viernes, 27 de enero de 2012

Un pensamiento de Gandhi

Hola, corazones.

Que salgan a la calle procesiones con el santo de turno sobre las andas, rodeado de bellísimas mujeres de mantilla, tacón y luto; que bailen en corrillo, alrededor del fuego purificador, los más propensos al tribalismo, los más cercanos al indigenismo o a las culturas que cultivan el apego a la tierra madre mediante el descalcismo y el melenudismo; que eleven a los cielos sus brazos y sus ojos los espíritus cuyas mentes andan siempre entre las nubes; que entonen científicos y meteorólogos explicaciones salmodiadas sobre precipitaciones y nevadas; que corran los críos por las calles desafiando al frío y al infernal tráfico cantando a todas horas a la vieja de la cueva. ¡Que llueva, por Dios! Que me duele la garganta.

No es que sea esta la única razón por la que imploro la lluvia, pero es que desde que erradiqué a cañonazos antibióticos mi persistente gripocatarro, mi garganta ruge en intervalos rigurosamente exactos y sólo se aplaca con pastillas de chupar y sorbos de agua, tanta que peligra mi cervecerismo y amaga mi cuerpo con caer en peligrosas potomanías. ¡Que llueva, por Dios!, que me duele la garganta y tengo a san Blas aburrido de tanta plegaria, y ahora que llega su fiesta su secretaria no da abasto de tanta petición a la que hacer oídos oyentes (¿cómo llamar si no a lo opuesto a los oídos sordos?).

En fin, vamos con la frase-cita, que se me acaba el tiempo entre ajés y cofs. Hoy la tomo de las excelsérrimas, primorosas y elegantes Agendas San Pablo; concretamente es la frase-cita correspondiente a hoy mismo: 27 de enero de 2012, y dice así:

«Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena» (Gandhi).

Frase-cita que –intuyo– el inteligentísimo editor de las agendas seleccionó para acompañar este día porque hoy el día está dedicado al recuerdo de las víctimas del holocausto. Lo sé porque lo dice la agenda, y porque el periódico dedica una interesante página a esta conmemoración, contando el caso de un prodigioso niño que murió a los dieciséis años después de haber dejado varias novelas, poesías y cientos de dibujos, todo ello de una gran calidad artística y de una expcepcional sensibilidad. Siempre hay historias que recordar, que conocer, que rememorar, pues cada persona es un mundo, y sólo en Auschwitz fueron masacrados muchos mundos.

Y en relación con el holocausto, la frase-cita de Gandhi ya tiene mucha miga, mucho que decir y que recordar. Nos recuerda que no debemos callar ante la maldad, ante la injusticia, ante el horror y la atrocidad. Pensaremos, claro, que es muy difícil ponerse a denunciar algo así, pues antes de abrir la boca ya te habrían incorporado al número de víctimas. Que el silencio de la gente buena, el no querer saber, el no querer decir nada, obedeció a su propia necesidad de supervivencia.

Pero a eso no se llegó de la noche a la mañana. Hay un camino previo, un camino en el que hay, también, muchos silencios de gente buena ante muchas maldades de gente mala. Maldades pequeñitas, chiquitinas, minúsculas. Maldades ante las que casi sonreímos porque nosotros mismos podríamos llegar a cometerlas en alguna ocasión, porque las disculpamos pensando que son bobadas, que nuestro tiempo no merece ser desperdiciado por nimiedades semejantes, porque no queremos meternos en líos que nos compliquen la vida y que nadie nos va a agradecer.

Pero resulta que si te callas cuando alguien se mea en la puerta de un portal, cuando alguien pone los pies en el asiento del autobús, cuando alguien se ríe de una persona sólo porque no le gusta su apariencia, cuando alguien pega una patada a una papelera o hace una bonita obra de arte urbano estampando un nombre con rotulador en la fachada de un edificio del siglo XVI, si te callas cuando ves una pequeña maldad de ese tipo, estás cediéndole terreno a la propia maldad, estás acobardándote y amilanándote, estás permitiendo que la maldad se crezca y a la mañana siguiente vete tú a saber qué te callarás para tratar de vivir en paz, hacia qué lado desviarás la mirada para no ver la maldad o la atrocidad de turno...

Y nos callamos tantas veces ante tantas cosas... Deberíamos hacer más caso a Gandhi y señalar con el dedo lo que está mal, reconvenir los comportamientos inadecuados, salir de nuestra propia y egoísta comodidad y decirle al chulito de turno que deje de comportarse como un potencial criminal nazi.

Pero a ver quién es el guapo que lo hace. Aunque sepa que tiene que hacerlo...

martes, 24 de enero de 2012

Oración del periodista

[24 de enero, san Francisco de Sales,
patrón de los periodistas]


Señor Jesucristo, por mediación de María,
haz que seamos transmisores de la verdad,
libres y defensores de la libertad,
independientes e imparciales,
promotores del bien común y la concordia,
voceros de los valores espirituales,
veraces, ecuánimes y honrados,
impulsores de la paz y la justicia,
portavoces de los marginados,
leales a nuestra conciencia.

Ayúdanos a defender la paz y la convivencia,
a respetar la dignidad de las personas,
a mantener nuestra integridad profesional,
a rectificar nuestros errores.

Líbranos de la ligereza y de la frivolidad,
de la adulación al poder y del servilismo,
del sensacionalismo y de la prepotencia,
de los prejuicios y de la agresividad.

Haz que seamos sencillos portadores
de la verdad que conduce a ti, Señor Jesús.
Amén.

viernes, 20 de enero de 2012

Un pensamiento de Edward Roscoe Murrow

Hola, corazones.

Pensaba yo hablar sobre la madurez, que llevo todo el mes de enero madurando. Ser un capricornio de primeros de año es lo que tiene, que de regalo de reyes anticipado te caen unas cuantas felicitaciones y muchos parabienes; y a esto se suma que también fue enero el mes en el que firmé con la empresa que me hace vivir los votos (dos al menos: obediencia contractual y pobreza salarial, de la castidad mejor no hablamos...), y que este año he alcanzado la mayoría de edad (18) y, como dice una amiga, ya puedo corregir textos «para adultos».

Pero hete aquí que las ideas preconcebidas pueden trocar cuando, por ejemplo, te plantean una interesante cuestión sobre la dificultad. Véase:

«La dificultad es una excusa que la historia nunca acepta» (Edward Roscoe Murrow).

Confieso que yo a este señorín no le conocía de nada, pero, casualidades de la vida, resulta que se trata de un comentarista y reportero estadounidense, esto es, de un periodista, y como yo también lo soy y en este mes de celebraciones llega pronto la de san Francisco de Sales, fiesta patronal de los periodistas, pues como que miel sobre hojuelas (me encantan estas expresiones que suenan como de otra época, como de novela de Enyd Blyton).

La cosa es que este intrépido reportero, este sagaz comentarista, este profesional de la palabra, nos plantea una reflexión sobre la dificultad: «La dificultad es una excusa que la historia nunca acepta». Lo primero que me ha venido a la cabeza es la innumerable cantidad de ocasiones en las que aducimos que algo es difícil, o simplemente desistimos de algo, cejamos en el empeño (otra) porque nos resulta muy difícil. Veces en las que optamos por decir «¡No puedo!» y en las que casi siempre aparece un elemento oscuro: el mal humor, ese resquemor hijo de la frustración, del ridículo, de la vergüenza, de la falsa impotencia...

Pero a continuación me he dado cuenta de que también hay infinidad de ocasiones en las que las dificultades, en lugar de dejarnos hechos unos zorros, tirados en el suelo sin saber qué hacer, nos han llevado a desarrollar técnicas, habilidades, objetos, artimañas, etc., para acabar haciendo lo que deseábamos. Me vuelve a la cabeza aquella tarjeta, famosísima, que a mí me envió siendo aún preadolescente una tía abuela mía, religiosa, que siempre me tuvo especial cariño. La tarjeta mostraba a un guapo niño rubio vestido con una camiseta de rayas que miraba con mucha concentración los cordones de sus zapatillas, mientras un texto amarillo flotaba sobre su cabeza diciendo: «No se puede pactar con las dificultades: o las vencemos o nos vencen».

Y pienso en todo esos sesudos inventores, investigadores, científicos, artistas, literatos, etc., que no se permitieron a sí mismos decir «¡No puedo!», o «¡Es muy difícil!», que no pusieron cara de puchero ni sacudieron la cabeza con tozudez de izquierda a derecha y vicerversa, sino que probaron otra vez, y otra, y otra, hasta dar con el artilugio, con la fórmula, con la vacuna, con la obra, con el verso por el que, finalmente, se les recuerda y honra como propulsores de la humanidad.

«La dificultad es una excusa que la historia nunca acepta». Es cierto, admirado aunque recién conocido colega. Pero más cierto es que la dificultad es una excusa que uno mismo, la propia dignidad, el ser más íntimo, nunca acepta. Como excusa. Porque uno no se puede poner a sí mismo excusas si desea respetarse a sí mismo. Lo que no quiere decir que no pueda reconocer la dificultad, incluso la incapacidad de llevar a cabo alguna acción. Pero tener limitaciones, y reconocerlas objetivamente no es lo mismo que ponerse excusas. Por eso la dificultad no puede ser nunca una excusa, no debe aceptarse nunca como una excusa. La historia no lo hace, como bien dice nuestro reportero; nosotros no debemos hacerlo, digo yo, esta especie de gurú de pacotilla del pensamiento simplón.

Continuemos, pues, la jornada, mirando de frente a las dificultades que nos encontremos, analizándolas, asumiéndolas como retos y no como excusas. ¡A por ello!

miércoles, 18 de enero de 2012

Sorpresa de mousse de chocolate, crema de queso y chantilly de fresas

Hace una eternidad que no cuelgo una receta en el blog, pero creo que esta merece la pena. Se me ocurrió hacerlo como postre para la cena de Nochevieja y gustó mucho. Lo que lamento es no haberle hecho una foto. Las cantidades no están perfectamente ajustadas, pero tal como se indican permiten preparar unos ocho cuencos hasta agotar el chocolate, y el chantilly de fresas restante también está buenísimo solo.

Ingredientes

Para la crema de queso: 1 bote de 500 gr de queso fresco natural «Vrai» o similar; azúcar al gusto (depende de lo dulce que se quiera la crema resultante; dos o tres cucharadas soperas bastan).

Para la mousse de chocolate: 6 barritas (150 gramos) de chocolate negro Nestlé postres; 75 gr de mantequilla; 2 huevos; 1 brik pequeño (200 ml) de nata para montar.

Para el chantilly de fresas: 750 gr de fresas; 2 claras batidas a punto de nieve; 1 brik pequeño (200 ml) de nata para montar; azúcar al gusto; 1 chorrito de leche.

Para la presentación: coco rallado, ralladura de limón, cacao en polvo...

Elaboración

1. Verter el queso fresco en un bol y mezclar con el azúcar con una batidora de varillas hasta obtener una crema suave. Reservar.

2. Batir las fresas con un poco de leche y colarlas para obtener una crema de textura uniforme. Montar la nata con un poco de azúcar y mezclar con la crema de fresas. Montar las claras a punto de nieve y añadir a la mezcla anterior. Reservar.

3. Fundir el chocolate con la mantequilla y mezclarlo bien. Añadir y mezclar uno a uno el resto de los ingredientes: primero, las dos yemas de huevo, luego la nata montada y por último las claras a punto de nieve. Debe quedar una textura esponjosa.

Presentación

En un cuenco de cristal (una opción diferente es una tulipa de galleta, y puede quedar riquísimo, pero el cristal permite ver las capas de colores del postre), poner dos o tres cucharadas de la crema de queso para cubrir bien el fondo. Con una cuchara de helado, poner sobre la crema de queso una bola no muy grande de mousse de chocolate. Cubrir por entero la mousse, procurando que no se vea, con el chantilly de fresas.

Para adornar, espolvorear con coco rallado (si se quiere, se puede mezclar el coco con un poco de ralladura de limón, o con cacao en polvo).

viernes, 13 de enero de 2012

Un pensamiento de Amado Nervo

Hola, corazones.

No tenía hoy muy claro qué contar, o qué omitir, ya que mis amadísimos virus (la población invadida debe a veces fingir amor a sus invasores opresores para desviar su atención y que la Resistencia pueda trabajar con mayor margen de libertad) no sólo han ocupado mi sistema de grifería superior (¿cómo es posible que quepa tal cantidad de elementos viscosos en una nariz de tamaño medio o a lo sumo medio-grande?, ¿cuántos kilos de de papel en forma de clínex puede llegar a consumir un griposo estándar?), mis instalaciones de sonido (mis cuerdas vocales parecen de guitarra heavy metal y mi emisión de voz ha modificado en varios tonos, a la baja, su atiplado estado natural) y mi sistema de ventilación, sino también ha embotado mi cerebro y lo ha dejado hecho unos zorros, justo ahora que había terminado de lavarlo, plancharlo y dejarlo todo estiradito y lisito, tan mono.

Así y todo, he rescatado del olvido, mejor dicho, del fondo del cajón de la memoria, del último rincón del escritorio, un maravilloso libro, Plenitud, de Amado Nervo, del que hoy tomo una de las frase-citas. Se trata de un libro que me ha acompañado en mi infancia y mi adolescencia, que me ha ayudado a encontrar orientación en muchos momentos de mi vida y que, a juzgar por el lamentable estado de su encuadernación (una miniatura de Aguilar, 7,7 x 5,7 cm en piel de color rojo oscuro) ha debido de ir dentro de mis bolsillos más tiempo del soportable para un objeto tan valioso. Una amiga mía, muy querida, se sabe de memoria fragmentos enteros de este libro, y a veces pienso en ella y la recuerdo recitando emocionada el «Si amas a Dios...», que es una de las muchas joyas de este pequeño libro.

Pues bien, hoy quiero traer a este medio una de sus frase-citas. Que ya era hora de que Amado Nervo se hiciera presente de nuevo en mi mundo.

«Alégrate si eres pequeño; alégrate si eres grande; alégrate si tienes salud; alégrate si la has perdido; alégrate si eres rico; si eres pobre, alégrate; alégrate si te aman; si amas, alégrate; alégrate siempre, siempre, siempre» (Amado Nervo).

Maravillosa y sana invitación a la alegría que desgraciadamente muy pocas veces ponemos en práctica. Más que la alegría a la que invita don Amado, una alegría que lleva implícita pero muy presente la gratitud, la positividad y la humildad, los seres humanos somos muy dados al siyofuerismo, aquello que puso tan de moda el «Si yo fuera rico» y del que, por cierto, Amado Nervo también habla en su Plenitud.

No voy a extenderme, porque, sin ser una persona extremadamente alegre, sin haber dejado nunca de ser uno de los máximos representantes del siyofuerismo, siempre he tenido presente la invitación de don Amado, y otras, previas en el tiempo, que seguramente don Amado tuvo muy en cuenta, como aquella máxima que también a mí me gusta mucho citar y que se concentra en una notación: Efe Ele Pe Cuatro Cuatro: «Estad alegres... Os lo repito, estad alegres». (Para los quisquillosos: los puntos suspensivos reemplazan a las palabras «en el Señor», pero no las he omitido porque reniegue de Él, pues sé muy bien que toda alegría, provenga de donde provenga, se plenifica «en el Señor», sino porque así he citado siempre la cita bíblica, para chinchar, precisamente, al purista, preciosista y perfeccionista personaje que me apuntillaba presuroso, al oírme hacer la cita incompleta: «en el Señor»).

Sea como fuere, no creo mal consejo, sino todo lo contrario, estar alegres, ser alegres, buscar la alegría, vivir en la alegría...

viernes, 6 de enero de 2012

Un pensamiento de Gustavo Adolfo Bécquer

Hola, corazones.

¡Ay, qué emoción! Que me han dicho que hay un paquete con mi nombre en la casa familiar. Allá que me voy rápido, que no me entretengo más y salgo p’allá pitando. ¡Ay, qué emoción!

Bueno, un minutillo rápido para la frase-cita, y ya, ¿eh?

«El que tiene imaginación, con qué facilidad saca de la nada un mundo» (Gustavo Adolfo Bécquer).

Y qué envidia, envidia de la sana, se entiende, incluso de la santa, que también la hay, sentimos cuando vemos que otro, con imaginación, ha sacado un mundo de la nada. O ha sido capaz de ver una boa tragona dentro de un sombrero. O es capaz de domesticar a un zorro para que sea su amigo y de cuidar una rosa para convertirla en «su» rosa. Ciertamente, don Gusdolfo, qué razón tiene usted en lo que dice. El que tiene imaginación, con qué facilidad saca de la nada un mundo. O de la caja de la wii un coche de carreras; o de la cinta plástica que mantenía inmóvil a la bratz dentro de su caja una bonita pulsera; o...

Trato de imaginar qué será lo que hay dentro de ese paquete que me han dicho que me espera, y no paran de venirme cosas a la mente. Que si una película, que si un libro, que si una cámara, que si otro sombrero para tapar mi incipiente calva, que si mil historias para disfrutar y contar y repetir...

Sólo me falta que me toque el cacharrito de barro, o el perrito de resina, o el pajarito de cristal que han puesto este año en el roscón para que mi día sea completo. No paro de imaginar qué voy a hacer con tanta suerte como tendré si me sale la sorpresa. ¡Ay, qué emoción!

Hale, que me voy, que tengo mucho que disfrutar hoy, en casa, con mi familia. Un abrazo a todos, y esforzaos por imaginar cosas, que no es difícil y acabaréis construyendo mundos fantásticos de la cosa más simple.

¡Felices Reyes!