no soy príncipe de cuento empalagoso) otro tan pegado a mí que diríase que el atractivo personaje en la cuarentena fuera yo mismo, para afirmar que encuentro muy acertada la frase de don Jorge Arena, o de doña Aurora del Pino (sí, ya sé que Dupin no significa exactamente esto).

Claro que no he hablado de la publicidad, que era quien reclamaba atención. Dudo yo que cuando buscas en el supermercado un bote de lejía tenga el corazón que intervenir para decirte: «Esta, que tiene un animalito dibujado y a ti te gusta mucho la magia con animalitos saliendo del sombrero...». Pero imagino yo que tampoco Sand/Dupin pensaba en este tipo de búsquedas cuando escribió su frase-cita.

En fin, que me voy. Que tengáis buen día. Y no dejéis nunca que sean sólo la inteligencia o sólo el corazón quienes decidan que habéis encontrado lo que buscáis. Siempre es mejor que se pongan de acuerdo. Al menos para eso. Besitos.

viernes, 21 de enero de 2011

Un pensamiento de Eugene O'Neill

Hola, corazones.

Cada vez que me pongo un sombrero, elegante prenda a la que me estoy aficionando hasta la obsesión convulsiva, alguien con espíritu caritativo, adulador o empíricamente objetivo, no lo sé aún muy bien, me dice que me sienta estupendamente, que me favorecen los sombreros y que debería llevarlos más a menudo (como no me los ponga para ducharme, poco me queda por hacer…). Esto me satisface y me avergüenza a partes iguales, y por el mismo motivo. En lo que se refiere a mi ego, soy como el asno de Buridano: en la misma medida en que los elogios me agradan porque esponjan mi autoconfianza, mi ego se infla y la vanidad me posee. Y no sé a qué carta quedarme. Definitivamente, soy un asno. Con sombrero. Elegante. Resultón. ¿Atractivo? Pero un asno. El de Buridano.

«El amor nunca tiene razones, y la falta de amor tampoco. Todo son milagros» (Eugene O’Neill).

El amor es un milagro. ¿El desamor también? ¡Ay, Eugenio, qué poco te entiendo! Paso por aquello de que el amor no tiene razones, porque es cierto, al menos en el lance primero, apasionado y fou (me gusta mucho más la palabra francesa que su equivalente castellano). Pero mi pensamiento se alinea más en el flanco de aquellos que consideran que a ese ingrediente de amor han de añadirse otros más «racionales» para que ese mágico e instantáneo momento se transforme en algo más sólido, duradero, entregado y fuerte.

Pero ¡el desamor! El desamor viene, precisamente, cuando has apoyado tu amor sólo en la parte grácil y volátil, tan linda, tan ágil y pasajero como el vuelo del colibrí, o el zumbido de la libélula o el resplandor de las luciérnagas. La fugacidad se diluye, igual que el cacao instantáneo se disuelve en la leche, te la bebes y se acaba todo. Y francamente, querido Eugenio, no veo en eso ningún milagro, sino más bien la inconsistencia, la levedad, la actitud del que recoge flores en el campo mientras suena el lalala y las nubes blancas algodonan el celeste horizonte.

Los milagros, entiendo yo, requieren de la fe para producirse. Y la fe, la fe sólida, la fe duradera (e igualmente el amor verdadero) no puede vivir separada del elemento racional, distante del pensamiento, separada del cerebro.

viernes, 14 de enero de 2011

Un pensamiento de Mark Twain

Hola, corazones.

¿Habéis visto alguna vez a una mujer pintándose la raya del ojo mientras conduce? Es un clásico, como el hombre que aprovecha la parada del semáforo para ir haciéndose el nudo de la corbata o abrocharse los gemelos. Podemos pensar que es gente que aprovecha hasta el último momento en la cama y luego, claro, va con prisas y tiene que hacer las cosas a toda marcha. Quizá. O acaso es que cada vez vamos con más prisas para todo y permitimos que los demás puedan ser testigos de más detalles propios de la privacidad. Si la gente se maquilla o se atusa la corbata, ¿por qué no hacerse las uñas en el autobús? No en todas las líneas, de acuerdo, sólo en aquellas más «populares», las que se dirigen a barrios que hasta hace poco han sido periféricos o del perímetro extrarradial (en el Barrio de Salamanca, ¡ni pensarlo, por Dios!). No es infrecuente en autobuses así oír un «chip, chip, chip» que de repente uno identifica con el chasquido del cortaúñas cuando está cumpliendo con el cometido para el que ha sido frabricado.

Esta mañana, sin ir más lejos, un olor fácilmente identificable, el del quitaesmaltes, me ha devuelto a mi infancia, a aquellos momentos embriagadores (debe de ser por el efecto casi narcotizante de los componentes del quitaesmaltes Cutex, que es la única marca que puedo identificar para ese producto) en los que yo me sentaba al lado de mi madre mientras ella se hacía la manicura. Claro que enseguida me he dado cuenta de que no estaba en mi casa, sino en el autobús, camino del trabajo (¡y casi me paso de parada!), y que quien estaba a mi lado con el quitaesmaltes y el algodón (y los pies en el asiento de enfrente...) no era mi madre, sino una de esas personas que ha decidido no tener privacidad en su higiene personal ni ningún respeto por el resto de las personas que viajan con ella en el autobús. En fin.

Y después de esto, ¿qué pensamiento os propongo, queridos? Vamos a ver qué nos dice un hombre que está de moda, o de centenario:

«Nada necesita tanto una reforma como las costumbres ajenas» (Mark Twain).

Hombre, pues mira, sí. Si las costumbres ajenas son hacerse las uñas en el autobús, escribir pintadas en las fachadas y puertas ajenas, orinar en las esquinas, colarse en las ordenadas alineaciones de gente que espera ser atendida en una taquilla..., suma y sigue, quizá tengamos que dar toda la razón a nuestro irreverente amigos Marcos Tuain (¿o se dice Tuein?). Nada necesita tanto una reforma como las costumbres ajenas, máxime cuando las costumbres ajenas son muestra de la mala educación también ajena. ¿Y cuál es la mala educación? ¿Cómo se detecta? ¿Por aquello que le molesta a uno? ¡No! Realmente, a mí no me han molestado en absoluto los efluvios del quitaesmaltes en el autobús, aunque su utilización en ese lugar me resulte extraño; al contrario, me he sentido retrotraído a momentos mágicos y especiales de la infancia, he vivido evocadoras sensaciones que me han permitido sentirme a gusto. Y sin embargo, creo que es de mala educación hacerse las uñas en el autobús. Por lo que supone de falta de atención a uno mismo, de falta de respeto a la propia privacidad, de falta de cuidado por lo que se está haciendo (con los banzazos que pega el autobús, ¡no me quiero ni imaginar cómo le habrán quedado las uñas a la buena señora!), y por desconsideración hacia las personas que están alrededor.

¿Cómo se detecta la mala educación, pues? Seguramente hay muchas personas más preparadas que yo para contestar a esta pregunta, pero se me ocurre que la desconsideración hacia el entorno y hacia las personas está en la base, o es una de las causas de la mala educación. Claro, que también la persona que ve la acción tiene que tener un mínimo de consideración hacia las circunstancias que hacen que una persona actúe de una determinada manera. Por ejemplo, quizá la mujer del quitaesmaltes en el autobús no sea una maleducada por hacerse las uñas en el autobús, puede que no haya tenido tiempo porque ha tenido que atender asuntos más urgentes relacionados con su familia, por ejemplo; ¡pero lo de plantificar los pies en el asiento de enfrente!

Estoy quisquillos hoy, mejor lo dejo. Hasta la vista, amigos. Y, como decía Super Ratón, ¡no olviden mineralizarse y supervitaminarse!

viernes, 7 de enero de 2011

Un pensamiento de Gilbert Keith Chesterton

Hola, corazones.

Llegaron ya los Reyes, fueron tres: Melchor, Gaspar y el negro Baltasar. Y tuvieron que trabajar a destajo, con el paro que hay, como nunca curraron los pobres para sacar al mejor precio tanta ilusión almacenada como había.

En estos días se habla mucho de familia, te cantan aquello de vuelve a tu hogar y todo el mundo se reúne, con mayor o menor éxito y empatía, con sus familiares. Además, se conmemora y celebra la Sagrada Familia, reunión y comunión de personas alcanzadas de pleno por la divinidad. Y celebran misas en defensa de la familia, y a los que las celebran unos los llaman carcas y otros exagerados, y ellos se defienden diciendo que familia es una cosa y no otra, y los otros dicen que todo es familia, y así andamos, a la gresca con la familia. Por eso, quizá, hay que volver a mirar a la familia, a la nuestra, a la que tenemos más próxima, y también a las otras, pero con otros ojos. Ojos que contemplen, quizá, lo que nos recomienda Gilbert Keith Chesterton:

«El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia» (Gilbert Keith Chesterton).

Vale. Puede que llegue alguien y diga que los niños no nacen sino en los hospitales, a veces entre probetas, o en países lejanos llenos de problemas. Puede que llegue alguien y diga que los hombres mueren en los hospitales, o en las carreteras, o bajo los escombros de terremotos y bombardeos que siempre suceden en países lejanos llenos de problemas. Puede que llegue alguien y diga que la libertad está en elegir a las personas que nos van a gobernar, aunque sea a base de edictos, prohibiciones y pactos, o en decidir si se enciende un cigarro a treinta o a cuarenta metros de los recintos ajardinados que rodean un tanatorio. Puede que llegue alguien y diga que el amor también florece en el parque del Oeste (es el que me pilla más cerca para comprobarlo) o en las mesas de la esquina oscura de la discoteca, o incluso en campamentos de verano o fiestas de nochevieja. Puede que llegue alguien y diga que la Sagrada Familia la forman una mujer que se queda embarazada estando soltera y se ha unido con un hombre que no es el padre biológico de la criatura.

Quizá soy muy cabezota, muy brutícola, muy retrógrado o muy vetetuasaberqué, pero, siendo verdad que no siempre los niños nacen en el seno de una familia, que no siempre la gente muere rodeada del cariño de sus familiares, que los promotores de la esclavitud, del odio y de la muerte también tienen familia y que la familia no siempre es un entorno de libertad y amor, sigo pensando que la familia es precisamente, aquel lugar, físico y espiritual, anímico y personal, en el que, como muy bien dice Gilberto Kiz, nacen los niños y mueren los hombres, en el que florecen la libertad y el amor.

Y si así lo creo es precisamente porque hoy, y todos los días de mi vida, mi familia me ha dado libertad y amor, y espacio para amar a niños y mayores. Y me lo ha transmitido todo. Y le debo mi gratitud.