viernes, 27 de marzo de 2009

Un pensamiento de Confucio

Buenos días, queridos amigos.

Cuando oigo hablar de sabiduría oriental, la mayor parte de las veces me salen algo parecido a sarpullidos, pero no visibles, sino en el interior íntimo de mi misma mismidad anímico-espiritual. Porque, vamos a ver, ¿dónde encuentro yo, más simple y soso que un folio en blanco, algo de sabiduría en frases como «la rana croa en el estanque y las luciérnagas zumban en primavera»? Quizá la haya, no lo discuto, pero no alcanzo a comprender el asunto. Ni siquiera cuando me entregado al ejercicio literario del sudoku, digo, del haiku, me han salido frases incomprensibles, sino simplemente versos, más o menos monos (eso lo diréis vosotros: buscad “poema” en las etiquetas del blog y acabaréis encontrando los haikus, entre otras cosas), pero perfectamente asumibles por la fría llaneza del castellano medio o del extremeño estándar, por poner sólo dos ejemplos. Pero esta vez he encontrado una de esas frases que sí que tienen comprensibilidad. Y es que, claro, no es lo mismo hablar de Toshiro Mahatagakashi, un suponer, que de Confucio.

«Si ya sabes lo que tienes que hacer y no lo haces entonces estás peor que antes» (Confucio).

Pues claro, hijo, yo es que no sé a qué estás esperando. ¡Muévete de una vez! No puedo sustraerme a este tipo de comentario al escuchar la frase-cita de este sapientísimo señor. Porque tiene mucha, pero mucha razón, creo yo. Si uno sabe lo que tiene que hacer, es lógico que lo haga, y que, si no lo hace, sólo logre empeorar su situación (presuponiendo, claro, que el sujeto agente tenga algún tipo de conciencia interior que le haga sentirse mal cuando no hace lo que tiene que hacer). Pero hay mucha gente, mucha, que no siente nada cuando no hace lo que tiene que hacer. O que, incluso sabiendo que su situación moral es peor que antes de saber qué debía hacer, sigue sin hacerlo, porque, en el fondo, su situación moral le importa una micra de comino en polvo en comparación con su situación económica, o política, por ejemplo.

¿Adónde estás yendo? A que esta acertadísima frase-cita de este sapientísimo señor oriental sólo vale para situaciones de sinceridad absoluta para con uno mismo y para con los demás, para el supuesto de la honestidad moral y de la integridad personal en estado puro. Es un ideal, vamos.

Por otro lado, y no vamos a entrar en ello, no está tan claro que sepamos qué tenemos que hacer en cada momento, ni siquiera que sólo haya, siempre, una única cosa que hacer que sea correcta, adecuada, idónea.

Pareciera que pretendo dejar en agua de borrajas el pensamiento de Confucio (esta fras-cita concreta). Nada más lejos de mi intención. Sólo pongo el dedo en la duda de que seamos capaces –sea capaz– de alcanzar ese estado de consciencia y de pureza mental y espiritual para aplicarme la frase con rigor y obrar en consecuencia.

Más me recuerda este pensamiento a una expresión que mi memoria familiar guarda en un recuerdo asociado a mi abuela materna, que en un tono apremiante y divertido al tiempo me decía: «¡Vamos!», como quien dice: «¡Espabila!». ¿Será eso, en el fondo, lo que quiso decir Kung-Fu-Tse?

viernes, 20 de marzo de 2009

Un pensamiento de Juvenal

Buenos días, queridos amigos.

Últimamente me afecta la carencia de numen. Y sin musas que me asistan, poco puedo decir que no sea incoherente. Así que al menos seré breve. Hoy la frase-cita, de contenido crítico, es decir, económico (siempre que se habla de economía aparece la palabra crisis, ¿a que sí?) tiene antigüedad pero se conserva joven:

«Es locura manifiesta vivir precariamente para poder morir rico» (Juvenal).

Juvenal afirma algo que también se afirma en la Biblia, por ejemplo, y que nos habla de que la acumulación de riquezas resulta inútil, pues cuando uno menos se lo espera aparece una desgracia que consume los ahorros, un ladrón que nos roba las pertenencias o una guadaña que nos saja los años y los días y deja huérfanas todas esas riquezas acumuladas.

Esto, que entendemos a la perfección con el tema de los dineros y las posesiones, quizá no lo veamos tanto en otros ámbitos. Pero creo que el consejo puede ser igualmente válido. Veamos: Vivir precariamente (privándose, por ejemplo, del jamón y martirizándose a base de sudor en una cinta mecánica) para acumular salud para poder morir ¿sano? ¿o más tarde? Ojo, que no me refiero a mantener unos hábitos de vida prudentemente saludables, sino a aquellas personas que viven obsesionadas con la salud (como con la acumulación de tesoros) y hacen de su vida una experiencia de privaciones y precariedades en aras de la salud. Que los hay.

No sé si Juvenal estaría de acuerdo conmigo, pero me da la sensación de que sí lo está. Porque intuyo que no se refería sólo a la locura de privarse enfermizamente de bienes materiales para acumularlos en un hipotético por si acaso futuro, sino a algo mucho más amplio: no se puede vivir una vida de precariedad y angustia, desde luego no de manera obsesivo-compulsiva, por tener la vista puesta en el horizonte lejano. Ya lo decía el padre Abrahán: Dios proveerá. Y tampoco hay que vivir «acigarrados» (de cigarra, no de cigarro), esperando que todo pase sin mirar el futuro. Hay que aprender del padre Abrahán: Dios proveerá, sí, pero yo tengo que poner la leña, el fuego, el cuchillo…, no lo va a hacer todo Él…

Vivamos, pues, lejos de las locuras manifiestas de vivir precariamente para morir ricos, o de vivir irresponsablemente para morir desahuciados. Todo en su justa medida.

Me temo que hoy estoy un poco espesito…

martes, 17 de marzo de 2009

La ciudad de san Pablo

Écija en el Año Paulino

La ciudad de san Pablo

Écija, la ciudad de las torres, la sartén de Andalucía, el balcón sobre el Genil, la ciudad del sol, como reza en su escudo, es el mayor municipio de Sevilla, en la Comarca de la Campiña sevillana; y podría presumir, también, de un nuevo título: la ciudad de san Pablo.

En efecto, la ciudad de Écija está celebrando por todo lo alto el Año dedicado al Apóstol Pablo, su santo patrón, con una serie de actos religiosos y culturales, como la magnífica exposición sobre «Iconografía de san Pablo en Écija (siglos XV al XX)», en la iglesia de Santiago el Mayor. No en vano, Écija puede jactarse, según algunos expertos, de ser la ciudad del mundo en la que más testimonios artísticos e iconográficos hay expuestos a la devoción: todas las iglesias y conventos de la ciudad (siete parroquias, ocho conventos de religiosas, dos de religiosos, y varias capillas e iglesias) cuentan con algún cuadro, relieve o talla. Destaca entre todas, por su expresividad y su riqueza cromática, la talla de Salvador Gómez de Navajas, que data de 1575 y que se saca en procesión todos los años el 25 de enero, en la fiesta de la Conversión de san Pablo.

San Pablo es el patrón de la ciudad de Écija desde que, en 1642, el papa Urbano VIII así lo estableciera; sin embargo, la estima de los ecijanos por su patrón es muy anterior, se remonta incluso a los primeros años del cristianismo, y ni siquiera la ocupación árabe logró arrebatarles su memoria. Écija mantiene viva la tradición de que san Pablo estuvo en la ciudad, predicó en sus calles, convirtió a sus gentes e, incluso, prometió visitarla nuevamente. Esta promesa se cumplió en el año 1436, cuando se produjo el milagro por el cual san Pablo se apareció a un joven de la localidad, Antón de Arjona, queriendo evitar con ello la degradación de la ciudad. Desde entonces, todos los años, toda la población, corporación municipal al frente, renueva sus votos al santo y se vuelve a poner bajo su protección y amparo. Protección que, si se entra en la ciudad por la carretera desde Madrid, se hace bien visible en el imponente san Pablo que vigila Écija desde su privilegiada posición. Con un sentimiento de devoción tan arraigado, no es de extrañar que cualquier actividad de los ecijanos quede expuesta a la mirada del santo, como, por citar sólo un ejemplo, el equipo local de fútbol, que celebra sus partidos en el Estadio Municipal de San Pablo y a él se encomienda.

Pero, ¿estuvo Pablo en Écija?

Que san Pablo llegara a visitar España es algo de lo que apenas existen dudas. Al anuncio que él mismo hizo en la carta a los Romanos, le sigue la afirmación de la segunda carta a Timoteo, en la que reconoce haber evangelizado a todas las gentes. Esto permite suponer con bastante fiabilidad que, tarde o temprano, alcanzara la provincia romana conocida como la Bética, en los confines del entonces mundo conocido. Esta tesis –afirma el P. Antonio García del Moral, dominico, en su obra San Pablo. Testimonios críticos y tradiciones ecijanas– está avalada por diversos documentos, como el testimonio de san Clemente Romano, el Fragmento Muratoriano, del siglo II, y los Actus Petri cum Simona, de los siglos II-III. La carta a los Corintios de san Clemente Romano da testimonio de que Pablo alcanzó los límites de Occidente, es decir, la Bética.

La ruta más probable sería entrando «por el puerto de Cádiz, donde se encontraba una comunidad judía, a la que le gustaba dirigirse en primer lugar, antes de ir a los gentiles». Esta tesis la sostiene también Jerome Murphy-O’Connor, uno de los máximos especialistas en la figura de san Pablo, en su reciente Pablo, su historia: «Lo cierto es que Pablo acabó yendo a España. Dadas las circunstancias y su carácter, sería bastante sorprendente que no hubiera sido así. La ruta por mar era la más sencilla de atravesar. Podía llegar a la costa de Cataluña en apenas cuatro días, o Gades (Cádiz) en siete si cogía un barco desde Ostia, el puerto de Roma». Tarragona es el puerto en el que desembarcó Pablo según otros autores, como Francisco de Asís Aguilar, que afirma en el Compendio de Historia eclesiástica general (1877) que «la venida, de la cual hoy nadie se atreve a dudar, parece fue por mar, desembarcando en Tarragona, pasando por Tortosa, internándose en la Bética hasta Ecija».

Tanto si san Pablo entró en España por Tarragona como si lo hizo por Cádiz, casi todos los testimonios escritos convergen en que la ciudad de Écija, por aquel entonces conocida como Astigi, sería una de las ciudades en las que recaló, predicó y, si hemos de hacer caso de la tradición, obtuvo frutos inmediatos de conversión. Écija era por entonces una importante ciudad dedicada a la explotación comercial del aceite, capital de la Bética ulterior, que el emperador Augusto había elevado en el año 14 al rango de Colonia con el nombre de Colonia Augusta Firma Astigi, y en la que se erigió un Convento Jurídico. Era una ciudad de nueva planta, con calles pavimentadas trazadas en retícula regular, ricos y variados mosaicos, un sistema de cloacas y una red de distribución de aguas, templos, termas y un anfiteatro.

El viaje de Pablo

El viaje de Pablo a España no tuvo que ser fácil. Como afirma Murphy-O’Connor, Pablo quería «ser enviado a España como misionero de Roma (Rom 15,24). Esto no era un problema de logística o ayuda con el idioma (aunque una ayuda en estos dos aspectos de la misión sería bastante útil). Pablo necesitaba que Roma le diera la misión de actuar en su nombre». Otra cuestión es la de su acompañante. Pablo solía viajar con algún discípulo que pudiera ayudarle en la tarea evangelizadora, pero también para solucionar cuestiones materiales propias del viaje. ¿Quién mejor que alguien nacido en las tierras que iba a visitar, máxime cuando sabía que iba a atravesar poblaciones en las que, seguramente, casi nadie hablaría griego –quizá latín, sobre todo en las urbes comerciales– y sí diversos dialectos íberos, que Pablo desconocía por completo?

Seguramente Pablo eligió para este fin a Hieroteo, discípulo y amigo, que era natural de Écija, conocía el país y no tendría problemas con los idiomas. Hieroteo fue, según recoge el P. Antonio de Quintanadueñas en su obra Santos de la ciudad de Sevilla y su arzobispado (Sevilla 1637), «maestro de san Dionisio Areopagita, obispo de Atenas y Segovia». Donde más datos encontramos acerca de Hieroteo es en la Historia de la insigne ciudad de Segovia y compendio de las historias de Castilla, de Diego Colmenares, escrita en 1633. Allí se afirma que Hieroteo había escuchado predicar a Pablo en Pafos, la patria de Bernabé y que, una vez convertido, pasó a engrosar el grupo de sus discípulos y le acompañó a Atenas, ciudad de la que Pablo le nombró obispo. «Pasados los tres años –continúa– dejó san Hieroteo por sucesor en Atenas a Dionisio su gran discípulo… Y aunque ignoramos su ocupación, después de renunciado el obispado de Atenas, parece se volvería a la compañía de san Pablo».

Así pues, tenemos a Pablo camino de España, acompañado de su discípulo Hieroteo, astigitano de nacimiento. Dando por supuesto de que llegaran a la península por el puerto de Gades, que dista unos 220 kilómetros de Astigi, Pablo y Hieroteo tardarían al menos una semana en recorrer la Via Augusta hasta llegar al puente que cruza el Genil y poder asomarse a la espléndida ciudad bética. Una vez allí, no es difícil imaginar que, en lugar de buscar alojamiento en la comunidad judía de la ciudad, cuya sinagoga se localizaba en el actual emplazamiento de la iglesia de Santa Bárbara, Hieroteo lograra convencer a las nobles hermanas Xantipa y Polixena de que hospedaran a su maestro en su mansión. Xantipa era la esposa de Probo, presidente del Convento Jurídico Astigitano.

Al día siguiente, tras descansar de las duras jornadas de viaje, Pablo se dirigiría al foro, concretamente a un lugar cercano al templo que estaba dedicado al culto imperial –ese lugar es hoy parada obligatoria en el recorrido turístico-religioso de Écija– y comenzaría a predicar. La escena, parecida a la que relatan los Hechos de los Apóstoles en Atenas, tendría, no obstante, un fruto diverso: Probo, Xantipa y su hermana, Polixena y un número de personas sin determinar, abrazaron la fe en Jesucristo, «y leyendo en su frente con letras de oro: Pablo predicador de Jesucristo, se convirtieron los dos y baptisolos el Santo», escribe el P. Antonio de Quintanadueñas. Estos tres notables astigitanos forman parte del catálogo de los santos: Xantipa y Polixena, cuya imagen se conserva en la iglesia parroquia de Santa María de Écija, se celebran, según el Martirologio romano el 23 de septiembre, y Probo el 10 de noviembre.

La conversión de estos personajes se recoge en otras fuentes, como el Compendio de Historia eclesiástica general, de Francisco de Asís Aguilar, que añade, además, que san Pablo «nombró obispo a san Crispín, martirizado en la primera persecución». Precisamente el hecho de que Écija tuviera Silla Pontificia desde los orígenes contribuye a apoyar las tesis de la presencia del Apóstol, pues sólo las iglesias que recibieron la fe directamente de los Padres o Varones Apostólicos o de sus primeros discípulos adquirieron tan rápidamente la consideración episcopal.
Si bien los testimonios y fuentes no logran despejar todas las dudas y demostrar con rotundidad lo cierto de esta tradición, no lo es menos que tanto la antigüedad de la misma como la convergencia de testimonios diversos y el fervor popular permiten afirmar su credibilidad y plausibilidad.

El milagro de san Pablo

El milagro de san Pablo ocurrió, tal como lo cuenta el cronista oficial de la ciudad, José Enrique Caldero Bermudo, «en la madrugada del 20 de febrero de 1436, en la persona del joven Antón de Arjona, al que una aparición encomendó la tarea de advertir a las autoridades locales de los vicios y pecados que se cometían contra Dios, amenazando con una epidemia de peste si esos no se corregían.

Para que fuera creído en su encargo, le anudó los dedos de la mano derecha y le ordenó que se organizara una procesión con las jerarquías civiles y religiosas y todo el pueblo al convento de San Pablo y Santo Domingo, de la orden dominica». Allí –según dice la transcripción literal del acta del milagro, en la copia más antigua que se conserva, autentificada por Jerónimo de Guzmán, escribano real y del concejo, que data de 1597– «el dicho moço fue delante e, hincadas las rodillas, llegó con la mano a la mançana de la cruz e subiendo arriba por ella llegando a la imagen de Nuestro Señor, que está en la dicha cruz, abrió mano e tornose tan buena e sana como antes la tenía, salvo que le quedaron los dedos un poco más gruesos y esto por la memoria del milagro».

Desde entonces, en recuerdo del milagro, el Cabildo municipal y un numeroso grupo de fieles acude cada año el 25 de enero, fiesta de la Conversión de san Pablo, a la citada iglesia, en la que, tras la procesión de la imagen del santo y la celebración de la eucaristía solemne, el alcalde y cuantos lo desean renuevan su voto a san Pablo y la promesa de acudir el año próximo a la celebración y mantener viva la tradición paulina.


Las imágenes

Además de la colosal estatua de san Pablo a la entrada de la ciudad, y de hermosa talla de 1575 que sale en procesión y que se conserva en la iglesia de Santa Bárbara, Écija guarda otras muchas imágenes de su santo patrón. Muchas de ellas son relieves o pinturas, como las que se conservan en la iglesia de Santa Bárbara, la parroquia de la Santa Cruz, la iglesia de Santo Domingo, la iglesia de las Carmelitas Descalzas, la iglesia de la Concepción o la parroquia de Santiago.

Grandes tallas representando a san Pablo pueden admirarse en la iglesia de Santo Domingo: una, en la capilla dedicada a la Virgen del Rosario, otra, en el altar mayor y una más en la fachada exterior del templo. También en la iglesia de la Victoria, a cuya feligresía pertenecía la casa de Antón de Arjona, hay un altar dedicado a san Pablo, con una escultura de tamaño natural. Y otra más en la iglesia de la Victoria. También la Casa Consistorial cuenta con un lienzo que representa a san Pablo, obra de la pintora ecijana Dolores Hernández Moyano.

[Artículo publicado en la revista Cooperador Paulino 148 (marzo-abril de 2009)]

viernes, 13 de marzo de 2009

Un pensamiento de Cicerón

Buenos días, queridos amigos.

Cuando el agotamiento alcanza mi cuerpo hasta el punto de no saber por qué extraña razón tiene que venir el despertador a recordarme que hoy también trabajo, cuando lo que deseo es permanecer en el cálido negror del sueño nocturno, me doy cuenta de que luego, ya en pie (bueno, sentado, que para escribir en el teclado es más cómodo), no tengo ninguna gana de pensar. Pero ninguna, os lo confieso. Por eso hoy me voy a limitar a comentar la frase-cita que esta misma mañana ha introducido Proverbia.net en mi buzón; y, de alguna manera, me voy a comparar (las comparaciones son odiosas, y si te comparas con un grande, con un excelso, o con un extemporáneo tuyo, aparte de odiosas, las comparaciones son inoportunas o inadecuadas o ambas cosas) no con su autor, sino con el mensaje que transmite. Vamos a ello:

«A pesar de que ya soy mayor, sigo aprendiendo de mis discípulos» (Cicerón).

Hombre, enhorabuena, don Marco Tulio. En serio, le felicito. Tiene usted la decencia de reconocer que ya es mayor, algo que, en este loco mundo, cada vez es más difícil de encontrar: todo el mundo quiere parecer más joven, quitarse años está tan de moda como quitarse arrugas de la faz y acrecer la turgencia de pecho y nalgas; sé de casos, incluso, que cuentan su edad por una extraña combinación poco concreta de años y meses: «Tengo 36 años y unos cuantos meses», dicen, cuando el indefinido número de meses amenaza ya con igualar a su equivalente en años (36 x 12 = ¿?).

Y reconociendo que es mayor, no se arroga la suficiencia (lógico, la suficiencia es arrogancia más propia del joven que cree que por haber vivido un puñado de experiencias ya lo ha probado todo en la vida que del sereno hombre de preclara mente y justa palabra como usted), sino que admite que sigue aprendiendo, que sigue creciendo, que sigue, en definitiva, viviendo. Porque el que ya lo sabe todo, el que ya lo ha vivido todo, el que ya lo ha hecho todo, ¿qué le queda?

Lo que me da que pensar, don Marco Tulio, es que usted dice aprender de sus discípulos. Y yo me pregunto: de los que no son sus discípulos, por ejemplo, de los que son sus contrincantes, sus rivales, los pensadores cuyo discurso no transcurre paralelo al suyo, sino que diverge de él y lo contradice, ¿no aprende usted? Más aún: de aquellos que no están a su alrededor, cercano o lejano, para seguir su discurso, para aprender de usted, o para contradecirle, o para provocarle, es decir, de aquellas personas que están a su alrededor para facilitarle la vida, para servirle, para hacerle más grata su estancia en el mundo, para permitirle que no tenga que malgastar su tiempo en otra cosa que no sea discurrir, y le tienen a usted la comida preparada, el hogar dispuesto, el lecho acomodado, de todos esos anónimos y a la vez o quizá por eso magníficos seres humanos, ¿no aprende usted?

Me temo, mi querido don Marco Tulio, que se ha quedado usted corto. Porque, por ejemplo, si yo osara compararme con usted, a pesar de que ya voy comenzando a ser un poco mayor, porque ya no soy un crío, no podría aprender de nadie, porque, fíjese qué desgracia la mía, ¡no tengo discípulos! Y sin embargo, mi admirado don Marco Tulio, estoy convencido de que sigo aprendiendo, constantemente, día a día, de mis semejantes, de las personas que me rodean. Incluso de las horrendas gorgonas que Dios nuestro Señor, en su infinita misericordia, ha puesto en mi vida.

Y perdóneme, mi admirado don Marco Tulio, por atreverme a discrepar de usted, por atreverme a soltarle esta pequeña reprimenda. Acéptela, por favor, como una fraternal enseñanza de un aprendiz de discípulo suyo.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Todo comenzó en Galilea

Todo comenzó en Galilea. Esto es un título, el título de un libro. Un título muy significativo. «Todo» se refiere, valga la redundancia, a todo, a todo lo de verdad importa, a todo lo que tiene significado pleno, redondo, absoluto. Se refiere a la historia, al acontecimiento, al acúmulo de hechos, personas, acciones, escritos, que han surgido desde los comienzos; esos comienzos a los que se refiere el título. Esos comienzos que tuvieron un lugar: Galilea. Porque fue allí donde comenzó todo. Porque fue allí, en los márgenes del lago de Galilea, donde un loco, un soñador, inauguró una revolución del amor.
Todo comenzó en Galilea, segun el subtítulo, es el Diario de un peregrino a Tierra Santa. Yo creo que el subtítulo se queda corto, a juzgar, sobre todo, por lo que dice su autor, mejor, por lo que dijo su autor en la presentación del libro. No lo reproduzco aquí, pues su alocución es bastante extensa (si queréis leerla, casi íntegra, podéis hacerlo en http://blogs.periodistadigital.com/sanpablo.php/2009/03/11/p222753#more222753), pero sí quiero hacerme eco de las palabras, hermosas palabras, que nos dirigió.
Paco (el autor del libro: Francisco J. Castro Miramontes) nos habló del libro sin hablarnos del libro. Nos habló de Tierra Santa sin hablar de Tierra Santa. Nos habló de las gaviotas. Paco es franciscano, y se le nota. Como Francisco, es capaz de leer la vida de los animales en clave divina, de interpretarla y de mostrarnos esa vida para que nos reflejemos en ella. Nos habló de Dios, de Jesús, de Francisco de Asís, de la vida; de la vida, que es peregrinar, es buscar, es dialogar, es luchar, es caminar, es soñar... Es buscar el alimento allí donde se encuentra, es permanecer a flote pese al embate de las olas, es elevar el vuelo cuando sobreviene el peligro, es dominar la playa cuando está vacía, es mantener el vuelo contra el viento...
Todo comenzó en Galilea es el único libro de Paco, de los editados por San Pablo, que no he leído. Pero lo haré. Si los demás libros me han gustado, este también ha de contentarme, estoy convencido de ello. Porque sus libros son mucho más que libros, porque sus palabras salen espontáneas del corazón y tienen fuerza, la fuerza de la sencillez, y enganchan con el gancho de la verdad. Con razón ayer le llamaron, hasta ruborizarle, «el Francisco de Asís del siglo XXI».

viernes, 6 de marzo de 2009

Un pensamiento de Wallace Stevens

Buenos días, queridos amigos.

Hace frío, pero en mi despacho, a estas horas de madrugada en las que escribo (mi ordenador marca ahora mismo las ocho y tres minutos), estoy sudando. Un contraste que no sé a qué viene, pero que espero que, al menos, ayude a esbozar una leve sonrisa en vuestros labios. Además, pensad que es viernes, que, os guste o no vuestro trabajo, llega el merecido descanso hebdomadario (¡toma!), el tiempo de ocio. Y el ocio, y todo, hay que tomárselo bien; como viene, pero bien. De humor hablaremos, sí, del buen humor que en las grandes ciudades no siempre nos acompaña. Y lo haremos de la mano de un poeta estadounidense fallecido a mediados del siglo XX de cuya existencia, confieso mi ignorancia supina, no sabía nada hasta que he abierto el correo de Proverbia.net. Veamos qué nos aconseja la sabiduría poética de un norteamericano de los «años felices»:

«El buen humor es un deber que tenemos para con el prójimo» (Wallace Stevens).

Un deber, ahí es nada. Vamos, que uno se levanta con la carraca del despertador después de haber dormido mal y con dolor de espalda por las contracturas que te provocan las ocho horas diarias ratón en mano; tirita de frío mientras descubre que se ha acabado el café y se viste a oscuras a ver si así consigue reducir la próxima factura de la luz; sale a la calle y una ráfaga gélida le pone diversos humores corporales líquidos al borde de nariz y ojos; alcanza el kiosco justo a tiempo de descubrir que otra vez ha habido problemas con el reparto de prensa; entra en metro-sauna de Madrid y le dan un papelito anunciando una huelga porque la patronal, que es mala como la quina, no les paga más dinero ni les reduce las horas de trabajo, y, claro, no les queda otra que acudir de nuevo, como todos los años, a la p… huelga, ¡con la que está cayendo y la cantidad de gente que hay en paro!; atraviesa Madrid entre sudor, empujones y frenazos a siete tiempos; llega de nuevo a la oficina, como todos los días desde hace ya más de quince años, y se encuentra una pila de papeles enorme (y menos mal que algunos de ellos son palabra de Dios, que corrijo Biblias) y una nueva nota del jefe encima de la mesa, pidiendo “otra cosa”, ya no sabemos cuántas han sido en el último mes, “para ayer”… Y después de todo esto, ¿resulta que tengo el deber de tener buen humor para con el prójimo? ¡Amos, anda!, pensaría más de uno.

Pues precisamente, querido hermano, precisamente. Debes pensar, como Francisco, el de Asís, que si el sol que nos ilumina (o no), la cigarra, las aves, el lobo, la luna a la que el lobo aúlla, si todos estos son hermanos, y hemos de tratarlos con amor, como criaturas queridas por Dios que son, cuánto más lo hemos de hacer con nuestros hermanos, con nuestros prójimos. El buen humor, ciertamente (y he de aplicarme el cuento, que yo soy más bien de la vara del cardo o a lo sumo de la espina de la rosa, más que del copo del algodón o de la fragancia del nardo), es un deber. Un deber para con nuestros familiares, que tienen y merecen nuestro cariño y nuestro humor; un deber para con nuestros compañeros, que merecen un ambiente en el que se pueda trabajar en equipo con paz y espíritu positivo, creativo, productivo; un deber para con todos aquellos con quienes nos cruzamos. Y si alguno de ellos no nos muestra buen humor, debemos pensar, como otra poeta, mujer, norteamericana, cuyo nombre ahora mismo no recuerdo, que el quiosquero no puede ni debe decidir cómo ha de ser mi día.

El buen humor, pues, es un deber que tenemos, dice bien nuestro amigo Wallace. ¿Y qué es el buen humor? ¿Andar siempre sonriendo y diciéndole a todo el mundo que sea feliz? Puede. Pero yo lo veo más parecido a la bonhomía, esa «afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento» de la que nos habla la RAE y que, si no es una sonrisa, seguro que sí hace que el prójimo esboce una en su rostro o, lo que es más importante, en su alma.