jueves, 30 de abril de 2009

Un pensamiento de Paulo Coelho

Buenos días, queridos amigos.

Se acerca el fin de semana puente festivo del Trabajo en la Comunidad de Madrid por san Atanasio y san José Obrero y no estoy dispuesto a amargar tan dulce momento con reflexiones sesudas, antipáticas filípicas o filosóficas regañinas. Así que he tomado del florilegio de Proverbia.net una frase-cita de esas de buenrollismo cuasijipi, de autoayuda ecológica, de positividad risueña. O no, quién sabe. Veamos:

«Cuando todos los días resultan iguales es porque el hombre ha dejado de percibir las cosas buenas que surgen en su vida cada vez que el sol cruza el cielo» (Paulo Coelho).

Pues no lo sé, don Paulo, no lo sé. Para mí, Deo gratias, laus Deo, los días no son iguales. Y mira que me empeño en que lo sean, que todos los días repito una rutina recurrente, hasta en los detalles más insignificantes, como qué saco primero de la nevera, el zumo o la leche, desde que suena el despertador hasta que retorno a mi acogedor lecho unocerocinco unipersonal.

Cada día busco algo diferente en cada encuentro, en cada conversación, en cada momento del día (bueno, este es el ideal, claro, pero resulta un poco agotador, de ahí la rutina y la mecanización de los actos, para favorecer y liberar la conciencia y el intelecto, si los hubiere, y permitirles estar atentos a la diferencia, a la novedad, a la exclusividad del momento). Cierto es que el trabajo que realizo me ayuda muchísimo en esa tarea: ora leo, ora escribo, ora investigo, ora releo, ora maqueto, ora oro; que si una novela, que ahora un cuento infantil, después un tocho de teología, luego una biografía o un ensayo espiritual; últimamente ando entretenido con un diccionario relacionado con la salud y la pastoral, muy interesante y muy complejo a la vez. Efectivamente, todo esto que digo me ayuda, y mucho, a no caer en lo que denuncia el señor Coelho (no, no es el pintor de la calle de las antigüedades, no).

Si hubiera de ponerme puntilloso con el señor Coelho, cuyas frase-citas, así, sueltas, me rellenan amablemente muchos huecos en mis agendas, pero cuyo tono buenrollista benéfico autoayudante no me mola demasiado, que yo soy más de la cuerda místico-ascética castellana, le diría que los momentos o las cosas buenas en la vida acontecen no sólo cuando el sol cruza el cielo, sino también cuando, entregado Lorenzo a los brazos amorosos de Morfeo, es la hermosa Catalina quien, diáfana u oculta, atraviesa el firmamento. Porque de noche también pasan cosas. Incluso cuando estás en la cama, solo, a punto de dormirte, repasando la jornada, pues esas cosas buenas que te han pasado reviven para ayudarte a conciliar el sueño y a dar, entre bostezos y sonrisas, gracias a Dios porque la vida es bella, porque la vida es buena o, en el peor de los casos, porque la vida es vida.

Que tengáis un feliz puente de mayo. Y que os acompañe en vuestro caminar santa María (ven).

viernes, 24 de abril de 2009

Un pensamiento de Arthur Schopenhauer

Buenos días, queridos amigos.

La semana ha sido intensa, amén de tensa. La crispación ha estado rondándome a diario, mañana, tarde y, sobre todo, noche en forma de contracturas, carencia de relajación muscular (¿pero, de verdad tengo músculos?, no sabía) y dificultad de conciliar el sueño. Factores varios han hecho posible tal convergencia de calamidades sobre mi cuello. El menos importante, quizá, es el que va a dar pie a la reflexión de hoy, debido a que ha sido recurrente hasta alcanzar un elevado grado de pesor. Me explico: veo poco la televisión, pero cuando lo hago, aunque no quiera, aparece cierto personaje femenino, con cara de arenque ahumado pasado de fecha y un carácter que nunca ha conocido virtud alguna, lanzando burdeces por su orificio bucal. Y mi pregunta siempre ha sido: ¿qué tiene esta tipa para salir a todas horas, todos los días, en todos los programas y revistas de zafiedad (antes sociedad)? Una respuesta podría ser «dinero y desvergüenza», y quizá esa sea la respuesta que me ha hecho elegir hoy esta frase-cita, para reflexionar no sobre la inelegante doña, sino sobre la envidia y el aburrimiento en general. Vamos a ello:

«La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren» (Arthur Schopenhauer).

Supongo que pocos habréis dejado de adivinar quién pueda ser ese dechado de grosería indiscreta, pero no pienso decir su nombre, no vaya a ser. Porque además, repito, mi reflexión no versa sobre ella, sino que la toma sólo como punto de partida para justificar la elección de esta afirmación schopenhaueriana.

Porque don Arthur dice aquí algo que me parece tristemente verdadero. La envidia, según él, es hija de la sensación de desdicha de las personas (ojo, de la sensación, no de la verdadera desdicha) y del afán de compararse con el resto. Ambos padres (la sensación de desdicha y el afán de comparación) sólo pueden dar como fruto la envidia. Y si, además de sentir envidia, sienten tedio, muestran interés por ver qué cosas hacen o dejan de hacer los demás. Y comienzan los comentarios sobre con quién sale fulanito, qué bragas lleva menganita, si zutanito es gay o si a polaina le gustan más las salchichas que a perengano los donuts. Y si encima andan por ahí cerca los medios (ay, los medios, esos malvados que tienen la culpa de todo), apaga y vámonos. La fórmula es más o menos esta: envidia + aburrimiento + medios = elevado índice de audiencia.

Puede que don Arturo tenga razón, claro, y que la envidia sea un indicativo de la desdicha o infelicidad de las personas, y que el aburrimiento lo sea del interés insano por los demás. Lo que no entiendo es cómo puede haber nadie en el mundo capaz de sentir envidia de ese soez arenque ahumado, y mucho menos interesarse por sus insustanciales incidencias vitales, o de sentirse en inferioridad al compararse con su prestancia personal; lo único que puede provocar, quizá, sea aburrimiento. O risa. ¡Claro! Y quizá sea por eso, porque mueve a risa, y no a envidia o a interés, por lo que sube la audiencia.

Vaya, yo no quería hablar de ella, pero es que llevo toda la semana viéndola en todas partes. Menos mal que cuando sueño tengo otras referencias más placenteras, o que mi cerebro no me permite rescatar tales pesadillas a mi mundo consciente, no sé.

viernes, 17 de abril de 2009

Un pensamiento de Aristóteles

Buenos días, queridos amigos.

No tengo hoy demasiadas ganas de pensar, espero que sepáis perdonarme. Así que me he enganchado al envío diario de Proverbia.net y he agarrado la primera frase que he visto, que responde a la categoría de «sueños» (un día hablaremos de cómo en Proverbia.net clasifican las frases según temas y categorías de una forma que a veces me resulta aleatoria: «Dios te lo pague», un suponer, lo clasificarían en «Dios», lógicamente, pero tampoco sería nada raro que apareciera en «paga», «sueldo», o «retribución»). Y aunque la frase-cita no habla más que de un tipo de sueños, y yo estoy ahora más cerca de las pesadillas o del insomnio que del onírico placer o de la eternidad de la ensoñación, he apuntado la frase, a ver qué sacamos de ella.

«Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo» (Aristóteles).

Ya digo que no tengo muchas ganas de pensar. Y para quien no desea pensar demasiado, Aristóteles es bastante útil, pues lo deja todo muy clarito. Para muestra, este botón. «La victoria más dura es la victoria sobre uno mismo» es una afirmación que, por mi parte, no admite discusión posible. Los seguidores de las tiras de Mafalda, concretamente los admiradores de Susanita, lo sabemos bien: cuando se trata de vencer la ignorancia, el pobre Manolito tiene las de perder porque tiene el enemigo sobre la cabeza, como afirma su inimicísima amiga coleccionista de lágrimas (me enamoré de ella cuando descubrí, entre su colección de disgustos embotellados, un bote etiquetado con la fecha de mi nacimiento).

Vuelvo a Aristóteles, que me voy por las ramas como una ardilla voladora. Aceptado que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo, está por demostrar si de las victorias sobre uno mismo la más dura es la que se logra cuando se conquistan los deseos, o las hay aún más duras. Entraríamos, por ejemplo, en el campo de la práctica ascética si afirmáramos que más duro aún que conquistar tus deseos (parece que Aristóteles, o Proverbia.net, no sé bien, equipara los deseos con los sueños) es vencer tus pasiones, controlar tus vicios, dominar tus impulsos. Entraríamos, en términos laicos, en la práctica del autocontrol de las emociones. Y, sinceramente, creo que es más duro, pero mucho más, vencer tus propios instintos, tus propios vicios, tus propios defectos, que lograr tus sueños, que son algo que, por muy dentro, por muy íntimos a uno que sean, siempre están más fuera de uno que la lascivia, la gula, la lujuria, los celos, la envidia, la soberbia (siga usted mismo la enumeración).

Más difícil que conquistar los sueños, entendidos como deseos, es vencer los sueños, máxime si esos son ensoñaciones engañosas (valga espejismos) o alucinaciones inhibidoras de la paz interior y de la salud física (valga pesadillas). Creo que estaremos de acuerdo en que si la persona capaz de conquistar sus deseos es más valiente que la que logra vencer a sus enemigos, más valientes aún son aquellas que logran vencer a sus enemigos internos, es decir, sus pasiones, vicios y defectos, y sus sueños asfixiantes (espejismos, pesadillas, obsesiones, bloqueos mentales…).

Esa es la verdadera persona valiente. Esa es la persona que deseo ser, y la que deseo ver a mi alrededor. Y si no puedo hacerlo yo solo, espero y deseo que me ayuden en mi batalla, igual que espero poder ayudar en su particular batalla a quien me lo pida o incluso a quien vea que me necesita.

lunes, 6 de abril de 2009

Un poema de Martin Luther King

Un buen amigo me envió este poema para completar la frase-cita incompleta del viernes pasado. Agradecido le quedo.

«Dios es poderoso.
¿Hay alguien entre nosotros que vaya caminando
al atardecer de su vida y tema la muerte?
¿Por qué ese temor?
Dios es poderoso.
¿Hay alguien entre nosotros
que esté desesperado
por la muerte de un ser querido?
¿Por qué desesperar?

Que venga lo que quiera.
Dios es poderoso.

Aunque nuestros días sean oscuros,
y nuestras noches más tenebrosas
que mil medianoches,
queremos pensar siempre en que
en el mundo hay una gran fuerza
que bendice y que se llama Dios.

Dios puede abrir caminos de un callejón sin salida.
Quiero transformar el ayer oscuro
en un claro mañana;
en la mañana luminosa de la eternidad».

viernes, 3 de abril de 2009

Un pensamiento de Martin Luther King

Buenos días, queridos amigos.

En previsión de que la semana que viene no pueda hacer mi envío semanal de las elucubraciones mentales psicóticas a las que os tengo sólitamente acostumbrados, esta semana la frase-cita está tomada no de los envíos de Proverbia.net, ni del azahar, sino de la maravillosa agenda que edita año tras año San Pablo (¿quién hará edición tan magnífica?), concretamente del Sábado Santo, 11 de abril en este 2009. Y dice así:

«Dios puede abrir caminos en un callejón sin salida…, transformar lo oscuro en una luminosa mañana de eternidad» (Martin Luther King).

Antes de comenzar, quiero advertir que no sé qué suprimen de la frase los puntos suspensivos, pues allí donde la encontré, seguramente en el año 2007, así venía, interrumpida en su desarrollo para dar, sin embargo, una continuidad a la principal línea argumental.

Dice mister King, y dice bien, que Dios abre caminos en un callejón sin salida, es decir, allí donde no los hay, o donde uno que no mira con Dios y como Dios no los ve. Dice también que Dios transforma lo oscuro en una luminosa mañana de eternidad, sobre todo, insisto, para quien es capaz de mirar la oscuridad con Dios y como Dios. Pero no sólo.

En un callejón sin salida puede haber puertas que en un primer vistazo no hayamos visto, verjas deterioradas, con algún pequeño boquete, grietas en los muros…, y también una entrada, que es por donde hemos accedido a ese callejón sin salida. Y a veces, aunque siempre es muy difícil, casi imposible, volver sobre nuestros pasos, sobre todo si lo hacemos solos, sí cabe la posibilidad de que, dejándonos ayudar por Dios, mirando con Dios y como Dios, podamos hacerlo: volver sobre nuestros pasos, deshacer el camino hecho (ojo, no borrarlo de nuestra vida: lo que hemos hecho siempre estará allí, como una experiencia, pero no contará en un expediente final) y seguir el camino nuevo; o atravesar esa puerta, ese boquete en la verja, esa grieta en el muro que antes no habíamos visto.

En los momentos en los que todo está oscuro, todo lo vemos negro, en los momentos en los que pareciera que estuviéramos en un sepulcro sellado, a oscuras, sin aire, sin solución, sólo Dios puede hacer –y no vale preguntar cómo: si hay recetas de cocina y trucos de magia que no se pueden transmitir, mucho menos esto, que Dios es más que todo eso– que la oscuridad se transforme en luz, en luminosa mañana eterna.

Que, como en todos los procesos naturales, de la muerte se pasa a la vida, del invierno a la primavera, de la semilla enterrada al brote tierno. Todos los años lo vemos. Como también vemos, año tras año, que el camino de la vida es un camino en el que hay callejones sin salida (subidas sin retorno y vuelta atrás a Jerusalén), en los que se abren nuevos caminos, hay oscuridades (¿qué más oscuro que la muerte y un sepulcro cerrado?) que se convierten en luminosas mañanas de eternidad. El problema es que, cuando nuestros pasos o las circunstancias nos colocan no ya ante un callejón sin salida, sino simplemente junto a la esquina previa, cuando empezamos a ver que los acontecimientos de nuestra vida tienen menos luz, comienzan a oscurecer, no nos creemos o no nos acordamos de quién abre caminos, de quién habla con palabras certeras (quizá aquí estaban los puntos suspensivos de la frase-cita: camino, verdad y vida) de quién transforma la muerte en vida.

Que tengáis, allí donde estéis, una Semana Santa fructífera, que os aporte aquello que buscáis, tanto en lo físico, en lo corpóreo, en lo material, como en lo espiritual.