viernes, 9 de enero de 2015

Un pensamiento de Gilbert Keith Chesterton


Madre mía, qué rápido corre el tiempo, qué prisa se dan el reloj y el calendario. Si hace nada escribía yo mi último “pensa”, o eso creía yo, y es del 5 de diciembre, ¡hace ya más de un mes! La de cosas que han pasado desde entonces: ha habido noticias buenas, o al menos aparentemente clasificables como tales, ha habido noticias trágicas, se han alternado los días de vacaciones con los de trabajo, he cumplido un año más de vida (de acumulación de experiencias, como me gusta decir), incluso ha nacido nada menos que Dios Nuestro Señor. 

En Navidad siempre me gusta recordar y destacar una frase del pregón, que dice que Jesús nace, “estando el universo en paz”. No estuvo el universo en paz el pasado miércoles, cuando los terroristas asesinaron a doce personas en un ataque contra un semanario satírico. Brutal. Salvaje. No hay palabras. Se ve en las imágenes que son personas sin alma y con sangre fría que rematan moribundos en el suelo de un tiro en la cabeza. De esos ha habido muchos en España, que mataban así, a sangre fría y sin ningún sentimiento humano en su despoblado interior. Estos de París lo hacen al modo islamista, que es terrorífico en lo que supone y en los métodos que emplean. Porque las decapitaciones que pintan los niños refugiados sirios cuando les dicen que visualicen sus miedos y los plasmen en un papel son para comentar aparte… Viendo los dibujos yo diría que no son decapitaciones, como nos vienen diciendo siempre en todas partes (y que es lo que hacían los franceses de la guillotina cuando empezaron matando marqueses y acabaron por cepillarse a todo fille de voisin), sino más bien degollaciones o degüellos. Matiz que no es semántica baladí, pues hay diferencia de intención en la saña y en la crueldad entre una y otra barbaridad.

Ayer me quedé helado. Y hubiera querido saber dibujar para haber hecho, yo también, mi viñeta de repulsa. Se me quedó en lágrimas ahogadas por la incredulidad de que estuviera pasando, de que pudiera pasar, de que volviera a pasar. El ser humano nunca aprende. Menos aún cuando el adjetivo que le acompaña no es «humano», sino «inhumano»…

Me resulta difícil, por no decir imposible, volver desde CharlieHebdo para plantear el tema que quería desarrollar hoy, la gratitud, con la ayuda de una frase-cita de Gilbert Keith Chesterton. Desde la realidad, cruda muchas veces, a lo deseable. Probemos:

«Siendo niños éramos agradecidos con los que nos llenaban los calcetines por Navidad. ¿Por qué no agradecíamos a Dios que llenara nuestros calcetines con nuestros pies?» (Gilbert Keith Chesterton).

 

Habla don Gilberto desde su experiencia, y por eso dice lo de los calcetines por Navidad. Esta es una tradición que, merced a la globalización, nos ha llegado. Pero en nuestra infancia lo que se llenaba de regalos no eran nuestros calcetines, sino el pie del árbol de Navidad, o el lugar en el que se situaba el belén en casa. Pero claro, lo de los calcetines viene bien para la idea del ilustre sabio.

Habla primero la frase-cita de la gratitud, de esa gratitud rápida y fácil que tiene que ver con la primera satisfacción: te han colmado de regalos y eso siempre es de agradecer. Además, recibir tantos regalos tiene detrás un montón de muestras de aprecio, de cariño, de amor. Y eso siempre es de agradecer. Desde luego, yo estoy embobado, boquiabierto e inmensamente agradecido por todo ello. Me sucede todas las navidades, y eso que ya no soy un crío…

Pero luego nos hace pensar don Gilberto en algo más: en agradecerle a Dios por llenar nuestros calcetines con nuestros pies. Esto es: nos hace pensar en que tenemos pies. Y es algo que tenemos que agradecer. Pensemos por un momento que no los tuviéramos. Gracias, Dios mío, por mis pies, por mis manos, por cada parte de mi cuerpo y por mi cuerpo entero. Pies para andar, para correr, para saltar, para sostenerme erguido, para empinarme o ponerme de cuclillas… Pies para jugar, para hacer deporte (bueno, yo no…), para pasear, para desplazarme…

Pies que entran dentro de unos calcetines. Al menos tenemos un par, quizá dos: uno para meter los pies, otro para colgarlo de la chimenea y que nos los llenen de regalos. Y muchos más pares. ¿Y no es de agradecer el hecho de tener calcetines con que abrigar los pies, y calcetines con que recibir los regalos?

Pero hay más. Llenar los calcetines con los pies es también tener los pies calientes, abrigados, protegidos, cuidados. Y si los pies están cuidados, siendo quizá la parte del cuerpo a la que menos caso hacemos, es fácil imaginar que el resto de nuestro cuerpo estará igualmente abrigado, protegido, cuidado. ¿Y no es eso de agradecer? Siempre.

Voy a dar un paso más (original juego de palabras que solo a mí se me ocurriría cuando de pies estamos hablando) y a atreverme a decir algo que don Gilberto no dice pero que estoy seguro que sí piensa o ha pensado alguna vez.

De alguna forma tener pies, tenerlos abrigados y cuidados es también sinónimo de tener los pies sobre el suelo. Vale que podemos estar tumbados en un sofá con los pies en alto, bien abrigaditos con unos calcetines de lana después de habernos hecho la pedicura y habernos dado cremita podológica. Sí, pero incluso así, tumbados a la bartola, podemos y debemos ser realistas. Lo que quiere decirnos don Gilberto es que más importante que los regalos que llenan nuestros calcetines en Navidad son nuestros pies que los llenan todos los días, pues son indicativo de que estamos vivos, de que nos valemos por nosotros mismos, de que tenemos medios con que desenvolvernos y cuidarnos. Y eso nos invita, debería exigirnos casi, a ser agradecidos. Con quienes nos llenan los calcetines de regalos, con Dios que nos ha dado la vida (y los pies), con todos los que nos brindan la oportunidad de tener los pies calzados, abrigados, cuidados…

Y ser agradecidos nos hace ser realistas. No hemos conseguido todas esas cosas que llenan nuestros calcetines nosotros solos, nos han sido dadas, como un regalo, por Dios, por nuestros padres, por nuestras familias, por nuestros amigos, por nuestra sociedad, por nuestra patria… 

Y si somos realistas, podremos también ser solidarios con quienes no tienen nuestras mismas oportunidades: con quienes no tienen pies, con quienes no tienen calcetines, con quienes no tienen nada…

Y si tenemos los pies en la tierra, también podremos combatir a los falsos utópicos que no tienen los pies en la tierra, sino en inalcanzables lugares etéreos, y que se dedican a matar y degollar.

Je suis Charlie!

Je suis Ahmed, que murió defendiendo el derecho de otros a opinar de diferente manera.

 

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