viernes, 29 de octubre de 2010

Un pensamiento de Hodding Carter

Hola, corazones.

Morral o zurrón, talega o faltriquera, costal o cartera, macuto o bandolera, mochila o mariconera, lo cierto es que no es la primera vez que un hombre utiliza una bolsa o contenedor para portar sus pertenencias personales en sus desplazamientos cotidianos. Ahora se les llama «bolso de caballero», y poco a poco he acabado sucumbiendo al asunto. Aún no estoy muy seguro de ello, y me veo raro, y me siento extraño, como si llevara algo ajeno a mi ser, y pienso en mi fuero interno que todo el mundo me mira al cruzarse conmigo y se sonríe una vez ha pasado a mi lado. Me ha costado mucho decidirme, y ha contribuido a ello la prohibición facultativa de llevar nada en los bolsillos traseros del pantalón para preservar mi nervio ciático. Y he mirado muchos antes de decidirme: el modelo «aventurero en el Gobi» o «explorador en las riberas del Uele» no van mucho con mi personalidad urbana y acomodaticia; los modelos «extrafashion guay», «superdiseño megamolón» o «y qué más da si vivo en Chueca» no me hacen sentir cómodo ni seguro (y a mi economía menos); los modelos «bolsa de loneta para hacer footing» o «hago deporte hasta en sueños» no se ajustan a mi personalidad. Así que he tardado en decidirme, hasta que he encontrado uno, con forma y aspecto de mochila, barato, cómodo, no muy grande, urbano y no demasiado fronterizo. Ahora sólo me queda acostumbrarme a él. Me costará tiempo, pero, de momento, puedo contaros que ¡me he comprado un bolso! (¡Dios, qué mal suena, los adalides del buen gusto me van a acuchillar!, mi sobrina me va a aborrecer, voy a ser el hazmerrerír de…). Me da igual. ¡Ea!

Y vamos ya con la frase-cita que voy hoy con retraso sobre el minutaje previsto. (¡Bien, otro comentario corto!).

«Sólo dos legados duraderos podemos dejar a nuestros hijos: uno, raíces; otro, alas» (Hodding Carter).

Hasta hace medio minuto ignoraba quién era este periodista norteamericano del siglo XX con cuyo nombre no voy a jugar como acostumbro, que todo lo que se me ocurre suena pecaminoso y feo. Pero lo que dice en esta frase-cita me gusta, y lo comparto.

Como no tengo hijos, sólo sobrinos (once carnales, muchos segundos y un puñado de postizos, o hijos de amigos), no me corresponde a mí dejarles el legado de las raíces, ni el de las alas, pero sí puedo animarles, empuzarles, azuzarles, instigarles a reconocer las primeras y a poner en práctica las segundas.

Y a mi vez, considero y doy gracias por ello, que he recibido ambos legados en grado suficiente: tengo raíces, firmes y sólidas, en mi familia y en mi patria, y también en la fe que me ha sido donada por Dios, transmitida por mis padres y cultivada por mí mismo (no demasiado bien) y por mi entorno amical y social. Y tengo alas, independencia, libertad, voluntad, a pesar de mi carácter acomodaticio y perezoso, que me hace ser, por ejemplo, un paleto que casi nunca sale de Argüelles (menos mal que al menos es un barrio pijo).

No sé, como afirma mister Carter, si estos dos legados, importantísimos, sin duda, son los únicos que podemos dejar a nuestros hijos (y sobrinos). Más bien sí lo sé, y hay más, como la fe (que siempre, siempre, siempre, si es verdadera y auténtica, se afirma en sólidas raíces y confiere una auténtica libertad al espíritu), la justicia, la equidad…

viernes, 22 de octubre de 2010

Un pensamiento de Blaise Pascal

Hola, corazones.

Ya lo tengo dicho en mi Facebook: «De nuevo en la poesía mística enfrascado ando...», con esa especial y poética manera de desordenar o reubicar las palabras en su orden más sonoro y efectista. Y esa elevación me tiene como me tiene porque hallo lo que no hallo y duelo lo que no duele. Y ganas pocas ostento de comentar hoy la frase ni de darle al vil teclado más sustancia que la justa para terminar temprano.

Así que, ¡hale, al grano!

«Muy débil es la razón si no llega a comprender que hay muchas cosas que la sobrepasan» (Blaise Pascal).

¿Cualo, lo qué? ¿Cómo? Pero, ¿qué dice? Nontiendo niente, Blas Pascual. ¿Será entonces que mi razón es fuerte? Mira que lo dudo.

No me está invitando Blas a no preguntarme nada, a no indagar soluciones, a no buscar la verdad. No va por ahí la cita. Más bien –intuyo, colijo– lo que busca nuestro amigo es que dejemos pasar, cuando raciocinio y mente nos quieran aconsejar, a la duda, a la pregunta, a la fe y a la esperanza, al amor y a aquella frase que tantas veces decimos –y muchas con fundamento–: «No lo sé, pero así es».

¿Que no me entiendes? No lo sé, pero te quiero; no sé qué, ni sé por qué, pero hay cosas en ti que me elevan hasta el cielo y otras que al despespero me arrojan en un momento (pero el saldo es positivo).

[Dios mío, pero qué extraño que me encuentro esta mañana que a golpes de ritmo escribo y a saltos de mata pienso. Mejor me callo. Sobre todo, sobre todo, porque el trabajo me espera y esta vez me sobrepasa (como a la razón de Blas le pasa con muchas cosas)].

¡Hasta luego!

viernes, 15 de octubre de 2010

Un pensamiento de Will Durant

Hola, corazones.

¿Qué fue antes, la gallina o el huevo? ¿Qué fue antes, la contractura o la hernia? No, no es mi intención quejarme lastimeramente para levantar compasión en vuestros generosos y solidarios corazones. Simplemente, constato que ni hernia ni contracturas, ni siquiera espolones, son lo primero. Antes de eso viene una mala postura, un mal hábito. Eso es lo que dicen los profesionales del mundillo sanitario. Claro. Pero trabajar no es un mal hábito, sino sólo el resultado de una necesidad propia y una ajena (la propia, vivir, la ajena, pagarle al banco el préstamo que te dio para vivir donde vives). Y como de momento no voy a dejar de trabajar, y tampoco puedo hacer eso de “pare usted cada media hora y haga diez minutos de relajación muscular de cuello y espalda y cinco minutos de descanso visual” (¡lo que prolongaría una jornada de nueve horas semejante cantidad de paraditas!), pues tendré que apechugar. Total…

Aparte de esto, estoy feliz y pletórico. Mi sensación de vacaciones sigue estando vigente, pues aproximadamente cada dos fines de semana me voy uno fuera y el otro tengo algún evento señalado y extraordinario. La semana pasada fue una boda, esta, una experiencia familiar en Extremadura. No paro. Es como vivir la vida con prisa. «¿Con prisa?». «Sí, con prisa». «No es usted civilizado, entonces». «¿Cómo?, pero, ¿qué dice!, ¿quién es usted para decir tal cosa?». «Soy la frase-cita, caballero, y se lo repito»:

«Ningún hombre con prisa puede considerarse civilizado» (Will Durant).

Pues eso, que hay un escritor estadounidense, de los Estados Unidos de América del Norte al Sur de Canadá y al Norte de México, que responde al nombre de Will Durant y que piensa, dice o afirma que «ningún hombre con prisa puede considerarse civilizado». Yo tenía un profesor de inglés que traducía los nombres de pila: «James is my friend», decía, y traducía: «Santiago es mi amigo»; «Johnny is my friend, too», y traducía: «Juanito también es mi amigo». Siguiendo su ejemplo, podríamos decir que Guille Durante piensa que no se puede ser civilizado si se tiene prisa.

Le veo tantos matices a la frase-cita, que no sé por dónde empezar. Porque no es que yo tenga prisa siempre y para todo, pero suelo caminar bastante rápido, sobre todo si voy solo (cuando voy acompañado, tiendo a igualar mi paso al de mis compañeros de camino). Tampoco es que haya sido demasiado precoz en nada, es decir, que no me he dado ninguna prisa en tener primeras experiencias de ningún tipo, por ejemplo. De ningún tipo. Y aunque vaya corriendo a todas partes no tengo ningún afán por ser el primero, por batir récords o llegar antes que nadie a ninguna parte (eso es relativo, pero no voy a entrar ahorita en detallitos y minoridades). Siempre he pensado (aunque no siempre me aplico la máxima) que eso de «Vísteme despacio que tengo prisa» es una de las máximas o refranes más acertados que conozco, salvo por la cuestión, meramente anecdótica, de que me visto yo solito, con lo cual cada vez que digo la frase resulta que estoy hablando solo y entonces me puedo acusar a mí mismo de desquiciado mental y acabo discutiendo conmigo mismo y el tiempo que he ahorrado en vestirme despacio por tener prisa lo he perdido discutiendo conmigo y al final he llegado tarde, bueno, casi… ¡Uff!

El problema es que la prisa puede llevar consigo muchos acompañantes, y no todos contribuyen a ser civilizados, como dice Guille Durante. Prisa + precipitación, por ejemplo, normalmente da error, y los errores no son buenos (o sí, porque también nos enseñan…). ¡Qué lío! Prisa + atolondramiento, por ejemplo, es un auténtico despropósito que nos inciviliza.

Vivimos en la civilización de la prisa, todos nos movemos con prisa, queremos ahorrar tiempo y esfuerzos en nuestros desplazamientos, todo lo queremos ahora o «para ayer» (expresión esta que suena muchas veces en los centros de trabajo cuando te sueltan una carpeta llena de papeles a las tres de la tarde…), construimos vehículos más rápidos, acortamos distancias (bueno, también, pero quiero decir que modificamos casi a nuestro antojo la relación espaciotemporal entre dos puntos geográficos), corremos aquí, saltamos allá… (premio para quien adivine de dónde viene esto último).

Y sin embargo, necesitamos muchas veces ir despacio para poder comprobar efectos y consecuencias de cada acto, y no ya de cada acto, sino de cada conato, de cada experimento. Y afirmamos que «las cosas de palacio van despacio», porque «en palacio» no tienen prisa y nosotros somos unos impacientes. Podemos colegir de la afirmación de Guille Durante, entonces, que lo civilizado es «el palacio», ese lugar donde las cosas van despacio y donde no existe la prisa, ese lugar donde reina la paciencia? Mira, a ver si lo que nos está recomendando no es más que paciencia y tranquilidad. Y buen tino...

viernes, 8 de octubre de 2010

Un pensamiento de Mario Vargas Llosa

Hola, corazones.

Me gusta la gente que cuando recibe la noticia de que se le ha concedido un premio, muestra su alegría, su sorpresa y su satisfacción por partes iguales, sin ese extraño temor a que te critiquen, sin ese esnobismo de intelectual progre o simplemente rarito que ha motivado que muchos otros hayan aceptado el premio profiriendo previamente alguna grosera boutade. Olé, pues, por Mario Vargas Llosa, que exulta. Con los Nobel me suele ocurrir, además, que mis vírgenes oídos en el vasto territorio de la literatura mundial jamás hayan oído pronunciar el nombre del ganador (Hertas, Jelineks, Koetzees o como se llamen han sido para mí absolutamente ajenos), o que, incluso habiendo leído alguna excelente obra del premiado, su persona me caiga redonda, gorda o rematadamente mal (si digo sus nombres, alguno me crucificará, pero si son excelentes La colmena o La balsa de piedra, por ejemplo, no lo son tanto los gases de cuerpo y mente que en ocasiones sus autores han desprendido…). Vamos, que me alegro por Mario Vargas Llosa, que ya tiene calles en varias ciudades españolas, y me alegro por la tía Julia, por Pantaleón, por…
¿Y por qué no dedicarle a él nuestro pensamiento semanal? ¡Venga!

«Sólo un idiota puede ser totalmente feliz» (Mario Vargas Llosa).

Lo primero que piensa uno al leer esta afirmación es que don Mario se ha puesto muy drástico, melodramático, epigramático y ático (se me va la vena donmendiana, perdonadme). Pero mira que decir que sólo un idiota puede ser feliz, que la felicidad sólo corresponde o favorece con su toque de varita de hada mágica a los idiotas es algo muy drástico. ¡Alto, un momento! Don Mario no ha dicho eso. No puedes modificar su frase-cita a tu antojo, majo. Si eliminas una palabra, cambias el mensaje radicalmente. No es lo mismo decir que sólo un idiota puede ser feliz, lo que te lleva a un catastrofismo, a un nihilismo, a una filosofía de la absurdidad, que decir que sólo un idiota puede ser totalmente (en negrita) feliz. Ese totalmente es crucial.

Totalmente feliz. ¿Se puede ser totalmente feliz? ¿Sí? ¿No? ¿Depende? Veamos. Si yo me siento totalmente feliz, es porque en algún momento he sentido una felicidad menor, relativa, digamos, con la que comparar mi situación actual de felicidad, absoluta. Pero, ¿no habrá entonces una posible felicidad mayor aún que la presente, que considero ya total, absoluta? ¡Qué tristeza haber alcanzado ya esa felicidad total y/o absoluta! ¿Hacia qué meta dirigiré mis pasos si ya he alcanzado la felicidad absoluta? Entiendo la felicidad como un estado pasajero, efímero, no eterno, y cuantificable en la medida en que se puede comparar con otros estados en los que la felicidad es mayor, menor o diferente.

Está, además, la cuestión de si la felicidad que experimento, y que experimento como absoluta, lo es sólo para mí o ha de serlo también para las personas que están a mi alrededor, y de cuya felicidad, de una u otra manera, depende la mía. Porque, ¿se puede ser absolutamente feliz cuando a tu alrededor hay infelicidad a raudales, o simplemente un cúmulo de pequeñas felicidades relativas o no absolutas?

Quien piensa que es feliz absolutamente, totalmente feliz –entiendo yo que es lo que don Mario quiere decirnos–, es un idiota. Un idiota que no entiende la felicidad más que como algo relacionado consigo mismo, un idiota que no mide la felicidad más que desde su propia posición, su particular punto de vista y su limitado punto de observación. Un idiota que no es más que el que sólo se atiende a sí mismo, el Narciso, el egoísta, el idólatra, el egocentrista, el individualista, el yoísta…

Tiene razón don Mario: sólo un idiota puede ser totalmente feliz. Porque, además, la felicidad es un don, un bien, que crece cuando se comparte, y un idiota sólo mira por sí mismo, nunca pensaría en que tiene que compartir su felicidad, que es suya y le ha costado un huevo y parte del otro conseguir… No queridos, no seamos idiotas, y compartamos nuestras pequeñas o grandes felicidades, y pronto, muy pronto, nuestra felicidad crecerá.

Recibid todos besos, abrazos, sonrisas, muestras de cariño de esas que dejan el corazón y el alma [esa que Antonio Damasio llama una mera «ilusión cerebral»] henchidos de felicidad.

viernes, 1 de octubre de 2010

Un pensamiento de Gustave Le Bon

Hola, corazones.

Algo está cambiando en mi vida, lo presiento, lo intuyo, lo percibo en señales difusas que aún no se perfilan en el horizonte. Quizá estoy exagerando, pero, una vez comprobado que la supuesta crisis de los cuarenta no me ha afectado (quizá porque me afectó la de los veintiocho, crisis particular que me inventé yo solito), me ha dado por pensar, por prefigurar que estoy a las puertas de una nueva etapa de mi vida. Con lo perspicaz que soy, quizá estas señales que afirmo intuir no son más que el cambio de estación, la caída otoñal de las hojas y de los cabellos, qué sé yo. Y con lo lanzado que soy yo para todo (vamos, que menos la prudencia atesoro todas las cualidades y virtudes del estático e inmovilizado personaje anclado en sí mismo), quizá dentro de tres o cuatro lustros haya dado por fin inicio a esta etapa de transformaciones que, insisto, aún no sé muy bien en qué consiste y qué derroteros me hará seguir.

Por eso la frase-cita que me he encontrado esta mañana en mi bandeja de entrada del correo electrónico de Yahoo, y que responde al envío diario de Proverbia.net, me viene como anillo al dedo o como gargantilla a la gola:

«Retroceder ante el peligro da por resultado cierto aumentarlo» (Gustave Le Bon).

¿Pues no me está diciendo Gustavo el Bueno que es un acto de cobardía retroceder ante el peligro, porque eso hace que el peligro aumente? Saben los estrategas militares que en ocasiones un retroceso es imprescindible, importante, crucial casi para acabar obteniendo la victoria sobre el enemigo, y es del enemigo de quien suele derivar o proceder el peligro (ah, ¿sí?).

Según y como, me parece a mí. Porque peligros hay muchos. Por ejemplo, retroceder ante un nutrido grupo de compañeros de trabajo disfrazados de siglas y dispuestos a llamarte de todo menos bonito porque quieres entrar a trabajar (no, tranquilos, a mí no me pasa eso, nadie en el convento organiza piquetes), puede no aumentar el peligro. Al menos el peligro directo, el peligro de que te arreen, te escupan, o te insulten. Hay peligros más diferidos, como el peligro de que dejen de hablar contigo (mira, igual eso no es tan malo, total...), o el peligro de que, como les has cedido tus derechos, saben que cada vez que te presionen y amedrenten obtendrán de ti lo que desean. Vale, Gustavo, tomo nota, no retrocederé ante el peligro que supone la coacción.

Por ejemplo, está el peligro de que te lleve un coche por delante si te obstinas en cruzar la calle. Están los semáforos y los pasos de cebra, diréis. Claro, contesto, lo sé. Son esos palitos con luces rojas y verdes que sirven para que los coches aceleren y esas rayitas pintadas en el suelo que suelen indicar que ese es el mejor sitio para que los pobrecitos que llevan mucho tiempo dando vueltas para aparcar su coche lo dejen, por fin, ante la impotencia de un joven con espina bífida que se mueve en silla de ruedas. Con la prudencia debida, respetando las normas que indican las lucecitas, las señales verticales y el código de la circulación, ese libro que te estudias cuando te sacas el carnet de conducir y con el que luego te haces un rollo de papel higiénico o en su defecto unos porritos, respetando todo eso, repito, no veo peligro por ningún lado. ¿Me he ido de tema a uno de mis estándares? Quizá sí. Retomo.

Está el peligro de que el rottweiler de tu vecino, ese que te mira con cara de malas pulgas porque pones la radio en tu casa y acaricia tu nombre en el buzón con un estilete afilado, anime al animalito (cacofónico estoy) a ofrecerte uno de sus saludos o a desayunarse con tu nalga izquierda. Retroceder ante el perro del vecino, por ejemplo, ¿hace que el peligro aumente? Yo no me arriesgaría a moverme, pero tampoco me quedaría quieto.

Quiero decir con esto, amigo Gustavo el Bueno, que lo de retroceder o no ante el peligro depende del peligro en cuestión al que nos enfrentemos, de las posibilidades de refugio, defensa y ataque que tengamos, de nuestras capacidades y habilidades…

Aun así, y mira que soy cobarde, creo que algo de razón llevas: si no haces frente al peligro, a ningún peligro, por nimio que este sea, acabarás por inmovilizarte y por no vivir la vida. Así que, a mí me digo, ánimo y adelante.