viernes, 23 de enero de 2015

Sobre el buen humor en el cielo (con un pensamiento de Wallace Stevens)


¡Madre mía! Te puede cambiar la vida en medio minuto, qué digo en medio minuto, en una milésima de segundo, y quedarte de repente sin saber de dónde te viene el aire. Yo tenía previsto hablar del escándalo, de la actitud o el comportamiento escandaloso, de esa manera de hacer las cosas que puede ofender y ofende, que puede deseducar y deseduca, que puede tumbar y a veces tumba las más firmes convicciones. «Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños…, sería preferible... que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar». Tela. La de ocasiones en que me he librado de semejante castigo no por no escandalizar, sino porque nadie se ha atrevido a aplicarme ese castigo… Pero voy a aparcar el tema del escándalo, porque la actualidad, una actualidad cercana y privada, me ha cambiado la vida.

A través del guachap, esa denostada herramienta, y en un mensaje de grupo, de esos grupos que yo mismo a veces ataco con mi habitual desmesura, me ha llegado el siguiente mensaje (a mí y a todos los miembros del grupo, claro): «Los mejores amigos del mundo, para lo bueno y para lo no tanto; siento disgustaros, pero mi padre se ha muerto hace un ratito. Os pido que recéis por mi madre y no me digáis nada: lo sé. Voy de camino. Un beso fuerte».

Me vienen a la cabeza y al corazón tantas palabras, tantos sentimientos, tantas emociones… Se agolpan recuerdos propios, y también los momentos en que has conocido y tratado al recién fallecido. Me vienen, precisamente en momentos en que estoy especialmente sensiblón, las lágrimas fáciles, esas que saltan para ocultar otras más profundas que pugnan por salir pero que siempre acabo conteniendo… 

Soy de los que piensan que uno tiene, como mínimo, una misión en la vida: algunas de esas misiones se resumen torpemente en la clásica expresión que habla de «tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro». Crear una familia, ayudar a andar a una persona, educar a un hijo (o a varios), mejorar la vida de los demás con el fruto de tu trabajo, con tu esfuerzo, con tu sonrisa… Y de algún modo, cuando tu misión en la tierra se ha cumplido, o ha sido traspasada a otras manos más jóvenes, más hábiles o más indicadas para ello, llega el momento de asumir tu misión en el cielo. Porque también en el cielo, ese agradable lugar que ha sido visto como un jardín, un palacio, un bar incluso…, uno tiene que desarrollar una misión. Unos serán querubines, o ángeles tañedores de cítaras y pífanos, otros se dedicarán al seguimiento y la protección, a la custodia, vamos, de los «de abajo», otros, quizá, estén tras la barra del bar sirviendo espiritosos licores en copas con forma de tiara…

En estos momentos en los que tanto se habla de sentido del humor, de capacidad de reír sin ofender, de hacer el bien sonriendo, de libertad y respeto… resulta que fallece el padre de mi amiga, un hombre a quien he conocido, con quien he tratado, con quien he compartido risas y regañinas, con quien he cantado… Y me ha dado por pensar que quizá, por mucho que aquí nos duela, por mucho que a su mujer, a sus hijos y nietos, a sus hermanos y amigos, les duela, le ha llegado el momento de desarrollar su misión en el cielo. Porque es posible que haga falta, ahora, en el cielo, más sentido del humor, del sano. Y él, el padre de mi amiga, es una excelente aportación para mejorar el sentido del humor y pasar largos y buenos ratos con diversión libre y respetuosa. Comenzarán enseguida a multiplicarse las sonrisas en el cielo…

Dice el poeta americano Wallace Stevens (y con esto aporto la frase-cita) que «el buen humor es un deber que tenemos para con el prójimo». Tengo mis dudas. Desde luego, personas como el padre de mi amiga vivieron prodigando a los demás su buen humor. Pero no sé si en su caso era un deber autoimpuesto o más bien era algo de suyo natural… Me inclino más por la segunda opción.

Está claro que el buen humor, vivir con buen humor y extender el buen humor entre los demás, es algo que deberíamos hacer mucho más de lo que hacemos. Y que deberíamos tomar como modelo a aquellos que siempre tuvieron/tienen una sonrisa en la cara. Pero, ojo, una sonrisa cierta, no esa beatífica sonrisa panolística, ni esa huera sonrisa panholística (permítaseme el juego de palabras, que al final los panolis y los buenrollis es lo que tienen, una huera oquedad rellena de nada sin forma…). No, una sonrisa de hombre de bien. Y cabal.

 

viernes, 9 de enero de 2015

Un pensamiento de Gilbert Keith Chesterton


Madre mía, qué rápido corre el tiempo, qué prisa se dan el reloj y el calendario. Si hace nada escribía yo mi último “pensa”, o eso creía yo, y es del 5 de diciembre, ¡hace ya más de un mes! La de cosas que han pasado desde entonces: ha habido noticias buenas, o al menos aparentemente clasificables como tales, ha habido noticias trágicas, se han alternado los días de vacaciones con los de trabajo, he cumplido un año más de vida (de acumulación de experiencias, como me gusta decir), incluso ha nacido nada menos que Dios Nuestro Señor. 

En Navidad siempre me gusta recordar y destacar una frase del pregón, que dice que Jesús nace, “estando el universo en paz”. No estuvo el universo en paz el pasado miércoles, cuando los terroristas asesinaron a doce personas en un ataque contra un semanario satírico. Brutal. Salvaje. No hay palabras. Se ve en las imágenes que son personas sin alma y con sangre fría que rematan moribundos en el suelo de un tiro en la cabeza. De esos ha habido muchos en España, que mataban así, a sangre fría y sin ningún sentimiento humano en su despoblado interior. Estos de París lo hacen al modo islamista, que es terrorífico en lo que supone y en los métodos que emplean. Porque las decapitaciones que pintan los niños refugiados sirios cuando les dicen que visualicen sus miedos y los plasmen en un papel son para comentar aparte… Viendo los dibujos yo diría que no son decapitaciones, como nos vienen diciendo siempre en todas partes (y que es lo que hacían los franceses de la guillotina cuando empezaron matando marqueses y acabaron por cepillarse a todo fille de voisin), sino más bien degollaciones o degüellos. Matiz que no es semántica baladí, pues hay diferencia de intención en la saña y en la crueldad entre una y otra barbaridad.

Ayer me quedé helado. Y hubiera querido saber dibujar para haber hecho, yo también, mi viñeta de repulsa. Se me quedó en lágrimas ahogadas por la incredulidad de que estuviera pasando, de que pudiera pasar, de que volviera a pasar. El ser humano nunca aprende. Menos aún cuando el adjetivo que le acompaña no es «humano», sino «inhumano»…

Me resulta difícil, por no decir imposible, volver desde CharlieHebdo para plantear el tema que quería desarrollar hoy, la gratitud, con la ayuda de una frase-cita de Gilbert Keith Chesterton. Desde la realidad, cruda muchas veces, a lo deseable. Probemos:

«Siendo niños éramos agradecidos con los que nos llenaban los calcetines por Navidad. ¿Por qué no agradecíamos a Dios que llenara nuestros calcetines con nuestros pies?» (Gilbert Keith Chesterton).

 

Habla don Gilberto desde su experiencia, y por eso dice lo de los calcetines por Navidad. Esta es una tradición que, merced a la globalización, nos ha llegado. Pero en nuestra infancia lo que se llenaba de regalos no eran nuestros calcetines, sino el pie del árbol de Navidad, o el lugar en el que se situaba el belén en casa. Pero claro, lo de los calcetines viene bien para la idea del ilustre sabio.

Habla primero la frase-cita de la gratitud, de esa gratitud rápida y fácil que tiene que ver con la primera satisfacción: te han colmado de regalos y eso siempre es de agradecer. Además, recibir tantos regalos tiene detrás un montón de muestras de aprecio, de cariño, de amor. Y eso siempre es de agradecer. Desde luego, yo estoy embobado, boquiabierto e inmensamente agradecido por todo ello. Me sucede todas las navidades, y eso que ya no soy un crío…

Pero luego nos hace pensar don Gilberto en algo más: en agradecerle a Dios por llenar nuestros calcetines con nuestros pies. Esto es: nos hace pensar en que tenemos pies. Y es algo que tenemos que agradecer. Pensemos por un momento que no los tuviéramos. Gracias, Dios mío, por mis pies, por mis manos, por cada parte de mi cuerpo y por mi cuerpo entero. Pies para andar, para correr, para saltar, para sostenerme erguido, para empinarme o ponerme de cuclillas… Pies para jugar, para hacer deporte (bueno, yo no…), para pasear, para desplazarme…

Pies que entran dentro de unos calcetines. Al menos tenemos un par, quizá dos: uno para meter los pies, otro para colgarlo de la chimenea y que nos los llenen de regalos. Y muchos más pares. ¿Y no es de agradecer el hecho de tener calcetines con que abrigar los pies, y calcetines con que recibir los regalos?

Pero hay más. Llenar los calcetines con los pies es también tener los pies calientes, abrigados, protegidos, cuidados. Y si los pies están cuidados, siendo quizá la parte del cuerpo a la que menos caso hacemos, es fácil imaginar que el resto de nuestro cuerpo estará igualmente abrigado, protegido, cuidado. ¿Y no es eso de agradecer? Siempre.

Voy a dar un paso más (original juego de palabras que solo a mí se me ocurriría cuando de pies estamos hablando) y a atreverme a decir algo que don Gilberto no dice pero que estoy seguro que sí piensa o ha pensado alguna vez.

De alguna forma tener pies, tenerlos abrigados y cuidados es también sinónimo de tener los pies sobre el suelo. Vale que podemos estar tumbados en un sofá con los pies en alto, bien abrigaditos con unos calcetines de lana después de habernos hecho la pedicura y habernos dado cremita podológica. Sí, pero incluso así, tumbados a la bartola, podemos y debemos ser realistas. Lo que quiere decirnos don Gilberto es que más importante que los regalos que llenan nuestros calcetines en Navidad son nuestros pies que los llenan todos los días, pues son indicativo de que estamos vivos, de que nos valemos por nosotros mismos, de que tenemos medios con que desenvolvernos y cuidarnos. Y eso nos invita, debería exigirnos casi, a ser agradecidos. Con quienes nos llenan los calcetines de regalos, con Dios que nos ha dado la vida (y los pies), con todos los que nos brindan la oportunidad de tener los pies calzados, abrigados, cuidados…

Y ser agradecidos nos hace ser realistas. No hemos conseguido todas esas cosas que llenan nuestros calcetines nosotros solos, nos han sido dadas, como un regalo, por Dios, por nuestros padres, por nuestras familias, por nuestros amigos, por nuestra sociedad, por nuestra patria… 

Y si somos realistas, podremos también ser solidarios con quienes no tienen nuestras mismas oportunidades: con quienes no tienen pies, con quienes no tienen calcetines, con quienes no tienen nada…

Y si tenemos los pies en la tierra, también podremos combatir a los falsos utópicos que no tienen los pies en la tierra, sino en inalcanzables lugares etéreos, y que se dedican a matar y degollar.

Je suis Charlie!

Je suis Ahmed, que murió defendiendo el derecho de otros a opinar de diferente manera.